Kate Millett: “Política sexual” y valores familiares

Judith Shulevitz

07/11/2017

Cuando Kate Millett murió, semiolvidada, el pasado 6 de septiembre, a la edad de 82 años, los redactores de necrológicas se debatieron para apreciar plenamente las dimensiones de esta pionera, escritora y activista del feminismo. Acaso el feminismo de la Segunda Ola quede hoy tan distante que nos sintamos confusas por algo que lo hacía antaño excitante y amenazador. Permítanme afirmarlo llanamente: Millett inventó la crítica literaria feminista. Antes de ella no existía. Su apremiante y elegante obra maestra de 1970, Sexual Politics [Política sexual, Cátedra, Madrid, 2010], con sus irónicas arremetidas contra la misoginia casual y las escenas de violación que habían consagrado la reputación de los revolucionarios sexuales du jour —Norman Mailer, Henry Miller, D.H. Lawrence— presentaba una idea nueva y notablemente perdurable: se podía interpretar la literatura a la luz de su dinámica de género. Se podía recurrir a novelas y poemas en busca de una educación en el sexo como poder. Podemos no estar de acuerdo con que la literatura sea el medio adecuado para despertar conciencias, pero no se puede negar que Millet hizo de la lectura un acto que te cambiaba la vida e incluso cambiaba el mundo. 

A Millett le precedieron muchas otras grandes “damas de la crítica”, como se las llamaba entonces de modo irritante, la más estimable de las cuales fue, por supuesto, Virginia Woolf. Pero Woolf era una lectora más tradicional, si bien asimismo más sutil y brillante, y no tan centrada de modo tan decidido en el sexo. Después de Millett vinieron Adrienne Rich, Elaine Showalter, el feminismo académico, la teoría de género, los estudios “queer” y todo el desmantelamiento, todavía con ramificaciones, del patriarcado que domina hoy en día el estudio de la cultura.   

Millett era una sintetizadora. Popularizó las ideas que bullían en los círculos feministas radicales de Nueva York y Londres, lo cual no le granjeó las simpatías de esos círculos, a los que no les gustó que una hermana se convirtiera en estrella de los medios. Germaine Greer y Shulamith Firestone hicieron otro tanto, sólo que no aparecieron en la portada de Time como Millett. Pero lo que la situaba aparte era la amplitud de su ambición intelectual. EscribióSexual Politics como tesis en el departamento de Inglés de [la Universidad de] Columbia, pero ya fuera o no estudiante licenciada, iba a llegar al fondo de cómo su sexo había llegado a estar tan degradado, aunque tuviera que repasar toda la historia humana para llevarlo a cabo. “El segundo capítulo, en mi opinión el más importante y de lejos el más difícil de escribir, trata de formular una visión sistemática de conjunto del patriarcado como institución política”, declara en el prólogo. ¿Excesivo? Desde luego. Pero asimismo: ¡vaya redaños!

Si alguna parte de Sexual Politics, como su larga disquisición sobre Freud, parece anticuada, eso se debe parcialmente a que Millett cambió la forma en que pensamos acerca de figuras como él. Nadie apenas lee ya a Freud de forma literal. “Envidia del pene” suena hoy como una frase con la que salpicar algún irónico cartel retro, no un diagnóstico de verdad. La idea de que un orden político que se basa en la dominación tiene su origen en la subordinación de las mujeres…bueno, no parece ya novedosa y Millett tiene también cierta responsabilidad en ello. Lo que sigue siendo cautivador son las lecturas tan atentas que hace Millett, su denuncia de los emperadores al desnudo de la izquierda literaria. “Después de recibir las felicitaciones de su sirvienta por su deslumbrante desempeño, Rojack se dirige tranquilamente al piso de arriba y arroja a su mujer por la ventana” es la impávida descripción de Millett de lo que sucede después de que el héroe sodomice a una criada en An American Dream, de Mailer. Millett observa entonces: “Al lector le es dado comprender que por el hecho de asesinar a una mujer y darle a otra por detrás, Rojack se ha convertido en un ‘hombre’”.

A Millett se le ha acusado de mezclar autor y personaje  —Mailer y Rojack, y así sucesivamente —, una acusación que no siempre es injusta, pero que no necesariamente absuelve a los autores de sus modos canallescos. Es inmejorable, sin embargo, cuando escribe sobre un autor que le gusta, Jean Genet, de quien entiende que está “haciendo género” (una frase que no habría utilizado ella, por supuesto). Es decir, que al relatar historias de sádicos chuloputas y reinonas sumisas, Genet llevaba a cabo una crítica paródica de las normas de género (más fraseología que no habría querido escuchar tampoco). Las novelas de Genet, escribe, “constituyen una minuciosa exégesis del bárbaro vasallaje de los órdenes sexuales, la estructura de poder de lo ‘masculino’ y ‘femenino’, tal como lo revela un mundo homosexual, criminal que remeda con brutal franqueza la sociedad heterosexual burguesa” (a cualquier especialista académico capaz de escribir una frase como “bárbaro vasallaje” se le debería haber otorgado una plaza de Profesor Distinguido).

Millett podía ser descuidada en su erudición académica, tal como detectó Irving Howe en una vituperación de extensión épica en la revista Harper’s. “Brillante de un modo que no es serio” escribió, y poco serio es lo más condenatorio que se podía decir de un intelectual si pertenecías a su especie neoyorquina. Ella citaba de modo tendencioso, que era la queja de Mailer (una de ellas, en cualquier caso) en “Prisoner of Sex”, un bramido de orgullo lastimado que era más largo incluso que el de Howe y se publicó también en Harper’s.

Pero esto eran minucias y no podían detener su meteórico ascenso a la fama. Por un momento glorioso, esta crítica literaria tan libresca fue el rostro del feminismo norteamericano. The New York Times la llamó “alta sacerdotisa”. Después de que “Prisoner of Sex” se convirtiera en la comidilla del lugar — y despidieran al venerado director de Harper’s, Willie Morris, por publicarlo —, Mailer organizó un debate pendenciero conocido como “Town Bloody Hall” [“el puñetero Ayuntamiento”, pues se celebró en este edificio municipal de Nueva York], que filmaron Chris Hegedus y D.A. Pennebaker y se puede hoy descargar en la red. Se convirtió en un circo y Millett fue quien lo puso en movimiento, aunque ella se negara a aparecer. Mailer dirigió un  torrente de insultos a las feministas que se avinieron a subir al estrado o aparecer entre el público, entre ellas [Germaine] Greer, Diana Trilling, Susan Sontag, Betty Friedan y Cynthia Ozick. Pusieron los ojos en blanco, dieron lo mejor de ellas —mucho más, en la mayoría de los casos—y la multitud rugió con deleite. Hay que probar a imaginar un choque de ideas en público que fuera hoy tan gozosamente de gladiadores.

Y después Millett se desvaneció. Le debemos una disculpa póstuma por la forma vergonzosa en que se la apartó del centro de atención. Lo que la dejó para el arrastre fue la revelación, también en Time, de que era bisexual. Su no-heterosexualidad fastidiaba a Friedan, que temía prácticamente más que nada que el Women’s Lib [Movimiento de Liberación de la Mujer] pudiera acabar echado a perder por la “amenaza lavanda”. Y la ausencia de compromiso de Millett con el lesbianismo indignó a las activistas del otro lado del espectro. “La línea afirma, inflexible como un edicto fascista, que la bisexualidad significa escurrir el bulto”, escribió Millett más tarde. Confrontada por un grupo denominado las “radicalesbianas” en un encuentro que no tardó en llegar hasta Time, Millett afirmó: “Sí, dije que sí, soy lesbiana”. Y añadió: “Fue lo último para lo que tuve fuerzas”.

Fue lo último para lo que tuvo fuerzas porque Millett sufría de trastorno bipolar agudo y no podía lidiar con las exigencias de ser una celebridad como intelectual pública. Aunque continuara sus giras de discursos y actividades políticas, empezó a retirarse a su granja al norte del estado [de Nueva York]. Inestable y con tendencias suicidas, hubo de luchar contra sus propios amigos y su familia para salir de los hospitales mentales en los que la recluían. Vertía en revistas, y luego en libros, recuerdos y confesiones incoherentes y sin corregir. Quizás estuviera llevando a la práctica el credo feminista de que lo personal es político, y hay accesos ocasionales de genio en estos libros. Flying [Volar] (1974), que escribió más o menos estando de gira para presentar Sexual Politics, resulta sencillamente ilegible, pero The Loony-Bin Trip[Viaje al manicomio] (1990) describe con destreza su deslizamiento por la paranoia cuando prescindía del litio, así como una temporada en un hospital mental irlandés. Una narradora poco fiable alterna entre raciocinaciones de tirarse de las mangas y exquisitas descripciones de la conciencia acrecentada que acompaña a un estado de manía. En conjunto, no obstante, lo que escribió después de Sexual Politics nos deja con el ansia de escapar de su atroz y convulsa vulnerabilidad.  

Como resultado de esa consunción, le hemos hecho un flaco favor a Millet al no tratarla como la importante figura que fue, al no considerar Sexual Politics del modo en que consideramos, por ejemplo, The Feminine Mystique [La mística de la feminidad, Cátedra, Madrid, 2016]. Hoy se le achaca no haberse mostrado suficientemente  integradora. “Millett y sus compañeras del feminismo radical omitían a menudo diferencias cruciales entre mujeres —negras y blancas, de clase trabajadora y opulentas — en nombre de la ‘sororidad’”, escribía Maggie Doherty en The New Republic. Millett pensaba en grandes categorías, sin matices, aunque dudo de alguna manera de que hubiese tenido paciencia con la palabra “sororidad”.

Pero a mi parecer, Millett cometió un error más relevante en Sexual Politics, aunque no fue la única en cometerlo. Su error fue el error del feminismo de la Segunda Ola, y casi dejó al movimiento para el arrastre. Se trata de que descartó la familia. Esto formaba parte del paquete feminista que más enajenaba a vuestra mujer media norteamericana, eso y la afirmación de que su incapacidad de librarse de esta institución feudal reflejaba “falsa consciencia”. En la concepción neomarxista de Millet (también de Firestone), la familia era en esencia coactiva, jerárquica, un medio de reproducir el patriarcado. Millett y Firestone no estaban tampoco muy a favor de tener hijos. Tener niños y cuidarlos reducía a las mujeres, escribió Millett, “al nivel cultural de la vida animal al proporcionar al macho desahogo sexual y ejercer las funciones animales de reproducción y cuidado de los jóvenes”.

Esto resultó desacertado. El matrimonio y la vida familiar pueden haber sido para las mujeres algo equivalente a una esclavitud glorificada (o no glorificada) a lo largo de buena parte de la historia humana, pero no eran esclavitud cuando escribía Millett, y decididamente no lo son hoy en día, por lo menos en el mundo desarrollado. La familia no es perfecta, las relaciones conyugales heterosexuales privilegian incuestionablemente al marido, y las esposas todavía se ven penalizadas económica y socialmente a causa del trabajo gratuito que invierten en la crianza de los niños y el mantenimiento del hogar. Pero las mujeres casadas no son siervas, y no lo eran hace cincuenta años. Cuando las mujeres no tenían derecho a poseer propiedades o a negarse a mantener relaciones sexuales, cuando sus hijos pertenecían a sus maridos, cuando tenían escasos medios de sustento aparte de sus padres o maridos, a menos que trabajaran por un salario de esclavas, en aquel entonces eran esclavas. Pero las mujeres disponen hoy de la mayoría de esos derechos,  han mejorado en cierto modo las condiciones laborales, y resulta seguro decir que no se dan prisa por abolir la familia.

Por el contrario. las agitadoras entre las que se movía Millett en los 60 nunca podrían haberse imaginado que la familia llegaría a ocupar un papel central en el progresismo contemporáneo. Hoy en día tenemos que luchar para salvar a la familia de las alteraciones del capital y las fuerzas de la reacción que amenazan con derribar pilares como los seguros sanitarios y la educación pública. Ninguna joven feminista socialista habría adivinado que el matrimonio se convertiría, no en una cárcel para los poco ilustrados, sino en artículo de lujo inasequible para muchos norteamericanos de bajos ingresos. Una persona de género fluido que hubiera vivido en los desinhibidos 60 y 70 se habría quedado asombrada de haber sabido que luchar por el matrimonio homosexual se convertiría en el ejemplo más exitoso de organización desde la izquierda medio siglo después. En la época de Millett, las feministas exigían guarderías subvencionadas —como tenían que hacer, y como deben seguir pidiendo — pero eso se explica porque estaban tratando de salir por todos los medios de casa para integrarse en la población activa. No se mostraban tan sensibles a cuestiones como la del permiso familiar remunerado que es, al fin y al cabo, una forma de facilitar esas “funciones animales de reproducción y cuidado de los jóvenes” que desdeñaba Millett.

Millett dedicó la mayor parte de un capítulo de Sexual Politics a atacar como fascistas y contrarrevolucionarias a aquellas sociedades que ponían la familia por encima de la libertad sexual. Sus principales ejemplos eran los nazis y la Unión Soviética bajo Stalin.  Esto resultaba ahistórico e ingenuo. Ni Hitler ni Stalin tuvieron respeto alguno por la familia. Los nazis alentaron la maternidad sin matrimonio si eso significaba más bebés arios e inventaron el divorcio no contencioso (sin culpas) para que los alemanas pudieran librarse de sus esposas judías. Los soviéticos deshicieron la familia con increíbles horarios de trabajo, volviendo a los hijos contra los padres y enviando a las mujeres al gulag por no informar sobre sus maridos. Resulta doloroso reconocerlo, pero el condescendiente Howe entendió esto de modo exacto en su reseña: “En toda sociedad totalitaria existe y debe existir un choque entre Estado y familia, simplemente porque el Estado exige completa lealtad de cada persona y termina por considerar a la familia como un competidor de envergadura por esa lealtad”, escribió. “Tanto para la gente politizada como para la que no, la familia se convierte en el último refugio de los valores humanos. Por tanto, la defensa de la institución ‘conservadora’ de la familia se convierte bajo el totalitarismo en un acto profundamente subversivo”.

Otra transformación que la joven autora de Sexual Politics y sus colegas no anticiparon fue con qué limpieza iba a encajar su prejuicio antifamiliar en el viraje del feminismo hacia la ambición profesional. Éxitos de ventas como Lean In, de Sheryl Sandberg [1], un artículo tras otro del  New York Times y, por supuesto, la ignorante campaña de Hillary Clinton, todos se preocupan de modo obsesivo por la igualdad salarial, por romper el techo de cristal y otras preocupaciones propias del lugar de trabajo. Las mujeres han de tener igualdad en el lugar de trabajo, evidentemente, porque van a seguir en él. Pero las mujeres y, cada vez más, los hombres a los que hoy se discrimina de modo más indignante son aquellos que noforman parte de la población activa, porque desempeñan la labor no remunerada del cuidado. Se trata de esa gente que —a riesgo de acabar resultando cósmicos— mantiene viva la especie, la continuidad de la civilización, y hace soportable la vida. Y la tratan como una basura por ello. 

La familia que Millett y sus colegas querían tirar por la ventana resulta que es fuente de amor, de placer y arraigo y sentido, algo de lo que mucha gente sencillamente no está dispuesta a prescindir. En una sombría economía global, criar a los niños puede parecer bastante más gratificante que los empleos agotadores, mal pagados e inseguros que se ofrecen. No quiero dar a entender que no hubiera feministas en tiempos de Millett que se dieran cuenta de que había que salvar la familia, no destruirla. Pero estos grupos (la National Welfare Rights Organization [Organización Nacional de Derechos de Bienestar Social], Wages for Housework [Salario para el Trabajo Doméstico]) se vieron empujados a los márgenes del movimiento. Wages for Housework [2] fue despedazada por reaccionaria, debido a que las feministas de mayor predominio malinterpretaron el grupo como si tratara de empujar a las mujeres de nuevo al hogar. Es sólo que era demasiado pronto para reclamar honor y dignidad —y una compensación— para el “trabajo de mujeres” menospreciado durante tanto tiempo y utilizado como argumento para negar a las mujeres el acceso a otras oportunidades.

Aunque Millett nunca tuvo hijos y hubo de huir de una familia católica tradicional y desaprobatoria para realizarse como radical y lesbiana, necesitaba esa familia para sobrevivir a sus muchos esfuerzos, así como la pequeña familia que reunió junto a su pareja y sus amigos y amigas más íntimos. Sus recuerdos de esa época en la granja dejan claro que descubrió que el llamado trabajo de carga era algo que le gratificaba y redimía. Levantaba construcciones manualmente, se ocupaba de los caballos y cultivaba alimentos. Si hubiera podido reincorporarse a la refriega del debate público, acaso habría contribuido a orientar la revolución feminista hacia la gente a la que tendrá que rodear con brazos y mentes si va realmente a ayudar a que florezcan todas las mujeres (y todos los hombres también): no sólo las artesanas de los bosques, etc., sino también las que empujan los cochecitos, las que friegan el suelo de la cocina, las que dan cariñosa bondad y cuidado.

Notas del t.:

[1] El libro de Sheryl Sandberg, titulado Lean In. Women, Work and the Will to Lead, [Vayamos adelante. Las mujeres, el trabajo y la voluntad de liderazgo, Editorial Conecta, Madrid, 2013] y la organización creada de resultas de su éxito, www.leanin.org, promueven una visión del progreso profesional de las mujeres centrada en los éxitos de su carrera individual, a la vez que se desentienden de toda acción colectiva. El libro fue feroz y detalladamente criticado por feministas como Susan Faludi y Zoe Williams, quien lo describió en The Guardian como “una guía infantilizadora y reaccionaria para mujeres ambiciosas”. 

[2] De acuerdo con la descripción de la misma Shulevitz en otro artículo: (…) las feministas marxistas Mariarosa Dalla Costa y Selma James iniciaron una campaña llamada Wages for Housework que apelaba a derribar un orden capitalista subvencionado, en su opinión, por el esfuerzo no pagado de las tareas del hogar y, sí, los servicios sexuales. Esto no quería decir necesariamente que las mujeres hubieran de salir del hogar y buscarse un empleo.   “Ninguna de nosotras cree que la emancipación, la liberación, pueda lograrse por medio del trabajo”, escribieron. “La esclavitud de la cadena de montaje no es liberación de la esclavitud del fregadero”. Silvia Federici fue una de las fundadoras de la sección de Nueva York.

es colaboradora de las revistas Slate y The New Republic, articulista del diario The New York Times sobre temas de feminismo, cultura y ciencia, y autora de “The Sabbath World: Glimpses of a Different Order of Time”.
Fuente:
The New York Review of Books, 29 de septiembre de 2017
Traducción:
Lucas Antón