La migración y la izquierda

Carlos Girbau

05/10/2018

Nuestras sociedades afrontan divididas su actitud a propósito de quienes abandonan sus lugares de origen y cruzan las fronteras para asentarse en otros territorios, ya sea por razones de mejora de su perspectiva de vida, por las recogidas en las convenciones internacionales para la protección de las personas refugiadas o por causa del cambio climático y los desastres ecológicos.

El aumento de su número y la rapidez con la que la cifra crece se halla detrás del mayor interés que, en los últimos tiempos, están generando los procesos migratorios.

NNUU presentó el pasado 11 de julio un documento de 23 puntos que, bajo el título de “Pacto global por una migración segura, ordenada y regular”, se espera que sea adoptado en una cumbre de jefes de Estado y de gobierno[1] a celebrar a mediados de diciembre en Marruecos. En este encuentro se pretende dar una respuesta a las situaciones que viven los migrantes, los Estados de los que parten y los Estados a los que llegan.

A día de hoy Europa siente el arribo de cada patera a sus costas como una auténtica crisis política del conjunto de la propia Unión. Una crisis que no deja de engordar al compás de un racismo institucional que, de manera irrefrenable, se va imponiendo en los hechos a través de repatriaciones ilegales y forzosas, externalización de fronteras o rechazo a la acogida y al acceso a los servicios sociales. También a través de leyes, como la de extranjería en el Reino de España, la recientemente aprobada en Italia de la mano de Salvini o las que se han puesto en marcha  en Hungría.  

En nuestras sociedades además existen amplísimos sectores que viven la inmigración extranjera con preocupación en medio de un desconcierto que juega con el miedo de buena parte de la población a una pérdida más rápida de la calidad y nivel de vida de los que ya sufre. Una pérdida que genera inseguridad vital y que se asocia con la “llegada de los de fuera”. Sin embargo y a la vez, ese mismo goteo imparable de personas pasando fronteras como pueden y les dejan, está alumbrando una nueva sociedad mestiza.

En la pelea entre temores, dolor, prejuicios, necesidades, posibilidades y derechos se abre un conjunto de interrogantes ante los que la propia izquierda política y social navega en un mar de dudas: ¿No son esas llegadas de migrantes la excusa favorable para el crecimiento del populismo racista y del fascismo en lugares como Italia, Suecia, Alemania, Polonia, Hungría o Dinamarca? ¿Aguantarán las políticas sociales europeas? ¿Es posible una migración segura, ordenada y regular que impida las brutales escenas de sufrimiento de hoy? ¿Son la cooperación y la ayuda al desarrollo un medio para frenar el movimiento poblacional?

ALGUNAS CIFRAS SOBRE MIGRACIÓN

Los números[2] suelen representar el punto de partida de todo debate sobre migración. A día de hoy existe un acuerdo muy amplio de que habitaremos en un planeta en el que la proporción y el número total de migrantes sobre el conjunto la población van a continuar aumentando.

¿Cuántos son? En 2015, 244 millones de personas vivían en un país diferente del que habían nacido, lo que supone casi 100 millones más que en 1990 (153 millones) y 3 veces más que el dígito estimado en 1970 (84 millones). Ante estas cifras hay quienes inciden en que, en un contexto como el que nos hallamos de crecimiento de la población mundial, la proporción de migrantes sobre el total poblacional sigue todavía siendo bajo. En 1970 los migrantes internacionales significaban el 2,2% del conjunto de la humanidad; en 2015 constituyen el 3,3%. Pero señalar que su número es pequeño desvía el foco del dato más relevante de los últimos 35 años: la rápida velocidad de su crecimiento.

¿A dónde van? En 2013, dos tercios de todos los migrantes internacionales residían en países de ingresos altos (o sea, en las mayores potencias económicas capitalistas del globo). Los datos de la OCDE, que llevan recopilándose desde 2000, indican que los flujos permanentes de entrada a los países de su ámbito pasaron de 3,85 millones de personas en el año 2000 a 7,13 millones en 2015 (momento de máxima acogida en Europa por la guerra en Siria). A destacar que Alemania y EEUU acogieron a más de un millón de inmigrantes cada uno de ellos y el Reino Unido, a unos  480 mil.

¿De dónde vienen los migrantes? De Asia, África y América Latina y el Caribe. En el caso de África, continente en el que se concentran 33 de los 50 Países Menos Avanzados (PMA), el porcentaje de migración dentro del continente es ya ese año igual al de la migración fuera del mismo (19 millones de personas).

¿En qué trabajan? Por sectores, el 71,1% se ocupan en servicios; de ellos, el 8% directamente en el servicio doméstico; el 17,8%, en manufacturas y construcción, y el 11,1%, en el campo. Por sexo, el 52% del total de migrantes son hombres y el 48%, mujeres. El 72% del total se hallan en edad de trabajar, entre 20 y 64 años.

¿Cuántos son refugiados y/o desplazados? El número de personas desplazadas internas por guerra o persecución llegó en 2017 a más de 40 millones mientras que la cifra de refugiados superó los 22 millones y medio. Se trata de los datos más elevados de refugiados y desplazados que soporta el planeta desde la Segunda Guerra Mundial. De nuevo, si sólo tomamos su número total, perdemos el aspecto que ha mutado: su veloz aumento a consecuencia de las guerras y de la violación sistemática de todos los derechos en Siria, Irak, Afganistán, Yemen, Congo, El Salvador o Myanmar (Rohinyá).

¿CUÁL ES EL ACELERANTE DEL PROCESO MIGRATORIO?

Un proceso tan enorme y complejo no tiene una única causa. Se puede apuntar a que hoy existe una extraordinaria facilidad para viajar, un abaratamiento del coste general de todas las comunicaciones y una mayor interconexión del conjunto del planeta. Pero todo ello se desarrolla en un marco preciso de relaciones económicas, las capitalistas, y en un momento concreto, el de la globalización. Y es precisamente esa globalización el factor acelerante y moldeador del proceso migratorio actual. Es decir, es el que determina el resto.

Como señaló Marx, el capitalismo se caracteriza por la radical e innegable separación entre los medios necesarios para cualquier producción y los productores, así como por la conversión de ambas cosas (medios de producción y productores) en mercancías. Los medios de producción representan, en tanto que mercancía, capital y los productores son, en tanto que mercancía, fuerza de trabajo. El primero no puede engordar sin hacer producir al segundo y la fuerza de trabajo no puede conseguir medios para subsistir sin venderse a los poseedores del capital. En otras palabras, mientras que para poder subsistir la inmensa mayoría de la población deba (obligatoriamente) “vender” su mercancía (su capacidad de producir) a los propietarios de los medios de producción (los poseedores del capital) buscará siempre la forma de hacerlo. Y no habrá muro, ley o policía capaz de impedir que eso ocurra. Se podrá perder la vida en el intento, se podrá vivir sin papeles o sin derechos, pero a lo que se está obligado es a intentar comer. Es esta condena la que irrefrenablemente impele al ser humano a seguir al dinero allí donde se encuentre y, en consecuencia, a migrar donde ese dinero se halla hoy hiper concentrado.

UNA INTERNACIONALIZACIÓN INTERESADA

La globalización representa un movimiento de concentración sin precedentes de la riqueza mundial y del movimiento de capital de todo el planeta alrededor de los núcleos más desarrollados del sistema, incluida China.

La búsqueda imparable de rentabilidad por parte del capital acaba invadiendo todo espacio y destruyendo, por interés propio, aquello que no obedece expresamente a su lógica. Se trata de un proceso constructor de enormes desigualdades entre todos los Estados y en el seno de cada uno de ellos que la crisis de 2008 no ha cambiado, sino bien ha profundizado todavía más.

Como refiere el economista Francisco Louça en un artículo publicado en Expresso[3] “los 5 mayores bancos (EEUU) tiene ahora más peso que en 2007 (el 47% de los activos bancarios totales) y el 1% de los fondos ya tienen el 45% del total mundial.”

Por su parte, Oxfam refiere en uno de sus informes[4] que vivimos en un mundo en el que 8 hombres (no mujeres) poseen la misma riqueza de 3.600 millones de personas, la mitad de la humanidad. Desde 2015, el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el resto del planeta. Durante los próximos 20 años, 500 personas legarán 2,1 billones de dólares a sus herederos, una suma que supera el PIB de la India, país con una población de 1.300 millones de personas. En las últimas tres décadas, en Estados Unidos los ingresos del 50% más pobre de la población se han congelado, mientras que los del 1% más rico han aumentado un 300% en el mismo periodo (Thomas Piketty).

En estos 30 años, en los países menos avanzados o en desarrollo, millones de personas han sido desposeídas de sus formas tradicionales de sustento, sufren la apropiación de todos los recursos naturales de su entorno, son expropiadas y empujadas por grandes obras a migrar y a acumularse en cantidades ingentes alrededor de las ciudades. Se trata de un fenómeno de proletarización similar, pero de proporciones muy superiores, a los que vivieron las poblaciones en Europa o en América durante los siglos XIX y XX.

De hecho, la migración internacional, a pesar de su importancia creciente en el panorama mundial, no es la única que existe, ni siquiera la principal. La inmensa mayoría de las personas que migran lo hacen dentro de las fronteras del Estado en el que nacieron. En 2006, según el PNUD de 2009, 740 millones de personas eran migrantes internos. Dicha realidad se encuentra detrás de la explosión urbana en continentes como Asia y África[5].

SE NECESITA MANO DE OBRA

Si 244 millones de personas son migrantes internacionales y 740 millones migrantes internos parece evidente, por la simple fuerza del número, que la migración constituye una consecuencia inevitable del sistema capitalista que la globalización no ha hecho otra cosa que agigantar. Sin esa aportación constante de mano de obra a la “prosperidad capitalista en los países ricos” sería imposible hablar de ella. Lo sería tanto en el empleo como en las políticas sociales. El poco sospechoso de izquierdismo Club Bilderberg hace suyas las conclusiones del Longevity Center en las que señala que, y solo en Europa, harán falta hasta 2050 11 millones de inmigrantes más para mantener el sistema de pensiones. Por su parte y en la misma línea, el Fondo Monetario Internacional, junto a su sempiterna defensa de los fondos privados de jubilación, afirma que el Reino de España necesita 5,5 millones de inmigrantes para asegurar el sistema público que garantiza el abono de las pensiones.

¿Es posible que la reconocida por todos los estudios como imprescindible fuerza de trabajo llegue de manera ordenada? Como mencionamos al principio, NNUU ha elaborado un pacto global que pretende regular el flujo migratorio para que responda a ese parámetro.

Sin embargo, el descontrolado crecimiento de la producción obligado para hacer posible la prosperidad capitalista exige, a su vez, una afluencia intensa y a la fuerza también descontrolada de mano de obra. Dicho de otra manera: en las épocas de bonanza económica, se demanda más y más fuerza de trabajo y, por ese medio, se va creando un ejército de reserva que competirá por cada empleo y representará (en época de crisis) la base de la sobrepoblación. Se trata del mismo mecanismo, por el que el crecimiento febril de la producción en la bonanza, va generando las condiciones que acabarán convirtiéndola en sobreproducción en la crisis. Es esa alternancia imprescindible entre crecimiento, crisis y descontrol el medio “natural” del capitalismo para proseguir en su desarrollo. De ahí que el pacto de NNUU se tope, para poder pasar de las palabras a los hechos, con una contradicción fundamental e irresoluble que obedece a la misma naturaleza del capitalismo y que, en consecuencia, afecta a los propios cimientos del mismo transformándolo en una propuesta imposible.

¿PODEMOS REDUCIR LAS SALIDAS?

Como señalamos anteriormente, la globalización concentra el flujo de dinero, comercio y mano de obra en los países desarrollados. La cooperación no cambia esa realidad, sino que, a pesar de todas las buenas intenciones, la mantiene inalterable. Los datos de inversión extranjera directa (IED) en el mundo publicados en 2017 por la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo[6] muestran la situación con toda su crudeza. Según dicho estudio, el 59% del flujo mundial de IED se concentra en los países del G20, los más desarrollados, y solo el 0,8% en los países menos avanzados (PMA). Las mega operaciones de fusión y adquisición se hallan detrás de buena parte de tales flujos. Una porción importante de esa IED se realizó como parte de la política de expansión y penetración de las propias empresas extranjeras. En el caso de África, asociada directamente a la compra de bienes raíces, gas infraestructuras, y energía industria química o automotriz.

Esa escasa inversión extranjera o de ayudas al desarrollo queda también reflejada en la importancia que para algunos países tienen los 575 mil millones de dólares que en 2015 significaron las remesas de los migrantes. Dichas remesas, como señalan Jesús González y Monfort Mlachila[7], eran ya en 2011 casi el doble la inversión directa extranjera en los PMA, mientras que en 2015 representaban más que todo el IED del África subsahariana. En 2016, las remesas sumaron el 35,6% del PIB de Kirguistán, el 29,7% de Nepal, el 29,6% de Liberia, el 27,8% de Haití y el 27,8% de Tonga. (OIM).

Las cifras demuestran que mientras la globalización y su manera de cincelar la economía mundial continúen siendo el operador dominante, no habrá forma de evitar ni salidas, ni llegadas, ni poner más “orden” en las unas y las otras que el que marca la desordenada economía mundial.

CONCLUSIONES

El peso numérico de los migrantes en la composición demográfica de las principales economías del planeta ofrece un dato lo suficientemente revelador de la composición actual del pueblo trabajador en los países del G20. En el Reino de España y en Francia, los migrantes rondan el 12,4%; en Luxemburgo, el 45,9%; en Suecia, el 17,27; en Austria, el 18,82%; en EEUU, el 15,27; en Australia, el 28,6% y en Alemania, el 15,3%[8]. Esa realidad mestiza y plural constituye un hecho que no tiene vuelta atrás en nuestras sociedades. Máxime, cuando todos los datos oficiales reconocen su aporte neto positivo en términos económicos y su necesidad económica para el mantenimiento del propio sistema[9].

En estas condiciones, resulta erróneo acercarse al fenómeno migratorio como se está haciendo. Son reaccionarias y contrarias al progreso social el desarrollo de políticas basadas en el control represivo y militar del flujo migratorio, en la devolución masiva, en los acuerdos con terceros países (Turquía, Marruecos, Libia) o en la negación del auxilio tal y como defienden y practican los jefes de la Unión Europea. Resulta imposible llevar a término un cierre de fronteras u organizar un flujo “regulado” de migrantes cuando, por ejemplo, millones de turistas y personas dedicadas a los negocios cruzan las fronteras de la UE diariamente y ese hecho, ya en sí mismo, constituye un enorme negocio. Quienes defienden rechazar en origen, solo viajar por cupos acordados o cerrar fronteras, intentan, en el mejor de los casos, encauzar un río desbocado con unos simples palillos. Tras esas palabras -aparte de algo de buena fe y mucho de prejuicios, xenofobia o racismo-, se encuentra una realidad que divide a la población con un único fin práctico y real: abaratar el precio de la mano de obra por la vía de negar derechos a una parte de la población favoreciendo así a quienes más tienen.

Las políticas europeas que sacralizan la división “entre los pobres” representan la base que ayuda a la extrema derecha en su discurso. El miedo a la “pérdida de identidad o valores” de una parte de población que se ve golpeada, sobre todo en sus condiciones de vida por la nueva “competencia” del que llega, tiene en esas leyes y medidas prácticas de la UE y sus Estados un asidero reaccionario que parece sólido, pero que, como la historia ha demostrado en cada ocasión, resulta completamente falaz y contrario a los derechos de todas las personas.

Fue el discurso contrario a la igualdad, incluso a favor de la “protección del hogar”, el que se utilizó para negarles a las mujeres su lugar en el mundo del empleo. También el que se usó para mantener a los negros en la esclavitud. En ninguno de los dos casos, la situación para el resto de la población mejoró en nada con tales alocuciones. Al contrario, solo cuando los sindicatos, partidos y asociaciones observaron en la defensa de la plena igualdad un medio fundamental para avanzar, fue cuando cultural, humana y económicamente se prosperó.

A día de hoy, buena parte de la izquierda social y política duda frente al fenómeno migratorio porque en su conciencia pesan más los “peligros y problemas” por la llegada de otros, que la posibilidades que realmente se abren con el proceso. Este pensamiento representa a un sector que echa de menos un tiempo que existió y no volverá, no por la llegada de la migración en sí, sino por los cambios que ha ido sufriendo el propio capitalismo a lo largo de los años entre los que se encuentra, por ejemplo, la robotización. Si en su momento desapareció la máquina de vapor o el empleo exclusivo en diversos sectores para los varones, ahora se trata del fin del trabajo exclusivamente para “nativos”.

Recuperar derechos laborales y ganar otros retos, construir sociedades nuevas y sanas no surgirá como fruto de un retroceso imposible en la máquina del tiempo, sino como resultado de una compresión de la realidad y de las posibilidades que ésta puede ofrecer.

La gran interconexión económica, política y social existente en la Unión Europea se expresa a través de múltiples políticas comunes que marcan el día a día de la población, incluso en lo más nimio. Hoy esa Europa es útil sobre todo para los grandes capitales financieros e industriales, pero esa Europa común en la defensa de los recortes en política social, derechos y empleo y común también en su mantenimiento de medidas xenófobas, está alumbrando una población trabajadora mestiza y plural en todos y cada uno de sus Estados. Una ciudadanía que para ser plena ya solo podrá serlo si, a la vez, es europea.

El reto y la clave para la izquierda es, precisamente, que aquellas tendencias que defienden extender derechos, facilitar la acogida y naturalización de quienes arriban al viejo continente, más allá de la costa o aeropuerto que les haya tocado en suerte, ganen la pelea de las ideas contra aquellas otras que prefieren encerrarse en cada Estado. Necesitamos la igualdad en todos los derechos materiales, así como de participación política y social de quienes habiten un territorio sin restricción por el nacimiento. No hay otro medio de garantizar la igualdad y, en consecuencia, la unidad que partir de la pluralidad poblacional hoy construida.

Extender la democracia en toda Europa ante el poder omnímodo del dinero que la encoge, es el único medio de acabar con los sueños de la razón y sus monstruos.

Notas:


[1] EEUU ya ha dicho por boca de su presidente Trump en la Asamblea General de la ONU que su país no participará.

[2] Los datos usados en este apartado se corresponden con los publicados en INFORME SOBRE LAS MIGRACIONES EN EL MUNDO 2018 elaborado por la Organización Internacional de las Migraciones y cuya referencia son los datos publicados por el Departamento de Estudios Asuntos Económicos y Sociales de NNUU y otras agencias y organismos internacionales como FMI o BM.

[7] “Más allá de los titulares” artículo publicado en Finanzas y Desarrollo en junio de 2017.

[8] Nos referimos a personas que poseen la condición de “legal”, no a toda la migración que, a buen seguro, aumentaría y mucho el número total.

[9] (la Caixa) Inmigración y Estado del bienestar en España http://www.expansion.com/2011/05/04/economia/1304527911.html

 

colabora con Sin Permiso y es un activista social en Madrid
Fuente:
www.sinpermiso.info, 7-10-18