Italia: El populismo sin pueblo en el poder

Marco Revelli

03/06/2018

«Desorden nuevo» titulaba il manifesto el 29 de mayo pasado. Y fotografiaba  perfectamente el carácter del todo inédito del caos institucional y político puesto entonces en escena sobre el «espinoso collado» [la colina del Quirinal, sede de la presidencia de la República italiana] y difundido en un santiamén urbi et orbi.

Pero esa expresión va más allá de la instantánea, y no pierde desde luego actualidad por el nacimiento del gobierno Conte.

Con su doble alusión histórica (al “ordennuevismo” neofascista, pero también al originario Orden Nuevo gramsciano), nos mueve más bien a reflexionar por una parte sobre el potencial de fragmentación del voto del 4 marzo, que se ha hecho bastante  visible ahora que ha explotado dentro incluso de Palacio provocando una serie de crisis nerviosas. 

Por otra parte, sobre el carácter, también éste nuevo, del  sujeto político que se ha establecido en el corazón del Estado: sobre el "hircocervo" [criatura quimérica, mitad macho cabrío, mitad ciervo) que está bajo la bandera amarillo-verde y que por ahora es difícil calificar como no sea de forma cromática. Porque lo que ha ido esbozándose «por fusión» en los casi cien días de crisis a continuación del 4 de marzo, y al final se ha convertido en «poder», quizás es algo más que una simple alianza provisional. Quizás es el embrión de una nueva metamorfosis (potenciada) de ese «populismo del tercer milenio» sobre el cual del Brexit y de la victoria de Trump en adelante los politólogos de medio mundo andan interrogándose. Quizás es incluso una inédita mutación genética suya, la cual, fundiendo en un nuevo cuño varios y heterogéneos «populismos», haría una vez más del caso italiano un laboratorio más amplio de la crisis democrática global.

Se confunden todos los que liquidan el eje Cinco Estrellas-Lega con las acostumbradas etiquetas: alianza rojo-parda, coalición grillo-fascista, o fascio-grillina, o “sfascio-leghista” [“destroza-liguista”], y así en distintas combinaciones. Se confunden por pereza mental, y por negarse a ver que lo que está emergiendo del lago de Lochness es un fenómeno político inédito, que radica, más que en las culturas políticas, en las rupturas epocales del orden social. Si no, tendríamos que concluir (y explicar por qué) la mayoría de los italianos – casi el 60% – se ha convertido de improviso en «fascista». Y sería bastante difícil comprender cómo y por qué oculta razón el electorado identitario de la Lega si resignado con tanta facilidad al maridaje con platea anarco-libertaria grillina, y viceversa, cómo se ha creído ésta compatible con las “alcantarillas de fundición” [expresión del humorista Maurizio Crozza sobre la Lega] de Salvini…

Por lo tanto es por muchos motivos un objeto misterioso el que perturba nuestros sueños. Y en estos casos, cuando se tiene de frente una entidad política que no nos dice por si misma «qué es», es útil partir de la indagación de las causas. De la «etiología», dirían los viejos padres de la ciencia política, tomando prestado el término de la medicina, como si justamente de una enfermedad se tratase. ¿De dónde «nace» – en qué substrato o «infección» tiene  origen -, esta «cosa» que ha ocupado el centro institucional del país, desestabilizándolo hasta el límite de la entropía?

Quizás podría echarnos una mano Benjamín Arditi, un brillante politólogo latinoamericano que ha utilizado para el populismo del «tercer milenio» la metáfora del “invitado incómodo”, es decir, del huésped indeseado en un elegante “dinner party”, que bebe sin tasa, no respeta las buenas maneras en la mesa, es grosero, levanta la voz e intenta de forma molesta flirtear con las mujeres de los demás invitados…Seguramente es desagradable y está «fuera de lugar», pero podría escapársele por la boca «alguna que otra verdad sobre la democracia liberal, por ejemplo, que se ha olvidado del propio ideal fundacional, la soberanía popular». Y este es el primer rasgo identificativo del “new populism”: tener su origen en el sentido de expropiación de las prerrogativas democráticas propias de un electorado marginado, ignorado, dejado atrás por decisiones tomadas en otra parte…Son las furias del (pueblo) Soberano, al que por sortilegio le han arrebatado el cetro el denominador común de las almas con todo diversas. Y estas furias (confirmadas desgraciadamente por las improvisadas exteriorizaciones institucionales recientes ) atraviesan la sociedad en todos sus componentes, sobre el eje derecha-izquierda en su conjunto. 

El segundo factor es la «disolución de todos los pueblos». Puede parecer paradójico, pero es así: este denominado populismo rampante está en realidad sin pueblo. Más bien es el producto del fin de todas las agregaciones socio-políticas precedentes. En la marea que invadió las urnas el 4 de marzo ya no hay «pueblo de izquierdas» (se ha visto y se ha dicho), pero ya no hay tampoco siquiera «pueblo padano» (con la nacionalización de la Lega salviniana), ni tampoco «pueblo del vaffa»  [pueblo del “vete a tomar por”, santo y seña del Cinco Estrellas] (con la transubstanciación de  Di Maio en tranquilizador hombre de gobierno): es “mélange” de todos juntos, disueltos en sus átomos elementales y recombinados. Igual que son bien visibles los rastros de los tres «populismos italianos» que en mi Populismo 2.0 había yo descrito en su sucesión cronológica (el telepopulismo berlusconiano anti-crisis, el ciberpopulismo grillino post-Monti y el populismo de gobierno renziano pre-referendario), y que ahora parecen precipitarse en un solo punto: en un único caldero en ebullición al fuego de un «no pueblo», por lo demás falto de un «sí [mismo]».

Por esto creo poder decir que estamos lejos de los diversos fascismos y neofascismos novecentistas, exasperadamente comunitarios en nombre de la homogeneidad del Volk. Y al mismo tiempo, que vivimos ya en un mondo abisalmente otro respecto a aquel en el que Gramsci pensó su Orden Nuevo, fundando en él la hegemonía de larga duración de la izquierda. Si ese modelo de «orden» se centraba en el trabajo obrero (en cuanto expresión de la racionalidad productiva de fábrica) como célula elemental del Estado Nuevo, la actual visión predominante tiene, por el contrario, origen en la disolución del Trabajo como sujeto social (se funda sobre la derrota histórica) y el surgir de un paradigma hegemónico que hace del mercado y del dinero – de dos entidades por definición «privadas de forma» – los propios principios reguladores. Es justamente, en su sentido más propio, un «desorden nuevo». A saber, una hipótesis de sociedad que hace del desorden (y de su o correlato: la desigualdad salvaje) la propia clave preponderante.

A este modelo «insostenible» el sujeto político que está surgiendo del caos sistémico que caracteriza la «madurez neoliberal» no se contrapone como antítesis, sino que le transfiere más bien el estatus «anarco-capitalista» en el corazón de lo «político». No es un cuerpo sólido plantado en la sociedad líquida. Es a su vez «líquido» y volátil. Seguirá cotizando en la propia bolsa la insatisfacción del «pueblo desautorizado», pero no le restituirá el cetro perdido. Continuará prestando oídos a su angustia de declive y de marginación, pero no detendrá el descenso en el plano inclinado social (descargando rabia y frustración sobre los inmigrantes, los “rom” y los sintecho según la consumada técnica consumada del chivo expiatorio). Conducirá probablemente a una lucha sin cuartel contra las actuales «oligarquías (para substituirlas), pero no tocará ninguno de los «fundamentos del sistema». Es peligroso precisamente por esto: por su adaptabilidad a los flujos de humor que trabajan por debajo y por su simétrica colusión con las lógicas de fondo que operan en lo alto. Y precisamente por esto no contaré demasiado con la hipótesis de que en poco tiempo su gobierno vaya a entrar en crisis por sus contradicciones internas. O por un conflicto «mortal» con Europa, que no serán ellos los que saboteen con un acción deliberada y consciente (está ya haciendo mucho ella sola, con su tendencia suicida).

Si queremos combatirlo, debemos prepararnos para tener delante un adversario proteiforme, enfrentable sólo con una fuerza y una cultura política que haya sabido realizar, a su vez, el propio éxodo de la tierra de origen: que esté preparada para cambiarse con la misma radicalidad con la que ha cambiado lo que tenemos enfrente. No, desde luego, con un fantasmal «frente republicano», suma de todas las derrotas.

(1947) antiguo militante del autonomismo obrero italiano y celebrado estudioso del fordismo y el postfordismo, es catedrático de Ciencia Política, Sistemas Políticos y Administrativos Comparados y Teoría de las Administraciones y Políticas Públicas de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad del Piamonte Oriental «Amedeo Avogadro». Sus últimos libros publicados en español son La política perdida, Trotta, Madrid, 2008, y Postizquierda.¿Qué queda de la política en el mundo globalizado?, Trotta, Madrid, 2015.
Fuente:
Il manifesto, 2 de junio de 2018
Traducción:
Lucas Antón
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