La OTAN: el gran juego de las bases militares en territorio europeo

Manlio Dinucci

21/05/2006

Fue con una “cena transatlántica” ofrecida por el Ministro de Asuntos Exteriores búlgaro como concluyó en Sofía, el viernes 28 de abril, el encuentro “informal” de la OTAN, en el que participaron los ministros de asuntos exteriores de los 26 países miembros. El plato fuerte del día fue la cuestión de “la próxima ronda de ampliación”, cuestión que se definirá con mayor precisión en noviembre, con motivo de la cumbre oficial de Riga (Letonia). Parece, pues, que la extensión de la OTAN por el Este prosigue su camino. Tras haber incorporado, en 1999, a tres países del antiguo Pacto de Varsovia (Polonia, la República Checa y Hungría), en 2004 la OTAN se extendió todavía más incluyendo a siete nuevos países: Estonia, Letonia y Lituania (antiguas repúblicas de la Unión Soviética); a Bulgaria, Rumania y Eslovaquia (antiguos miembros también del Pacto de Varsovia); y a Eslovenia (antigua región de Yugoslavia). En la actualidad –informa la OTAN-, Albania, Croacia y Macedonia participan en un programa que las prepara para entrar en la Alianza, mientras que Ucrania y Georgia han expresado su “ambición” de hacer lo propio.

La conquista del Este

Ha sido desde Washington desde donde mayor presión se ha ejercido para que tal ampliación de la OTAN hacia el Este tenga lugar. La razón está clara: ello le permite acercar sus propias fuerzas y bases hacia el Este. El hecho de que la Secretaria de Estado Condoleezza Rice, tras el encuentro “informal” de Sofía, haya firmado con el gobierno búlgaro un importante acuerdo oficial, el Defense Cooperation Agreement, así lo confirma. Dicho acuerdo autoriza al Pentágono a utilizar cuatro bases militares búlgaras: las bases aéreas de Bezmer, Graf Ignatievo y Sarafovo, y la base terrestre de Novo Selo. También el puerto de Burgas y una prisión limítrofe. Oficialmente, se trata de bases búlgaras puestas a disposición de las fuerzas estadounidenses para “objetivos de adiestramiento”. Por lo menos 2.500 militares estadounidenses se desplazarán a la zona. Pero el acuerdo consiente, además, que los Estados Unidos utilicen las bases para “misiones en países terceros sin la autorización específica de las autoridades búlgaras”. Éstas renuncian también a ejercer el derecho de jurisdicción sobre los delitos cometidos en Bulgaria por parte de los militares estadounidenses.

Condoleezza Rice vuelve a Washington con otro acuerdo importante en el bolsillo, que supone la culminación de las negociaciones con el gobierno rumano del pasado diciembre: el acuerdo que autoriza a los Estados Unidos para servirse permanentemente de la base aérea de Mihail Kogalniceanu y de una base terrestre vecina, bases que ya han sido utilizadas por el Pentágono para las guerras en Afganistán e Irak. Tales acuerdos no conceden las bases a la OTAN, lo que las abriría a los otros aliados europeos, sino exclusivamente a los Estados Unidos, que pueden, si es necesario, utilizarlas con independencia de lo que decida la Alianza.

Para entender la importancia geoestratégica de estos acuerdos, basta con echar un vistazo a un mapa: las bases se hallan a apenas 1.500 Km. de Irak, Irán y Siria. Se trata de una distancia que un caza bombardero puede cubrir en cerca de media hora. Además, su posición las habilita para operaciones en el espacio aéreo del Mar Caspio y de Asia central, e incluso pone al alcance de las fuerzas estadounidenses objetivos situados dentro de la propia Rusia. Esta es la razón por la que, con motivo de la firma del acuerdo con Bulgaria, la Embajada estadounidense en Sofía precisó que dicho acuerdo “no prevé el despliegue de sistemas balísticos de misiles americanos en Bulguaria [ni alberga] intención, plan o razón alguna para instalar armas nucleares en el territorio de los nuevos países miembros de la OTAN”. Un mensaje realmente tranquilizador para Moscú. Sin embargo, tal mensaje queda puesto en entredicho por el hecho de que, nueve días antes del acuerdo sobre las bases, se vio atracando en el puerto búlgaro de Varna el destructor lanza-misiles Porter Ddg 78, de la Marina americana, que está dotado de misiles Tomahawk de doble capacidad: convencional y nuclear. Se trata de la segunda vez en lo que va de año en que el Porter opera en el Mar Negro: en febrero, con la Marina ucraniana y con la rumana; en abril, con la georgiana y también con la rumana.

La mano de Washington

La puesta en funcionamiento de las nuevas bases americanas en Bulgaria y Rumania responde a una doble estrategia militar y política. Por un lado, se trata de reubicar las fuerzas estadounidenses en Europa hacia el Este y hacia el Sur, de manera que se pueda utilizar con mayor eficacia el territorio europeo como trampolín para la “proyección de la potencia” hacia las áreas estratégicas de Asia y del Oriente Medio. Por el otro, se trata de reforzar la influencia estadounidense en el seno de los países del antiguo Pacto de Varsovia y de la antigua URSS. Forma parte también de este proyecto la intensa actividad a través de la cual los Estados Unidos pretenden promover y financiar, con costosos préstamos, la “modernización” de las fuerzas armadas de los países del Este, miembros actuales o futuros de la OTAN, dotándolos de sistemas armamentísticos estadounidenses e integrándolos a la red de mando, control y comunicación del Pentágono.

A través de éstos y de otros sistemas, los Estados Unidos se alían con los países del Este afín de reforzar su influencia en el espacio europeo durante la fase crítica en que, tras la disolución del Pacto de Varsovia y la desintegración de la URSS, dichos países se disponen a redefinir sus coordenadas políticas, económicas y militares. No en vano Condeoleezza Rice, en el discurso que sucedió el encuentro de Sofía, dijo que los Estados Unidos “respaldan intensamente los esfuerzos realizados por Bulgaria para entrar en la Unión Europea”.

La razón es evidente: Bulgaria y Rumania, candidatas a entrar en la UE en 2007, forman parte –con Polonia, la República Checa, Hungría, Estonia, Letonia, Lituania, Eslovaquia y Eslovenia, estados miembros de la UE desde 2004- de la Alianza atlántica, bajo la indiscutible dirección estadounidense; y, a través de acuerdos directos, tienden a establecer vínculos más estrechos con Washington que con Bruselas. De este modo, Washington se asegura instrumentos sólidos para tomar sus decisiones políticas y estratégicas.

Ésta es la misma estrategia que orienta la presencia militar de los Estados Unidos en Italia, país en el que el Sur va adquiriendo cada vez mayor peso militar y geoestratégico. Ello lo confirma el traslado de Londres a Nápoles del cuartel general de las Fuerzas navales estadounidenses en Europa. Asimismo, Nápoles acoge también la Joint Force Command de la OTAN, que opera bajo las órdenes de un almirante estadounidense que es, al mismo tiempo, comandante de las Fuerzas navales norteamericanas en Europa y de la Fuerza de Respuesta de la OTAN. Las fuerzas y estructuras militares estadounidenses en Italia, como las que se hallan en Bulgaria y en Rumania, dependen del EUCOM, el mando europeo de los Estados Unidos, cuyo área de operaciones comprende la totalidad del territorio europeo, una gran parte de África y ciertas zonas del Oriente Medio –en total, 91 países-. Estas fuerzas han sido incorporadas a la cadena de mando del Pentágono y, por tanto, han quedado fuera de cualquier tipo de mecanismo de toma de decisiones por parte de los países en los que se encuentran. Su papel no sólo militar, sino también político, ha quedado perfectamente especificado por Washington: “en la medida en que permanezcan en Europa fuerzas estadounidenses significativas –reza un informe oficial- el liderazgo puede ser mantenido” (Commission on Review of Overseas Military Structure of United States, 9 de mayo de 2005).

Del Este al Mediterráneo

He aquí, pues, el nudo gordiano de la política exterior del gobierno Prodi. El “respeto del artículo 11 de la Constitución italiana”, afirmado en el programa de la Unione, exige no sólo la retirada de las tropas de Irak, sino también una política global que desligue a Italia del complejo militar estadounidense. Pero ello es tarea imposible sin hacer frente previamente a la triple cuestión de la presencia militar norteamericana en Italia, en primer lugar, del nuevo papel de la OTAN, en segundo lugar, y, finalmente, del nuevo modelo de defensa. Italia, aun retirando sus tropas de Irak, deberá aumentar sus efectivos en Afganistán en el marco del aumento del contingente de la OTAN previsto para dicho país. Asimismo, Italia corre el riesgo de verse involucrada, de un momento a otro, en otra aventura militar desastrosa como la que podría suponer el ataque contra Irán que el Pentágono está planificando. Dicha cuestión ha sido completamente eludida por el programa del gobierno de la Unione, en el que se afirma –eso sí- que “nuestro país debe ser un aliado leal de los Estados Unidos”. ¿Significa ello que hemos de dar a Washington otra prueba de “lealtad” como la que ya fue dada por el gobierno D’Alema?

Manlio Dinucci es un analista político y polemólogo italiano, que escribe regularmente en el cotidiano comunista Il Manifesto

Traducción para www.sinpermiso.info: Camila Vollenweider

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Fuente:
Il Manifesto, 28 abril 2006