La izquierda vuelve a empezar de nuevo

Rob Urie

19/11/2017

Hace veinte años, el optimismo en torno al desarrollo de internet –por parte del Ejército estadounidense (ARPA/DARPA[1]) a través de canales de comunicaciones controlados por las empresas de telecomunicaciones estadounidenses–, era sobre el surgimiento de un nuevo espacio público donde las ideas podrían ser comunicadas libremente y la democracia florecería. Los años subsiguientes han visto un cambio de orientación desde el demos hacia la aglomeración empresas-Estado desde donde proviene lo que es crecientemente un sistema profundamente ejemplificador de control social.

El concepto comercial de “elección del consumidor” que ahora conduce el desarrollo de internet emerge de la improbabilidad economicista de que el capitalismo es una respuesta a la demanda del consumidor. La lógica temporal dice que las personas no quieren lo que aún no conocen. El sistema occidental que “informa” a sus objetivos comerciales se basa en la coerción psicológica, llamada propaganda antes de que el término se trasladase a la política. Además de sobre matanzas masivas, el siglo XX fue “sobre” la creación de sociedades de consumo.

Cuando el ardiente feminista y cínico profesional William Jefferson Weinstein (Clinton) utilizó encuestas comerciales para sondear las profundidades de la identidad estadounidense desatada por Ronald Reagan, creó un círculo vicioso en su persecución del poder. Al hacer que la gente regurgite el chasco cínico que les habían alimentado meses y años antes para desarrollar su “programa”, jugó el juego comercial de creación de “demanda”. Por si esto no quedase claro, la democracia y la coacción psicológica surgen de premisas de lógica social separadas y distintas.

Cualquiera sorprendido por la reorientación de internet no ha estado prestando atención. Difundir la “democracia” ha sido el código para el saqueo capitalista desde que nació el Ejército de los EEUU. El general estadounidense Smedley Butler lo admitió hace un siglo. Las empresas de telecomunicaciones estadounidenses han sido partícipes del estado de vigilancia imperante en los EEUU durante décadas. Y fue en los años 60 cuando los publicistas crearon el “capitalismo contracultural” para reemplazar la política de calle por la “elección del consumidor”: pantalones de campana, carteles de Peter Max y consumismo “moderno”.

La respuesta habitual a ese tipo de desarrollos es que el desenlace podría haber sido diferente. Y sin duda podría haberlo sido. El capitalismo occidental podría haberse desarrollado sin armas nucleares, catástrofes ambientales y la utilización de la coacción psicológica. Pero no fue así. Internet podría haber sido un lugar para el libre intercambio de ideas, a pesar de los monstruos de la pornografía y el anonimato, pero su destino fue sellado por la lógica que lo creó. De hecho, las corporaciones ahora median (y por lo tanto controlan) la mayoría de las comunicaciones de persona a persona en Occidente.

El tipo de “inteligencia” utilizado en la informática y cada vez más en otros ámbitos, la “inteligencia artificial”, proviene del dualismo profundamente alienado que Rene Descartes utilizó para ubicar las almas “atemporales” en el mundo temporal. En la historia, J. Robert Oppenheimer descubrió cómo construir un arma nuclear y solo más tarde, fuera del “cómo” del razonamiento operacional, comenzó a preguntarse ¿por qué? La locura de esta inteligencia se refleja en el hecho de que los creadores de la primera arma nuclear no sabían si, una vez iniciado, el proceso de fisión nuclear podría detenerse.

En el ámbito de lo más explícitamente político, después de que George W. Bush lanzase su parte de la guerra Clinton-Bush contra Iraq, el debate público se volvió en gran medida técnico: ¿se podría haber evitado el saqueo? ¿Cómo manejamos la contrainsurgencia? ¿Cómo deben ser contados los muertos de guerra?, etc. En cualquier sentido humano, la guerra fue una catástrofe desde la primera persona asesinada. Y rápidamente empeoró. Hasta el día de hoy no hay un “por qué” satisfactorio de la guerra. Pero a través de cada etapa, en la medida en que la historia puede ser tan reducida, un “proceso” condujo a los métodos de aniquilación.

Baby Bush usó un método más directo que los Clinton para vender su parte de la guerra. El remanente del 11-S (de manera conservadora, 100 X más personas mueren cada año por errores médicos que por los ataques) hizo que se siembren las semillas del miedo en el New York Times y el Washington Post para luego cosechar el cultivo del falso consentimiento para su guerra e “inversión” en la coerción psicológica original. El hecho de que los Clinton colaboraran tan gustosamente para vender la guerra de Baby Bush ilustra el papel de la lógica operacional como subtexto.

Con los demócratas otra vez en ascenso político y los candidatos progresistas ganando elecciones, las reformas a lo largo de la trayectoria social que elevó a Carter, Reagan, Bush, Clinton, Bush y Obama, sin duda, avanzarán. A pesar de toda la retórica conmovedora, la “era de Trump” sigue esta trayectoria política desalentadoramente bien. Bill Clinton fue el rostro progresista que nos salvó a “nosotros” de los excesos de Reagan/Bush al “liberar” a Wall Street, “poner fin al bienestar tal como lo conocemos” e inaugurar el nuevo Jim Crow.

Si esto parece una exposición alternativa del programa de Donald Trump, ¿qué forma de “resistencia” no lo sería? El progresismo surgió de una hiper-lógica social que era cualquier cosa menos lógica. Y el neoliberalismo es la lógica renombrada del Estado capitalista que existe para promover los intereses de los capitalistas prominentes. El “error” republicano siempre ha sido ser demasiado explícito en pos de este fin en momentos inconvenientes de la historia, testigo de la Gran Depresión que “pidió” un FDR[2] para enderezar el barco de la explotación económica.

Cuando la ex presidenta del DNC[3], Donna Brazile, informó que el dinero de los Clinton había sostenido a su organización (el DNC) durante las primarias demócratas y las elecciones generales, se hizo visible una fusión de reinos. Barack Obama diseñó la salvación de la economía política que heredó, como si hacerlo no fuera político. De hecho, “el sistema” que salvó es la ideología, la encarnación de intereses particulares como organización social. Esto explica en gran parte la inconveniente, aunque previsible, continuidad del servicio del sr. Trump a su clase a pesar de su amenaza retórica de incumplimiento.

La fantasía de los demócratas de que “los rusos nos robaron las elecciones” es un duplicado de la diferenciación de los productos (piense en Coca-Cola contra Pepsi, donde la nutrición nunca entra como calificador). Como recordatorio, la acusación no fue que Donald Trump y su séquito sean parásitos comerciales corruptos en el mundo, esto describe demasiado bien la clase de donantes de los demócratas. La acusación fue que la presidencia del sr. Trump es ilegítima porque “el proceso” estuvo dañado. En el contexto de la política estadounidense, las acusaciones de corrupción sugieren, en el peor de los casos, una ejecución deficiente.

Ahora, con las acusaciones de la sra. Brazile[4], parece que los Clinton también comprometieron la “integridad” del “proceso” de los demócratas. La pregunta que se necesita hacer es: si el dinero, o más precisamente, las personas y entidades que contribuyen con dinero, ya controlan el “proceso”, ¿realmente importa el lugar de este control? Dicho de otra manera, con el establishment político volviéndose “demócrata”, es decir, actuando en defensa del status quo, ¿qué exitoso hubiera sido el programa “clásico” demócrata de Bernie Sanders? Y con la historia reciente como guía, ¿serían los demócratas o los republicanos quienes la hundirían? De lo contrario, buena suerte con esa cosa de la “unidad”.

El enigma gramsciano que surge es de lógica política. El razonamiento de oposición, demócratas contra republicanos, es una estrategia para controlar el ámbito político y no para definir fronteras “naturales”. La violencia de la retórica política actual está en proporción inversa a las diferencias programáticas entre demócratas y republicanos. Pero es casi proporcional a la violencia sistémica de la economía política estadounidense. Fue Barack Obama quien comenzó la “modernización” de las armas nucleares que Donald Trump ahora usa para amenazar con la aniquilación nuclear. Y el uso de Hillary Clinton de dinero como “discurso” político para amplificar su “voz” con el fin de controlar los resultados electorales en el Partido Demócrata es totalmente la lógica de la integración Estado-corporaciones: aquél o aquella que tiene el oro, manda.

A través de la venta efectiva del “estilo de vida” estadounidense en todo el mundo, pequeños pasos en una dirección política u otra continuarán existiendo en una trayectoria más amplia hacia la catástrofe social. Terminar con el militarismo significa terminar con la economía política que lo produce. Poner fin a la crisis ambiental significa terminar con la economía política que la produce. Y elegir candidatos progresistas sin reorientar fundamentalmente la economía política lejos de la lógica violenta y antagónica del capitalismo producirá solo más de lo mismo.

Notas:


[1] Acrónimo en inglés de Defense Advanced Research Projects Agency (Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa), agencia del Departamento de Defensa de los EEUU creada en 1958 y de la que surgió la red tecnológica que daría origen a internet. (N. del T.)

[2] Siglas por las que es conocido Franklin Delano Roosevelt, presidente de los EEUU (1933-1945). (N. del T.) (N. del T.)

[3] Siglas en inglés del Democratic National Committee (Comité Nacional Demócrata), máximo órgano de gobierno del Partido Demócrata de los EEUU. (N. del T.)

[4] Donna Brazile, analista política y estratega de campaña del Partido Demócrata, se ha visto envuelta un escándalo al reconocer que amañó debates electorales en la CNN para favorecer a su partido. (N. del T.)

 

es artista y economista político. Su libro Zen Economics ha sido publicado por CounterPunch Books.
Fuente:
https://www.counterpunch.org/2017/11/13/the-left-gets-rolled-again/
Traducción:
Adrián Sánchez Castillo