La renta básica y la lucha contra la división sexual del trabajo: ¿una mala relación?

Julio Martínez-Cava

Daniel Raventós

19/03/2017

 

No cabe duda de que actualmente vivimos un momento histórico para los defensores de la Renta Básica Incondicional (RB), medida que ocupa ya una sustanciosa parcela de la agenda política de buena parte del mundo y, dado el torrente de artículos y debates que se están generando, parece pasar por sus “horas altas” en la esfera pública. Sin embargo, para los defensores de una propuesta “progresista” (para la distinción entre versiones de izquierdas o de derechas véase aquí) los frentes parecen multiplicarse. Las críticas a la RB provenientes de las filas de la izquierda no son pocas (nunca lo fueron), pero es bueno que los debates se multipliquen aunque no todos ni quizás una mayoría sean de mucha calidad. Entre los que sí lo son, quizás en el proceso de réplicas y contrarréplicas los argumentos vayan ganando profundidad y la propuesta salga fortalecida (o rechazada, si fuera el caso). Uno de los frentes en los que se está discutiendo actualmente la RB es entre algunas autoras de distintas corrientes del campo feminista, por lo que abordaremos aquí algunos de los puntos más discutidos con el objetivo de intentar aparcar algunos tópicos y, ojalá, desenmarañar malentendidos.

Detengámonos primero en la definición de la medida para aclarar la cuestión. La RB es un ingreso pagado por los poderes públicos a cada miembro de pleno derecho de la sociedad o residente, sin pedir nada a cambio. Para lo que sigue nos interesa destacar aquí dos de sus rasgos: su universalidad (la reciben todas las personas por igual y en la misma cantidad que no equivale a decir que todo el mundo sale beneficiado: los ricos pierden y el resto gana[1]) y su incondicionalidad (no se pide nada a cambio ni se tiene que estar en una situación determinada, a diferencia de los subsidios condicionados que conocemos, por ejemplo, en todas las Comunidades Autónomas del Reino de España).

¿Ceguera frente al género?

Pues bien, recientemente Cristina Carrasco ha entendido (tras recordarnos la distinción que no ponemos – ni hemos puesto – en duda entre al menos tres tipos de trabajo: el remunerado, el voluntario y el doméstico o de cuidados) que precisamente es esa universalidad la que convierte a la RB en una medida no idónea (y hasta perjudicial) para la emancipación de las mujeres. Las razones aducidas son las siguientes:

-       En la medida en que no está focalizada (particularizada) no tiene en cuenta las situaciones de opresión específicas que viven las mujeres, y por tanto es incapaz de aportar respuestas a estas.

 

-        Esta “ceguera” de la RB respecto al género sería doblemente problemática, por cuanto contribuiría a mantener la situación de invisibilización de los trabajos de cuidados realizados en su gran mayoría por mujeres.

 

-       Por lo tanto, sólo puede ser deseable y defendible un programa de cambio que aborde conjuntamente todos los aspectos de todas las opresiones y sus efectos específicos.

Vayamos por partes, empezando por este último punto. Sobra decir que uno debe estudiar una propuesta concreta bajo la luz de sus efectos sobre otros ámbitos, buscar las retroalimentaciones, las conexiones complejas con otros procesos sociales, etc. Pero una cosa es tener consciencia de la complejidad de la realidad social, y otra muy distinta es que cada vez que discutamos de una medida concreta debamos remitir el debate al conjunto de medidas que podríamos incluir en un programa. Procediendo así el pensamiento queda congelado e impotente en el vano esfuerzo de pedirlo todo sin poder discutir nada en concreto. No creemos que sea esta la intención de los que así argumentan, pero esto no impide que esa forma de argumentar pueda llevar a estos callejones sin salida. Para lo que nos ocupa: la RB no es una política económica, es una medida de política económica. Si se quiere que sus efectos sean aprovechados en un sentido emancipador, y que no sean neutralizados por otras dinámicas, tiene que verse complementada por otras medidas que caminen en una dirección similar. Pero que algunos de los efectos positivos de la RB puedan ser neutralizados por otras dinámicas – y que ello nos exija incluirla como una medida fuerte dentro de un paquete de medidas más ambicioso – no significa que la RB, por sí misma, ahonde en la división sexual del trabajo o refuerce la ideología neoliberal. Un aumento salarial en un convenio, una mejores condiciones de trabajo en determinada fábrica o sector, una mejora de las cantidades percibidas por el seguro de desempleo, unas condiciones laborales menos precarias para gran parte del personal universitario… son medidas que estaríamos dispuestos a defender sin que se nos pasase por la cabeza preguntarnos que son insuficientes para combatir la división sexual del trabajo. Enmarquemos cada debate en su contexto, o poco podremos iluminar en la noche en la que todos los gatos son pardos.

Por otro lado, cabe preguntarnos si es cierto que la ceguera de la RB respecto al género (y respecto a muchas otras cosas más) sea un buen argumento para rechazarla. En un clarificador artículo, la investigadora danesa Louis Haagh ponía de manifiesto la doble vara de medir con la que muchos críticos de izquierdas miran esta propuesta: ¿por qué aceptamos la condición de universalidad para los servicios públicos (sanidad, educación, transportes, etc.) como algo no sólo bueno sino decisivo, pero vemos esa misma universalidad como una objeción para la RB? Si una mujer recibe su formación en una escuela pública pero finalmente acaba decidiendo ser ama de casa, dice Haagh, se nos haría sumamente extraño echar por la borda la idea de educación pública porque sea universal. La universalidad de los servicios públicos no se pone en cuestión por no estar focalizada en situaciones de opresión específicas. Precisamente al revés: su condición de universalidad es lo que permite armar concepciones de la ciudadanía fuertes, que incluyan los derechos sociales y económicos al mismo nivel que los demás derechos (bajo esa incombustible idea de libertad republicana que no acepta que la libertad pueda desvincularse de las condiciones materiales de existencia)[2].

¿El problema es que hablamos de dinero?

¿Qué será lo que lleva a tantos críticos de la RB a rechazarla por su carácter universal? ¿Qué tienen los servicios públicos que no tiene la RB? La misma autora ha señalado una posible razón: su carácter monetario. La histórica asociación entre trabajo asalariado (empleo) y remuneración en forma de salario nos lleva a percibir como extraña la idea de que todo el mundo pueda recibir un ingreso sin haber trabajado a cambio. Pero si esto es así, si es el carácter monetario de la RB lo que lleva a que algunos sectores de las izquierdas la rechacen, entonces no cabe sino llevarse las manos a la cabeza. Porque es aquí donde empiezan a funcionar la pila de prejuicios sobre los que se han construido gran parte de las críticas a la RB: los supuestos efectos de una medida incondicional, esto es, que se recibe sin pedir nada a cambio.

Sin llegar al descaro con el que algunos políticos y teóricos de derecha y de extrema-derecha han criticado desde concepciones reaccionarias la propuesta de la RB – en una palabra: porque generaría un ejército de “chupópteros del Estado” (“vagos y maleantes” les falta decir) – lo cierto es que en las filas a la izquierda de los partidos socialistas (donde pueden encontrarse algunas de las peores concepciones directamente enaltecedoras del “trabajo esclavo a tiempo parcial” en contra de la RB) no han faltado algunos supuestos controvertidos que han llevado a rechazar esta medida. El argumento que se pone sobre la mesa en el artículo contra la RB mencionado es el siguiente: dado que la RB es simplemente una cantidad de dinero que se entrega a la gente, esperando que tenga “efectos emancipadores”, pero no se propone abordar ampliamente una transformación del imaginario colectivo, entonces la ideología neoliberal (o la capitalista, o la conservadora, así ad infinitum) cooptará la medida y anulará sus efectos positivos. Sería, sencillamente, un aumento de la capacidad de consumo en una sociedad atravesada por la ideología consumista, patriarcal, etc. Por lo tanto, antes que una RB, haría falta cambiar esos núcleos ideológicos densos que nos impiden liberarnos. Escribe la citada autora:

La RBU manifiesta un sesgo neoliberal en su visión de la libertad de elección que tendría la población. Sabemos que la libre elección es un mito, una falacia introducida por la ideología neoliberal. Las personas estamos totalmente condicionadas por ideologías, entorno, presiones sociales, etc. En este sentido, las mujeres podrían “elegir voluntariamente” el trabajo doméstico y de cuidados no necesariamente porque sea su opción de vida, sino porque se vean obligadas por la presión social

Resulta curioso como algunos argumentos no envejecen. La idea de que vivimos totalmente atrapados en una pegajosa tela de araña compuesta por el imaginario de la clase dominante no es nueva. Como tampoco lo son sus críticas. En la tercera tesis sobre Feuerbach Marx señalaba la paradoja en la que parecían incurrir algunos socialistas utópicos que ponían las esperanzas de la transformación social ante todo en educar y cambiar las mentalidades, puesto que, ¿quién educaría a estos “educadores”? ¿Quién portaría la verdad que llevaría a des-alienar a la humanidad? Como gustaba en recordar Raymond Williams, si ponemos demasiado el énfasis en la alienación cultural, la manipulación de los medios, las engañifas de la clase política, etc. entonces la partida está perdida de antemano. Cerramos el chiringuito y las izquierdas transformadoras pueden darse por amortizadas. Pero, ¿es así de hecho como se comporta la gente? ¿De verdad creemos que si el Estado otorga una cantidad de euros igual al umbral de la pobreza a cada persona (poco más de 600 euros mensuales), reforzaremos la ideología dominante? No hace falta poner en duda la existencia de complejas y poderosas presiones ideológicas sobre los sectores subordinados de la sociedad para considerar que un aumento de su poder material tendría profundos efectos positivos de cara a su emancipación.

Efectos de la renta básica sobre la situación de las mujeres

Por último, podemos preguntarnos si el primer paso del argumento estaba bien construido. Que la RB tenga las condiciones de universalidad e incondicionalidad está lejos de implicar que no tenga efectos específicos. Para el caso que nos ocupa, son muchas las investigaciones (por citar solamente dos: aquí y aquí) que han discutido los efectos que una RB podría tener en la lucha por la emancipación de las mujeres:

·       Aumentaría la autonomía de las mujeres que sufren más las situaciones de vulnerabilidad (temporalidad, precariedad, sobreexplotación, pobreza severa, etc.) en la medida en que mejora su situación material y les proporciona un suelo de seguridad desde el que negociar o planificar su vida. Con ello mejorarían las condiciones de negociación de las mujeres respecto a sus cónyuges o sus empleadores. Al ser una prestación entregada de forma individual evita los perniciosos efectos que muchas veces conllevan las ayudas que se entregan tomando como unidad el hogar. En ese sentido, la RB puede ser un medio eficaz para asegurar la base autónoma de una parte muy importante de mujeres que, hoy por hoy, dependen, para su existencia material, de sus maridos o amantes. En palabras de la muy veterana feminista Carole Pateman: “Una Renta Básica es importante para el feminismo y la democratización precisamente porque está pagada no a los hogares sino a los individuos como ciudadanos”.

 

·       Al desvincular los derechos de ciudadanía del empleo, beneficiaría especialmente a aquellos sectores de la población que se ven sistemáticamente excluidos o en desventaja en el mercado laboral, siendo las mujeres el colectivo más importante de la clase trabajadora que sufre estas discriminaciones.

 

·       Rompería parcialmente el siniestro candado que une la ausencia de denuncias por violencia machista en situaciones en las que se da dicha violencia, con la dependencia económica de las mujeres respecto a sus agresores. Entre otras feministas, la diputada de Podemos por la Comunidad de Madrid Clara Serra ha argumentado repetidas veces sobre la necesidad de romper ese vínculo si queremos hacer efectivas las leyes sobre violencia machista.

 

·       Lejos de ahondar en la división sexual del trabajo, como Sara Berbel ha recordado, la motivación por el desarrollo profesional, empresarial o artístico de las mujeres impedirían una vuelta acrítica al hogar (sólo un 10% de las mujeres entrevistadas en un estudio sociológico de 2012 accedería a no trabajar fuera de casa si tuviera suficientes ingresos económicos). De la “vuelta al hogar” dejando el empleo[3] si se instaurase una RB tenemos algunos datos aunque sean indirectos. En una reciente encuesta (véase aquí) realizada por una empresa de opinión sobre distintos aspectos relacionados con la RB, resulta que de las personas que tienen empleo contestan que lo dejaría un 3,1% de hombres y ¡un 1,2%! de mujeres. Quizás eso se condice mal con determinados prejuicios.

 

·       Podría paliar y en parte revertir las dinámicas retroalimentadas del cruce interseccional entre las opresiones de clase, género y cultura. La investigadora Caitlin MacLean ha defendido la RBU desde el marco normativo feminista de Nancy Fraser y sus siete principios de equidad de género. Y lo ha hecho justamente desde una defensa de su incondicionalidad. En la medida en que la RB es incondicional, es laica respecto a los dos modelos con los que habitualmente se enfrentaron los dilemas de género: los modelos que buscan remunerar específicamente los trabajos de cuidados con el peligro de reforzar la división sexual del trabajo (caregiver parity model) o los modelos que buscan eliminar las barreras en la participación de las mujeres en espacios y patrones de vida dominados por hombres (universal breadwinner model). Su defensa es potente: la RB podría alterar efectos clave que reducirían enormemente la desigualdad de género: puede eliminar la pobreza (y prevenirla, como medida ex ante); reduce la explotación por parte de jefes, parejas o burócratas; redistribuye la renta fuera y dentro de los hogares; da una base firme para otro reparto de los tiempos de trabajos/ocio/empleo; y podría disminuir notablemente la falta de reconocimiento institucional por los tipos de trabajo que desempeñan mayoritariamente las mujeres (cuidados).

 No hemos respondido todas las objeciones que distintas autoras del movimiento feminista escriben o comentan acerca de la RB. Simplemente hemos elegido uno de los últimos artículos que nos han parecido representativos de algunos de los argumentos más habituales. No recientes, puesto que en realidad pueden encontrarse estas objeciones en los primeros debates ya hará unas tres décadas acerca del feminismo y la RB. Y esta es otra de las realidades a las que nos tendremos que acostumbrar debido a la “explosión mediática” de la RB: antiguas objeciones que vuelven. Cuando una medida como la RB está en boca de activistas de distintos movimientos sociales, de políticos, de académicos, de sindicalistas… es normal que así sea. Y hasta nos atrevemos a asegurar que, siendo inevitable, no es malo.

 


[1] Como es palmario en esta propuesta de financiación de la RB.

[2] Por descontado, esto no es argumento para que no haya políticas específicas que atiendan situaciones específicas. Pero el tema que discutimos aquí es otro.

[3] Sin entrar en algunas consideraciones más de fondo como la que Carolina del Olmo escribía hace un par de años: “[S]i resulta que por obra y gracia de la imaginación institucional nos encontramos con una herramienta nueva que garantiza el objetivo de la independencia económica (y lo hace, por cierto, con mucha mayor intensidad y fiabilidad que el mercado de trabajo: 27% de paro, ¿recuerdan?), ¿dónde está el problema? Si algunas mujeres quieren aprovechar la renta básica para salir por pies del mercado laboral e irse a sus casas a cuidar de sus hijos, a cuidar de sus estúpidas uñas o a tocar la guitarra y comer plátanos tumbadas en una hamaca, ¿¿¿cuál es el problema???”

 

es licenciado en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente estudia un doctorado en sociología por la Universidad de Barcelona. Colaboró en Podemos desde su lanzamiento hasta las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015.
es profesor de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona, miembro del Comité de Redacción de sinpermiso y presidente de la Red Renta Básica. Es miembro del comité científico de ATTAC. Junto con Jordi Arcarons y Lluís Torrens, pronto publicará un libro (DESC y Ed. Catarata) dedicado a todos los detalles de la financiación de la Renta Básica.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 19 de marzo de 2017