Jorge Semprún se despide

Gregorio Morán

21/03/2010

Ni resignado a morir ni angustiado por la muerte, sino irritado, extraordinariamente incómodo ante la idea de que pronto ya no estar酔, Jorge Semprún anuncia su adiós en un emocionante artículo de Le Monde, titulado “Mi último viaje a Buchenwald“. Se despedirá el próximo 11 de abril, en el 65 aniversario de la liberación del campo de concentración nazi por las tropas norteamericanas del general Patton. Allí intervendrá en el acto de homenaje que se celebra cada lustro y advierte que ya no podrá estar en el siguiente. Por eso, afirma, en esta ocasión “diré por última vez lo que pienso que tengo que decir”.

Curiosa figura la de Jorge Semprún. Difícil de abordar; sencilla, si la hacemos derivar hacia el tópico. Me recuerdo un día revisando la biblioteca, no hace mucho. Cuando me encontré con los libros de Semprún que estaban esparcidos en varios apartados muy distintos -había cosas en francés, otras en castellano y ensayos políticos de lo más variopinto-, mi primera intención fue agruparlo todo, bajo el marbete imaginario de Jorge Semprún.

Pero luego de pensarlo lo dejé tal como estaba. Había tenido la tentación del cliché, el estereotipo del paleto que limita la complejidad biográfica a una pregunta taxonómica: ¿escritor español o francés? ¿Intelectual o político? ¿Pensador o publicista?

En lo único que quizá se asemeje Semprún a Borges es en la animosidad que despierta. No tiene nada que ver con la escritura ni con la inteligencia, o quizá sí, pero en el odio hacia Jorge Semprún hay connotaciones cainitas y de clase, y de educación, y hasta de suerte y fortuna. Su paso por la cultura española fue notable, su incidencia escasa, pero su huella está por determinar entre la faramalla de inquina e irritación que despierta su nombre. Y miedo, o más exactamente temor. Por encima de todo, envidia. ¿Se imaginan ustedes un duelo de titanes entre Francisco Umbral, Paco, el dandy de la Elipa, y Jorge Semprún, ex Federico Sánchez? ¿Verdad que lo considerarían una provocación intempestiva?

Se equivocan. Uno de los debates subterráneos de nuestra cultura durante la transición fue ése. Otra cosa es que nadie lo citara por su nombre ni lo exhibiera en letras de molde, pero en esa fallida pelea están muchas de nuestras limitaciones y algunas de nuestras miserias. ¿Cómo llegó Jorge Semprún a convertirse en una presa codiciada para los protagonistas intelectuales de la transición? Su aparición en la cultura de masas, en la incipiente cultura de masas española, fue apenas caída la losa sobre el Generalísimo, con aquel Planeta olvidable -¿recuerdan algún Planeta que además sea premio?-. La Autobiografía de Federico Sánchez fue un libro necesario, pero no era un buen libro. Había mucho Maura y poco Semprún, cabría decir. Había más de la herencia de Don Antonio, el vengativo, que de Semprún padre, el reflexivo. Detrás de la Autobiografía late la indignación -otro gesto medularmente maurista- ante la figura de Santiago Carrillo, el sucio, que se exhibía en ese tránsito entre el 76 y el 77 como el político por excelencia. La gente, que tiene memoria de grillo, repetitiva, olvida que por entonces todos los adversarios históricos de Carrillo, con la excepción de Jorge, inclinaron la cerviz ante el estratega de Gijón. Hasta Fernando Claudín fue a Canossa y pidió ser recibido en el piso del Puente de Vallecas. Las urnas del 77 le quitaron a Santiago el desodorante; había vuelto creyéndose el Togliatti de Salerno, limpio y doctorado.

Hasta la efímera y dudosa gloria del premio y la autobiografía de Federico, Semprún era conocido y valorado por un número muy reducido de personas que estaban en el secreto. Ahora que todo el mundo se jacta de haber vivido intensamente todos los secretos, carece de valor, pero no era así. La vida militante de Jorge Semprún recorre casi dos décadas vinculadas a la cultura española, sin hablar de otras cosas. Hasta 1964 no hay brote cultural en España al que no preste su atención y a fe que había, por más que fueran menos de los que hoy nos alardean. La cultura de oposición, no confundir con esas boberías de la oposición silenciosa y demás mandanga de trepadores, tiene en Semprún una figura ineludible.

Luego viene su etapa como narrador. Bastaría El largo viaje y La segunda muerte de Ramón Mercader, la más brillante de sus novelas y el libro creativo más político de todo lo que conozco de su obra. Conservo aún el hálito que me produjo la lectura de La segunda muerte como una de las experiencias intelectuales más emocionantes de mi vida, hasta el punto de que no he querido volver a leerlo nunca; ahí está como una foto de familia, brutal y sentida.

Me hace mucha gracia escuchar aún hoy reproches a la actitud de Jorge Semprún -o de Enrique Múgica, en otra medida- porque optaron por el PSOE tan anticipadamente a la inmensa mayoría de sus congéneres. Deberían sentir envidia, porque ellos hicieron antes lo que la inmensa mayoría de sus denunciadores harían mucho más tarde y en circunstancias no exentas de humillación y patetismo. Hay que reconocerle a Felipe González eso que los antiguos del lugar llamarían, la perversidad del talento estratégico. Las inteligencias en política exigen dos cosas que nos complican mucho la vida a los analistas, tiempo y maldad. Nosotros tendemos a ser rápidos y cándidos.

Al nombrar Felipe González a Semprún como su ministro de Cultura tocaba muchos palos al mismo tiempo, tantos que aún a más de uno le queda el resquemor de los efectos. Un ministro de Cultura que no había sido nunca, ni lo sería, militante del PSOE, y con un pasado incuestionable de luchador contra la dictadura. Aún recuerdo aquellos babosos de la Academia Jaime Capmany, el padrino de la columna salomónica, recordándole “al ministro francés” los poemas a Stalin, a Dolores,… que avergonzaban más por malos que por fervientes. Ahí apareció un rasgo destacable de la personalidad de Jorge. Su desprecio absoluto hacia la mediocridad retórica, ya fuera del enemigo franquista -¡qué cosas escribieron de él los plumillas de entonces!- o de sus compañeros de gabinete; sus sarcasmos sobre el musicólogo en agraz y poeta secreto, Alfonso Guerra, merecen, vistos en perspectiva, un reconocimiento al valor y a la perspicacia.

Los radicales que denunciaban la traición del ministro Jorge Semprún a su pasado militante ahora están en su mayor parte en las filas del Partido Popular, cuando no a su derecha. No creo que haya retrato más cabal de nuestra frivolidad. Y también del carácter frágil y corrupto de una inteligencia vicaria, heredera, desde las reales academias a las no menos reales cátedras, del régimen más corrupto y letal de nuestra historia. Es verdad que el desdén de Semprún hacia nuestra pomposa cultura local, tan enraizada como las gachas o el pan con tomate, le convertía en un elefante en cacharrería. Pero qué decir del silencio de los nuestros. Fuera de un premio tan amañado como aquel Planeta de los albores de la transición, que no es precisamente un timbre de gloria intelectual, cómo recibimos el legado de Semprún.

Empecemos, pues por el meollo. ¿Hay legado? Por supuesto. Un hombre que ha peleado contra el nazismo primero, contra el franquismo luego, contra la intolerancia que se impuso en sus propias filas, que pasó prisión en Buchenwald y décadas de militancia clandestina con riesgo de su vida. Que luchó por una sociedad distinta y que sufrió por ello. Que pensó y escribió sobre aquellas cosas que constituyen las raíces de un ser libre. Que vivió los infiernos y dejó páginas soberbias de pasión y solidaridad. ¿No es eso un legado? ¿Acaso hay mejor elogio que haber vivido intensamente, con ira sempruniana, un mundo tan atroz, y sobrevivir a él sin haberse quebrado en el camino?

Entre mi generación y la suya hay un cuarto de siglo de diferencia, y sin embargo me siento como perteneciente a ese mundo que se va con él, que habla como él y que se expresa como él. Y lo digo en la convicción de que, si miro hacia atrás, creo que nunca he coincidido políticamente con Jorge Semprún, ni ayer ni hoy. Pero escucharé atentamente lo que pueda decir el 11 de abril en Buchenwald. Una parte de mi generación se despide, y me temo que sea lo mejor de ella.

Gregorio Morán es un columnista habitual en el diario barcelonés La Vanguardia. Veterano resistente y luchador político en el clandestino Partido Comunista de España bajo el franquismo, Morán  es un periodista de investigación que ha escrito, entre otros, libros imprescindibles para entender el proceso que llevó en España de la dictadura franquista a la monarquía parlamentaria actual. 

Fuente:
La Vanguardia, 20 marzo 2010