La lucha por la autodeterminación catalana en el mundo anglo

John Wight

New York Times

06/10/2017

Los artículos sobre Catalunya son abundantes no solamente en el territorio del Reino de España sino en lugares geográficos muy distintos. Hemos recogido y traducido una pequeña muestra, con enfoques diferentes, proveniente de una parte de la geografía de habla inglesa. Hubiéramos también podido incluir, entre otras muchas posibilidades, el reciente editorial de The Economist. Reproducimos a continuación el artículo de John Wight y el editorial de The New York Times después del 1-O. Es de notar que las cargas policiales muy violentas contra personas en actitud pacífica para impedirles votar, así como el retiro también violento de urnas en algunos colegios electorales, ha impresionado a buena parte del mundo. Así como buena parte de la prensa española, y sus escribidores habituales, han minimizado, o rebajado, o dejado en su "justa proporción" en un "estado de derecho" esta actuación policial (haciendo de simples recaderos de las posiciones más intransigentes del gobierno español y del Borbón), la prensa exterior al Reino de España ha sido mucho más ecuánime. Lo que sigue es una pequeña muestra. SP 

 

El orden reina en Barcelona mientras la democracia muere en Madrid

 

John Wight

 

A su llegada a Barcelona en 1938 durante la Guerra Civil Española, Ernst Toller escribió: “La experiencia más sorprendente para un extranjero en Barcelona es la del funcionamiento de la democracia”. En 2017 parecería que la historia se repite en la capital catalana, pues la democracia se alza de nuevo como una causa por la que merece la pena luchar.  

Las escenas de los antidisturbios españoles marchando por las calles de Barcelona y de otros pueblos y ciudades catalanas, atacando a la población civil con porras y balas de goma a las puertas de los colegios electorales por cometer el delito (en grado de tentativa) de votar democráticamente para decidir su futuro, así como las imágenes de decenas de urnas de votación que son tomadas por la fuerza, o de políticos electos arrestados –todo ello bajo el mandato gubernamental de un estado miembro de la UE– podrían parecer incongruentes e incompatibles con el autoproclamado estatus de la UE como pilar de los valores democráticos del siglo XXI, un estatus consagrado en el Artículo 2 de su propia constitución, el Tratado de Lisboa, y que reza:


 “La Unión se fundamenta en los valores de respeto de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías. Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre mujeres y hombres”.

 

En cualquier caso, la prístina indiferencia que Bruselas ha mostrado ante las grotescas y vergonzosas escenas ocurridas en Catalunya no debería sorprendernos si tenemos en cuenta el carácter anti-democrático de sus instituciones. Tampoco debería pasarse por alto que, así como la UE se ha lavado las manos con la crisis catalana, argumentando que es un asunto interno del gobierno y las autoridades españolas, también los denominados poderes democráticos de los años treinta decidieron quedarse al margen cuando la democracia española se extinguía y apostaron por la pusilánime ‘no intervención’. 

Mientras en 2017 nadie sugeriría seriamente que el gobierno español (liderado por el Presidente Mariano Rajoy) tiene similitudes con el franquismo de las camisas negras y las botas altas del fascismo, la intransigente postura adoptada contra el separatismo catalán está mucho más cerca del fascismo que de la democracia en lo que a la forma y al contenido de la respuesta se refiere. Precisamente por ello, Rajoy es en estos momentos el mejor amigo que el separatismo y el independentismo catalán podían esperar, y, al mismo tiempo, el peor enemigo que la unidad española podría tener. Ha desplazado la pregunta por la independencia catalana desde el ‘¿ocurrirá?’ hasta el ‘¿cuándo ocurrirá?’.

Más allá de los porqués de la legalidad constitucional, ¿realmente cree el gobierno de Rajoy en Madrid que, a ojos del mundo, la imagen de todos esos antidisturbios armados atacando a miles de civiles en los colegios electorales para evitar que voten consolida su reputación y su compromiso con la democracia? ¿Está el gobierno realmente tan ciego ante la torturada historia de España como para acercarse peligrosamente a su repetición? Y aquellos que piensan que estas comparaciones históricas son exageradas, no tienen más que echar un vistazo a las escalofriantes imágenes de manifestantes haciendo el saludo fascista y cantando el himno de Franco en la protesta multitudinaria que congregó en Madrid a los anti-separatistas la víspera del impugnado referéndum.

El separatismo lleva consigo tanto las semillas del progreso como las del retroceso; las de la dignidad como las de la desesperación; y el dominio de unas sobre otras dependerá de la manera en que los partidos envueltos en la contienda conduzcan las pasiones implicadas. Concebir el separatismo como un juego de suma cero en lugar de como una idea que sólo puede ser vencida por otra idea (nunca por la fuerza) es una invitación a la catástrofe. Por ello el gobierno de Rajoy debería tener claro que ha conducido a España por un camino de ruinosas consecuencias. Aunque el Presidente del Gobierno pueda tener la legalidad de su lado, tan pronto como el primer policía antidisturbios pone sus manos sobre la primera mujer y la arrastra fuera del colegio electoral donde estaba intentando votar, pierde el argumento moral, transformando la Constitución española entendida como un escudo que garantiza y protege la democracia y los derechos humanos, en una espada que se empuña para justificar su supresión.

La España que se vio inmersa en la Guerra Civil de los años treinta, fue hogar de lo mejor y lo peor de la humanidad. Se trata de un conflicto que sigue invocando los sueños de Arcadia sobre un mundo en donde el hombre común es el autor de la historia antes que su víctima. Fueron miles los que, desde todas las partes del mundo, viajaron al país para luchar y morir por este sueño. Muchos de ellos eran hijos e hijas de la pobreza, pero todos eran ricos en su creencia acerca de un futuro definido por la liberación sin límite de la solidaridad humana, para lo cual había que hacer del insensible capitalismo y de su hijo bastardo, el fascismo, una nota a pie de página de la historia. Sin embargo, los últimos episodios del ascenso de la derecha y la extrema derecha en España y en toda Europa nos recuerdan que estas aspiraciones fracasaron.

No hay nada tan poderoso como una idea a la que le llega su tiempo, comentó Victor Hugo. Y tenía razón. Pero al mismo tiempo, sería peligrosamente disparatado pensar que esta ‘idea’ cuyo momento ha llegado conlleva automáticamente la promesa de un futuro mejor. El fascismo en los años treinta también era una idea cuyo tiempo había llegado:  alimentó el lado oscuro de la condición humana y produjo un monstruo cuya ferocidad y capacidad para la muerte se demostró tan ilimitada como la liberación prometida por la solidaridad humana.

Las horribles escenas producidas estos días en Barcelona son antes que nada un escalofriante recuerdo de que el ayer también puede –salvo que estemos alerta– ser nuestro mañana.

Respecto al Estado de Derecho que sirvió a Rajoy para justificar estos niveles de violencia desatada, las reflexiones de Rosa Luxemburgo tras el aplastamiento del Levantamiento Espartaquista de 1919 en Berlín a manos de un Estado alemán que iniciaba su descenso hacia la ciénaga del fascismo, conservan cierto eco cien años después: “¡El Orden reina en Berlín! ¡Lacayos idiotas… vuestro ‘orden’ se construye sobre arena!”.

 

Traducción: Iker Jauregui

 

Fuente: https://www.counterpunch.org/2017/10/02/order-prevails-in-barcelona-as-democracy-dies-in-madrid/

 

 

Caos en Catalunya

 

Consejo Editorial de The New York Times

 

La brutalidad de la Policía Española el domingo en su misión de clausurar el referéndum catalán de secesión tuvo éxito sobre todo en profundizar una crisis política. El primer ministro Mariano Rajoy tenía la ley ampliamente de su lado, pero Barcelona ahora tiene las imágenes de televisión y la solidaridad y simpatía que generan, dejando al primer ministro como un matón intransigente y haciendo más remota cualquier posible resolución política del conflicto.   

El problema ya era bastante complicado antes de la violencia del domingo. La convocatoria unilateral del Gobierno regional catalán de un referéndum de secesión destacó una contradicción notablemente enredada en la gobernanza global, aquella que hay entre el principio de autodeterminación y la unidad política. Cuando los imperios se rompían el pasado siglo, parecía evidente que las antiguas colonias y naciones cautivas determinasen sus propios destinos políticos. Pero las luchas de independencia y el crecimiento del nacionalismo han sido continuas fuentes de conflicto desde entonces, en lugares tan diversos como Chechenia, Kosovo, el País Vasco, Darfur y Kurdistán. No hay reglas que gobiernen el equilibrio exacto entre el derecho del pueblo a determinar su futuro político y el mantenimiento de las fronteras y estados existentes, pero algún consenso se ha desarrollado contra la ruptura de un Estado respetuoso con la ley y los derechos humanos.  

Aunque los catalanes fueron reprimidos bajo la dictadura de Franco, Catalunya no puede reclamar hoy estar colonizada u oprimida. La región tiene uno de los niveles de vida más altos de Europa, junto a una considerable autonomía política y cultural. Pero entonces, los nacionalistas catalanes argumentarían que también es así en Quebec y Escocia, y a ambos se les permitió celebrar referéndums (y votaron no independizarse).

En España, el Gobierno y los tribunales respondieron que, la Constitución de 1978, por la cual los catalanes votaron abrumadoramente, consagra la “indisoluble unidad de la nación española.” Eso convierte un referéndum de independencia en inconstitucional, y cuando el Gobierno regional catalán rechazó cancelarlo, el Gobierno conservador del Sr. Rajoy ordenó medidas extraordinarias –incluidas la detención de los organizadores del referéndum y el despliegue de policías españoles– para impedirlo. El movimiento independentista catalán, por otra parte, encontró poco apoyo de una Unión Europea nerviosa por el crecimiento de movimientos nacionalistas y populistas en la mayoría de sus estados miembros.

El hecho, sin embargo, es que el domingo tuvo lugar un caótico recorrido de enfrentamientos entre policías y votantes en Barcelona y a través de Catalunya. E incluso aunque los resultados no pueden ser verificados de forma independiente y son vistos como nulos por España, el líder catalán, Carles Puigdemont, reivindica ahora que tiene la autoridad para que el Parlamento regional declare la independencia, y los partidarios de la misma han convocado una huelga general. Madrid ha amenazado con utilizar poderes de emergencia para impedirlo. Ello podría incluir tomar el control administrativo total de Catalunya. 

Todo esto equivale a una crisis que podría llegar a ser mucho peor si los líderes contendientes no retroceden. La táctica de mano dura del Gobierno español solo generará más apoyo para los secesionistas catalanes, mientras que avanzar con una declaración de independencia indebida, cuyo verdadero apoyo no es posible medir a partir de la caótica votación, solo sumergirá a Catalunya en más caos y conflicto. Hay soluciones políticas potenciales, probablemente implicando mayor autonomía para Catalunya, pero mientras el Sr. Rajoy y el Sr. Puigdemont permanezcan intransigentes, aquellas permanecerán fuera del alcance.

Traducción: Adrián Sánchez Castillo

Fuente: https://www.nytimes.com/2017/10/02/opinion/catalonia-spain-secession.html

es el autor, entre otros libros, de Dreams That Die, una irreverente obra sobre Hollywood publicada por Zero Books.
Traducción:
AAVV