La economía K y la “Teoría Monetaria Moderna” (y II)

Rolando Astarita

22/08/2018

A finales de julio publicamos juntas las dos primeras entregas de la detallada crítica de Rolando Astarita a la postkeynesiana “Teoría Monetaria Moderna” (TMM), que ha despertado tanto en la Argentina como en el Reino de España un interés creciente en la izquierda académica. Hacemos ahora lo mismo con las dos últimas entregas, convencidos de que provocaran un interesante debate entre postkeynesianos y marxistas, es decir entre las dos teorías económicas más influyentes en la izquierda. SP

El valor del dinero y convertibilidad

Una de las cuestiones que tradicionalmente ha sido muy debatida en la economía heterodoxa gira alrededor del origen y naturaleza del valor del dinero fiduciario (billetes en manos del público y depósitos en el Banco Central). El problema surge porque el dinero fiduciario (o fiat money) se presenta cargado de valor, pero oficialmente es inconvertible y carece de valor propio. ¿De dónde entonces proviene este último?

Observemos, en primer lugar, que a pesar de su importancia, el mainstream académico prácticamente no se plantea el tema. Y todo indica que la razón última de ese silencio es una grave falencia teórica. Es que, como señaló James Tobin “el fiat money no figura en las funciones de producción ni de utilidad, de manera que la razón de por qué tiene algún valor particular, o simplemente algún valor, es uno de esos rompecabezas que los economistas se plantean a sí mismos” (1998, p. 14). De ahí que la moneda sea insertada, sin concepto, en el edificio neoclásico. En cuanto a los austriacos, también enfrentan dificultades (pienso que irremontables) para fundar el valor del dinero en la teoría subjetiva (ver aquí).

En la economía heterodoxa, en cambio, la cuestión sí se ha planteado y discutido. Y la idea que ha tendido a imponerse es que el valor del dinero fiduciario es, o bien producto de convenciones sociales; o está determinado por el poder político-estatal. De acuerdo a la primera variante, se explicaría por alguna suerte de representación simbólica; o por los discursos que existen acerca del dinero y su valor. En sus trabajos maduros, varios regulacionistas –Aglietta, Orléan, Theret- han desarrollado estos enfoques. En cuanto a la segunda variante –el valor del dinero está determinado por el Estado- los cartalistas constituyen la corriente más importante. Aunque también deberíamos mencionar la tesis  –que tiene su origen en los trabajos tempranos del regulacionismo- que afirma que el dinero es una creación del Estado, pero que su valor está dado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para generar el valor agregado (he criticado este enfoque, aquí).

Por último, tenemos el enfoque “marxista ortodoxo” –que defiendo-, que dice que el dinero no puede terminar de desmaterializarse. He presentado esta explicación en varias notas (véase, por ejemplo, la referencia anterior), y no voy a repetirla aquí. Ahora, solo señalo el problema que rodea la polaridad convertibilidad / inconvertibilidad, polaridad que sustenta la tesis de la desmaterialización del dinero.

Efectivamente, los enfoques que dicen que el dinero fiduciario ha roto toda relación con el oro subrayan el cambio cualitativo que habría significado el paso de la convertibilidad del billete a su inconvertibilidad. Según esta visión, en tanto existió la convertibilidad, los billetes representaron el valor del metal que los respaldaba. Sin embargo, esto ya no habría sido posible con la inconvertibilidad, y a partir de ese momento el economista se habría enfrentado a la necesidad de explicar el valor del dinero sin relacionarlo con el oro o la plata.

Pues bien, el problema con este enfoque es que establece una división rígida, casi metafísica, entre las convertibilidades o inconvertibilidades oficiales, pasando por alto que históricamente hubo episodios de inconvertibilidad oficial, sin que por ello desapareciera la convertibilidad de facto. Un ejemplo de esto es lo ocurrido en Inglaterra, entre fines del siglo XVIII y principios del XIX. Es que en 1797 el Banco de Inglaterra decidió abandonar el patrón oro debido a una fuerte caída de las reservas privadas de oro. Sin embargo, subsistió la convertibilidad a través del mercado del metal (y el oro subió de precio, o sea, el papel moneda se depreció). Por esta razón, la inconvertibilidad oficial no indujo a Marx a modificar su idea de que el billete era un signo del valor del oro. Solo se alteraba la forma en que se manifestaba la relación billete/ oro; no cortaba el vínculo, aunque podía hacerlo más complejo.

De la misma manera, Marx consideró que el tálero prusiano era signo de valor, a pesar de que era oficialmente inconvertible. Y algo similar podríamos decir acerca de la relación del dólar con el oro, en el siglo XX. Por ejemplo, durante el sistema de Bretton Woods los dólares que tenían los gobiernos eran convertibles a oro, al precio oficial (US$ 35 por onza), en tanto los dólares en manos de los privados no eran oficialmente convertibles. Sin embargo, EEUU e Inglaterra abastecieron, hasta 1968, el mercado privado de oro, con el objetivo de que no se desalineara con el oficial. Pero cuando empeoró la balanza de pagos de EEUU, la situación se hizo insostenible y Washington suspendió, en 1971, la convertibilidad oficial. Lo cual no impidió que en el mercado paralelo continuara expresándose la relación del dólar con el oro. De nuevo, al margen de la disposición oficial.

El razonamiento podemos extenderlo hasta el presente: aunque hoy no existe convertibilidad oficial, el dólar es convertible al oro en el mercado de metal. Por eso, cuando cunde la desconfianza en el dólar y otras monedas fuertes, es frecuente que suba el valor del oro, considerado activo monetario por los inversores. Pero si esto es así, se cae buena parte de la argumentación sobre la desmaterialización completa del dinero.

Las monedas se articulan de forma jerarquizada

Lo tratado en el apartado anterior conecta con la siguiente cuestión fundamental: es una realidad que las monedas se articulan de forma jerarquizada. Y esto ocurre porque toda moneda fiduciaria, si bien carece de valor en sí misma, “tiene que comportar sin embargo cierta referencia al valor” (Brunfoff, 1975, p. 189). Esto es, para ser reconocidas como equivalentes generales (encarnaciones de valor), las monedas deben ser convertibles entre ellas. Por eso Brunhoff sostiene que la referencia del dinero al valor “se la encuentra en forma indirecta partiendo de la combinación de las diferentes monedas entre sí” (ibid.). Así, en el caso particular del peso (argentino), diremos que los depósitos bancarios se apoyan en la confianza en que pueden ser reducidos, bajo demanda, a dinero “nacional” de alta potencia. Pero a su vez, el valor del peso se establece por su equivalencia con el dólar. Y el valor del dólar se referencia con otras divisas, (euro, yen, libra esterlina, etcétera) y en última instancia, con el oro. Lo cual explica que el metal siga constituyendo un activo de reserva de importantes bancos, entre ellos la Reserva Federal (75% de las reservas) y el Banco Central Europeo (26% de las reservas).

Además, ese sistema jerárquico de referencias se asienta en leyes económicas objetivas. En especial, en el desarrollo diferenciado de las fuerzas productivas. Por lo cual las relaciones de cambio entre monedas no pueden, en el largo plazo, ser determinadas a voluntad por los gobiernos. Una restricción del poder monetario del Estado que se impone a través de las convertibilidades recíprocas entre las monedas.

En este punto es necesario subrayar que esa convertibilidad debe verse como posible. Por ejemplo, durante gran parte del tiempo, en el siglo XIX, el Banco de Inglaterra no poseía el oro suficiente que respaldara toda la base monetaria. Sin embargo, en tanto había confianza en la posibilidad de conversión bajo demanda, el valor de la libra se mantenía estable. Cuando esa confianza se ponía a prueba, el Banco de Inglaterra podía verse obligado a decretar la inconvertibilidad, como ya vimos.

De la misma manera, un país actualmente puede no poseer las reservas en dólares necesarias para cubrir la base monetaria al tipo de cambio vigente; pero en tanto se confíe en la posibilidad de conversión, la paridad podrá sostenerse. Anwar Shaikh señala esta cuestión:

“Es crucial entender que la convertibilidad es un asunto de fe, algo que funciona mejor cuando no es testeado demasiado severamente. El secreto abierto de la banca de reserva fraccional pública y privada es que la mayor parte del dinero no está allí. Un propósito destacado de las regulares crisis financieras del capitalismo es recordarnos este hecho objetivo, revelarnos que un signo supuestamente convertible es inconvertible en la práctica. Lo que realmente indica esto es que la tasa de cambio fija prometida entre un signo dado y un dinero de orden más alto da lugar a uno que varía rápidamente…” (p. 679).

El peso y la moneda mundial

La estructura jerárquica de las monedas, que da cuenta de sus referencias de valor, es la expresión, a su vez, del carácter mundial del modo de producción capitalista. Esta es la razón última de por qué es imposible que exista moneda nacional sin referencia a la moneda mundial. Los tipos de cambio, después de todo, conectan espacios nacionales de valor, y a estos con el mercado mundial. Por eso, las explicaciones monetarias exclusivamente nacional-centradas no pueden registrar esta restricción que impone la naturaleza mundial del capital a las políticas monetarias del Estado.

De ahí también que las monedas nacionales, en especial de los países atrasados, sean puestas a prueba de manera recurrente, precisamente por sus convertibilidades. Al respecto, en Valor, mercado mundial y globalización, y después de señalar que la moneda nacional tiene un rol de equivalente parcial, planteaba que “la legitimidad como equivalentes de las monedas nacionales es puesta periódicamente entre signos de interrogación, en especial cuando se trata de equivalentes vinculados a ámbitos de valor sustentados en un bajo desarrollo de las fuerzas productivas. Esto explica que las monedas nacionales actúen como encarnación de valor en la medida en que están respaldadas por monedas ‘fuertes’, y en particular, por la moneda que actúa como moneda internacional. Por eso, si bien la validación de los trabajos privados se realiza reduciendo las mercancías al equivalente nacional, este a su vez tiene que estar respaldado por la moneda mundial. (…) Las reservas internacionales constituyen el activo financiero de respaldo último de la base monetaria nacional; una moneda nacional respaldada exclusivamente en el crédito interno (títulos públicos) estaría sujeta al cuestionamiento y a crisis de confianza que harían imposible la acción de la ley del valor. En última instancia, cuando sucede esto, la moneda nacional es reemplazada por la moneda mundial, primero en sus funciones de reserva de valor y atesoramiento, luego como medio de pago y finalmente como medio de cambio”.

Pero si esto es así, no existe la posibilidad de imprimir dinero para financiar cualquier nivel de déficit fiscal sin que, en algún momento, comience a ser testeada la convertibilidad de la moneda nacional con la moneda mundial. Para “bajar a tierra” el planteo, tomemos lo ocurrido entre 2005 y 2015. En ese período el saldo de la balanza comercial argentina fue negativo en unos 9000 millones de dólares. En turismo, en el mismo período, el negativo fue de 4500 millones (véase Ferrari Haines). A lo que se sumó una fuerte fuga de capitales, por lo menos desde 2009. En diciembre de 2015 el déficit de cuenta corriente rozaba los 15.000 millones de dólares. ¿Cómo se puede pensar que el gobierno argentino podía imprimir todo el dinero necesario para cubrir el déficit fiscal (del orden del 6% del PBI), sin consecuencias graves para el tipo de cambio? ¿Cómo se podía creer que no tendría repercusión sobre la confianza en el peso como reserva de valor, o medio de pago para transacciones por montos elevados?

Además, es absurdo sostener que estas dificultades no existen porque los impuestos se pagan en pesos. Si en relación a un respaldo en reservas internacionales la base monetaria crece más allá de cierto umbral a partir del cual hay desconfianza en la convertibilidad a la moneda mundial, comienza la salida de la moneda nacional. En última instancia, pagados los impuestos con pesos, los valores se atesoran en moneda fuerte. Esto es, habrá fuga de capitales y desvalorizaciones crecientes de la moneda, independientemente de cuál sea la voluntad del Estado.

Los países atrasados y la TMM

Algunos economistas heterodoxos han presentado a la TMM como portadora de una extraordinaria receta para superar cualquier descenso de la actividad económica. Todo se reduciría a imprimir dinero para sostener la demanda.

Sin embargo, puestos ante la realidad de los países atrasados, algunos de los más caracterizados referentes de la TMM deben admitir la imposibilidad de esa “receta-solución”. Así, Tymoigne y Wray (2013) sostienen que economías abiertas pequeñas pueden beneficiarse con la dolarización, ya que su actividad económica no está regida por el sector privado doméstico y el sector público (véase p. 43). Pero con una economía dolarizada no hay manera de cubrir déficits con emisión monetaria nacional. Dado que Tymoigne y Wray recomiendan no contraer deuda en dólares, concluyen en la necesidad de que haya equilibrio fiscal. Pero si esto es así, no hay manera de imprimir dinero para, por ejemplo, acabar con el desempleo.

Por otra parte, Tymoigne y Wray recuerdan que, según la TMM, la demanda de dinero está determinada por el nivel mínimo de imposición tributaria y la capacidad de hacerla cumplir. Reconocen entonces que en una economía muy abierta puede ocurrir que los residentes no utilicen el dinero estatal para otros propósitos que no sean el pago de impuestos. Si además el gobierno no tiene mucha capacidad para hacer pagar los impuestos, la demanda de dinero será aún menor y “por lo tanto la capacidad de gastar sin generar presiones inflacionarias será aún más limitada” (ibid.). En estos casos, y suponiendo que la capacidad para hacer cumplir los pagos sea perfecta, el equilibrio para el gobierno será un presupuesto balanceado (ibid.). Con lo cual, de nuevo, se termina en la receta de la ortodoxia, el presupuesto equilibrado. Con el agregado de que si los residentes desean ahorrar en moneda extranjera, el proceso de ajuste deberá ser todavía más penoso (ibid., pp. 43-4).

Lamentablemente, estos desarrollos no han sido difundidos en los medios locales. Sin embargo, ponen un serio signo de interrogación sobre la “receta-solución” de imprimir dinero para superar los problemas del capitalismo atrasado y dependiente de Argentina. La heterodoxia keynesiana local haría bien en prestarles atención.

Crítica del circuito Estado – dinero – Estado

La receta milagrosa de la TMM de imprimir dinero para sostener la demanda, y acabar con la desocupación, se basa en la idea del circuito Estado, dinero, Estado. La TMM sostiene que, en este respecto, continúa la noción del circuito, que fundamenta la explicación poskeynesiana de creación de dinero endógeno.

Según el enfoque del dinero endógeno, el dinero se crea a partir de la decisión de los empresarios de invertir, y de los créditos que les otorgan los bancos con tal fin. Esto es, los empresarios deciden invertir y piden créditos a los bancos; los bancos conceden los créditos y abren depósitos (o amplían el sobregiro); con ese dinero bancario los empresarios financian la producción (adelantan salarios, adquieren medios de producción); luego venden lo producido y cancelan los préstamos con los bancos.

Teniendo en cuenta lo anterior, la TMM afirma entonces que existe un circuito Gobierno → Otros → Gobierno. El gobierno inyecta dinero, por ejemplo, otorgando subsidios a las personas (otros); y ese dinero es destruido a través del pago de los impuestos (véase Tymoigne y Wray, 2013). De ahí que el gobierno tendría la capacidad ilimitada de pagar lo que desea comprar.

El problema con este circuito es que pasa por alto que la inyección del dinero implica la compra de bienes, y por lo tanto, la producción de esos bienes. Es que, o bien el gobierno compra bienes a las empresas; o entrega dinero a personas que adquieren bienes para su consumo. En cualquiera de los casos, tiene que existir la producción de bienes para que sean adquiridos. Pero si esto es así, hay que preguntarse quién produce, y quién financia la producción. Una cuestión que, de alguna manera, ya está implicada en la creación de dinero endógeno del circuito poskeynesiano, pero de manera aún más determinada en el circuito del capital, analizado por Marx (véase, en especial, la primera sección del tomo 2 de El Capital).

Sin embargo, la producción está literalmente desaparecida en el circuito de la TMM. El problema no es menor, porque si no hay producción no hay forma de renovar los bienes necesarios para el mantenimiento, y desarrollo, de la sociedad. Es una cuestión materialista: toda sociedad está obligada a reproducir sus condiciones materiales de vida. La particularidad en la sociedad actual es que esa reproducción se hace bajo la forma social capitalista, el circuito capitalista. El capitalista adelanta dinero, con el que compra fuerza de trabajo y medios de producción; le sigue el proceso productivo (…P….) y la producción de una mercancía valorizada (M’). La cual, mediante la venta, se transforma en dinero (D’, recuperación del dinero adelantado más la plusvalía).

Naturalmente, en este esquema se puede insertar la idea de que parte del dinero adelantado es crédito bancario. Pero lo central es que, a través del ciclo capitalista existe producción de bienes materiales, así como de valor y plusvalor. No hay manera de que el valor y la plusvalía se generen en el intercambio. Y la generación, a través del trabajo, de valor y plusvalía encierra, inevitablemente, la producción de bienes de uso. Por eso, al reproducirse la producción de bienes materiales, se reproduce también la relación capital-trabajo, esto es, la relación de explotación. Y si la plusvalía se acumula, la relación de explotación se reproduce en escala ampliada. De ahí la importancia de la noción de trabajo productivo (o sea, que produce plusvalía), adelantada por Adam Smith, y desarrollada por Marx. Enfatizamos esta cuestión porque una vez que se pone la atención en la producción, desparece la “magia” del circuito Gobierno – Otros – Gobierno, que postula la TMM.

Para ver por qué, supongamos que el valor agregado por el conjunto de la producción capitalista, en un período de tiempo determinado, sea $100 millones, de los cuales $60 millones son para el pago de salarios y $40 millones plusvalía. Supongamos ahora que el gobierno otorga subsidios por $10 millones, y establece que las empresas deben pagar impuestos por $10 millones. Es el circuito de la TMM. Las personas que recibieron el subsidio entonces adquieren bienes por $10 millones. Obsérvese que con eso no se altera el valor agregado, que sigue siendo $100 millones. La diferencia ahora es que una parte de ese valor agregado va a los que recibieron el subsidio. A las empresas les ingresan $100 millones; pero de los $40 millones que conforman la plusvalía ahora $10 millones son impuestos que refluyen al gobierno.

Como puede verse, nada se ha modificado en lo que hace a la producción. Simplemente ha habido una caída de la plusvalía de la que se apropia la empresa por la sencilla razón de que la misma se destina a pagar un impuesto de igual monto que el subsidio concedido. No hay manera de que por esta vía puedan aumentar, de forma duradera, el empleo, ni la producción de bienes materiales.

La razón de fondo es que el gasto estatal es secundario, derivado. Si el Estado paga a trabajadores para que entierren botellas con dinero, y luego las desentierren, ese trabajo es improductivo. No genera nuevo valor, ni riqueza material. Por eso los economistas K no tenían manera de sostener indefinidamente la demanda imprimiendo dinero. No solo porque se suscitaban los problemas de desconfianza en el valor del peso argentino (lo hemos discutido en la parte anterior de la nota), sino también porque desembocaba en una vía sin salida.

En conclusión, el circuito que postula la TMM es mistificador, ya que sugiere que es posible generar riqueza material, o superar los problemas que plantea el estancamiento de la producción capitalista por el simple trámite de emitir dinero. Y porque “barre debajo de la alfombra” la centralidad del trabajo productivo, y de la explotación del trabajo, la verdadera base en la que se asienta la sociedad capitalista.

Textos citados:
De Brunhoff, S. (1975): La oferta de dinero. Crítica de un concepto, Buenos Aires, Tiempo Contemporáneo.

Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.
Shaikh, A. (2016): Capitalism, Competition, Conflict, Crises, Oxford University Press.
Tobin, J, (1998): “Financial Globalization: Can National Currencies Survive?” Cowles Foundation Discussion Paper, Nº 1188.
Tymoigne, E. y L. R. Wray (2013): “Modern Monetary Theory 101: A Reply to Critics”, Working Paper 778, Levy Economics Institute of Bard College.

Es profesor de economía en la Universidad de Buenos Aires.
Fuente:
https://rolandoastarita.blog/2018/08/12/economia-k-y-la-teoria-monetaria-moderna-ultima-parte/