La emigración y el revisionismo histórico tientan a Alemania

Rafael Poch

19/09/2010

A diferencia de Francia, Italia, Holanda, Austria, Hungría y tantos otros países europeos, Alemania aun no tiene un partido xenófobo   |  Gente como el economista Thilo Sarrazin o la disidente de la CDU Erika Steinbach, podrían abrirle la puerta

El escenario que abre en Alemania el caso de Thilo Sarrazin, el dimisionario vocal del Bundesbank que ha saltado a la fama con un libro de posiciones xenófobas y anti musulmanas, es el de la creación en este país de un partido xenófobo a la derecha de los democristianos (CDU) de la Canciller Angela Merkel. A primera vista parece que el terreno esté abonado y el de Sarrazin no es el único dato. Otro es el de Erika Steinbach, la Presidenta de la Unión de Expulsados de los territorios perdidos por Alemania en la Segunda Guerra Mundial, que ha dimitido de la dirección de la CDU por sus puntos de vista revisionistas sobre el inicio de la invasión hitleriana de Polonia. 

La proporción de personas con antecedentes de inmigración representa en Alemania casi una quinta parte de la población. De los 82,1 millones de habitantes que tiene el país, 15,6 millones de personas son de origen inmigrante. El 19% de la población total son emigrantes o descendientes de emigrantes llegados después de 1950. De ellos, menos de la mitad -7,3 millones- son ciudadanos extranjeros, mientras que otros 8,3 millones tienen pasaporte alemán. 

La mayoría de los que tienen antecedentes extranjeros son jóvenes: el 34% de los niños menores de cinco años y el 32% de los menores de diez, tienen raíces emigrantes. En el grupo de edad de hasta 35 años los que tienen antecedentes extranjeros representan el 27%, mientras que por encima de los 65 años ese grupo es de sólo el 8,5%.

En Alemania hay unos 4 millones de musulmanes de los que el 45% son extranjeros y un 55% tienen nacionalidad alemana. El 75% de los musulmanes de Alemania son sunitas, un 13% alevitas y un 7% chiítas. Unos 2,5 millones son de origen turco. El 35% de los musulmanes alemanes se declara "muy creyente", otro 50% "más bien creyente".La gran mayoría (72%) de las mujeres musulmanas no llevan velo, y, pese a la habitual creencia, el uso del velo disminuye claramente en la segunda generación de emigrantes.

Son muchos en la CDU los que critican a Merkel por ser demasiado "social" y reclaman una posición más firme en emigración. En el propio partido socialdemócrata (SPD) ha habido sonados elogios a Sarrazin, como el del ex alcalde de Hamburgo Klaus von Dohnanyi, lo que sugiere que el espacio vacío existente podría afectar también a los socialdemócratas. Tanto estos como los cristianodemócratas, atraviesan serias crisis y su gancho electoral baja desde hace años. 

A diferencia de la Holanda de Pim Fortuyn y Gerrt Wilders, la Italia de la Liga del Norte, la Francia de Le Pen, de Hungría o de Austria, Alemania carece de partidos xenófobos, más allá de los anecdóticos neonazis. En Alemania la xenofobia recuerda demasiado al nazismo como para darle rienda suelta, así que se lleva por dentro. Es una tendencia muy fuerte en la mentalidad, pero hasta cierto punto subterránea. Por otro lado, por más que la tradición nacional encaje mal con la diferencia y lo foráneo, la emigración y el pluralismo cultural, ya son una realidad en Alemania -donde viven 15,6 millones de personas de origen inmigrante, de ellos 8,3 con pasaporte alemán y 4 millones de musulmanes-, sin que el país conozca espectáculos comparables a los que Francia o Italia, sociedades supuestamente más liberales, vienen protagonizando en los últimos años. Eso sugiere que las cosas no están tan mal en Alemania, donde, seguramente, hay cosas de las que enorgullecerse en materia de integración y convivencia con la emigración. 

"Incluso en una comparación internacional, en Alemania la integración es mucho más exitosa de lo que pretende la publicística", dice el sociólogo Klaus Bade, historiador de la cultura de la Universidad de Osnabrück. "En política de integración en los últimos diez años han pasado muchas más cosas que en los cuarenta años anteriores", dice.

Ex responsable de las finanzas de Berlín durante nueve años y miembro de la directiva del Bundesbank, Thilo Sarrazin ha tenido que dimitir de su cargo tras publicar un libro titulado "Alemania se disuelve" en el que relaciona una supuesta decadencia del país con la emigración. Su tesis es que el exceso de emigrantes, especialmente musulmanes que considera inadaptados, de poca inteligencia y muy prolíficos está debilitando al país por la vía de la sobrecarga de su Estado social y el retroceso general de su nivel de inteligencia, lo que relaciona con argumentos genéticos, según los cuales hay pueblos mas aptos y eficaces económicamente que otros. 

Como autor, Sarrazin no es más que un epígono de otros publicistas conservadores americanos, que en los últimos años publicaron obras apocalípticas sobre la emigración y el Islam en Europa. Su "Alemania se disuelve" sigue, en versión nacional, la estela que dejaron para el conjunto del continente, Bruce Bawer, ("Mientras Europa duerme", 2006), Walter Laqueur ("Los últimos días de Europa", 2007) o Christopher Caldwell ("La emigración el Islam y occidente", 2009). 

Sarrazin transforma problemas sociales en cuestiones "culturales", de nacionalidad, procedencia y creencias religiosas, los datos que maneja son frecuentemente erróneos y el contexto "científico" al que se refiere recuerda a una reedición de la eugenesia nazi.

Gran parte del establishment, desde importantes políticos y comentaristas, hasta la rastrera prensa amarilla y el Frankfurter Allgemeine Zeitung, han apoyado o comprendido las posiciones de Sarrazin, enfatizando su "derecho a la opinión" -que nadie ha puesto en cuestión- o la necesidad de "romper tabúes", y argumentando que el personaje ha contribuido a un debate necesario aunque quizá errado en sus formas y maneras. Es lo que ha dicho el Ministro de Defensa Karl-Theodor zu Guttenberg, partidario de un "debate sereno". Los más transparentes han sido los neonazis del NPD que han propuesto a Sarrazin la presidencia honorífica de su partido. 

La pregunta de por qué los sectores más favorecidos de la sociedad deben pagar por los débiles y económicamente menos productivos, en el contexto de un régimen fiscal que muchos denuestan y contra el que el "filósofo de la televisión", Peter Sloterdijk, llama a rebelarse, puede llegar a ser muy popular. En tiempos de crisis la puesta en cuestión del Estado social y del principio de solidaridad que está en su base, culpabilizando a los "vagos, pobres y parados" receptores de ayuda social del mal estado de la economía, es un fácil recurso, sobre todo si los medios de comunicación se hacen tanto eco. El semanario "Der Spiegel" le ha dedicado a Sarrazin su portada y un titular que reza: "Sarrazin, héroe popular. Por qué un provocador se hace con tantos alemanes". Dirigido contra extranjeros y gentes de otras culturas, ese discurso puede ser especialmente explosivo, señalan Claus Leggewie y Bernd Sommer, dos sociólogos de Essen. Sarrazin no va a ser líder de una nueva fuerza política xenófoba, dicen, pero su persona, "podría abrir la puerta a otros que ya han elaborado el guión para un atractivo complot populista". 

La ironía del caso es que Sarrazín se ha visto colocado en una posición de padrino de un nuevo movimiento a la derecha de la CDU que no desea. Oficialmente, hasta su previsible expulsión, continúa siendo militante del SPD, y como hombre público, no tiene madera ni carisma de líder. De lo que no hay duda es de su popularidad: un 18% de los encuestados se declaran dispuestos a votar a un partido que defienda sus posiciones. A esa masa se suma el descontento interno en el campo democristiano.

Las asociaciones de expulsados de regiones como Silesia, los Sudetes o Prusia Oriental, que Alemania perdió con su derrota, han sido siempre un colectivo muy fuerte en la derecha de la CDU, y muy delicado de manejar. Objeto de importantes injusticias y masacres a manos de vencedores rusos, checos y polacos, sus dramas quedaron cubiertos por los que la propia Alemania inflingió, pero con la reunificación y la recuperación de la soberanía plena del país este sector forma parte del vector que matiza y reescribe las historias de la guerra y la posguerra.

Erika Steinbach, de 67 años, presidenta de la Federación de Expulsados Alemanes (BDV) apoyó la opinión de dos de sus compañeros según los cuales la invasión hitleriana de Polonia vino precedida de movimientos militares hostiles por parte de Polonia. Su declaración ha desembocado en su dimisión de la dirección de la CDU, partido al que pertenece.

"Debemos compadecernos de los africanos y asiáticos, pero con lo que tenemos en el país nos quedamos a mitad de camino", dijo Steinbach el sábado, al celebrar en Berlín el "Dia de la Patria". Se refería a los refugiados políticos del tercer mundo, que, según ella, merecen más atención que los propios alemanes que en su día fueron expulsados y brutalizados después de la guerra. Steinbach mencionó en su discurso el hallazgo de los restos de 2000 civiles alemanes en una fosa común en Polonia durante unas obras de construcción, y de otros 12.000 en Serbia, y dijo que mientras que en algunos países del entorno alemán hay placas conmemorativas de esos hechos, en Alemania hay dificultades para reivindicar esa memoria. 

El ex ministro del interior de Brandeburgo Jörg Schönbohm dice que el ala derecha de la CDU ha sido "marginalizada" y no pinta nada, opinión que es secundada por los líderes bávaros de la coalición que dirige Merkel. Alexander Dobrindt el Secretario general de la CSU se queja de que al partido le falta "compromiso" con los "temas conservadores", como la integración de los emigrantes y el jefe de la CSU Horst Seehofer, asiente. Todos ellos están descontentos con Merkel porque, dicen, no se ocupa de los valores conservadores del partido.

Rafael Poch es el corresponsal en Berlín del diario barcelonés La Vanguardia.

Fuente:
La Vanguardia, 13 septiembre 2010