La crisis de los misiles, 40 años después

Adolfo Gilly

05/11/2002

Para Roberto Acosta, ingeniero cubano, y José Lungarzo, metalúrgico argentino. Para Ezequiel Martínez Estrada, escritor argentino. Todos ellos en Cuba en octubre.
En memoria.

1. Cuba-Estados Unidos: el todo por el todo
El 23 de octubre de 1962, a las 19 horas, John F. Kennedy, presidente de Estados Unidos, anunció a la nación y al mundo que, habiendo comprobado su gobierno la existencia de "armas estratégicas ofensivas" (misiles con carga nuclear) en la República de Cuba, instaladas secretamente por la Unión Soviética, denunciaba este hecho como una amenaza a "la paz y la seguridad" del continente americano y declaraba una cuarentena naval sobre la isla: primero, todo barco que se dirigiera a Cuba sería inspeccionado y obligado a retroceder si traía carga de "armas ofensivas"; segundo, se aumentaba la vigilancia sobre la isla y se reforzaba militarmente la base de Guantánamo; tercero, se declaraba la movilización y el estado de alerta de las fuerzas armadas de Estados Unidos.
Informado de que esa tarde el presidente Kennedy haría un anuncio de extrema importancia y en vista de grandes movimientos militares en el Caribe, el gobierno cubano se adelantó y, desde las l6 horas, declaró la movilización general y el alerta de guerra en toda Cuba. Un cronista de esos días lo contó de este modo:
"A las armas". Un cartel rojo con un civil enarbolando una metralleta y sólo tres palabras en grandes letras blancas: "A las armas", apareció cubriendo todas las calles de La Habana el martes 23 de octubre de 1962. Desde las 18 horas del día anterior, Cuba estaba en pie de guerra. Kennedy había lanzado la amenaza de invasión y Fidel Castro había llamado a la movilización general. El cartel ?un color, tres palabras y un gesto? sintetizaba la reacción instantánea del pueblo cubano. [...]
Fue como si una larga tensión contenida se aflojara, como si todo el país como un solo cuerpo dijera: "¡Por fin!" La larga espera de la invasión, la guerra de nervios, los pequeños ataques, los desembarcos de espías, el bloqueo, todo eso estaba atrás. Ahora era la hora de la lucha y todo el mundo se lanzó a ella en cuerpo y alma.
"Alarma de combate"/"La nación en pie de guerra", fueron el 23 de octubre los dos titulares en grandes caracteres del periódico Revolución. Trescientos mil hombres y mujeres armados movilizó el gobierno en el ejército, las milicias, los centros de trabajo y de estudio, los barrios y las calles de las ciudades: el pueblo en armas. En algunos centros de reclutamiento ?el Hotel Habana Riviera, por ejemplo? pudieron acudir a ocupar su puesto en el conflicto inminente los ciudadanos de otros países que en ese momento estaban en la isla. A la salida de sus tareas los trabajadores hacían ejercicios militares en calles y plazas, bajo una lluvia persistente. Al mismo tiempo, como pudo comprobarse después, aumentó la productividad y la disciplina en las empresas. Siguió contando el cronista:
El día 23 el ejército y todas las milicias estaban movilizados. Las unidades de combate de las milicias comenzaron a salir hacia el interior del país. Las unidades de defensa popular se distribuyeron por toda La Habana. Decenas de miles de hombres y mujeres que no estaban hasta entonces en las milicias se presentaron voluntariamente y comenzaron su instrucción. Cuba era un campamento militar en pie de guerra.
Cuarenta años después, el historiador persiste en constatar lo que entonces registró aquel cronista: ese llamado audaz de una dirección que reunió en su torno a todo su pueblo y se colocó así bajo su protección, su influencia y su impulso; esa movilización inmediata y en masa; esa participación de todos en todas partes; esa agitación de los espíritus y de las armas fue lo que hizo toda la diferencia con lo que se vivía en esos mismos momentos en Estados Unidos y en la Unión Soviética: un enfrentamiento al borde del estallido entre los gobiernos y los ejércitos de dos potencias sin que sus pueblos fueran convocados a ser otra cosa que espectadores pasivos, conteniendo el aliento como todo el planeta y esperando que allá en las alturas sus dirigentes no los arrastraran al abismo de una guerra nuclear.
Cuba sólo podía usar las armas que tenía, incluidas sus baterías antiaéreas de mediano alcance, mientras que los disparadores nucleares, en todas partes, estaban bajo el control exclusivo de las dos potencias: Estados Unidos y la Unión Soviética. Los misiles instalados en territorio cubano estaban bajo mando soviético y únicamente por órdenes de Moscú podían ser disparados. El enfrentamiento nuclear era, pues, entre los grandes. Pero quienes se estaban jugando literalmente el todo por el todo eran Cuba y su revolución, el primer blanco seguro en caso de enfrentamiento nuclear.
¿Cómo se había llegado a ese límite último?
*
Desde junio de 1962, como después veremos, por iniciativa soviética y acuerdo cubano había comenzado la febril y secreta operación de instalación de misiles de alcance medio, con carga nuclear, en territorio de Cuba. Un objetivo, después se dijo, era proteger a la isla de la amenaza de una invasión, amenaza siempre presente en las operaciones de sabotaje y hostigamiento desde territorio de Estados Unidos, con el apoyo de los servicios de inteligencia de este país, intensificadas desde la derrota de la invasión de Playa Girón en abril de 1961 y aprobadas por Washington bajo el nombre de clave de Operation Mongoose (Operación Mangosta). El otro objetivo, también se dijo, era equilibrar la relación de fuerzas nucleares entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Los misiles en la isla debían disuadir las amenazas contra Cuba y compensar la cadena de bases nucleares de Estados Unidos en las vecindades de la Unión Soviética. Los cubanos querían que la operación quedara cubierta jurídicamente por un pacto militar público entre dos naciones, una declaración de que cualquier ataque contra Cuba sería considerado como un ataque contra la Unión Soviética. Según ese pacto, cada país ejercería el derecho soberano de proveerse de las armas que creyera pertinentes, sin tener que dar a nadie explicaciones al respecto.
Nikita Jruschov y el gobierno soviético consideraron que la operación de instalación de los misiles (denominada Operación Anadyr) debía ser secreta y sería revelada a fines de 1962, una vez concluida y en condiciones operativas, en la Asamblea General de Naciones Unidas, poniendo a Estados Unidos ante un hecho sorpresivo y consumado. Este criterio se impuso.
"¿Cómo podían creer ustedes, rusos y cubanos, que una operación de tal envergadura no iba a ser descubierta en su desarrollo por la vigilancia de las fuerzas armadas de Estados Unidos?", preguntó Robert McNamara, en aquel entonces secretario de Defensa del presidente Kennedy, durante la conferencia de La Habana de octubre de 2002. "¿Cómo imaginaban que Estados Unidos iba a responder a la instalación de los misiles en Cuba? ¿Para qué desplegaron armas tácticas nucleares, que según ustedes eran para disuadir de una invasión, si no sabíamos de su presencia en la isla y entonces no podían disuadir a nadie? ¿Cómo planeaban los soviéticos usar esas armas si hubiera habido una invasión?"
Desde julio de 1962, el gobierno de Estados Unidos había registrado un notable aumento del movimiento de barcos de carga entre la Unión Soviética y Cuba. Intensificó entonces la vigilancia aérea con los aviones U-2, que volaban a 20 mil metros de altura. El 16 de octubre los analistas de las fotografías de esos vuelos informaron al presidente Kennedy que había misiles instalados y en curso de instalación en la isla, sin poder decir si ya eran o no operativos. Si lo hubieran sido habrían podido, según también dijo McNamara en La Habana, "lanzar armas nucleares sobre grandes ciudades de la costa este de Estados Unidos, poniendo en riesgo a 90 millones de personas".
Percibida la situación de esta manera en Washington, Kennedy formó un Comité Ejecutivo de Seguridad Nacional (Excomm) con unos pocos asesores inmediatos y pidió a éstos una opinión documentada, manteniendo el más completo secreto. Mientras tanto, ordenó una enorme movilización de fuerzas de tierra, mar y aire sobre el extremo sudeste del territorio de Estados Unidos, la cual fue detectada por los servicios de espionaje soviéticos.
"Los estábamos vigilando desde Estados Unidos hasta con avionetas de fumigación. Esa operación era muy visible y estaba mal hecha. ¿Cómo podían creer ustedes que no nos daríamos cuenta?", dijo en la conferencia de La Habana uno de los expertos rusos allí presentes.
El domingo 21 de octubre de 1962 se reunió el Excomm con el presidente Kennedy para aconsejar la línea de acción a seguir contra Cuba. Según el informe de McNamara en La Habana, hubo dos posiciones. El general Maxwell Taylor argumentó en favor de lanzar una invasión inmediata, con un bombardeo masivo inicial (mil 80 incursiones el primer día) y un desembarco también masivo después: cinco divisiones del ejército, tres divisiones de la marina (unos 140 mil efectivos, incluidos 14 mil 500 paracaidistas). El secretario de Defensa, Robert McNamara, defendió la propuesta de una cuarentena inicial, antes de cualquier operación de guerra.
A pregunta expresa del presidente, la mayoría del Excomm, según recordó McNamara en La Habana, estuvo a favor del ataque inmediato. Kennedy, entonces, preguntó al jefe del Comando Aéreo que dirigiría el ataque contra la isla, general Walter Sweeney, si podía asegurar que sus fuerzas podían destruir en un primer golpe los misiles desplegados en Cuba. El general respondió que garantizaba una destrucción inmediata de un 90 por ciento al menos, pero que no podía asegurar que unos pocos misiles y cabezas nucleares no escaparan de ese primer golpe y no fueran lanzados en represalia contra el ejército y el territorio de Estados Unidos. El presidente midió el riesgo y optó entonces por la línea de acción propuesta por el secretario de Defensa McNamara: decretar una cuarentena inicial sobre la navegación hacia Cuba. La anunció en su discurso del 23 de octubre.
La línea de cuarentena marítima en torno a Cuba, en efecto, entró en aplicación desde las 10 horas de la mañana del miércoles 24 de octubre.

*
Pero en esos momentos el mando estadunidense no sabía aún que las armas nucleares, no sólo los misiles, ya estaban en la isla. Así lo recordó también McNamara el 11 de octubre pasado en La Habana:
No fue sino hasta después de casi 30 años desde aquellos sucesos cuando supimos, por conducto del general Gribkov y su testimonio en la conferencia de enero de 1992 (realizada en La Habana, en esta misma sala), que las armas nucleares, tanto las estratégicas como las tácticas, ya habían llegado a Cuba antes de que la línera de cuarentena fuera establecida: 162 cabezas nucleares en total. Si el presidente hubiera llevado adelante el ataque aéreo y la invasión a Cuba, nuestras fuerzas, es casi un hecho, se habrían encontrado con fuego nuclear, lo cual habría requerido el mismo tipo de respuesta de Estados Unidos.
Robert McNamara continuó diciendo que, en la conferencia de 10 años atrás, esa información significó una conmoción para ellos. (Fidel Castro le recordó allí mismo, sonriendo, cómo en aquella ocasión McNamara se había agarrado la cabeza con ambas manos.) "Le pregunté entonces al presidente Fidel Castro", prosiguió McNamara, "qué habría hecho en caso de ataque con esas armas y cuál habría sido el desenlace para Cuba. La respuesta del presidente hizo recorrer un escalofrío por mi espinazo". Repitió en ese punto (de la versión en inglés) las palabras de Castro en aquel entonces. (Se reproducen aquí en forma más completa):
Nosotros partíamos del supuesto de que si había una invasión de Cuba, la guerra nuclear habría estallado. De esto estábamos seguros. Aquí todo el mundo estaba sencillamente resignado al destino de que ha-bríamos tenido que pagar el precio, que habríamos desaparecido. Vimos el peligro, lo digo con franqueza, y la conclusión, señor McNamara, que podemos sacar es que si nos vamos a basar en el miedo, nunca seremos capaces de evitar una guerra nuclear. El peligro de guerra nuclear tiene que ser eliminado por otros medios. No se la puede evitar sobre la base del miedo a las armas nucleares o de que los seres humanos van a ser detenidos por el miedo a las armas nucleares. Nosotros hemos vivido la experiencia muy singular de habernos convertido prácticamente en el primer blanco de esas armas nucleares: nadie perdió su ecuanimidad o su calma ante tal peligro, a pesar de que se supone que el instinto de supervivencia sea más poderoso. Por eso la existencia actual de 50 mil cabezas nucleares es una simple locura. Los seres humanos han estado haciendo locuras con la tecnología, que está mucho más desarrollada que sus capacidades de organizarse y hacer política. [...]
¿Usted quiere mi opinión en el caso de una invasión con todas sus tropas y con 1190 incursiones aéreas? ¿Habría yo estado dispuesto a usar armas nucleares? Sí, hubiera estado de acuerdo en usarlas. Porque, en todo caso, dábamos por seguro que se hubiera convertido de todos modos en guerra nuclear y que íbamos a desaparecer. Antes de tener nuestro territorio ocupado, totalmente ocupado, estábamos dispuestos a morir en defensa de nuestro país. Usted me ha pedido que hablara con toda franqueza y así lo he hecho. Si el señor McNamara o el señor Kennedy hubieran estado en nuestro lugar y les hubieran invadido su país, o si su país estuviera por ser ocupado, dada una enorme concentración de fuerzas convencionales, ellos también habrían usado armas nucleares tácticas. [Pero, dijo a continuación, los cubanos "no teníamos control de las armas nucleares tácticas. Puede estar seguro de que en tal caso no nos hubiéramos precipitado a usarlas."]
¿Cómo habría terminado en tal caso el conflicto?, se preguntó McNamara en La Habana el 11 de octubre pasado: "La respuesta, pienso, es: en un absoluto desastre, no sólo para Cuba sino para la Unión Soviética, para mi propio país y para el resto del mundo". Por esta razón, agregó, "he regresado esta vez a La Habana: para saber cómo las lecciones aprendidas de aquella crisis de octubre de 1962 podrían ayudarnos a quienes estamos interesados en la reducción del peligro de una catástrofe nuclear en el siglo xxi [...] en un mundo que posee alrededor de 20 mil armas nucleares y donde el solo uso de 400 o 500 podría significar la destrucción total de naciones completas".
Debe decirse que, desde el primer momento, las motivaciones políticas de la presencia de Robert McNamara en La Habana fueron explícitamente relacionadas con su preocupación por el peligro actual de guerra en Irak y en Medio Oriente.
*
Establecida la cuarentena, la presión sobre Cuba no cesó de crecer. Aparte de los vuelos regulares de los U-2, invisibles para el pueblo cubano, Estados Unidos estableció la práctica de vuelos rasantes de reconocimiento cada mañana, a 100 metros de altura o menos. Los artilleros cubanos, con orden estricta de no disparar, hasta podían ver las caras de los pilotos. Como diría después Fidel Castro, esos vuelos no tenían objetivo militar, salvo el de desmoralizar a sus tropas y a su gente, pues el reconocimiento fotográfico lo hacían los U-2. Más de una vez los oficiales tuvieron que calmar a los milicianos que querían hacer fuego.
Casi 40 años después, un lejano amigo cubano de aquel cronista le escribió estos recuerdos:
Me movilicé a 10 kilómetros de Guanajay, donde existía una cantera de piedra y estaba desplegado el batallón de la Universidad como posta exterior de una base coheteril soviética. [...] Pasaban los aviones yanquis, tan bajo que a veces se le veían los cascos a los pilotos. Nosotros estábamos en una pequeña elevación que dominaba la Carretera Central, en la punta de un campo de caña, por techo un naylon, por cama la paja de caña. [...] Fueron unos días imborrables, hermosos, de tremenda hermandad entre los hombres. [...] Nunca sufrimos una humillación como aquellos aviones "pintorreados" USAF que nos sobrevolaban, hasta que Fidel dio la orden de ni un vuelo más. La rabia era tanta que recuerdo un día en que un viejo albañil negro, que era ayudante de una ametralladora pesada de fabricación checa que era una pieza acompañante, trató de hacerles fuego, pero no había orden. ¡Qué alegría cuando supimos que los CAD30, cañones antiaé-reos de dos bocas calibre 30, comenzaron a hacer fuego de práctica detrás de nosotros! Eran nuestros compañeros de la Universidad que estaban en esa arma.
Reacciones como ésta fueron generales en los puestos de combate. Hay que anotar, sin embargo, que si bien expresaban el estado de ánimo de los soldados y de la mayoría de la población, las tropas que nunca han estado bajo fuego real son proclives a estas emociones, mucho más controladas y maduras en los veteranos de otras batallas.

*
El 24 de octubre Bertrand Russell hizo llegar a Jruschov un llamado a la prudencia y pidió a Kennedy que "detenga la locura". Jruschov respondió que la Unión Soviética no tomará "decisiones insensatas" y que si Estados Unidos lleva adelante su "acción piratesca", la URSS no tendrá otro remedio que "usar sus medios de defensa contra el agresor".
La prudencia, sin embargo, parecía abrirse paso por momentos. El 25 de octubre en Estados Unidos se informa oficialmente que por lo menos 12 barcos soviéticos han virado en redondo y emprendido el regreso antes de pasar la línea de cuarentena. Sólo un petrolero la atravesó, pero después de haber sido interceptado y autorizado sin haberlo abordado.
Ese mismo día, bajo la impresión, después no confirmada, de la inminencia de una invasión de Cuba por Estados Unidos, Jruschov redactó una primera carta a Kennedy, proponiendo el retiro de los misiles a cambio de una garantía de Estados Unidos de que Cuba no será invadida. Esta carta fue entregada el 26 de octubre en la embajada de Estados Unidos en Moscú. De inmediato el Excomm se reunió para considerar la nueva situación.
Mientras tanto se barajan en privado en Washington y en Moscú varias alternativas de solución, entre ellas un retiro simultáneo de los misiles soviéticos de Cuba y de los misiles de la OTAN de Turquía. Esta solución es propuesta a título personal por el periodista Walter Lippman en su columna, por sugerencia de la Casa Blanca. Después aparecerá en una segunda carta de Jruschov a Kennedy.
A esta altura, 26 de octubre, las negociaciones entre Kennedy y Jruschov ya están abiertas, por iniciativa de éste, con una oferta explícita de ceder a las exigencias de aquél y retirar los cohetes a cambio de una promesa de no invasión a la isla. Sin embargo, Fidel Castro y los cubanos no han sido hasta entonces consultados, y ni siquiera informados, de lo que Washington y Moscú están tratando por encima de sus cabezas. Sus informes y sus percepciones les dicen que el ataque es inminente, idea compartida por los jefes de las tropas y las baterías soviéticas en la isla.
Entre la noche del 26 y la madrugada del 27 de octubre Fidel Castro escribe una carta urgente a Jruschov, en la cual dice que, según sus informes y sus análisis, considera que "la agresión es casi inminente dentro de las próximas 24 y 72 horas". La carta prevé dos variantes: la más probable, un ataque aéreo para destruir determinados objetivos; "la segunda, menos probable aunque posible, es la invasión". Después de asegurarle que Cuba va a resistir el ataque, cualquiera éste sea, le dice que "el estado moral del pueblo cubano es sumamente alto y se enfrentará al agresor heroicamente".
Fidel Castro agrega a continuación su opinión personal: si tiene lugar la segunda variante y se produce la invasión de Cuba, "el peligro que tal política agresiva entraña para la humanidad es tan grande que después de ese hecho la Unión Soviética no debe permitir jamás circunstancias en las cuales los imperialistas pudieran descargar contra ella el primer golpe nuclear". Si Estados Unidos lleva adelante "un hecho tan brutal y violador de la ley y la moral universal como invadir a Cuba, ese sería el momento de eliminar para siempre semejante peligro en acto de la más legítima defensa, por dura y terrible que fuese la situación, porque no habría otra". (Fidel Castro temía, dijo después, que la Unión Soviética pudiera repetir la trágica conducta de Stalin en junio de 1941 cuando, pese a todos los informes y advertencias, permitió el ataque nazi sin haber preparado la menor respuesta, con un inmenso costo militar en destrucciones, en pérdida de territorio y en millones de muertos.) Siguen luego frases de afecto, de reconocimiento y de solidaridad con Jruschov, para concluir: "Hasta el último momento, no obstante, mantendremos la esperanza de que la paz se salve y estamos dispuestos a contribuir con lo que esté a nuestro alcance. Pero al mismo tiempo, nos disponemos con serenidad a enfrentar una situación que vemos muy real y muy próxima".
Esta carta, enviada en la ignorancia del intercambio epistolar entre Jruschov y Kennedy, alarmó sobremanera a Jruschov, quien interpretó en ella algo que el texto claramente no dice: una propuesta de que la Unión Soviética lanzara un primer golpe nuclear preventivo. En efecto, el 30 de octubre, es decir, todavía en plena crisis, Jruschov se reunió en Moscú con una delegación del Partido Comunista de Checoslovaquia. Les informó que Fidel Castro le había propuesto, en una carta, "que seamos nosotros los primeros en iniciar una guerra atómica", y agregó: "Sólo una persona que no tiene idea de lo que significa una guerra nuclear, o que está enceguecido por la pasión revolucionaria, como sucede con Fidel Castro, puede hablar de ese modo".
Como diría Fidel Castro en la conferencia de octubre de 2002, bajo la enorme presión del momento el primer ministro soviético estaba perdiendo control de sus nervios.
En la misma convicción de la inminencia de un ataque sobre Cuba que su carta registraba, ese 26 de octubre Fidel Castro dio orden a sus baterías antiaéreas de abrir fuego sobre los vuelos rasantes. Así sucedió en la madrugada del 27, sin que avión alguno fuera alcanzado pues de inmediato alzaron la cota de vuelo. Ese día no hubo más vuelos. Vista desde Moscú, esta orden parecía un sabotaje de las negociaciones con Washington. Pero de éstas los cubanos nada sabían.
*
El 27 de octubre uno de los jefes militares soviéticos, el general Stepan Grechko, decidió por su cuenta que ya era basta, y dio orden de abrir fuego con sus baterías SAM sobre el U-2 piloteado por el mayor Anderson. El avión fue derribado a las 10:27 sobre el municipio de Banes, oriente de Cuba, y murió el piloto. Jruschov creyó entonces y siguió creyendo después que la iniciativa había sido de los cubanos.
En 1992, en una entrevista, el general Georgy Voronkov, que ordenó el disparo, explicó que las tropas soviéticas estaban convencidas de que estaban allí "para proteger a Cuba". Ese día la tensión era enorme, dijo, el ataque parecía inminente y ellos no sabían si la guerra estaba por estallar o ya había comenzado. Entonces, cuando el U-2 apareció en el radar, dio orden de disparar. El general insistió mucho, en esa entrevista, en que con esos sobrevuelos la situación en tierra "se había vuelto sencillamente intolerable". Era la misma sensación que tenían los jefes cubanos y sus tropas.
En la conferencia de La Habana de 1992, Fidel Castro declaró su acuerdo con el disparo:
Estuve en total acuerdo con el derribo del avión. [...] Pienso que fue lo único consistente que hicimos en aquellos días. [...] Creo que lo único correcto, militar y defensivamente, era estar listos para prevenir a cualquier costo el ataque por sorpresa. [...] No sabíamos nada de la propuesta del retiro de los misiles a cambio de una garantía; no sabíamos nada de lo que estaba pasando el 27 y no sabíamos nada de la respuesta de Kennedy. [...] En esas condiciones, actuamos de acuerdo con nuestro juicio. Era totalmente correcto. Más todavía, si toda la operación hubiera sido llevada adelante con esa misma resolución, la salida habría sido diferente y no hubiera habido guerra. Lo cierto es que a menudo es la vacilación lo que conduce a la guerra, no la firmeza. [...] ¿Qué tenemos que lamentar? ¿De qué tenemos que arrepentirnos? ¿Cómo pueden ustedes probar que lo que se hizo era equivocado? ¿Sobre qué bases?
En Washington decidieron no revelar en lo inmediato el derribo del U-2 para no llevar la tensión al punto de ruptura. A esta altura, según reiteró McNamara en la conferencia de octubre de 2002, los acontecimientos parecían estar descontrolándose y escapándoseles de las manos tanto a Moscú como a Washington. Por añadidura, un avión U-2 que volaba sobre Alaska se había extraviado en el espacio aéreo soviético, lo cual podía ser interpretado por Moscú como un acto de guerra.
Por otro lado, en ese mismo día 14 unidades estadunidenses ubicaron a un submarino soviético, el B-59, lo rodearon y comenzaron a lanzar cargas de profundidad para obligarlo a salir a la superficie. Los atacantes no imaginaban que ese submarino traía un torpedo con cabeza nuclear. El comandante soviético, exasperado y sin contacto con el cuartel general, después de cuatro horas de hostigamiento ordenó armar el torpedo nuclear y preparar el disparo: "Tal vez la guerra ya estalló allá arriba y nosotros dejándonos zarandear aquí abajo. ¡Les disparamos ahora mismo! Nos vamos a morir, pero los vamos a hundir a todos juntos. ¡No vamos a deshonrar a nuestra Flota!" Los dos oficiales inmediatos lo calmaron. No hubo disparo y salieron a la superficie. Las naves de Estados Unidos, logrado su objetivo, no atacaron. La guerra no estalló allí, aunque sólo muchos años después los estadunidenses vinieron a saber que habían estado acosando hasta el borde del disparo a un submarino provisto de un torpedo nuclear.
Desde el 24, los cubanos habían decidido proteger las instalaciones de misiles soviéticos con sus propias baterías antiaéreas y habían puesto sus radares en acción. Ese mismo 27 de octubre aún se discutía en Washington la opción de lanzar un ataque el lunes 29. Los diplomáticos acreditados en Cuba trasmitían a sus gobiernos, entre el 26 y 27, la inquietud y la incertidumbre del ataque inminente.
En La Habana existía la convicción de que ese día 27 se produciría el desembarco. Aquel mismo cronista que caminaba las calles registraba:
Recorrí La Habana esa mañana. En ninguna parte había signos de alarma. Paradójicamente, sólo los supuestos beneficiarios de la invasión, los contrarrevolucionarios, estaban paralizados: no tenían nada que defender ni forma de luchar, sólo esperar. En el Ministerio de Industria pude hablar con uno de los pocos funcionarios que allí quedaban para atender los asuntos urgentes, Manuel Manresa, secretario personal del Che Guevara. "Esperamos el ataque para esta tarde entre las tres y las cuatro", me dijo. Tuvimos una breve conversación y me retiré.
Eran las once de la mañana. En el ascensor, un miliciano decía a otro que no se había rasurado: "Parece que vienen dentro de un rato. Ahora no te rasuras hasta después de la guerra". Me fui caminando hasta mi domicilio, no lejos del hotel Habana Riviera. La calle de mi casa estaba arbolada por flamboyanes en todo el esplendor de sus flores rojas. Por la acera de enfrente pasaba una muchacha hermosa como todo lo hermoso. La miré caminar bajo los árboles florecidos y se me quedó grabado mi pensamiento de ese instante: "¡Qué lástima que todo esto va a desaparecer entre las tres y las cuatro de la tarde!". No era una idea triste, sino más bien irónica y dubitativa. Después me fui hacia el Riviera, por cuyos rumbos tenía aún cosas que hacer.
Treinta años después, recapitulando la situación en Cuba ese 27 de octubre, Fidel Castro explicaba a la conferencia de La Habana de 1992:
En ese momento, cuando ya habíamos adoptado todas las medidas humanamente posibles, me entrevisté con el mando militar soviético. Me informaron que todo estaba listo. Todas las armas que acaba de informar en esta reunión el general soviético, y la moral estaba en alto. Había ?¿cómo podría decirlo?? esa extraña situación entre las tropas soviéticas, que estaban enfrentadas con un gran peligro y al mismo tiempo estaban muy serenas. La población cubana también estaba completamente calma. Si hubieran encuestado a la población y le hubieran preguntado: "¿Ustedes quieren que devolvamos los cohetes?", el noventa por ciento habría dicho: "No". La población estaba serena e intransigente en ese punto. No querían que se llevaran los cohetes.
El 28 de agosto Nikita Jruschov, quien también sentía que el curso de los acontecimientos se le iba de las manos, decidió adelantarse a nuevos imprevistos y dio a conocer por radio las propuestas soviéticas de retiro de los cohetes.
Apenas entonces, y por ese medio público, supieron el gobierno y el pueblo cubanos lo que se había estado tratando a sus espaldas entre sus enemigos y sus aliados.
Lo que a continuación sucedió es digno de ser contado.

***
2. Cuba-Unión Soviética: el agravio
El 28 de octubre, por Radio Moscú, la dirección cubana se enteró de la carta de Jruschov a Kennedy en la que disponía el retiro de los cohetes. Sólo horas después llegó el mensaje personal de Nikita Jruschov a Fidel Castro informándole de lo ya resuelto.
La dirección cubana se indignó. No aceptó el argumento de que "la falta de tiempo" había impedido consultarlos. Jruschov, en sus mensajes a Kennedy, ni siquiera había propuesto la participación cubana en las negociaciones. Es evidente que puede ser más difícil un acuerdo entre tres que entre dos. Pero la guerra y la paz, la vida y la muerte, se estaban jugando sobre el territorio de la República de Cuba, no en otra parte. Los cubanos sintieron que estaban siendo tratados como una simple pieza de cambio entre ambas potencias. Cuando lo supo el día 29, "la reacción del pueblo fue de profunda indignación, no fue de alivio", recordó Fidel Castro en la conferencia de 1992.
En efecto, el 29 de octubre el periódico Revolución apareció con este titular: "Jruschov ordena retirar los cohetes de Cuba" y dio a conocer los textos de las cartas intercambiadas entre Jruschov y Kennedy, junto con los despachos de las agencias noticiosas desde el comienzo de la crisis hasta este desenlace, que tampoco habían sido publicados por la prensa cubana en los días anteriores. El mensaje era claro. Al mismo tiempo, se dieron a conocer los cinco puntos de Cuba, sin los cuales el gobierno de La Habana consideraba que no existían las garantías de que hablaba el presidente Kennedy: 1) Cese del bloqueo económico. 2) Cese de todas las actividades subversivas. 3) Cese de los ataques piratas. 4) Cese de toda violación aeronaval del territorio cubano. 5) Retirada de la base naval de Guantánamo.
En cartas a Jruschov primero, y a U Thant, secretario de la ONU, después, Fidel Castro hizo saber que Cuba no permitiría, bajo ningún motivo, inspecciones sobre su territorio: cuestión de soberanía, de dignidad nacional y de supervivencia.
El cronista caminador registró en aquel entonces estos hechos:
La reacción fue instantánea. Esa mañana, en cada esquina de La Habana, había grupos que comentaban indignados el retiro de los cohetes. "¿Por qué no nos consultaron, si los que estábamos aquí para morir éramos nosotros?", oí decir a uno. "Nos traicionaron como en España", escuché a otro. La protesta furiosa porque Cuba no había sido consultada y porque había sido una retirada, aparecía en todas partes. [...] En las esquinas, en las fábricas, en la universidad, la gente analizaba línea por línea los cables publicados y palabra por palabra las cartas de Jruschov. Era impresionante ver la unanimidad, sin discusión previa, sin acuerdo previo. Los juicios eran de condena. Nadie aceptaba que Jruschov le dijera a Kennedy "respetado presidente" o que le dijera "usted y yo conocemos bien qué significa la guerra atómica". "Ah sí, y nosotros, los que estamos aquí jugándonos la vida, no lo sabíamos, y por eso no nos consultan": con palabras parecidas, oí varias veces este mismo comentario. [...] Y sin embargo, ni los diarios, ni la radio, ni el gobierno, habían dicho todavía nada de eso. Se habían limitado a informar y a medir la reacción. [...] Desde las trincheras, las fábricas, las granjas y las ciudades, todos quedaron a la espera de una declaración oficial de Fidel Castro, anunciada para el 1º de noviembre. Éste recorrió personalmente, del 29 al 31, calles y lugares de La Habana y unidades en las trincheras. Las protestas y las presiones que recibió en todas partes fueron las mismas. [...]
Cuando Fidel Castro habló, declarando que había divergencias con el gobierno de la Unión Soviética, era seguro que no podía decir una palabra menos de las que dijo. [...] Cuba entera estaba pendiente de la televisión en las casas, en los locales públicos, en los comités de defensa. La declaración de Fidel Castro provocó un estallido unánime frente a los televisores, una misma escena repetida cientos y miles de veces en toda la isla: " ¡Ahí está! ¡Lo que nosotros decíamos!"
*
Cuarenta años después, en la conferencia de La Habana en octubre de 2002, al tocar el tema del retiro inconsulto de los misiles vimos a Fidel Castro volver a indignarse a medida que hablaba, como si todo hubiera ocurrido el día de ayer:
Lo que yo vi era lo más parecido a una capitulación. ¡Han cedido! El 26 de octubre enviaron el primer mensaje, medio dulzón, al gobierno de Washington. ¡Actuaban en forma precipitada!. ¡En esas circunstancias hay que mantener los nervios, y los nervios se perdieron, cuando se aceptan las exigencias a cambio de una promesa! [...] Cuando vi el acuerdo, vi un retroceso sin freno. Pedimos que quedara algo simbólico, una unidad al menos: si no se llevaban todo, hasta el último soldado. Esperábamos que nos dejaran todo lo que no fueran armas nucleares. [...] ¡Se había producido un retroceso total! Nosotros no creíamos en una garantía de palabra. Pero lo que más nos ofendía era el tipo de acuerdo y la forma en que lo hicieron. ¡Era ridículo! ¡Garantía con ataques piratas, con bloqueo, con planes de asesinato, con base naval en nuestro territorio! ¡La base naval de Guantánamo está por la fuerza! Y jamás hemos hecho un acto hostil contra esa base, que es una provocación. Los cinco puntos eran para que el acuerdo pudiera tomar una forma decorosa. En cambio, todo lo que se hizo fue errático. ¿Para qué se instalaron proyectiles y se permitió el vuelo de los U-2? Hubo errores políticos y debilitamiento moral....
Terminó su todavía indignada intervención con una voz más calma. Se refirió a lo dicho por otro participante de la conferencia, en el sentido de que Cuba aparecía desde el inicio como el único posible perdedor en el acuerdo entre los dos grandes. Negó que así fuera:
No, no fue ni hubiera sido una derrota para nosotros. ¡Si morimos todos, no es una derrota! Los pueblos pueden ser exterminados, pero no pueden ser dominados. El hombre inventa cosas y contrarresta hasta las armas más sofisticadas. La guerra sólo trae más guerra, más odio y más espíritu de venganza.
La alusión a la actualidad pareció evidente. Allí terminó la tercera sesión de la conferencia en la mañana del segundo día, el 12 de octubre.
*
En la tarde de ese día, en la última sesión, Theodor Sorensen, asesor cercano de John F. Kennedy durante la crisis de 1962, pidió la palabra y respondió dando un punto de vista diferente:
Puedo asegurar que victoria y celebración no eran la actitud en el Excomm en esos momentos. El 28 de octubre el Excomm no habló de victoria y señaló la capacidad de estadista de Jruschov. No creo que los cubanos fueron los perdedores. Si hubieran ganado los halcones, entonces sí Cuba hubiera sido el perdedor. En cambio, obtuvo una garantía sincera contra la invasión. Tampoco creo que Jruschov capituló. Obtuvo el fin del bloqueo, la garantía para Cuba y el retiro de los misiles de Turquía. ¡Esto no es una rendición! [...] Durante la crisis hubo en las tres partes errores de información (misinformation), errores de comprensión (misunderstanding) y errores de predicción sobre lo que harían los otros. Fue al final un manejo brillante de la crisis, pero sería mejor cultivar el arte de evitar las crisis. En efecto, la primera reacción de Kennedy en el Excomm fue también dar de inmediato un golpe preventivo. Después comprendió que no era posible ni deseable. Cualquier presidente que crea en golpes preventivos, debe reflexionar sobre esto. Hay que tener coraje para mantener negociaciones con el enemigo. El contacto nunca se rompió. Kennedy dio su importancia a los aliados, a los amigos y a la opinión pública mundial.
El historiador Arthur Schlesinger Jr., consejero de Kennedy en 1962, dijo en su intervención que, a su juicio, en aquel momento "cada gran potencia había perdido el sentido de la otra". Retomaba así algo ya dicho por McNamara: "La primera lección de esta crisis es que hay que saber ponerse en el lugar del otro, para comprender cómo puede reaccionar". Agregó el historiador: "Nunca se debe acorralar al enemigo, sin dejarle una salida. [..] En esta era del terrorismo, hay que saber ponerse en el lugar de los terroristas para prever sus reacciones. Si una lección queda para hoy, es que ir a la guerra en un mundo nuclear es altamente incontrolable y peligroso".
También aquí, la alusión a la actualidad resultó obvia.
*
En los primeros días de noviembre, después de un denso intercambio de cartas contradictorias entre Fidel Castro y Nikita Jruschov (Jruschov a Castro, 28 octubre 1962; Castro a Jruschov, 28 octubre; Jruschov a Castro, 30 octubre; Castro a Jruschov, 31 octubre), llegó a La Habana Anastas Mikoyan, el dirigente soviético que mejores relaciones había establecido con los cubanos. Venía para tratar de resolver lo que llegó a ser la "crisis de noviembre", es decir, el conflicto entre los soviéticos y los cubanos por el retiro inconsulto de los misiles y por la forma en que La Habana había sido ignorada en las negociaciones entre Moscú y Washington.
Entre los documentos más reveladores presentados en la conferencia de octubre de 2002 están los dos extensos informes de Mikoyan a su gobierno sobre las conversaciones con los dirigentes cubanos el día 5 de noviembre de 1962. De ellos está tomado el relato que sigue.
Mikoyan fue recibido amistosamente por toda la dirección cubana, incluídos Fidel y Raúl Castro y el Che Guevara. En su posterior reunión con los dirigentes cubanos ?Fidel Castro, Ernesto Che Guevara, Osvaldo Dorticós y Carlos Rafael Rodríguez?, en la mañana del 5 de noviembre, Mikoyan expuso extensamente las razones del proceder soviético en los días de la crisis ?22 al 28 de octubre? y sus interlocutores escucharon en silencio y con atención. Estaba presente también el embajador de la Unión Soviética, Alejandro Alekseev, quien tenía una buena relación con los cubanos.
Fidel Castro, según el informe de Mikoyan, aceptó buena parte de las explicaciones pero, acerca de la propuesta de retirar los misiles hecha por Jruschov a Kennedy el 26 de octubre, precisó:
Cuando Kennedy aceptó esa propuesta (nosotros no sabíamos que la había aceptado), había condiciones para desarrollarla y preparar una declaración de acuerdo entre ambas partes. Ustedes podrían haber dicho a Estados Unidos que la Unión Soviética estaba dispuesta a desmantelar esas instalaciones, pero quería discutirlo con el gobierno cubano. En nuestra opinión, así es como debió haberse resuelto la cuestión en lugar de dar inmediatamente instrucciones para el retiro de las armas estratégicas. Esta actitud nos habría permitido aliviar la tensión internacional y nos habría dado una oportunidad para discutir esta cuestión con los norteamericanos en condiciones más favorables y para obtener una declaración firmada.
Fidel Castro concluyó sus observaciones reiterando el agradecimiento por las explicaciones recibidas y su "inconmovible respeto por la Unión Soviética". "Después de escucharlo ?escribe Mikoyan? parecía claro que el estado de ánimo había mejorado en comparación con los momentos iniciales del encuentro".
El dirigente soviético, sin embargo, sintió la necesidad de ampliar sus explicaciones. Insistió sobre la imposibilidad de consultar con Cuba en los momentos críticos dada la urgencia extrema de la situación. Explicó que las armas no estaban en Cuba para defender al "campo socialista", como decía Fidel Castro, sino sólo para defender a la propia "Cuba revolucionaria, que tiene gran importancia para todo el campo socialista".
Esta era una de las contradicciones más notorias de la situación. Mientras los cubanos afirmaban que para la defensa de Cuba no eran necesarios los cohetes, y que sólo los habían aceptado en solidaridad con la defensa del "campo socialista", los soviéticos insistían en que ellos no necesitaban cohetes en Cuba para su defensa y que sólo los habían llevado para protegerla. Es decir, cada uno afirmaba haber puesto en riesgo por el otro su propia seguridad. No era ese el momento para dilucidar con argumentos la cuestión.
Sin darse cuenta de que había dejado pasar el momento preciso para callarse ?esto lo registró en una carta posterior?, Anastas Mikoyan continuó explicando a los cubanos qué convenía hacer en lo sucesivo, pues "nuestra victoria en impedir un ataque militar contra Cuba debe ser confirmada ahora con una victoria diplomática".
Uno puede imaginar todavía hoy las caras de los dirigentes cubanos mientras Mikoyan desarrollaba su paternal exposición. Pero el soviético no parece haberse dado cuenta, pues siguió diciendo: "Nos interesa terminar todo con un documento internacional que defienda los intereses de Cuba y termine con el bloqueo y con la peligrosa situación en la cuenca del Caribe".
¿Cómo lograrlo? El secretario general de la ONU, U Thant, "que obviamente simpatiza con Cuba, puede desempeñar un gran papel". Sería bueno que para esto "los camaradas cubanos ayudaran a U Thant para que tenga a mano suficientes argumentos para una declaración en el Consejo de Seguridad" en el sentido de que las armas "ofensivas" han sido retiradas. Estados Unidos ya ha reconocido que, conforme a sus inspecciones aéreas, esas armas han sido desmanteladas. "Queda una dificultad, que puede ser planteada por nuestros enemigos: es el hecho del embarque y retiro de estas armas en los barcos soviéticos".
Es fascinante ver, en el informe, cómo su condescendencia hacia los cubanos, que lo escuchan en silencio, lo lleva a dar el siguiente e irreparable paso. Según su propio informe, les dijo: "Creo que ustedes pueden permitir que los representantes neutrales de U Thant lleguen por barco a un puerto cubano y, sin poner pie en territorio cubano, observen la carga y el despacho de esas armas en los barcos soviéticos. Requeriría tres o cuatro días y todo el trabajo estaría concluído en ese lapso".
A este punto, Mikoyan abre un paréntesis en su informe y anota: "Sentí que ya habíamos llegado a un entendimiento tal que los cubanos aceptarían la propuesta. El camarada Alekseev, sentado a mi lado, me susurró al oído que los cubanos definitivamente la aceptarían". No imaginaban lo que estaba a punto de suceder.
Mikoyan agregó que no pedía una respuesta en ese momento: que tal vez podían suspender la reunión, consultarse los cubanos a solas entre ellos y después volver a reunirse para escuchar la opinión. Mikoyan, es obvio, no estaba entendiendo nada de cuanto ocurría en las mentes de sus interlocutores. De ahí su sorpresa en los párrafos sucesivos:
Entonces repentinamente Fidel, en tono calmo, hizo la inesperada declaración siguiente:
"Una inspección unilateral tendría un efecto monstruoso sobre la moral de nuestro pueblo. Hemos hecho grandes concesiones. Los imperialistas norteamericanos llevan adelante con toda libertad sus fotografías aéreas, y nosotros no se los impedimos por pedido del gobierno soviético. Quiero decir al camarada Mikoyan, y lo que le digo refleja la decisión de nuestro pueblo entero: No vamos a aceptar una inspección. No queremos comprometer a las tropas soviéticas y poner en peligro la paz del mundo. Si nuestra posición pone en peligro la paz del mundo, entonces creemos que es más correcto considerar a la Unión Soviética liberada de sus obligaciones y nosotros resistiremos solos por nuestra cuenta. Tenemos el derecho de defender nosotros nuestra dignidad".
No me preocupó su negativa a permitir las inspecciones en los puertos. Me sacudió la parte final de su declaración. Todos se quedaron en silencio durante varios minutos. Yo pensaba: ¿cómo salgo adelante en esta cuestión?
Decidí no comentar el exabrupto (shocking statement). Tal vez se trababa de algo no muy bien pensado [...] Después de un momento, Dorticós dijo que Fidel expresaba la opinión de todos ellos. El resto permaneció en silencio.
Prácticamente, allí concluyó esa discusión.
*
La reunión se reanudó en la tarde del 5 de noviembre. Estaban presentes Guevara, Dorticós y Carlos Rafael Rodríguez. Dijeron a Mikoyan que Fidel Castro no había venido pues no se sentía bien. "Se percibía claramente que querían borrar lo que había sucedido: no querían que tomáramos en serio el exabrupto de Fidel", comenta el informe de Mikoyan. La obvia razón de la ausencia no era la salud, sino la indignación. Pero el funcionario soviético, en su informe, trataba de atenuar la medida de su propio desconcierto ante la situación creada.
Esa sesión de la tarde comenzó con una declaración del presidente Osvaldo Dorticós confirmando el rechazo a la inspección en los puertos cubanos: "Debemos rechazarlo, pues en principio no permitimos inspecciones en territorio cubano, ni en nuestro espacio aéreo, ni en nuestros puertos". El gobierno cubano, agregó, hará una declaración unilateral en ese sentido. Sólo las aceptarían, agregó, si al mismo tiempo las hubiera en el territorio de Estados Unidos. "Si las inspecciones en Estados Unidos están excluidas, entonces, del mismo modo, también están excluidas las inspecciones en territorio cubano".
Pero, a continuación, la discusión se encaminó hacia un extraño diálogo entre el Che Guevara y Mikoyan. El Che, como si estuviera dirigiéndose a un compañero revolucionario y no a un funcionario soviético, le explica los perjuicios que la actitud soviética provoca a la causa de la revolución en América Latina. Han estallado divisiones, le dice, están apareciendo fracciones:
Estamos profundamente convencidos de la posibilidad de tomar el poder en varios países latinoamericanos, y la experiencia práctica enseña que no sólo es posible tomarlo sino conservarlo en una serie de países. Por desgracia, muchos grupos latinoamericanos creen que en los actos políticos de la Unión Soviética durante los hechos recientes hay dos serios errores. Primero, el intercambio [se refiere a la propuesta de cambiar los misiles en Cuba por los misiles en Turquía], y segundo, la concesión abierta. [...] Se puede esperar ahora una declinación del movimiento revolucionario en América Latina, que se había fortalecido mucho en los últimos tiempos. Esta es mi opinión personal y la digo con franqueza.
Mikoyan, famoso por haber sido uno de los poquísimos dirigentes soviéticos de los años 20 sobreviviente de las purgas de Stalin, da una respuesta tan evasiva como reveladora de su idea sobre sus interlocutores: "Las reuniones y conversaciones con el camarada Fidel Castro tuvieron para mí un gran significado. Me ayudaron a comprender más profundamente el papel del factor psicológico para los pueblos de estos países".
El Che ignora este comentario sobre la psicología de los aborígenes latinoamericanos e insiste: "Creo que la política soviética tiene dos lados débiles. Ustedes no comprendieron el significado del factor psicológico para las condiciones cubanas. Fidel Castro lo dijo en forma original: 'Estados Unidos nos quería destruir físicamente, pero la Unión Soviética, con la carta de Jruschov, nos destruyó jurídicamente' ".
Mikoyan se asombra: "¡Pero nosotros creíamos que ustedes estarían contentos con nuestra decisión! Hicimos todo lo necesario para que Cuba no fuera destruida. Vemos la disposición de ustedes a morir bellamente, pero nosotros creemos que no vale la pena una hermosa muerte".
Guevara vuelve a ignorar la condescendencia del comentario y otra vez insiste: "Ustedes nos ofendieron al no consultarnos. Pero el peligro mayor está en la otra debilidad de la política soviética. Ustedes han reconocido el derecho de Estados Unidos a violar el derecho internacional. Esto los lesiona a ustedes y nos preocupa. Daña la unidad de los países socialistas".
Mikoyan le asegura que están haciendo mucho por esa unidad: "en cuanto a ustedes, camaradas, estaremos siempre con ustedes pese a todas las dificultades".
"¿Hasta el último día?", le pregunta el Che, cobrándose con cuatro palabras lo de la "hermosa muerte".
Mikoyan decide dejar pasar el filo de la pregunta y le responde: "Sí, que mueran nuestros enemigos. Nosotros debemos vivir, vivir como comunistas. Estamos convencidos de nuestra victoria. Una maniobra no es lo mismo que una derrota". Entonces, arrastrado al parecer por una irresistible inclinación a subestimar a sus interlocutores, les cuenta su reciente encuentro con un alto funcionario estadounidense: "Bromeando en una conversación, me dijo que la presencia de oficiales soviéticos en Cuba lo tranquilizaba. Los cubanos pueden abrir fuego sin reflexionar, observó. Pero los rusos lo van a pensar." Y, muy ufano de su chiste, agrega: "Por supuesto, puede haber críticas a esa observación, pero el aspecto psicológico sí está tomado en cuenta". Sigue a continuación su perorata explicándoles, a los tres dirigentes cubanos, la lógica leninista, el tratado de Brest Litovsk y las posiciones de Bujarin: "Aunque fue reprimido, lo considero una buena persona", les advierte. (En realidad no fue "reprimido", fue fusilado después de un falso proceso montado por Stalin en 1938, con la aquiescencia entonces del mismo Mikoyan. Pero en fin, parece que el hombre cree estar hablando con párvulos.)
Luego les explica que, pese al apoyo soviético, "Estados Unidos puede impedir las comunicaciones y no permitir la entrega de petróleo a Cuba. Podríamos sacar 200 millones de personas a las calles como demostración de protesta, pero esto no hubiera proveído petróleo alguno para ustedes". Puede imaginarse, frente a esta declaración, el silencio de los dirigentes cubanos, que en esos mismos momentos mantenían la alarma de combate y la movilización de todo el país.
"Estudien a Lenin", agrega. "Morir heroicamente, eso no basta". Carlos Rafael Rodríguez le hace notar que hace mucho tiempo que él viene leyendo a Lenin, pero ahora se trata de evaluar la situación presente.
Sin embargo, Mikoyan sigue sinceramente preocupado por la reacción de Fidel Castro esa mañana. Dice que no la entiende: "¿Tal vez dije alguna tontería, usé un tono equivocado? No, no lo creo, no dí motivo, sólo dije que había que ayudar a U Thant. [...] Tal vez expuse mi idea en forma extemporánea. Soy un viejo, pero tengo las limitaciones de los jóvenes". Declara su desacuerdo con las opiniones del Che, pero le ofrece volverse a reunir todas las veces que él quiera para discutir las diferencias. "Estoy satisfecho de estas reuniones con ustedes. Creo que tenemos acuerdos básicos", concluye. "Sin embargo, debo decir que yo creía que había llegado a entender a los cubanos, pero entonces escuché al camarada Che y comprendí que no, que todavía no los conozco".
Y en este punto de la sesión, el embajador Alekseev, allí presente, pone el broche de oro: "Pero el Che es un argentino", dice.
*
El 19 de noviembre Fidel Castro y Mikoyan tuvieron otra reunión. Aquél trató una vez más de explicar al dirigente soviético las razones cubanas:
Es difícil sentir el impacto emocional desde la Unión Soviética, a tanta distancia. Imagínese, nuestros soldados lloraban en las trincheras porque no se les permitía hacer fuego contra los aviones. Tenía un efecto terrible en su moral, y ustedes deben recordar que el enemigo nos seguirá amenazando por mucho tiempo. Los cubanos no quieren la guerra. Entienden que es muy peligrosa. Sin embargo, el odio del pueblo hacia los imperialistas es tan grande que pareciera que incluso prefieren la muerte.
Mikoyan no tomó en cuenta estas razones y, en cambio, le pidió que encontrara el modo de explicar el punto de vista soviético al pueblo cubano: "Usted tiene tanta autoridad y goza de tal confianza que podrá conseguir el cambio necesario en el estado de ánimo del pueblo". Fidel Castro contestó exasperado: "No, yo mismo soy culpable de la situación que se ha presentado... Cuba no puede ser conquistada, sólo puede ser destruida".
El punto de vista de Mikoyan es, por supuesto, muy diferente. De ahí su insistencia en tratar de disuadir a sus interlocutores de toda idea, según él, de "muerte heroica" o de "hermosa muerte". Mikoyan no los comprende pero los respeta, como tuvo ocasión de decirle al embajador de Hungría en La Habana, János Beck: "Los dirigentes cubanos son gente joven y honesta, leales a la revolución y al pueblo. En una difícil situación en su país fueron capaz de asegurar mayor unidad y menor desorden que cuanto hubiera ocurrido en otras naciones. Merecen respeto y aprecio y hay que confiar en ellos y en que progresarán en el futuro".
El embajador húngaro transmitió esta opinión a su gobierno y se sumó a ella. En el mismo informe, el 1º de diciembre, envió su detenido análisis sobre las ideas políticas de los cubanos, elaborado en consulta con los embajadores de Polonia, Rumania y Checoslovaquia con quienes estuvo en contacto permanente durante la crisis de octubre. Esta opinión, en forma tal vez más elemental, explicita también el pensamiento no expresado de Mikoyan acerca de sus interlocutores, que nutre su insistente discurso disuasivo sobre "la bella muerte": Escribe János Peck a su gobierno, después de explicar las razones históricas del celo cubano por la defensa de su soberanía:
Un segundo factor, que tiene un papel en todos los niveles, y también en las grandes masas del pueblo cubano, pero es particularmente fuerte entre los dirigentes, puede ser denominado romanticismo revolucionario con muchos rasgos anarquistas y pequeñoburgueses. Se puede también decir que el pueblo cubano y, por supuesto, sus actuales dirigentes, nunca han experimentado grandes acontecimientos que sacudan a toda la sociedad cubana, como una guerra, una revolución o una catástrofe natural. Entonces no saben nada acerca de la miseria en una nación, la decadencia posterior a la Gran Guerra, la participación de grandes masas en la lucha revolucionaria, o el hambre que castiga a toda una sociedad o al menos a la mayoría, y otros golpes similares. Una característica de las grandes masas cubanas y, debo repetirlo, particularmente de sus dirigentes, de los diferentes niveles de las capas dirigentes, es lo que puede describirse con el término español: "inmolación". Este término sólo puede traducirse como autosacrificio. Aquí se puede mencionar la falta de conocimiento y la subestimación del trabajo de construcción económica, de hacer pequeños trabajos cada día durante un largo tiempo, y el imaginar todas las soluciones a través de grandes y heroicos hechos revolucionarios.
Difícil lograr más claridad y sinceridad en la expresión de lo que el historiador británico E. P. Thompson, acérrimo enemigo de la guerra, habría llamado una "enorme condescendencia".
*
Fueron después atenuándose y cesando estos enfrentamientos de la hora de crisis y hubo, en los años sucesivos, muchos acuerdos prácticos de mutua necesidad y conveniencia. Pero aquella brecha no volvió a cerrarse. Reaparecería otras veces, la última 40 años después, en las discusiones de la conferencia de La Habana de 2002, más de 10 años después de la desaparición de la Unión Soviética.
En esa conferencia, el presidente Fidel Castro repetidas veces se refirió en términos elogiosos, hasta afectuosos, a sus relaciones e intercambios con Anastas Mikoyan y Nikita Jruschov y a la actitud de ambos hacia la revolución cubana. Pero cada vez que la discusión tocaba octubre, la indignación era la misma de aquellos "días luminosos y tristes", como los llamó el Che Guevara en su carta de despedida a Fidel Castro.
El 19 de noviembre se aceptó el retiro de Cuba de los bombarderos IL-28, última exigencia de Kennedy a la Unión Soviética, y el 20 de noviembre Estados Unidos dio por terminada la crisis militar y la alerta de guerra.
Nuestro cronista habanero cerraba así sus notas de esos días:
Más tarde, cuando por La Habana pasaron casi a escondidas camiones cargados de soldados soviéticos que se iban, con sus valijas y vestidos de civil, he visto a mujeres, niños, hombres que se encontraban en la calle por casualidad al paso de los camiones, decirles adiós con la mano, entre sorprendidos y emocionados, y algunos con lágrimas en los ojos.
Cuando Fidel Castro, el 15 de noviembre de 1962, advirtiendo que en lo sucesivo las baterías cubanas abrirían fuego contra los vuelos de aviones norteamericanos sobre la isla, terminaba su declaración diciendo que Cuba no será vencida "mientras quede un hombre, mujer o niño capaz de empuñar un arma en esta tierra", no expresaba una mera convicción personal sino una decisión elaborada hasta lo más profundo por el pueblo cubano en los años de su revolución y confirmada en los días históricos de octubre.
La luz de un relámpago es breve pero muy intensa. La del octubre cubano iluminó por un momento visiones diferentes del mundo, del ser humano, de las revoluciones y del socialismo. Esa luz es invisible desde el punto de mira de la guerra fría entre las grandes potencias. Sólo es posible divisarla si el historiador considera aquellos días cruciales desde donde los vivieron sus protagonistas verdaderos, los hombres y las mujeres de la isla de Cuba.
Articular históricamente el pasado no significa conocerlo "como verdaderamente ha sido". Significa adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro, había escrito en 1940 Walter Benjamin en sus Tesis sobre la historia.

***
Epílogo:
"No desenfundes si no piensas tirar"

La crisis de octubre de 1962 se presentó para muchos, a comenzar por los gobiernos de las dos grandes potencias involucradas, como un enfrentamiento de la guerra fría, ocurrido en territorio cubano y en las aguas del mar Caribe. Su inicio, su contenido y su desenlace fueron explicados en ese marco interpretativo.
Octubre fue vivido en cambio por los cubanos como un episodio culminante de su lucha por su independencia, por su revolución y por su afirmación como nación soberana.
Estados Unidos y la Unión Soviética movilizaron a sus fuerzas militares de aire, mar y tierra, incluidas sus armas nucleares. Sus respectivos pueblos y el resto del mundo quedaron como espectadores conteniendo el aliento. El gobierno cubano llamó a las armas al pueblo entero, declaró la alarma de combate y convirtió a la crisis en una movilización de la nación en el momento del supremo peligro: la desaparición de la isla bajo el fuego nuclear. Esta experiencia única dio en Cuba su sentido a la crisis de octubre: ser uno de los grandes momentos constitutivos de la nación.
Cuba afirmó su independencia no sólo frente a la amenaza imperial de Estados Unidos, sino también frente a la política exterior soviética, para la cual el "campo socialista" era sinónimo de su propia zona de dominación y de seguridad en los equilibrios entre las grandes potencias. En esos pocos días la dirección cubana vivió una imborrable experiencia sobre la realidad y los límites de las alianzas y los pactos entre los Estados en lo que se denominaba el "campo socialista".
En la confrontación de octubre hubo dos partes que se mostraron resueltas a no replegarse y a llevar el conflicto hasta el límite último antes del choque: John F. Kennedy y Fidel Castro, Estados Unidos y Cuba. Eran los dos que se estaban jugando un interés vital de la nación. Estados Unidos no aceptaba cohetes soviéticos en su frontera sur, a 90 millas de sus costas y a pocos minutos de vuelo de sus grandes ciudades de la costa este. Cuba, por su parte, necesitaba un argumento militar definitivo para acabar con los hostigamientos, los sabotajes y la amenaza permanente de invasión desde el norte.
La Unión Soviética y Jruschov, en cambio, sólo buscaban mejorar a su favor la relación de fuerzas entre el Pacto de Varsovia y la OTAN, emplazando una base nuclear en el lejano mar Caribe. Esa fue la lógica que después llevó a la propuesta de intercambiar los cohetes de Cuba por los de Turquía (profundamente ofensiva para los cubanos, cuando pudieron conocerla).
Queda todavía por investigar en los archivos y en las memorias de la época cuánto influyó en ese apresurado repliegue el estado de ánimo de la población soviética, donde la generación entonces adulta y viviente había sufrido en su territorio, menos de dos décadas atrás, una devastadora guerra con muchos millones de muertos.
A diferencia de Kennedy y de Fidel Castro, Jruschov sólo estaba apostando al éxito o al fracaso de una movida temeraria en una gran partida de ajedrez estratégico. De ahí la pertinencia de la pregunta indignada de Fidel Castro en la Conferencia de La Habana: "¿Para qué pusieron los cohetes si en el momento de peligro no estaban dispuestos a usarlos?".
De los tres, Jruschov era el único que no arriesgaba un interés vital. Por eso estuvo dispuesto a ceder cuando vio que Estados Unidos sí demostraba tenerlo y actuaba en consecuencia. Si a Cuba se le hubiera permitido ocupar su lugar en la negociación, tampoco habría habido guerra ?puesto que, abierta la negociación, nadie quería inmolarse? y el resultado habría sido más favorable para Cuba y menos humillante para Jruschov y para los soviéticos.
Por el contrario, los momentos de mayor peligro, al borde mismo de la guerra nuclear, fueron los días de la crisis en que tanto Kennedy como Jruschov mantuvieron a la dirección cubana en la ignorancia de sus tratativas y en la convicción de que el ataque era inminente. De esta irresponsabilidad extrema, propia de la soberbia de las grandes potencias frente a quienes consideran sus vasallos, parecen todavía no haberse dado cuenta.
Pero el hecho de fondo sigue siendo el mismo: Nikita Jruschov, gran apostador en la política mundial, violó la regla elemental de los duelos del Lejano Oeste: Don't draw if you don't mean to shot, no desenfundes si no piensas tirar. Por eso a la hora de la hora, como anotó Fidel Castro, le fallaron los nervios. Y así no se salva la paz, sino que se postergan la derrota, la desintegración y la guerra.
Cuba en octubre fue uno de los episodios culminantes de la era de revoluciones coloniales y movimientos de liberación abierta al terminar la segunda guerra mundial. Esas fueron las guerras de la segunda mitad del siglo XX, y no el equilibrio armado entre la OTAN y el Pacto de Varsovia al cual se le dio el nombre más bien arbitrario de guerra fría. Contra esos movimientos, en donde el bloque soviético también movía sus piezas, se lanzó en pleno la contraofensiva militar, financiera, política y de operaciones encubiertas de Estados Unidos y las potencias de Europa occidental, bajo el pretexto de la "guerra fría" y del anticomunismo y con el apoyo y la cobertura de las oligarquías locales de la tierra y el dinero, protagonistas y beneficiarios de las dictaduras, y de los ejércitos a su servicio, ejecutores de la represión.
En América Latina, los movimientos nacionales, las rebeliones y las revoluciones tienen su sentido propio fuera del marco de los conflictos entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La crisis de octubre de 1962 en Cuba es un revelador de ese sentido histórico. El marco interpretativo de la "guerra fría" deriva de una visión metropolitana. Hay que recuperar el sentido de esta historia desde la experiencia y la mirada de quienes la vivieron como pueblos, clases, etnias y grupos subalternos, es decir, de quienes la vivieron desde el mundo de la vida y el trabajo y no desde las potencias de las armas y el dinero.

Ciudad de México, 5 de noviembre de 2002.

Fuente:
La Jornada 5 noviembre 2002
Temática: