La cuestión de clase en Podemos. El origen viciado de un necesario debate

Julio Martínez-Cava

19/02/2017

 

Desde hace unos meses hemos asistido a lo que podría llamarse una emergencia tímida de un debate clásico que atraviesa la historia de los partidos autoubicados en las tradiciones emancipatorias. A raíz de los repetidos enfrentamientos entre las diferentes sensibilidades que componen la (tan mencionada como poco respetada) pluralidad en Podemos, el asunto de las clases sociales y el problema del sujeto del cambio ha vuelto a asomar la cabeza en la esfera pública del activismo podemita. Por una parte, no cabe sino alegrarse de la noticia: es bueno que se vuelva a hablar de clases sociales en el Reino de España y por fin dentro de una de las fuerzas que – junto a la lucha por el derecho a decidir de Cataluña en los últimos 7 años – con más empuje  han profundizado la crisis del Régimen del 78. Por otra parte, creo que las condiciones en las que ha comenzado a asomar este iceberg en el seno del partido han determinado que la cuestión apareciese recubierta de los vicios y los intereses espurios que, como una película pegajosa y opaca, distorsionan la pretensión de objetividad que debería acompañar a todo análisis. En este artículo intentaré desenmarañar algunos malentendidos, desde el reconocimiento de que el problema es ciertamente complejo y que nos movemos en un terreno de pocas certezas, y esperando que la riqueza de las discusiones que están por venir pueda al menos intentar poner un poco de luz en mitad de tanta niebla. Por razones prácticas intentaré tratar sólo cuando sea estrictamente necesario la situación de la encarnizada lucha interna que tanta decepción y ridículo ha causado estos meses.

 

Algunas obviedades que se ha vuelto necesario repetir…

 

Para cualquier sujeto con un mínimo de racionalidad, las desigualdades son una realidad que nos encontramos dada y que determina los márgenes de los posibles cursos de acción, lo que podemos o no podemos hacer. En plena debacle neoliberal y sumidos en la espiral creciente de desigualdades de nuestro siglo, se ha vuelto de imperiosa necesidad para cualquier organización política comprender cómo se forman tales desigualdades y cómo afectan a la persecución de sus objetivos.

La acción política, como cualquier acción humana, no se desarrolla sobre el vacío sino que siempre encuentra unos límites dados que circunscriben el campo de lo posible. Incluso aunque gran parte de la disputa política consista precisamente en el estrechamiento o ensanchamiento de tales límites, lo cierto es que no todo es posible en política. Es precisamente en relación con esos límites como se acuñaron esos conceptos tan conocidos (y cuyo significado varía históricamente y según las intenciones de los que los usan): idealismo o voluntarismo/realismo, purismo/pragmatismo, reforma/revolución, etc. En este sentido, es un valor positivo para cualquier estrategia la comprensión de dichos límites y de las causas que los convierten en (o hacen aparecer como) límites. Con esta idea en mente, creo, es fácil ver cómo el asunto de las clases  sociales ha pasado injustificadamente desapercibido en Podemos, relegado a un segundo plano o instrumentalizado para intereses espurios. Han corrido ríos de tinta sobre las razones por las que el concepto de clase fue apartado, subordinado o sencillamente abandonado en las organizaciones y algunos académicos de izquierdas. No es mi objetivo aquí reproducir estos debates. Cualquier imaginario político que se emplee para movilizar apoyos tendrá siempre un sesgo y contenido de clase, de un tipo u otro (aunque sea precisamente el sesgo de no referir a las clases). La realidad nos impone sus condiciones. Lo que no se impone y siempre es fruto de una decisión es qué herramientas teóricas utilizamos para comprender nuestro entorno social y orientar nuestra acción política. Lo que interesa señalar aquí, por tanto, es la enorme importancia de las actuales dinámicas económico-sociales que generan las divisiones actuales en clases, sus formas específicas, y los límites y oportunidades que éstas marcan en vistas a la trasformación social.

En una organización con pretensiones de confrontar con los intereses de las oligarquías político-económicas del Reino, es evidente que no todos los sectores sociales se encuentran en la misma posición de cara a ese objetivo. Si uno busca terminar con los oligopolios en el mercado de las eléctricas, difícilmente encontrará a sus aliados en los consejos de administración de esas grandes empresas o en las organizaciones patronales. Si uno proclama querer acabar con todo tipo de propiedad privada, seguramente los autónomos y las pequeñas y medianas empresas recelarán de sus propuestas. Esto es así porque nuestras creencias y deseos no se conforman sólo a través de las discusiones, los debates televisivos, la educación que recibimos o los libros que leemos. Una parte importante de nuestros intereses, como es lógico, va ligada a lo que suele conocerse como “intereses materiales”, aquellos que se forman en función de cómo nos ganamos el sustento, cómo defendemos/negociamos nuestras posesiones o riquezas, cómo está configurada, en definitiva, nuestra existencia material. En base a estos intereses, delimitados según la posición que ocupamos en el espacio social, es más o menos probable que compartamos determinadas actitudes políticas (actitudes que, sobra decirlo, nunca se forman automáticamente por ocupar esas posiciones).

Es conocido que los primeros partidos con cientos de miles de afiliados fueron justamente los partidos socialistas y obreros de masas de la segunda mitad del siglo XIX. Antes de la aparición de estos partidos, determinados miembros de las clases altas organizaban “comités electorales locales” o “asociaciones de electores” (quedando toda la organización, programa y recursos subordinados a la voluntad de estos notables – forma no por casualidad mantenida en el modelo estadounidense). Fue la crudeza y la brutalidad de las condiciones sociales del capitalismo del XIX, así como la herencia de tradiciones, principios, imaginarios y luchas que se retrotraen a siglos atrás, las que llevaron a grandes masas de trabajadores a la necesidad de autoorganizarse para buscar una representación de sus intereses. Al hacerlo, el movimiento obrero creó las estructuras partidarias modernas con las que se conquistó sistemáticamente el sufragio universal en los países occidentales (entre otros derechos claves). En estos partidos nunca faltaron reflexiones sobre la composición social del sujeto transformador. Aunque los partidos sean en sí mismos una parte de esas fuerzas sociales movilizadas (no caen desde el cielo ni surgen ex nihilo, forman parte de los siempre inacabados procesos de formación de clases), sin embargo dada la acumulación de poder que representa la institución partidaria respecto a otro tipo de organizaciones, se vuelve un asunto de primer orden qué brújulas y acciones se escogen para enraizar en determinados suelos sociales y no en otros. Seguramente volver al estudio de estas tradiciones nos daría algunas claves para entender nuestro presente. En lo que sigue abordaré tan sólo las tres formas en las que este problema ha hecho su aparición en Podemos y las razones por las que creo que ha sido así.

 

El nacimiento viciado del debate en Podemos

Paradójicamente la primera aparición que ha tenido la cuestión de clase en Podemos ha sido bajo la forma de una ausencia. Se ha convertido en algo habitual escuchar que las derrotas históricas del movimiento obrero en el Reino de España nos han llevado a una situación en la que, por decirlo así, “la mayoría de la gente” no se identifica “en términos de clase” y de ahí se suele deducir que la cuestión de clase ha dejado de ser relevantes de cara a la movilización política (¡sic!). La clase no es sólo ni principalmente una identidad, aunque puede haber y haya identidades nítidamente de clase, y aunque el problema de las formación de identidades colectivas sea clave para la acción política. Cuando se habla de clase social no se está diciendo “los que se sienten identificados con esa palabra” o incluso “los que forjan su identidad sobre todo a través de la experiencia tal o cual posición laboral”, se apunta precisamente a las relaciones sociales entre grupos sociales que delimitan objetivamente unas posibilidades y excluyen otras, y a cómo los sujetos experimentan esas relaciones y actúan sobre ellas transformándolas. Veámoslo al revés: supongamos que el nuevo gobierno de Rajoy consiguiera congelar y anular totalmente la movilización social, y supongamos que todas las organizaciones que usan de alguna manera lenguajes de clase desaparecen, ¿desaparecería por ello el carácter explotador de las relaciones que mantiene un repartidor de Deliveroo con su empleador? ¿Podría alegrarse Daniel Blake o Rocío (la protagonista de Techo y comida) porque su condición de clase ya no existiría? ¿Se habría volatilizado esa relación de dependencia civil entre el conjunto de los que, por no tener su existencia material garantizada, están obligados a alquilar su capacidad de trabajo y el conjunto de los que, por su riqueza acumulada, la contratan (relación que es objetivamente injusta)? Ciertamente no. Y curiosamente, hay un punto de conexión muy estrecho entre los argumentos postmodernos que, aceptasen o no la existencia de las clases, las daban por muertas a la hora de pensar estrategias políticas, y los argumentos provenientes de las filas de la socialdemocracia devenida en socialiberalismo: es el viejo problema de pensar el proyecto político en base a las identidades (las llamadas “políticas de la identidad”) que no por casualidad ha jugado un papel clave en la crisis de algunos partidos socialdemócratas. Es evidente que algo falla cuando las oligarquías económicas y políticas de los países occidentales consiguen desmantelar las organizaciones e identidades comunes de las clases oprimidas, y el resultado final es que “las clases ya no importan tanto como antes”. O dicho à la Warren Buffet, cuando uno mira las últimas décadas desde el punto de vista de Wall Street, la City o el IBEX-35, su consciencia de clase tiene una presencia proporcional al nivel de beneficios extraídos a costa del trabajo de la mayoría de la población.

Una forma de caer en el mismo error pero con otras palabras proviene de la tan de moda teoría del análisis del discurso político. Incluso  si por “discurso” no entendemos simplemente “lenguaje”  sino el conjunto de prácticas sociales con el que dotamos de sentido a nuestro mundo en un proceso intrínsecamente abierto y conflictivo, todavía no habríamos dicho prácticamente nada: las clases sociales no se reducen a construcciones discursivas, y vemos menos de la mitad del problema si las reducimos al problema de cómo de hecho construimos sentido en términos de clase. Con el concepto de clase tenemos precisamente una herramienta para captar los límites y presiones estructurantes sobre los que se desenvuelven las prácticas con las que dotamos de sentido nuestra vida social, ¡entre ellas, las de la propia formación de clases como agentes colectivos que actuarán sobre esos límites y presiones estructurantes! En este error parece haberse concentrado una parte del discurso del campo errejonista cuando ha teorizado sobre su propia práctica política (aquí es imprescindible distinguir la lógica de la intervención política de los fundamentos teóricos de los que se dote: lo que puede funcionar muy bien puede no estar bien justificado, y funcionar bien por otras razones).

La segunda forma en la que ha emergido viciosamente la cuestión de clase ha surgido como crítica a la dirección del partido. Es la conocida denuncia de “clasismo”, esto es, de que determinados dirigentes y cuadros medios del partido estarían usando sus posiciones de poder para mantener los “privilegios de clase media” que no habrían podido mantener ya en una sociedad en crisis. Para algunos críticos, el hecho de que tras la crítica al obrerismo no comparezca de inmediato un análisis con perspectiva de clase sería prueba clara – ¡pero no explicitada! – de todo ello. Atribuciones psicológico-morales poco justificadas aparte (no se aportan evidencias que lo prueben, más allá de la mera acusación), es significativo que, a falta de pruebas sólidas y echando un vistazo a nivel de base, no parece haber corriente alguna en Podemos que tenga legítimamente el monopolio de la representación de los trabajadores no-cualificados, precarios, migrantes, etc. Sin embargo, la virtud de esta crítica ha sido señalar un problema todavía no resuelto: que la composición social de la dirección importa, e importa doblemente: por un lado, en la medida en que individuos de diferente extracción social no compiten en igualdad de condiciones por los cargos del partido; por otro lado, porque la dirección cumple funciones de representación y una falta de pluralidad social puede salir más caro de lo previsto.

Hay otra forma parecida, pero más sofisticada, en la que ha aparecido la cuestión de clase en modo tomahawk. Ha sido uno de los mejores analistas de la cuestión de las clases en el Reino de España, Emmanuel Rodríguez, el que ha atribuido repetidas veces al proyecto de Errejón la pretensión de liderar un proyecto de vuelta a la sociedad de clases medias de la era pre-crisis. Hubiera sido interesante tener alguna prueba de este argumento, pero lo más parecido a una justificación que he conseguido encontrar está en el documento político de Podemos en Movimiento (en cuya redacción es clara la colaboración del autor). Es un párrafo en el que se sostiene lo siguiente: la diferencia de lectura del momento político entre Recuperar la Ilusión y (al menos) Podemos en movimiento sobre la disposición de la sociedad española a cambios profundos, sería una prueba de una estrategia no explícita (¡otra vez esos fariseos!) para recuperar la vieja sociedad de clases medias. La forma del argumento es falaz como cualquiera puede ver (falacia del consecuente): la sociedad pre-crisis se fundamentaba en clases medias moderadas, hay un podemos que defiende que sigue habiendo sectores inseguros respecto al cambio (moderados), ergo ese Podemos quiere volver a la sociedad pre-crisis. Si no es este el argumento, entonces tampoco ha quedado claro cuáles podrían ser. El laicismo que hasta ahora ha mantenido el proyecto de Errejón en diagnósticos económico-políticos “de onda larga” puede denunciarse (y no sin falta de razones) como un tema pendiente que necesita una solución urgente, pero en todo caso no puede usarse como prueba de un diagnóstico concreto y un proyecto de sociedad no explicitados[1]. De esta segunda forma de debate viciado, parecen haber sido más representativa la corriente anticapitalista (pese a que no hayan sido los únicos en emplear argumentos similares).

Finalmente, la tercera vía por la que la cuestión de clase ha aparecido en Podemos quizás haya sido la más sonada, y al mismo tiempo la más burda. Desde la acusación de “burguesía colaboracionista de izquierdas hija de grandes funcionarios” hasta la increpación por haber cometido el revelador pecado de haber ido al dentista, una actitud obrerista parece haberse extendido como la pólvora entre algunos cuadros medios o dirigentes de Podemos. Sobre este asunto creo que es necesaria una aclaración. Cuando uno defiende que la cuestión de clase es importante para la política, no está diciendo nada todavía sobre el contenido de la política defendida. La legitimidad de las medidas políticas viene del contenido, no del agente que las defiende. Lo contrario sería una forma típica de argumento de autoridad. Cualquier organización política con intención de gobernar busca siempre representar la voluntad general del cuerpo político en la medida en que quiera que sus razones sean tenidas en cuenta en la esfera pública (¿Se imaginan escuchar por televisión a Isidre Fainé o Borja Prado diciendo: “miren, subimos los precios de la luz y el gas porque queremos seguir comprándonos yates y controlando la política energética”?). Eso no significa que esa pretensión de universalidad consiga, ni deba buscar siquiera, ser la voluntad de todos (por emplear la metáfora rousseauniana): una medida política gana legitimidad de iure cuando se toma en vistas al bien común, no cuando de facto es apoyada por todos. Intentar lo contrario sería fingir, o creer ingenuamente, que todos los conflictos de intereses que desgarran nuestra sociedad son reconciliables. Para la tradición socialista las clases explotadas encarnaban precisamente el universal (ese “bien común”) en la medida en que portaban un proyecto de desaparición de clases, y eso sí que beneficiaría al conjunto de la sociedad (un argumento similar para el movimiento feminista puede encontrarse aquí). Lo que defendían no era bueno en la medida en que venía de la clase obrera, sino en la medida en que la clase obrera era la que mejor podía garantizar la inexistencia de las clases (se recordará este mismo argumento en boca de Owen Jones en su célebre entrevista con Jordi Évole).

Ciertas concepciones políticas del problema de las clases han recaído innumerables veces en el error de atribuir la legitimidad al agente. El obrerismo retorna siempre de entre los muertos como un zombi cansino en aquellas organizaciones con capacidad para crear miedo a los poderosos. Frente a este peligro, un año antes de la emergencia de Podemos, el sociólogo Jorge Moruno señalaba: “Hay quien observa en los obreros un objeto precioso, similar a lo que pensaba la madre Teresa de Calcuta acerca de los pobres; una divinidad a la que hay que adorar y perpetuar en su condición. El comunismo nada tiene que ver con esas interpretaciones de mal gusto, se vincula en cambio, con su contrario, con la disolución de lo que son, en la búsqueda por dejar de ser obreros, por abandonar la condición que  condena al sufrimiento y la explotación. Es Billy Elliot cuando impugna los espacios culturales burgueses y reclama su lugar en el ballet, demostrando que los proletarios no están nacidos para cargar y saben bailar[2].

Si el zombi del obrerismo ya de por sí capa una concepción políticamente productiva de las clases, quizás sea todavía más increíble ver cómo se emplea como arma arrojadiza entre compañeros de un mismo partido. Parece que estuviéramos ante la repetición de ese viejo mantra que el historiador inglés E.P. Thompson llamó el “estalinismo teórico”: cuando uno se autoproclama la “verdadera” clase obrera para disputar el poder interno partido, pronto surgirá otra vanguardia dentro de la vanguardia, y para cuando queramos darnos cuenta, no sólo se habrá sectarizado y jerarquizado el partido hasta límites insospechados, sino que pronto se descubrirá la humillante verdad de que el vanguardista ni siquiera habría pasado limpiamente el detector de metales de la autenticidad. Si esta es la manera en la que tenía que surgir el debate de las clases, poco podremos esperar de él. Maliciosamente podríamos incluso preguntarnos: ¿es mera casualidad que las principales críticas obreristas que se ubican precisamente en la corriente que ha salido triunfadora en Vistalegre II haya fichado a destacados miembros defensores de la vieja y empleocentrista propuesta neokeynesiana del pleno empleo?

Pero, ¿son todo diferencias reales entre las corrientes de Podemos? Si atendemos a los documentos políticos presentados en Vistalegre II, no parece ser este el caso. Ante el cambio de ciclo político todas las corrientes apuntan a la necesidad de construir un “bloque social y popular”, un magma de fuerzas del cambio del que Podemos formaría sólo una parte pero al que debería dedicar la mayor parte de sus recursos. Esto justificaría la necesidad de actualizar la arquitectura del propio partido: eso de desmantelar la “máquina de guerra electoral” para construir el “movimiento popular”. Es aquí donde entraría el debate sobre la dimensión de clase del sujeto del cambio. De cara a señalar qué sectores sociales deberían ser prioritariamente movilizados o seducidos unos hablaban de “sectores populares y clases medias”, reconociendo una “mayoría social que ha sufrido las políticas de saqueo” pero dando prioridad al protagonismo de los “sectores populares” (Podemos para Todas); los otros hablaban de “clases trabajadoras y populares”, “clases subalternas y los pueblos que las conforman” y “sectores oprimidos y discriminados por el orden social” (Podemos en Movimiento – por cierto, y sin muchas dudas, se trata del documento que mejor analiza las condiciones sociales en las que emergió Podemos y las tendencias económicas profundas que continúan delineando su campo de juego); finalmente otros hablaban de “la gente corriente y una casta privilegiada”,  “el país real y el país oficial” o la necesidad de “poner en el centro los intereses de la mayoría humilde, decente y trabajadora” (Recuperar la Ilusión). Es claro, entonces, que todas las opciones señaladas reconocen conflictos en el seno de la sociedad y buscan articular dichos intereses del lado de “los de abajo”. Esto parecería abrir un terreno para el acuerdo en este tema (composición del sujeto del cambio), si se hubieran dado las condiciones de un verdadero debate y no simplemente una instrumentalización de sus términos para confrontar en las primarias.

He tomado sólo algunos ejemplos porque son característicos de esa emergencia empañada del debate, pero podrían cogerse otros. Quizás algunos esperábamos ingenuamente que la apertura de un congreso pusiera las herramientas para avanzar un poco en este terreno y en muchos otros. Pero el propio Vistalegre II no ha permitido discutir con profundidad porque se diseñó deliberadamente como una escenificación espectacular y vistosa de cara a los medios, y con un calendario deliberadamente corto, lo cual obviamente ha asfixiado la posibilidad de debatir con el tiempo denso que exige toda reflexión de calado. Tampoco es nada nuevo en Podemos: hay una conexión clara entre la “bestia negra” que salió de Vistalegre I como un modelo de partido que facilita las peleas internas entre los cargos de poder (en la medida en que dispone de pocos mecanismos de control y estructuras intermedias), y la muerte de los debates, porque una parte importante de los recursos se ponen al servicio de resolver esas disputas. Si algo ha caracterizado los debates estratégicos y programáticos en Podemos es precisamente su fugacidad, escasez y una falta de cultura política que los reconozca como procesos clave. En comparación con los grandes partidos del turno, quizás parezca una asamblea ateniense en plena era post-ephiáltica. En comparación con lo que podía hacerse y lo que necesitaba el país, el ridículo de estos meses no ha tenido parangón. Que ahora haya salido elegido el modelo organizativo que más concentra el poder y profundiza esta tendencia debería hacernos reflexionar sobre el tipo de cultura política que se ha generado en la militancia de Podemos, demasiado vulnerable todavía a la lógica plebiscitaria que tan malas reminiscencias trae en la historia de este país. Esto no es una cuestión de si se es más o menos elitista, es no contarnos cuentos sobre qué modelo de partido construimos. El mismo día en que comenzaba el congreso se publicaba una idea que se ha hecho más actual todavía a la luz de los resultados: “una organización verdaderamente democrática es aquella que no depende de la voluntad de nadie en concreto, ni siquiera de su Secretario General, sino que se dota de mecanismos formales y de contrapesos para asegurar su funcionamiento. En este sentido es republicana, porque la gobiernan las leyes y no los hombres”.

Creo que sin las condiciones para que haya debates de calado que impliquen a sectores de la población más allá del partido, es esperable que las diferencias entre las diferentes corrientes aparezcan como mera lucha de facciones disputándose crudamente el poder. Es también una razón por la que las propias corrientes se agarran muchas veces a cualquier cosa para diferenciarse, y parece que este ha sido el caso con el debate sobre las clases sociales y el sujeto del cambio, y por eso ha tenido un origen viciado. Pero la cuestión de clase es un asunto demasiado serio como para andar usándolo como tomahawk en unas primarias de partido. Hace falta más análisis económico-político y menos cuchilladas de teatrillo twittero[3]. Aunque por ahora nada apunta en esta dirección, ojalá los meses que vienen pongan un poco de calma en las agitadas aguas de lo que para muchos ha sido una de las grandes esperanzas de transformar nuestro país.

(Agradezco a Daniel Raventós y Eduardo González Molina sus generosos comentarios y correcciones. Por descontado lo defendido aquí y especialmente cualquier error corre de mi cuenta).



[1] Por la parte que me toca, me gustaría rescatar algo que escribí hace un año con Rodrigo Amírola, eterno compañero mío y persona de peso en el equipo de Errejón: “no es posible el viejo proyecto social-liberal de conformar un país en torno a las “clases medias”. Las “clases medias” son hoy una realidad desestructurada y empobrecida. El tramposo sueño de aquella “nueva” socialdemocracia europea, la tercera vía de Blair o Felipe González, se reveló hace ya tiempo como nefasta pesadilla. Hoy esos sectores intermedios desestructurados son caldo de cultivo para el cambio: una parte del éxito de Podemos reside justamente en haber sabido dirigirnos a esos sectores intermedios en la medida en que sus aspiraciones de ascenso social no tienen cabida en la actual coyuntura y se ven obligadas a elegir entre la resignación o sumarse a las fuerzas del cambio” (Puede verse aquí: http://lacircular.info/dos-anos-de-podemos-y-ahora-que-hacer/ ).

[2] En un artículo ya mencionado se definía con más precisión: “El obrerismo estrecho, estético y vulgar, normalmente producto del complejo de clase media (…) Para este obrerismo chusco, el proletariado es un sujeto orgánicamente lumpenizado, tosco y con una sensibilidad embrutecida. Puesto que el proletariado es así, debemos exaltar esos rasgos. Idealizar al proletariado no como producto de su lucha por la emancipación, sino como producto de la explotación capitalista: esa es la característica fundamental del "obrerismo" vulgar”.”

[3] Dejo para un próximo artículo la reflexión sobre si Podemos debería ser o no un partido de clase o las condiciones de las que partimos para plantear siquiera este problema.

 

es licenciado en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente estudia un doctorado en sociología por la Universidad de Barcelona. Colaboró en Podemos desde su lanzamiento hasta las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 19 de febrero de 2017