La otra humillación (y 2)

Gregorio Morán

10/07/2016

Para la primera parte de este artículo: aquí

Aquella tarde de junio, en plena campaña electoral, Córdoba, si mi memoria no me delata, contemplé la surrealista escena de un mitin de Podemos donde, a la vieja usanza de la Pasionaria, subió al estrado Julio Anguita, engarzándose a Pablo Iglesias en un emocionado abrazo; uno miraba a su modo de rey moro destronado por la historia y el otro derramaba unas lágrimas que le honran como persona y le achican como líder –porque los dirigentes también lloran, pero sus lágrimas son votos–. En ese momento, lo confieso, me cupo una duda; a lo mejor es bueno para ellos, pero es la derrota más evidente de un movimiento, Podemos, que había nacido, cre­cido y provocado con mayores pretensiones que las de visitar a los anticuarios políticos que ya no tienen nada que vender salvo los saldos de sus derrotas. Estos chicos, la esperanza de la izquierda desvanecida, habían cometido el error que la derecha ansiaba.

Toda la operación de integración de Izquierda Unida en Podemos es la más exitosa manipulación, animada por la derecha y suscrita por todos los restos de los innumerables naufragios de la izquierda una vez acabada la transición y regulada la vida política a partir del barrimiento absoluto de quienes querían un proceso diferente. ¡Vaya putada! La vida política desde la muerte del Caudillo sólo tiene tres líderes, Adolfo Suárez, Felipe González y Mariano Rajoy. El resto es paisaje. Tal vez por una sentimentalidad evocadora de otra época a alguno se le ocurriera resucitar a los muertos –Rajoy es otro muerto en vida que en el partido más poderoso, corrupto e influyente no tendría enterradores ca­paces de coger la pala; está ganando, frente a todo pronóstico, y nadie mata a su patrón si paga prebendas suculentas–. Pero para imitar a la casta, ese apelativo hoy desaparecido, habría que salir de las líneas marcadas.

Las últimas elecciones demostraron una vez más que aquello que da miedo no son las palabras del tribuno, sino la capacidad del tribuno para negociar, antes de que el fracaso te convierta en una opción, otra más. Los partidos jóvenes necesitan victorias rápidas, ocurre como en el ejército, que los mandos se otorgan por méritos de combate, no por florituras oratorias.

La otra humillación de la izquierda, la que aspiraba a serlo en el sentido más rotundo de la palabra, no está en que la realidad haya chafado todas y cada una de sus ambiciones, sino en que ha asumido pasados que ni siquiera Mariano Rajoy hubiera aceptado. ¿Se imaginan mítines y lágrimas con José María Aznar? Una catástrofe, que por cierto buena parte del PP animó a Rajoy para que la aceptara. La política es una profesión para hombres (o mujeres) solos, que escuchan, aceptan, sonríen, agradecen y hacen luego lo que su estrategia ha definido. Sin piedad, ni llantos. Lo viejo quedó atrás y lo nuevo lo invento yo.

Hay como un cierto rubor en acercarse a “la mierda de resultados” de Podemos, que dijo una militante anónima y con sentido de la política. No se puede pasar de proponerse vicepresidente del Gobierno, de exigir cargos tan difícilmente aceptables como los servicios de información, entre otros, y de pronto quedarse quieto, mirando el panorama y esperando una llamada que no llegará. Para la gente que no vivió lo nuestro, felizmente, cabe recordarles que cuando Franco hacía una crisis, cambios de ministros, subsecretarios y demás faramalla, es sabido que ningún aspirante salía de su casa ni para comprar el diario; esperaban la llamada, porque si no estaba al otro lado del cable podía no llegar a nada. Hay historias al respecto que superan los chistes de La Codorniz. El poder tiene siempre varias opciones, para eso es poder, y por si faltara poco, tiene el BOE. Siento decirlo así de crudo. Volvemos a algo similar.

La otra gran humillación de la izquierda, me refiero a las pretensiones de Podemos, es que de aspirar al poder, legítimamente, se acaba convirtiendo en una semana de saldos. La integración, o asimilación, o conciliábulo, o como se quiera llamar, entre Podemos e Izquierda Unida es una de esas torpezas políticas a las que siempre te animan los enemigos. Por más que sea una obviedad eso de que dos y dos, en política, no son cuatro, da lo mismo. Porque la esencia del asunto es que ustedes se apalancan con un grupo que es la imagen de la derrota desde hace décadas y cuya imagen social, no digamos ya electoral, está por los suelos salvo en aquellas localidades en que se reparten las regalías.


El interés derechista de los medios de comunicación más comprometidos con el bipartito deberían haberles hecho pensar que la operación tiene trampa. Porque en política dos y dos no suman cuatro. Ni las manipuladas encuestas que parecían salidas del despacho del Gran Padrino, Rajoy, sino que Izquierda Unida ni siquiera sumaba dos, fuera de sus diputados, y la militancia podían sumarse, eso sí, de uno en uno, a lo que podía ser una nueva izquierda ni tan torpe ni tan oportunista.

Baste decir que perdieron 13 puntos en este engendro de reclutas y que a partir de ahora tendrán una erosión interna, permanente, entre quienes asumen un pasado de gloria y miseria (el PCE y sus herederos, recién salidos del huevo) y un partido, Podemos, que aspiraba a gobernar.

Permítanme el sarcasmo, nunca tan evidente en un partido de gente que aspiraba a comerse el mundo, la diferencia entre gente y sistema. Deberían mandar una delegación a Italia, ese país ausente de nuestros informativos en cuanto se refiere a Beppe Grillo y sus Cinco Estrellas, sobre los que se burlaron tanto que ahora no osan ni mencionarlos.

Asaltar los cielos es una aspiración de astronautas. Marx se limitaba a una metáfora, hermosa, pero consciente de que sólo se podía escribir y en una carta privada. Los cielos no nos pertenecen desde que los inventaron y no es precisamente un espacio donde pueda desarrollarse un partido político. No quiero ofender a nadie, ni menospreciar a quienes han puesto alma, corazón y vida en una de las aventuras políticas más hermosas desde la muerte de Franco. Pero, aunque me gustaría escribir lo contrario, fracasó por la bisoñez de sus estrategas.

Habrá que volver a intentarlo, pero lo que pretendía ser está herido de muerte y además asociado a quien le facilitará la derrota. Vivimos en un mundo fascinante, al que no sabemos sacarle el auténtico valor de las palabras. El líder de las Comisiones Obreras, por buen nombre Toxo, nos ha advertido: “Temo una explosión social”.
Yo siempre creí, y soy muy mayor para cambiar, que un líder obrero le dijera a la sociedad: “Vamos a una explosión social”. De otra manera no tendría mucho sentido que dirigiera un sindicato, mejor que trabajara como asesor en un grupo patronal. Sin embargo, eso es algo muy diferente que echarle un pulso a los cielos, porque no es la misma metáfora asaltar lo que está muy por encima de ti que un objetivo ambicioso pero posible, como echarle un pulso a los cielos.

En dos años esa izquierda renovada, audaz y hasta temeraria había alcanzado tal velocidad que convirtió a sus dirigentes mitad en superhombres, mitad en héroes. Pero el batacazo electoral último va a generar un nivel de conflictos internos agravados por la incorporación de Izquierda Unida, especialista en querellas domésticas. Cuando alguien se equivoca en los ­cálculos puede suceder que acabes alimentando, y hasta fortaleciendo, al adversario que habías declarado moribundo.

Lo que parecía mentira se ha realizado. El cuerpo político de un partido en plena desmembración, el PSOE del soldado Sánchez, se ha fortalecido gracias a Podemos. ¿Cuánto puede durar eso? Eso son los azares de la política. Ahora bien, pase lo que pase, la llave de la situación no la tiene ya Podemos; ha cambiado de manos.

Columnista habitual en el diario barcelonés La Vanguardia y amigo desde el principio del proyecto SinPermiso, fue un resistente político en el clandestino Partido Comunista de España bajo el franquismo. Periodista de investigación e insobornable crítico cultural, ha escrito libros imprescindibles para entender el proceso que llevó en España de la dictadura franquista a la Segunda Restauración borbónica. Su último libro: El cura y los mandarines (Madrid: Akal, 2014).
Fuente:
http://www.lavanguardia.com/opinion/20160709/403066378566/la-otra-humillacion-y-2.html