La mujer del animal: la violencia sexual y la textura del miedo

María Luisa Rodríguez Peñaranda

11/04/2017

A Alexi, por su valentía

Cada hora del día acuden a Medicina Legal, el instituto técnico forense del país, nada menos que dos niños, niñas y adolescentes  víctimas de violencia sexual, lo que se traduce en una escandalosa media de unos 50 casos diarios, contabilizados por un organismo que no alcanza a cubrir la totalidad del territorio nacional.

Siendo una cifra alarmante, el subregistro es evidente no sólo por todos aquellos casos que son silenciados en las puertas de los hogares, en los cuales ocurren el 90% de los ataques, sino además por todos los obstáculos que hay que sortear para acceder a la justicia en la quebrada geografía nacional. De hecho, las familias se han convertido en un verdadero territorio de guerra en el que se conjuga el maltrato, la violencia sexual y el miedo, hasta el punto que las mujeres y niñas corren más riesgos al cerrar las puertas desde el interior de sus casas, que en las calles. 

¿Cuál es el rostro de la crueldad extrema?, ¿Cómo se creó el contexto que atesoró la violencia sexual de los grupos armados, legales e ilegales?, ¿de dónde proviene el erotismo de la violencia estética que se auto infligen las mujeres en su intento de moldear sus cuerpos al deseo del consumidor masculino? ¿Qué relación existe entre la narcoestética, la tolerancia a la prostitución y la violencia sexual en las familias colombianas?

La Mujer del Animal (2017), la última película del polémico director colombiano Víctor Gaviria, nos entrega una pieza importante del gran rompecabezas que constituyen cada una de estas preguntas, las cuales emergen con cada nueva noticia que nos recuerda que mientras nos preparamos la cena, un niño, niña o adolescente está siendo víctima de un nuevo ataque.

La película nos introduce, como lo ha hecho a largo de su desgarrada filmografía, en las mismísimas venas de la pobreza y la marginalidad. Esta vez, basado en los hechos reales que padeció una joven, de apenas 18 años, que fue secuestrada, violada sistemáticamente, maltratada en todas las formas posibles durante nada menos que 7 años, llegando a tener 3 hijos de su captor y ser considerada “su mujer”, pese a no contar con su consentimiento. Amparo nos arrastra a la incómoda habitación de un rancho de hojalata, con piso de tierra, sin enseres y mucho menos servicios públicos, lugar en el que caemos en el abismo del maltrato físico, sexual, psicológico, la misoginia y sobre todo, de la indiferencia.

Si bien es usual que el perpetrador tenga rostro de padre, tío, abuelo, padastro, hermano, hijo, amigo, novio, esposo, y en algunos casos, de madre. En esta ocasión es un vecino, un don nadie, un cualquiera con la suficiente capacidad de intimidación como para ser líder de una banda de delincuentes iguales a él, de poca monta, pero con tal nivel de crueldad y violencia que bajo el manto del miedo, someten a todos, encubren todo, normalizan todo.  

La textura de ese miedo, denso y pegajoso, nos advierte que el perpetrador siempre acecha, que vigila, que controla, y que su manto se esparce sobre las personas, las casas, los territorios; paralizando el aire, asfixiando cualquier resistencia, cualquier murmullo, creando una inercia que lentamente naturaliza lo inaceptable, haciendo a todos y todas cómplices de la maldad. Este es el tipo de miedo que con su cine realista, sin trampas, sin decorados, con actores naturales y ciertos problemas técnicos, logra capturar Víctor Gaviria.

El paso dado por el cineasta antioqueño es en realidad uno más que revela la profunda conexión que se construye entre los hilos de  la marginalidad, la violencia, el narcotráfico, el sicariato, la prostitución, traslapando múltiples formas de envilecimiento humano. Recordemos que el reconocido director paisa fue el primero, que desde su natal Medellín, quiso narrar los orígenes del narcotráfico y cada uno de los anillos que este infierno encierra.

Con Rodrigo D no futuro (1990) nos sumergió en el estómago del sicariato, explicando cómo el narcotráfico se alimentaban de toda una generación de jóvenes perdidos en la falta de oportunidades, ansiosos por obtener dinero para pagar una casa a sus madres, a sus novias y plenamente  conscientes de que no había ninguna promesa de llegar a una vida adulta; luego, con La vendedora de rosas (1998), enfocó el rostro infantil y femenino de la pobreza en las laderas de las montañas, en la que la Medellín próspera y organizada es apenas un espejismo; para pasar a Sumas y restas (2004) en el que hace cuentas entre los de abajo y los de arriba, en una sociedad clasista en el que el narcotráfico comienza como un negocio de pobres con vocación de ascenso hacia los “bien nacidos”, gracias a la capacidad corruptora del dinero fácil, y de los ejércitos privados que se ocupan de  asegurar que lo que no se permea, se extermina. Allí mismo nos dejó en claro los distintos efectos colaterales de esa cultura traqueta que todo compra, que todo subvierte y que a todos intimida.

La cultura de los excesos, las armas, la virilidad armada y el lujo estrafalario configuró una forma de narcoestética que invadió la sociedad colombiana, donde el pecho abierto cargado de cadenas de oro, la arquitectura estrambótica, los ruidos de  las camionetas con vidrios polarizados y los reinados de belleza se convirtieron en su principal forma de expresión (certámenes de gran interés para los narcotraficantes y paramilitares, quienes los usaron como forma de diversión y de selección de niñas en toda una región, para luego ser abusadas)[1].

El deseo de dominio supuso el control del cuerpo de las mujeres, imponiendo un parámetro de belleza basado en la satisfacción de las fantasías sexuales de estos hombres mediante el obligado paso por el quirófano. Toda una industria que sin mayores dificultades y con el paso de los años empató con la hollywoodense y las Kim Kardashian. De hecho, esta forma de violencia, tan sutil pero mortal, que gotea de a poco a los medios, le ha cobrado la vida a nada menos que a aproximadamente unas 15 mujeres,  en lo que ha transcurrido del año en Colombia.

Recuerdo una escena en Sumas y restas que presagiaría una clara división sexual del trabajo de los subordinados de los narcos: a los jóvenes se les dirigía a una muerte prematura mediante el sicariato y, a las niñas y mujeres a una eterna dominación mediante la búsqueda del cuerpo perfecto para ejercer la prostitución de lujo. 

Esta última producción, La mujer del animal (2017), rompe la cronología de sus películas para ubicarse en los años 70, en el periodo previo al boom de los carteles de Medellín y Cali, justo como precuela de toda su obra.

Si bien la película se ubica en el marco de todas las conocidas carencias de un barrio ilegal, buena parte de los hechos suceden en el interior de los tugurios, viviendas improvisadas de las cuales es fácil desplazarse, ocultarse, y en cuyas laderas y caminos brilla la ausencia del Estado. Es en esta precariedad deshumanizante en el que se conjuga el macabro relato en el que se nos anticipa que cuando un grupo armado ejerce dominio territorial, los hombres son reclutados o desaparecidos y son las mujeres y niñas las que sobreviven sometidas a toda suerte de vulneraciones de los derechos humanos: el rapto, la esclavitud sexual, la esclavitud doméstica, el embarazo forzado, el reforzamiento de estereotipos de género, todas ellas prácticas de los paramilitares durante los años 90 y parte de la siguiente década particularmente por el bloque caribe. Conductas que sólo llegarán a ser tipificadas en la legislación nacional como crímenes de lesa humanidad a través de la Ley 1719 de 2014. Un caso vergonzoso es el de Hernán Giraldo, alias ‘El Patrón’ o ‘El Taladro’, exjefe paramilitar del Frente Resistencia Tayrona, quien reconoció en una entrevista publicada el 6 de marzo de 2011 en El Tiempo, que tuvo 24 hijos con menores de 14 años.

Si bien el director fue lo suficientemente meticuloso como para evitar caer en una posible redención del protagonista, o en el “macarron-pesadilla” del amor romántico, siendo lo más fiel posible a Libardo, el hombre que jamás cede en la violencia, que no da tregua a su rapiña; con Amparo, las cosas son distintas.

¿Qué le puede quedar a una víctima a la que el perpetrador la despoja de su libertad, de su sexualidad, de su autonomía y que incluso la priva de comida, de ropa, de identidad, de afecto, en un intento de deshumanización máxima? Amparo nos revela que la humanidad se encuentra en los lugares más profundos del alma, y particularmente en la resistencia a no ser cómplice, ni indiferente frente a los que sufren, revirtiendo el comportamiento de una sociedad que se ensañó con ella. Su humanidad se reserva a la capacidad de dar amor maternal cuando es privado de él, no solo a sus hijos, sino también al de otra mujer tan víctima como ella; de decir no a que su dolor se reproduzca en otras niñas a las que les depara el mismo destino elegido por el animal, y en la protección de su hija siempre acechada por este monstruo.

Por nuestra parte, tal vez el camino de nuestra propia redención pueda empezar por ver de frente la película de Víctor Gaviria, aguantar la respiración y no abandonar la sala de cine.  Incluso,  por conocer el relato de Margarita (el nombre real del personaje de Amparo) y de sus hijas, y lo más importante, en desafiar el miedo que genera el perpetrador de nuestro entorno (un colega, un profesor, un jefe, un compañero), y no ser indiferentes frente al dolor de la violencia machista, en no voltear la mirada ante esta realidad tan pesada e incómoda y con nuestra voz, romper la atmosfera de tolerancia a lo intolerable.

Nota:

[1] Práctica que fue documentada por el Centro de Memoria Histórica en el informe de 2011 “Mujeres y Guerra. Víctimas y resistentes en el Caribe colombiano”, se puede descargar en: https://www.centrodememoriahistorica.gov.co/descargas/informes2011/Infor...

 

Profesora asociada, Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Colombia.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 16 de abril 2017
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