La batalla de Gillo

Pietro Ingrao

15/10/2006

Pietro Ingrao escribe sobre su amigo, el cineasta Gillo Pontecorvo, con ocasión del fallecimiento de éste.

Conocí a Gillo Pontecorvo un día memorable del verano de 1943. Yo vivía entonces clandestino en Milán, en una casa situada en la avenida de Porta Nova que compartía con el compañero Salvatore Di Benedetto –uno de los organizadores de la lucha antifascista en Milán— y con dos obreros sicilianos que habían venido a la ciudad lombarda. Uno de ellos se había unido a una obrera de Bérgamo –se llamaba Santina—, también llegada a la metrópoli milanesa ya incendiada por la guerra en busca de pan. Pronto esta obrera se convirtió en cabeza de familia de aquel grupo de varoncitos.

La noche del 25 de julio ocurrió el gran acontecimiento. A la medianoche, mientras dormía, con los hermanos Impiduglia, en camastro grande y sumario, irrumpió la carrera en la habitación Salvatore Di Benedetto, quien, abriendo la ventana de par en par, se abalanzó a gritar, para estupefacción nuestra: «Abajo Mussolini, muerte al fascismo, viva la libertad...».
Bruscamente despertados, por un instante creímos que Totò Di Benedetto se había vuelto loco. Luego, Totò nos dio la gran noticia del arresto de Mussolini, y todos nos lanzamos por las calles de Milán, invadidas de gente que celebraba la libertad, festejaba en las plazas, asaltaba y devastaba las sedes del partido fascista. Al alba, nos retiramos extenuados a la casa de la avenida de Porta Nova. Pero pronto Elio Vittorini nos llamó desde la sede de la Bompiani, desde donde ..mientras en la plaza del Duomo Roveda hacía ya un breve discurso— nos pusimos a preparar una gran manifestación popular para el mediodía. Y cerca de las catorce horas había ya una marea de gente que desfila frente a las cárceles exigiendo la liberación de los presos antifascistas. En seguida, no muy lejos de Porta Venecia, desde el techo de un desastrado camionucho di el primer discurso de mi vida, invocando la paz y la libertad.

Luego irrumpió la fila de tanques con un tenientillo lívido a la cabeza, y empezó un largo diálogo cara a cara entre aquellos soldados silenciosos y desalterados y la muchedumbre que empujaba a sus espaldas; hasta que una mujer jovencísima se avilantó a romper la fila de los mudos soldados y a subirse al techo de un carro armado. Para los soldados, fue la señal de la retirada.

No tardé mucho en encontrarme, en la casa de Vittorini y Ferrata, cerca de Porta Venecia, con Celeste Negarville, uno de los dirigentes comunistas que habían logrado entrar en Milán, y que con una irónica sonrisa me espetó: «ya sé que has dado un gran discurso en Porta Venezia...». En aquella casa de Vittorini y en el crepúsculo veraniego de aquel día frenético, conocí a Gillo Pontecorvo: jovencísimo y sonriente. Desde hacía meses, era el enlace entre un sector del grupo dirigente comunista camuflado en el sur de Francia y otro núcleo del PCI clandestino que ya había entrado en Italia y era dirigido por Humberto Masala. Pero aquella dulce velada veraniega no transcurrió tranquila. Vino la policía. Se llevó esposados a Di Benedetto, Vittorini y Giansiro Ferrata; y por unas horas, temimos que hubiera estallado la contrarrevolución fascista. No fue así. Siguieron huelgas inflamadas en las ciudades obreras, enfrentamientos en las plazas y choques entre los esbirros badoglianos y los manifestantes. De súbito, Gillo Pontecorvo y yo fuimos llamados a constituir la redacción de la Unità: el periódico de Gramsci volvía a aparecer. El director era Girolamo Li Causi: el cual, sin embargo, estaba solicitado por otras preocupaciones graves, y nos dejaba hacer aquella Unità semiclandestina a nosotros, jovenzuelos sin la menor experiencia: Gillo y yo. Viví así meses palpitantes, enloquecidos en la avenida de Porta Nuova, hasta la noche que tuvimos que huir a Monza, arracimados en una camioneta amiga, para salvarnos de los bombardeos anglo-americanos que sembraban muerte y ruina en la ciudad. De nuevo en Milán, se nos unió una hermosísima muchacha: francesa, de nombre Henriette, y entonces enamorada de Gillo. Y nuestra pandilla se amplió. Gillo rebosaba fantasía y frescura en cada gesto. Decidimos cambiar los caracteres y el diseño de la Unità, y nos servimos de la ayuda de un artista de entonces: Albe Steiner. De acuerdo con su consejo, cambiamos hasta la cabecera de aquella Unità clandestina. La verdad es que yo era más cauto. Gillo, en cambio, mostraba ya el gusto suyo por el ensamblaje de signos. Apremiaba a Steiner a que hiciera propuestas gráficas. En Roma protestaban porque cambiábamos el aspecto de la Unità de Gramsci... Y de hecho, yo era más prudente. Gillo, no. Se le veía complacido con el desafío, con la configuración inédita de las formas. Más tarde descubría que era n estupendo jugador de tenis, y me dijo –pero era una fantasía— que también aquí se veía lo que le gustaba el ensamblaje de signos. La verdad es que las primeras películas que hizo en la Italia liberada no me convencieron demasiado (y yo me las daba de entender mucho de cine). Luego vino la fulgurante Batalla de Argel, la película en que se reveló la verdadera vena de aquel jovencísimo director. ¿Por qué tuvo esa fuerza de arrastre, ese poder de fascinación aquella obra? En mi opinión, se conjugaban varios factores: y en primer lugar, el áspero rigor de la narración poética. Lo cierto es que aquel crudo laconismo del mensaje social estaba ya presente en buena parte del cine italiano. Y sin embargo, incluso en los grandes clásicos –de De Sica a Rossellini, por no hablar de Visconti, aun sin énfasis—, se rozaba siempre el umbral novelístico: de la gran tradición novelística crecida en Europa y extendida luego hasta la lejana América. En relación con esa tradición, tan robusta también en las obras cinematográficas, para mí La batalla de Argel significó un giro. El choque, el conflicto armado, las devastaciones humanas, la muerte, estaban escritas en la película del modo más desnudo. El mismo ataque al grupo dirigente que tenía a Francia en sus manos parecía tener algo ineluctable. Y a pesar de la evidencia de las figuras singulares, la alusión al sujeto colectivo en la secuencia cinematográfica, a los “protagonistas de la historia”, era manifiesta. No por casualidad, la tensión desnuda regresaba con la misma fuerza en otra película, para mí una de las más interesantes de Gillo: Queimada. Puede en este sentido decirse que el camino por él recorrido en la expresión artística ha ido desnudándose. Recuerdo ahora las conversaciones de nuestra juventud y el elogio que él me hacía –sin llegar a persuadirme— del himno soviético. Luego tuve la impresión de que el ritual político de sus pasiones de finales de los años treinta fue sometido a una criba rigurosa. E inició la construcción de un uso del lenguaje preñado de simbolismo, y al propio tiempo, severo. Hoy razonamos mucho, y con aspereza (yo, entre otros), sobre los errores y las derrotas del sovietismo (se podría incluso decir: del leninismo): y tenemos motivos serios y duros para hacerlo, tras la grave derrota que hemos padecido. Pero cuando se va una mirada desnuda y áspera como la de Gillo Pontecorvo, es preciso apelar al vocabulario del existir con que toda una parte de la cultura italiana se ha medido con las terribles novedades del siglo XX. No hemos sido tan provincianos como algunos cuentan. Había más.

Pietro Ingrao, antiguo dirigente del ala izquierda del PCI, acaba de publicar sus memorias, Yo quería la luna, ardientes vivencias y atormentados recuerdos que tejen la historia personal con la experiencia colectiva del comunismo italiano.

Traducción para www.sinpermiso.info: Leonor Març

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Fuente:
Il Manifesto, 14 octubre 2006