La globalización y la lucha por los derechos de los inmigrantes en EEUU

William I. Robinson

25/03/2007

 

Conferencia plenaria en el Congreso “El Gran Paro Americano II” sobre Derechos de los Inmigrantes (Los Ángeles, 3-4 de febrero de 2007)

Es para mí un honor y un privilegio estar aquí hoy con ustedes, los líderes y responsables de una de las luchas más cruciales, justas y de vanguardia de nuestro tiempo. Asimismo, le estoy muy agradecido a Javier Rodríguez, al igual que al resto del equipo organizador de este congreso, por haberme invitado a participar en él. Quisiera empezar subrayando tres hechos sin precedentes que se hallan interconectados: tres “intensificaciones”, podríamos decir –y no me estoy refiriendo a la escalada bélica de Bush en Irak–.

La primera intensificación es la de la inmigración latina en los Estado Unidos. Oficialmente, en dicho país hay 34 millones de inmigrantes, de los cuales entre 12 y 15 son inmigrantes sin papeles –y sabemos que el peso de estos últimos dentro del total de inmigrantes está subestimado–. Así, los flujos migratorios que han tenido lugar durante los últimos años han superado en magnitud los que se dieron en las postrimerías del siglo XIX. De estos 34 millones, entre 18 y 20 proceden de Latinoamérica – en especial de México, pero también de Centroamérica, de la República Dominicana, del Perú, Ecuador, Colombia, Brasil y Argentina, entre otros países–.

La segunda intensificación es la de la represión, el racismo y la discriminación que sufren los inmigrantes por la presencia de grupos hostigadores como los minutemen, por la negación de permisos de conducción, por ataques violentos, desalojos y crecientes redadas policiales, por procesos de segregación racial en el espacio público, etcétera. Estamos asistiendo a la criminalización de los inmigrantes y a la militarización de su control por parte del Estado.

La tercera intensificación es la de un movimiento de masas en favor de los derechos de los inmigrantes que tampoco tiene precedentes. En la primavera pasada pudimos ser testigos de las mayores manifestaciones de la historia de los Estados Unidos, unas manifestaciones que tuvieron a los poderes establecidos en ascuas. De hecho, esto es a lo que aspira el poder popular; esto es lo que aquello que a veces llamamos “el poder del pueblo” significa.

¿Cuál es el contexto en el que tanto estas políticas contra la inmigración como la lucha de los inmigrantes han ido tomando cuerpo? ¿Qué factores actúan como telón de fondo de tales fenómenos? En lo que sigue trataré de dar respuesta a tales cuestiones, para lo que analizaré y someteré a discusión 10 puntos.

I

Estas “intensificaciones” tienen lugar en la era de la globalización, esto es, en la era de este nuevo sistema de capitalismo global ante el que nos hallamos enfrentados. El capitalismo entró en una nueva fase a finales de la década de 1970 y durante la de 1980: su fase transnacional. El sistema capitalista vivió una expansión espectacular que lo llevó a alcanzar todos los rincones del planeta, lo que constituye la base estructural de la cuestión de la inmigración. Así, si de lo que se trata es de entender dicha cuestión, lo que es preciso analizar son estas nuevas estructuras. El capital ha adquirido una naturaleza verdaderamente transnacional, con una movilidad de alcance global y una capacidad para reorganizar el mundo en su conjunto de la que no había gozado hasta el momento. En esta nueva fase, el sistema recurre a nuevos métodos globales de control sobre los trabajadores de carácter global, a la vez que se nutre de un modo cada vez mayor de la fuerza de trabajo de la población inmigrante, a la que se puede negar los derechos y superexplotar. A su vez, esta negación de los derechos y esta superexplotación de las clases trabajadoras exigen nuevos niveles de control y de represión. Así, desde la década de 1980, el capital global ha estado llevando a cabo una auténtica ofensiva de alcance mundial contra lo que podría darse en llamar “trabajo global”, con el objetivo de hacerse con recursos naturales, mercados y fuerza de trabajo a lo largo y ancho del planeta. De este modo, se ha ido creando un nuevo sistema productivo y financiero de carácter global al que todos los países se han ido integrando. Asimismo, han ido apareciendo nuevas formas de integración social y económica y nuevas redes de interdependencia también de escala global, todo ello en el marco de un proceso controlado por poco más de un millar de las corporaciones transnacionales más poderosas.

En la práctica, pues, la globalización capitalista constituye la versión global de la vieja guerra de los ricos contra los pobres. Se trata de una guerra que se ha saldado en una transferencia masiva de riqueza de los pobres hacia los ricos. En los Estados Unidos, los salarios reales han ido disminuyendo a un ritmo constante desde 1973, lo que ha arrojado un mundo caracterizado por desigualdades a escala global sin precedentes. En la actualidad, poco más de un 10 % de la población mundial consume el 85 % de la riqueza mundial, mientras que el resto tiene que arreglárselas con apenas el 15 % de dicha riqueza –una riqueza que los pobres del mundo generan pero que no reciben–. Esta es, pues, la realidad que caracteriza el nuevo apartheid social de escala global: cientos de millones de personas que se han visto desplazadas para convertirse en fuerza de trabajo al servicio de nuevos mercados laborales globales que las elites y el capital transnacional, también globales, han sido capaces de conformar del modo que mejores rendimientos les confiere.

II

En Latinoamérica, todos los países se han visto violentamente integrados en el capitalismo global a través de acuerdos de libre comercio, privatizaciones, desregulaciones y opciones de política social y económica de carácter neoliberal.

En México, este proceso empezó bajo el gobierno De la Madrid, en 1982, y se aceleró durante el gobierno Salinas de Gortari, que se constituyó en 1988. Pero no despegó completamente hasta 1994, momento en el que el NAFTA [North American Free Trade Agreement o, en español, Tratado de Libre Comercio] entró en vigor. Con Calderón, dicho proceso continuará e incluso será objeto de una mayor profundización –no en vano el PAN se ha convertido en el partido que defiende los intereses del capital global en México–. Pero se trata de un proceso que ha alcanzado todo Latinoamérica: millones de campesinos a lo largo y ancho del continente se han visto desplazados; un gran número de comunidades indígenas han sido desmembradas; países enteros han sufrido el fenómeno de la desindustrialización; millones de trabajadores del sector público han sido despedidos, a la vez que pequeños negocios han sucumbido ante la arremetida de corporaciones transnacionales como Walmart, que, sólo en México, ha abierto unos 700 establecimientos hasta el punto de convertirse tanto en el mayor empleador como en el mayor vendedor al por menor del país; los programas de bienestar social han sido desmantelados y los países se han visto abocados hacia una permanente austeridad sistémica, etc. Con todo, cientos de millones de personas han sido condenados a una situación de pobreza, desempleo y desposesión. Y, como resultado de tales procesos, los conflictos políticos y militares se han extendido.

Se trata de unas políticas, las del neoliberalismo, el libre comercio y la globalización capitalista, que han sido impuestas por las elites globales y sus aliados locales, en especial el gobierno de los Estados Unidos, en contra de los intereses de una vasta mayoría. Y tales políticas han supuesto la fuente de desastres sociales de magnitudes sin precedentes en Latinoamérica, desastres que han arrojado a cientos de millones de personas a una lucha cotidiana por la supervivencia. Este es, pues, el telón de fondo de las migraciones transnacionales que hoy presenciamos.

En términos más académicos, podríamos decir que la circulación transnacional del capital, así como las situaciones de privación y los trastornos de todo tipo por ellas ocasionados, constituye la verdadera causa de la circulación transnacional de la fuerza de trabajo que se observa en la actualidad. En otras palabras, el capitalismo global genera trabajadores inmigrantes. Las oleadas de inmigración provenientes de comunidades latinoamericanas social y económicamente devastadas empezaron a hacerse visibles durante la década de 1980 y, de la mano de la globalización y del triunfo del neoliberalismo, experimentaron un importante auge durante la década de 1990 y a principios del nuevo siglo. En cierto modo, tales flujos poblacionales deben ser vistos como casos de migración forzada o coercitivamente inducida, pues el capitalismo global ejerce una violencia estructural sobre poblaciones enteras cuyos miembros ven imposibilitada su supervivencia en su propio territorio.

Sin embargo, así como el capital transnacional puede moverse sin trabas por todo el mundo, lo que permite la refundación del mismo en beneficio de los intereses de los más poderosos, el trabajo transnacional se halla sujeto a controles cada vez más estrechos y represivos. El 11 de septiembre dio al régimen de Bush el pretexto para intensificar su ofensiva contra los derechos de los inmigrantes, ofensiva que discurría de forma paralela a los ataques a Irak, y para militarizar la sociedad y sentar las bases de un estado policial cuya autoridad se ejerce de forma prácticamente exclusiva contra los inmigrantes. La guerra de Irak es un reflejo de la guerra contra los inmigrantes.

Hemos de saber entender que las fronteras no se fraguan en favor del interés de todos nosotros. Las fronteras son instrumentos de los grupos dominantes, de grupos económicos poderosos; en otras palabras: del capital, no del trabajo. Las fronteras son herramientas altamente funcionales para el sistema en tanto que mecanismos para el control transnacional.

III

En dicho sistema, Estados Unidos y la economía global dependen cada vez más de fuerza de trabajo inmigrante que pueda ser superexplotada y supercontrolada. Tenemos a nuestra disposición los siguientes datos, correspondientes a las décadas de 1980 y 1990 en California, relativos al porcentaje de la fuerza de trabajo que, en distintos sectores productivos u oficios, procedía de la población inmigrante:

                                                                       1980        1990

Obreros de la construcción                                                20            64

Conserjes                                                                               26            49

Trabajadores agrícolas                                                        58            91

Servicio doméstico                                                              34            76

Fabricación de productos electrónicos                           37            60

Cuidado de los niños                                                          20            58

Restauración                                                                         29            69

Jardinería                                                                               37            66

Mampostería                                                                            9            48

Así, durante la década de 1990 hemos presenciado un enorme y sostenido incremento de la dependencia de los empresarios con respecto a la fuerza de trabajo inmigrante. La economía estadounidense, al igual que la economía global, se detendría de no contar con la fuerza de trabajo inmigrante. Y, al mismo tiempo, puesto que no quieren que el factor trabajo se encarezca demasiado, los empresarios prefieren tener mano de obra sin derechos de ciudadanía, esto es, mano de obra superexplotada, supercontrolable. De este modo, el 20 % de población acomodada o más favorecida aspira a hacerse con los servicios de trabajadores “de usar y tirar”. En efecto, esta elite de empleadores persigue el mantenimiento de sus privilegios recurriendo a toda una legión de criados, niñeras, jardineros y jornaleros, entre otros, en la que ve a un auténtico ejército de trabajo inmigrante de reserva.

IV

El mantenimiento de una fuerza de trabajo inmigrante de estas características implica la creación –y la reproducción– de una división de la clase trabajadora entre inmigrantes y ciudadanos. Y tal división se ha convertido en un nuevo punto de referencia para la comprensión de la desigualdad a escala mundial: el que separa a ciudadanos de no-ciudadanos. Además, este punto de referencia adquiere tintes raciales. En efecto, las relaciones de clase, que se dan a nivel global, han vivido un proceso de racialización que añade al componente de la explotación el de la opresión y discriminación racial y étnica, por ejemplo para con los latinos u otros inmigrantes.

V

El fenómeno de una fuerza de trabajo inmigrante superexplotada y supercontrolada constituye una parte de un fenómeno global más amplio: el de los flujos migratorios globales que se dan en muchas áreas del mundo y que se hallan en la base de la creación de las bolsas de trabajo inmigrante que hoy conocemos. Sin ir más lejos, tenemos:

* latinos y otros inmigrantes en Estados Unidos;

* en Europa, trabajadores procedentes de Turquía, del Este del propio continente europeo, del norte de África y de Asia;

* en los países productores de petróleo del Oriente Medio, trabajadores indios y paquistaníes;

* en Sudáfrica, inmigrantes centroafricanos y trabajadores procedentes de otras zonas del sur del continente;

* en Costa Rica, nicaragüenses; en Chile, peruanos; en Argentina, bolivianos;

* en Australia, inmigrantes asiáticos;                                      

* en Japón, tailandeses y coreanos.

En todos estos casos, los represivos controles estatales del movimiento del trabajo transnacional crea las condiciones para el surgimiento del “trabajo inmigrante” en tanto que categoría específica de la relación entre capital y trabajo. De hecho, la aparición de estas categorías distintas –las de los grupos de “trabajadores inmigrantes” que proliferan por todo el mundo– se convierte en un rasgo central de la economía capitalista global. En particular, asistimos al ascenso de una clase capitalista transnacional que recurre a las bolsas de trabajo inmigrante disponibles por todo el mundo para su propio beneficio; y, paralelamente, asistimos también al crecimiento de una clase obrera transnacional o global que se halla escindida entre trabajadores nativos y trabajadores inmigrantes. En esta situación, las fronteras y la nacionalidad devienen herramientas que el capital, esto es, los más poderosos y privilegiados, utiliza para explotar, controlar y dominar esta clase obrera global.

VI

El sistema, pues, necesita la fuerza de trabajo de los inmigrantes. De hecho, ¡no puede funcionar sin este ejército de trabajo inmigrante de reserva! Es más –y aquí radica la clave del asunto–, el sistema necesita que el “trabajo inmigrante” siga siendo lo que es: “trabajo inmigrante”. Y “trabajo inmigrante” significa trabajo vulnerable, trabajo sin papeles, sin ciudadanía ni derechos civiles, políticos y laborales, trabajo deportable…, en una palabra: trabajo controlable. El objetivo de los poderes establecidos no es acabar con los latinos y otros inmigrantes –vuelvo al caso de los Estados Unidos–, sino ejercer un control represivo sobre los mismos. Es precisamente su condición de trabajadores deportables lo que los poderes establecidos pretenden crear o preservar, pues tal condición les asegura la capacidad para superexplotarlos impunemente, a la vez que les permite eliminar la posibilidad de que estos trabajadores se organicen y reclamen sus derechos y luchen por su dignidad.

Así las cosas, el trabajo inmigrante latino se ha convertido en el nuevo sector superexplotado de la fuerza de trabajo. Y ello nos obliga a explorar la posibilidad de la llamada black-brown unity, esto es, la unificación de las luchas sociales y civiles de latinos y afro-americanos. Fuera del suroeste, donde los chicanos tendían a jugar este papel, los afro-americanos constituyeron históricamente el segmento superexplotado de la clase obrera estadounidense. Sin embargo, durante las décadas de 1960 y 1970, los afro-americanos se organizaron para obtener sus derechos civiles, en una lucha que perseguía también la obtención de plenos derechos sociales y laborales. En efecto, el “movimiento para la liberación negra” se convirtió también en el elemento más activo en el seno del mundo sindical. Pues bien, desde el momento en que obtuvieron sus derechos de ciudadanía, dejaron de poder ser deportados, razón por la cual el capital decidió que los afro-americanos ya no eran trabajadores convenientes: ya no eran tan vulnerables y, además, se habían organizado y resultaban demasiado beligerantes.

El resultado de este proceso, visible sobre todo a partir de la década de 1980, fue la marginación de los trabajadores afro-americanos y el creciente interés de los empresarios en contratar a trabajadores inmigrantes. Así, mientras los afro-americanos se convertían cada vez más en las víctimas del paro estructural y en el sector marginado de la clase obrera –fueron objeto de la hostilidad, el abandono y la criminalización por parte de la sociedad del momento–, los latinos fueron sustituyéndolos progresivamente en tanto que trabajadores superexplotados. En la actualidad, la black-brown unity, la unidad política y sindical de afro-americanos y latinos, es crucial. No podemos dejar que el sistema enfrente a los unos contra los otros.

VII

Con todo, se da en la actualidad una situación bien particular, una situación que sitúa a los grupos dominantes ante un intrincado enigma: ¿qué hacer para tenerlo todo? Más concretamente: ¿cómo hallar el espacio legal necesario para superexplotar a la población inmigrante latina y, a la vez, asegurar la persistencia de los mecanismos que la hacen supercontrolable y supercontrolada? De ahí que, tan a menudo, se recurra, por un lado, a los programas de “contratación en origen” //1//; y, por el otro, se acentúe la criminalización del inmigrante y se promuevan las políticas de seguridad y de militarización que hoy conocemos.

VIII

Así las cosas, urge que profundicemos en estos problemas desde la perspectiva de un análisis de clase. En efecto, la cuestión de la inmigración constituye una cuestión laboral en la que raza y clase van cogidas de la mano.

Recordemos que aquello que estamos tratando aquí es la cuestión de los inmigrantes transnacionales en tanto que mano de obra para el capitalismo global, y, en particular, el papel de los latinos en tanto que trabajadores inmigrantes. El capital transnacional aspira a la consolidación de una clase trabajadora que se adecue a las circunstancias actuales, y en este empeño recurre a una doble estrategia: por un lado, la división de la clase obrera entre inmigrantes y ciudadanos; y, por el otro, la racialización de los primeros.

La lucha de los trabajadores inmigrantes es la lucha de todos los trabajadores y de todos los pobres. Cualquier mejora del estatus del trabajador inmigrante que éste pueda lograr, cualquier avance en lo que respecta a sus derechos es de interés para el conjunto de los trabajadores.

En efecto, hay una realidad que es preciso abordar en este punto. Las elites globales y los grupos dominantes que operan por todo el mundo han impuesto nuevas relaciones capital-trabajo basadas en nuevos sistemas de control y abaratamiento del factor trabajo. Ello conduce a la emergencia y extensión de nuevas y diversas formas y condiciones en lo que respecta a la contratación laboral, formas y condiciones que no hacen sino erosionar cada vez más la situación en la que los trabajadores se enfrentan a la relación laboral: pensemos, por ejemplo, en el trabajo subcontratado, en la externalización de la producción, en el trabajo flexible, en el trabajo realizado en condiciones de debilitamiento del movimiento sindical, en la intensificación del carácter temporal de las relaciones laborales –el trabajo a tiempo parcial, temporal y la contratación de trabajadores autónomos está sustituyendo los puestos de trabajo estables y a tiempo completo–, en la informalización del mercado de trabajo, en la tendencia descendente de los salarios, en la extensión de la jornada laboral, etc. Todo esto es lo que podríamos llamar la “walmartización” //2// del trabajo.

Y no se trata de una realidad que afecte sólo a los trabajadores inmigrantes, sino al conjunto de los trabajadores, tanto los inmigrantes como los que gozan del estatus de ciudadanos de pleno derecho, quienes se hallan sujetos, de un modo cada vez más férreo, a estas nuevas relaciones capital-trabajo, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo. Aquí radica la clave del asunto que nos ocupa: la fuerza de trabajo inmigrante es un fiel reflejo de estas nuevas relaciones de clase de escala global: desde el punto de vista de los grupos dominantes, los inmigrantes constituyen la fuerza de trabajo ideal para el capitalismo global. En efecto, en el caso de Estados Unidos, los trabajadores inmigrantes latinos no son más que una mercancía, un factor productivo prescindible y flexibilizado, de gran movilidad a escala transnacional, que es utilizada en el momento y en el lugar en los que el capital la necesita, en un proceso que no conduce sino a la completa deshumanización de las condiciones en que los trabajadores desempeñan las tareas para las que han sido contratados.

IX

¿A qué se debe, pues, la creciente hostilidad y opresión que sufre la comunidad latina por parte tanto del Estado y de los grupos derechistas como de los medios de comunicación y, en general, del conjunto de la sociedad? Pese a que este sistema necesita el trabajo de los inmigrantes latinos, la presencia de esta fuerza de trabajo atemoriza tanto a los grupos dominantes como a los estratos más privilegiados de la sociedad –el de los nativos de raza blanca, en términos generales–. Los grupos dominantes y los estratos sociales más privilegiados temen que la creciente marea de inmigración latinoamericana conduzca a la pérdida del control cultural y político del que gozan en este momento: de ahí el incremento de la hostilidad racista empleada contra los latinos y la también creciente marea de xenofobia y ensalzamiento de “lo nativo” por parte de grupos racistas como los mencionados Minutemen.

En realidad, todo ello equivale a un resurgimiento del fascismo, de un fascismo del siglo XXI. Se trata de un movimiento neo-fascista que está siendo dirigido y manipulado por las elites, pero cuyas bases están compuestas por trabajadores que ocuparon posiciones de privilegio en los mercados laborales y que hoy se sienten desplazados. Trabajadores blancos y sectores enteros de las clases medias que se enfrentan a la movilidad social descendiente y a las inseguridades que ha traído consigo la globalización capitalista aparecen como los actores más propensos a enrolarse en grupos políticos racistas y contrarios a la inmigración que son controlados por la derecha. La pérdida de los privilegios de casta de los que estos sectores blancos de la clase trabajadora gozaban en el pasado se muestra como un factor peligroso para los intereses de las elites políticas y del Estado, puesto que, históricamente, la legitimación de la dominación se había basado, en Estados Unidos, en la idea de un bloque blanco hegemónico. Esta es la razón por la que las fuerzas hostiles a la inmigración tratan de incorporar en sus filas a los trabajadores blancos a través de llamadas a la solidaridad social y exhortaciones a la xenofobia, a la vez que utilizando a las comunidades de inmigrantes como chivo expiatorio de todos los males.

X

Nos encontramos en condiciones ya de proponer algunas conclusiones. Algunos han denominado este empeño por lograr la unidad política de la clase trabajadora, sin distinciones de razas, el “nuevo movimiento de los derechos civiles”. De hecho, en ello consiste, pero sólo parcialmente: se trata de algo más que de los “derechos civiles”, lo que está en juego. Se trata, fundamentalmente, de derechos humanos, de un debate acerca del tipo de mundo en el que vamos a vivir. Nadie puede quedar fuera de esta lucha. El objetivo está claro: la plena legalización de todos, esto es, la liberación de toda la población de todas las formas de represión y de persecución; en otras palabras, la obtención, por parte de todos, de plenos derechos laborales, sociales, culturales y humanos. El movimiento por los derechos de los inmigrantes constituye la vanguardia de las luchas populares de los Estados Unidos de hoy. Visto con perspectiva, más allá de las demandas inmediatas, el movimiento por los derechos de los inmigrantes supone un desafío para las opresoras y explotadoras relaciones de clase que se hallan en el núcleo del capitalismo global. Así, el debate sobre la inmigración en Estados Unidos lleva de la mano el cuestionamiento del conjunto del modelo económico del capitalismo global, así como de las injusticias y desigualdades que éste acarrea. De hecho, este modelo económico del capitalismo global está siendo objeto ya de un profundo rechazo en todo Latinoamérica, rechazo que se concreta en la intensificación de la lucha de masas, popular y democrática, que muchos países están viviendo. El movimiento por los derechos de los inmigrantes que observamos en Estados Unidos, pues, debe entenderse en el contexto de esta lucha más amplia, de escala continental y mundial, en favor de la justicia social y la dignidad humana. Formamos parte de esta lucha de escala mundial; de hecho, nos encontramos en su vanguardia. Hemos de saber entender que nuestra lucha forma parte de un movimiento más amplio, de carácter transnacional, y, así, consolidar vínculos también transnacionales con otros movimientos de inmigrantes de otras partes del mundo, a la vez que con los movimientos sociales de los pobres, los indígenas y los trabajadores de todo Latinoamérica.

Déjenme concluir expresando humildemente mi opinión a este respecto. Los poderes establecidos en Estados Unidos quedaron aterrorizados al observar las movilizaciones de masas que tuvieron lugar durante la primavera de 2006 y, como sabemos, trataron de intimidarnos desatando toda una oleada de represión desmedida que persiste todavía. Algunos han señalado que carecemos de la capacidad organizativa necesaria para defender a todas las víctimas de esta represión. Esto es bien cierto. Pero es cierto también que la única defensa real frente a toda esta represión no consiste en batirse en retirada, sino avanzar, seguir empujando e intensificar la lucha de masas. Por desgracia, no hay cambio sin sacrificio. Pero la retirada o la autocontención sólo sirven para ponerle las cosas fáciles al Estado y a la derecha cuando traten de retomar la iniciativa y continuar reprimiendo. Cuando has tomado la iniciativa –como lo hicimos la pasada primavera–, cuando tu enemigo se encuentra a la defensiva, no es momento de retirarse o desmovilizarse, sino de mantener y radicalizar la ofensiva.

Termino citando unas palabras del Che Guevara que he visto escritas en un cartel con el que me he tropezado mientras venía para aquí y que resumen perfectamente lo que estaba diciendo ahora: "Seamos realistas: soñemos lo imposible". Muchas gracias por su atención.

NOTAS: (1) Los “programas de contratación en origen” son programas públicos a través de los cuales trabajadores de países pobres son “invitados” a residir legalmente en países ricos durante un periodo de tiempo determinado para ofrecer su fuerza de trabajo a cambio de salarios bajos y –así se arguye desde instancias oficiales– a cambio también de formación que revertirá en beneficios en términos de capital humano para los países de origen una vez aquéllos estén de vuelta a los mismos. (N. del T) ;  (2) Recuérdese que “Walmart” es una cadena de supermercados de origen estadounidense cuya expansión la ha llevado a todos los rincones no sólo de su país de origen, sino también de otros países como México. (N. del T.)

William Robinson es profesor de Sociología en la Universidad de California, Santa Bárbara.

Traducción para www.sinpermiso.info: David Casassas

Fuente:
Znet, marzo 2007