La corrupción en Israel no es sólo un problema israelí

Ramzy Baroud

08/12/2017
Conduzca o no la ristra de escándalos que ahora acusan al primer ministro israelí,  Benyamin Netanyahu a su destitución, poco importa. 
 
Aunque casi la mitad de los israelíes encuestados el pasado julio – bastante antes de que los escándalos dieran un giro más turbio – creen que Netanyahu es corrupto, una mayoría de israelíes afirmó que seguirían votando por él. 
 
Un sondeo reciente llevado a cabo por el Canal 10 de Israel llegó a la conclusion de que, si hoy se celebraran elecciones, Netanyahu conseguiría un 28%, mientras que los contendientes que más se le acercan, Avi Gabbay, del Campo Sionista, y Yair Lapid, de Yesh Atid, recogerán cada uno el 11% de los votos. 
 
“El próximo estadio, que se está acercando, es que los ciudadanos de Israel reelijan a un delincuente y le confíen su destino”, escribió Akiva Eldar, destacado columnista israelí, en respuesta a la popularidad constante de Netanyahu, pese a las acusaciones de corrupción y de repetidas investigaciones de la policía. 
 
Pero Eldar no tendría que sorprenderse. La corrupción política, el soborno y la malversación de fondos han sido la norma – no la excepción – en la política israelí. 
 
Alex Roy lo expone de modo más sucinto en un artículo reciente del Times of Israel: “El hecho de que (Netanyahu) tenga todavía bastantes oportunidades de ser primer ministro después de las próximas elecciones dice más acerca de cómo nos hemos acostumbrado a la corrupción que de cuán limpio está él”. 
 
Roy escribió que su país “se ha acostumbrado a los delincuentes politicos”, simplemente porque “cada uno de los primeros ministros en el último cuarto de siglo ha tenido que afrontar causas penales”.
 
Lleva razón, pero hay dos cuestiones de importancia que están ausentes en un debate que hasta tiempos recientes se había visto en su mayor parte limitado a los medios informativos israelíes. 
 
En primer lugar, la naturaleza de la falta de ética de Netanyahu es diferente de la de sus predecesores. Esto reviste gran importancia. 
 
En segundo lugar, la aparente aceptación de la corrupción por parte de la sociedad israelí podría tener menos que ver con el supuesto de que “se han acostumbrado” a la idea y más con el hecho de que la cultura, en su conjunto, se ha hecho corrupta. Y hay una razón para ello. 
 
Para dejarlo claro, la presunta corrupción de Netanyahu resulta bastante distinta de la del exprimer ministro israelí, Ehud Olmert.
 
Olmert era un corrupto al viejo estilo. En 2006, se le encontró culpable de aceptar sobornos mientras desempeñaba el cargo de alcalde de Jerusalén. En 2012, se le condenó por abuso de confianza y soborno, esta vez como primer ministro. En 2015, fue sentenciado a seis años de cárcel.  
 
Se procesó a otros altos, entre ellos al presidente Moshe Katsav, que fue condenado por violación y obstrucción de la justicia. 
 
Estos cargos quedaron en buena medida limitados a una persona o dos, lo que dejaba la naturaleza de la conspiración en algo bastante limitado. Los comentaristas de los medios israelíes y occidentales utilizaron esos procesamientos para poner de manifiesto la salud de la democracia israelí, comparada sobre todo con sus vecinos árabes. 
 
Las cosas son diferentes con Netanyahu. La corrupción se está convirtiendo en Israel en algo más parecido a las operaciones de la mafia, implicando a funcionarios electos, jefazos militares, abogados importantes y grandes conglomerados empresariales.  
 
La naturaleza de las investigaciones que se ciernen sobre Netanyahu apuntan a este hecho. 
 
Netanyahu está enredado en el ‘Expediente 1000’, según el cual el primer ministro y su mujer aceptaron regales de gran valor financiero de un renombrado productor de Hollywood, Arnon Milchan, a cambio de favores que, de confirmarse, precisaban que Netanyahu recurriera a su influencia como primer ministro. 
 
El ‘Expediente 2000’ se refiere al asunto Yisrael Hayom. En este caso, Netanyahu llegó a un acuerdo secreto con el editor del destacado diario Yedioth Ahronoth, Arnon Mozes. A tenor de este acuerdo, Yedioth se avino a rebajar sus críticas de las medidas políticas de Netanyahu a cambio de la promesa del primero de mermar la venta de un diario rival, el Yisrael Hayom.
 
Yisrael Hayom es propiedad del magnate de negocios proisraelí, Sheldon Adelson, estrecho y poderoso aliado de Netanyahu hasta que salieron a la luz las noticias del acuerdo con el Yedioth. Desde entonces, el Yisrael Hayom se ha vuelto contra Netanyahu.  
 
El ‘Expediente 3000’ se refiere al asunto de los submarinos alemanes. Altos asesores de seguridad nacional, todos muy estrechamente alineados con Netanyahu, estaban implicados en la adquisición de submarines alemanes que se estimaban innecesarios, pero le costaron al Estado miles de millones de dólares. Grandes sumas de este dinero fueron desviadas por el círculo íntimo de Netanyahu y transferidas a cuentas bancarias privadas y secretas. 
 
Este caso es particularmente significativo en lo que se refiere a la extendida corrupción en los más altos círculos de Israel. 
 
Centrales en esta investigación son los primos y dos estrechos confidentes de  Netanyahu: su abogado personal, David Shimron y el ‘ministro de Exteriores de facto’, Isaac Molcho. Este último ha logrado levantar para Netanyahu una red impresionante, en buena medida oculta, en la que son en gran medida difusas las líneas entre política exterior, ingentes contraltos del gobierno y acuerdos de negocios personales.  
 
También tenemos el ‘asunto Berzeq’ que implica al gigante israelí de las telecomunicaciones, Berzeq, y al aliado político y amigo de Netanyahu, Shlomo Filber.
 
Netanyahu fue ministro de Comunicaciones hasta que se le ordenó judicialmente que dejara el cargo en 2016. De acuerdo con los informes de los medios, Filber, substituto cuidadosamente seleccionado, desempeñó el papel de ‘espía’ de la central para garantizar que las decisiones cruciales que tomara el gobierno se comunicaran con antelación a la empresa. 
 
Lo más fascinante acerca de la corrupción de Netanyahu es que no se trata de algo que sea reflejo solamente de él: se trata de una corrupción por capas, que entraña una gran cadena en los escalones superiores de Israel.  
 
Hay algo más en la disposición de la opinión pública israelí a aceptar la corrupción que su incapacidad de detenerla. 
 
La corrupción en la sociedad israelí se ha vuelto particularmente endémica desde la ocupación de Jerusalén Este, Cisjordania y Gaza en 1967. La idea de que los israelíes communes y corrientes pueden mudarse a una vivienda palestina, desahuciar a la familia, con pleno apoyo de los militares, el gobierno y los tribunals, ejemplifica la corrupción moral al grado máximo. 
 
Sólo era cuestión de tiempo que esta masiva corrupción organizada – la ocupación militar, la iniciativa de los asentamientos, el blanqueamiento de los crímenes israelíes por parte de los medios – se filtrara hasta el cauce principal de la sociedad israelí, que está podrida hasta la médula. 
 
Mientras que pudiera ser que los israelíes se hayan ‘acostumbrado’ a su propio corrupción, los palestinos, no, porque el precio de la corrupción moral israelí es demasiado para que puedan soportarlo.
columnista, consultor de medios, creador de PalestineChronicle.com, y autor de varios libros, el último de los cuales es My Father Was a Freedom Fighter: Gaza’s Untold Story (Pluto Press, Londres, 2009).
Fuente:
Counterpunch, 16 de noviembre de 2017
Traducción:
Lucas Antón