Italia: El retorno de Belluscone

Alessandre Leogrande

30/11/2017

Cuando en 2014, después de años de gestación, se estrenó BellusconeUna historia siciliana, de Franco Maresco, un film sumamente inactual sobre eso que podríamos llamar la ruptura antropológica berlusconiana sucedida en Sicilia y en Italia, una ruptura antropológica que atraviesa – bien que de modos diversos – al subproletariado de la Vucciria [barrio del mercado en Palermo] o las fiestas de barriada en las que enloquecen los neomelódicos [género de canción napolitana o siciliana] tanto como la burguesía de la Avenida de la Libertad [calle importante de Palermo], muchos dijeron que se trataba de una película sobre el pasado. Poco más que un ejercicio de arqueología, desde el momento en que Berlusconi ya estaba políticamente acabado en 2011, fuera del  Senado desde  2013, y no era más que una ruina en la Italia del renzismo triunfante. “¿Quién se llamaría hoy berlusconiano?”, preguntaban los críticos de Maresco y – su otra vertiente – buena parte de nuestros políticos, subidos al carro del nuevo vencedor o parados en el borde.

Y en cambio Maresco tenía razón y ellos se equivocaban, porque, en un país como Italia, puede comprender de verdad sus mutaciones políticas, incluso desde una posición radicalmente impolítica, sólo aquel que hace antropología. Quien la reduce a crónica, a una sucesión de hechos desligados y que se juntan, en el acostumbrado eterno presente que gravita en el interior de los palacios romanos, ya no consigue interpretarla.

Maresco tenía razón. Ha sido imposible no pensarlo, por ejemplo, escuchando una emisión de Radio24 sobre el momento posterior al voto de las regionales sicilianas ganadas por el centroderecha reunido en torno a Musumeci, una transmisión a micrófono abierto en la que muchos oyentes, en el espacio de pocos minutos, han llamado o escrito a través de las ondas para decir: “Yo he votado a Berlusconi. He votado a Belluscone”. Musumeci, y las alquimias post-electorales, eran un simple detalle.

El voto siciliano (así como el del microcosmo de Ostia [el puerto de Roma]) tiene el mérito de revelar por adelantado y de una forma todavía más llevada al extremo, lo que ocurrirá en las próximas elecciones políticas. Sin embargo, antes de hablar del retorno de Berlusconi, o del simple hecho de que el carácter berlusconiano no se ha extinguido nunca, sino que sólo se ha transformado, hace falta sentar algunas premisas.

Esta legislatura, la de los grandes acuerdos, la de la entrada del Movimiento Cinco Estrellas en las instituciones, la del ascenso y caída de Renzi, no ha hecho otra cosa que agravar el desapego entre una sociedad envilecida y agrisada y la debilidad de la política. El primer dato a considerar es que la mitad de los electores no va a votar, mientras que para la otra mitad que va a votar el primer partido es el Movimiento Cinco Estrellas, al que se vota antes que nada porque se le percibe como partido anti-casta. Cuando también se perciba como algo gastado el M5S, ese voto de protesta tomará directamente la senda de la extrema derecha (como ha sucedido en Ostia) porque es percibida como única fuerza anti-sistema…y todavía más anti-sistema, justo porque es abiertamente xenófoba y racista.

La otra premisa tiene que ver con la irrelevancia a la que se ha condenado a estas alturas el Partido Democrático. O mejor, el entorno renziano. Renzi perdió el referéndum del 4 diciembre de 2016 por al menos tres motivos. Los dos primeros, de carácter sociológico: su lenguaje se ha percibido como algo que está a una distancia años luz en todas las regiones del sur de Italia, e igualmente distante del electorado juvenil. El tercero, de naturaleza política: se  ha demostrado incapaz de ir más allá de la idea simplista de la autosuficiencia del propio círculo cerrado o de un partido cada vez más reajustado, al que controlar de arriba abajo. Cuando ha comprendido que tendría que haber estrechado otras alianzas, era ya demasiado tarde: la posibilidad de un proyecto político más amplio ya se había evaporado. Así se han creado las condiciones para el retorno de Berlusconi. O cuando menos para que las dos fuerzas en condiciones de disputarse la victoria sean la derecha y los Cinco Estrellas.

Pero también aquí, con la vislumbre del resultado siciliano, hay que hacer al menos otras dos precisiones.

La primera se refiere a la naturaleza de este berlusconismo senescente. Berlusconi logrará probablemente ganar las elecciones exactamente como en 1994, en 2001 y en 2008, juntando pedazos del centro y la derecha tan distintos entre ellos como para hacer difícil luego la elaboración de una acción común de gobierno. Oír hablar de Salvini [líder de la Liga Norte] en el Ministerio del Interior hace estremecerse por las consecuencias que puede tener sobre la gestión de la cuestión migratoria, del Mediterráneo, de los centros para refugiados, pero en el fondo Berlusconi no está haciendo otra cosa que volver a proponer un mecanismo conocido: mantener la presidencia del Gobierno para Forza Italia y darle el Ministerio del Interior a la Liga.

Lo que ha cambiado no es el marco sino la naturaleza del liguismo [de la Liga Norte] y del berlusconismo respecto a hace veinte años. Es como si entre ambos hubieran perdido los elementos propulsivos de los cuales, en cualquier caso, se habían nutrido (la revolución televisiva y la política-espectáculo por una parte; el autonomismo local, por otro) para atrincherarse en el lecho más conservador, cerrado, rencoroso del proprio proyecto político: la derecha que persigue el sempiterno vientre blando del país, por una parte; el lepenismo anti-extranjeros, por otro lado. En esto el  berlusconismo, que regresa privado de sueños, pero cargado de miedos que agitar, consigue ser una vez más espejo fiel del rostro más profundo del país. La cuestión es que ese rostro también ha cambiado, y está mucho más envilecido, asustado, cerrado en sí mismo que hace dos décadas.

Sin embargo, aun en el caso de que venciese el centro-derecha, con el nuevo sistema electoral se verá forzado a ulteriores alianzas. Y a esas alianzas se verán forzados también los demás contendientes (los Cinco Estrellas o el centroizquierda), en caso de que sean ellos los ganadores.

Eso nos dice que la legislatura se verá enfrentada a un ultimátum: o un nuevo desenlace o la creación de amplios acuerdos todavía más débiles y deshilachados que no harán otra cosa que ensanchar el hiato. En resumen, lo que se delinea – de un modo todavía más radical respecto al último decenio – es un desplome del sistema, frente al cual es cada vez más difícil entrever posibles diques.

Fuera de la crónica política, el desplome era plenamente pronosticable sólo si se desplazaba el análisis al plano cultural. Ya hemos llegado al golpe de timón de la extinción de las culturas políticas y post-políticas que configuraron la primera y la segunda repúblicas. Este vació lo llenó en parte (con resultados nefastos) el berlusconismo, en parte una verdadera y auténtica mermelada de la comunicación política cotidiana de la cual se ha desterrado toda forma de pensamiento de amplio espectro. Esto no ha sucedido sólo en Italia evidentemente. Pero basta darse una vuelta por Europa para darse cuenta de qué modo es más grave en Italia que en otros lugares. Pongamos un ejemplo: ¿es posible de verdad sentar la hipótesis de que pueda producirse en los próximos meses un debate serio sobre qué debe hacer o no hacer Italia en el Mediterráneo o en Libia? No, no habrá nada por el estilo.

Y no es entonces tan irrealista pensar luego que la máscara de Berlusconi volverá una vez más a cubrir el vacío. Ahora es fácil la hipótesis. Era más difícil mirar en las vísceras de Italia tres años atrás, cuando Franco Maresco lo hizo en total soledad.

muerto este pasado 26 de noviembre a los 40 años, periodista de la Italia meridional, escritor de reportajes y ensayos, fue subdirector de la revista Lo Straniero y colaborador de diarios como Il Corriere del Mezzogiorno.
Fuente:
Gli Asini, diciembre de 2017
Traducción:
Lucas Antón