“La revolución es de entrada decir No al poder que hay”. Entrevista

Wassyla Tamzaly

28/03/2017

Con su pelo blanco, su chal al cuello, su mirada algo perdida ante un café o, si es de madrugada, una copa de whisky solo, sin hielo, Wassyla Tamzali (Argel, 1941) podría parecer la funcionaria jubilada de Naciones Unidas que es: un cuarto de siglo al servicio de la Unesco, dirigiendo programas contra la discriminación de las mujeres desde 1979. Desde París a Pekín, desde Bosnia a El Cairo, con varios libros en su haber –en España está, entre otros, su combativo ensayo El burka como excusa (Saga Ed. 2010)– y unos cuantos premios, un doctorado de honor en Bruselas y frecuentes invitaciones a encuentros internacionales, como el TresFestival de la Fundación Tres Culturas en abril de 2016, donde la entrevista Ilya Topper para la web M’Sur.

Pero cuando se le coloca delante una grabadora o un micrófono, su voz se vuelve precisa, acusadora, lanza las palabras como dardos contra un blanco: parece de nuevo la abogada que fue hace exactamente 50 años, en los juzgados de Argel donde –es fácil imaginarlo– su afilado discurso salvaría a más de un acusado, condenaría a otros. Esta vez, en el banquillo, ante ustedes, los defensores del islam político, los partidos islamistas y los dictadores que, para darse un aura de legitimidad, fingieron combatirlos mientras les hacían cesiones. Defendidas: las mujeres.

Repasemos la Primavera Árabe: revoluciones en Túnez y Egipto, guerra civil en Libia, Siria y Yemen, protestas y reformas en Marruecos…. Argelia, ¿no sabe no contesta?

Argelia nos permite entender qué es una revolución. Porque no la hubo. En Argelia, como también en Túnez antes de la revolución, hubo muchas manifestaciones y revueltas. Los que se prendían fuego y se quemaban: hubo muchos en Túnez antes de Sidi Bouzid. Y hubo muchos en Argelia, antes y después de Sidi Bouzid. Pero hay que distinguir qué es una revuelta y qué una revolución. Lo dice Alain Badiou: Hace falta primero un lugar en el que se deben reunir todas las categorías sociales. Y cuando vienen las mujeres es la revolución.

¿En Argelia no vinieron?

En Argelia ya en 1988 había jóvenes marginales que salieron a la calle. Jóvenes sin oficio, sin vínculos sociales, que no representaban más que una marginalidad enfurecida. El Ejército disparó contra ellos. Hubo 500 muertos. Y nos dimos cuenta de que en las universidades había un movimiento incipiente para apoyar la revuelta de los jóvenes. Si los universitarios se hubiesen unido a los jóvenes de la calle… En Historia no se puede decir “si”, eso no existe. Lo que pasó es que cuando la Universidad se organiza para unirse a la calle, el poder argelino emprende una reforma fundamental y pone fin al partido único. Así siega la hierba bajo los pies de los manifestantes, que vuelven a la universidad y se dicen: Hemos ganado.

Después vinieron las elecciones, la victoria de Frente Islámico, el golpe de 1991, la guerra civil… y seguimos ahí. ¿Por qué en Túnez sí hubo revolución?

La primera virtud de la revolución es reconstituir lo que podemos llamar un pueblo. Que se compone de todas las clases sociales. En Túnez, en Sidi Bouzid, donde hubo esa inmolación por el fuego, al principio nadie se movía. Yo estaba en Túnez ese día, y dije a mis amigos, que eran el corazón de la resistencia contra [el dictador Zine El Abidine] Ben Ali, mujeres y hombres a los que daban palizas en la calle… ¿habéis oído que ha pasado algo grave en Sidi Bouzid? Y me dijeron: Pero si todos los días pasa algo grave. Pero resulta que ese día era diferente.

¿Qué era diferente?

Cuando vimos la primera imagen fuerte, todos los abogados, en sus trajes, salieron a la calle a apoyar a los jóvenes de Sidi Bouzid. Ahí se desencadenó algo. Mis amigos militantes no lo pudieron prever. Ningún intelectual lo preveía. Porque lo que se expresó en Túnez era un pensamiento nuevo, que no había salido de nuestro ‘background’ poscolonial, es decir de todo el trabajo de reflexión, de resistencia contra el régimen autoritario, militar, contra la religión, para instaurar la democracia, con un discurso que ya era viejo.

Porque resistencia contra el régimen ya lo había de antes, claro.

En los países árabes, es decir todo ese mundo, me entiendes, se instalaron regímenes autoritarios tras la independencia, y durante unos cincuenta años hubo movimientos de resistencia en estos países. Violentos o no, pero de resistencia. Y no solo como en Egipto con los Hermanos Musulmanes: hubo resistencia democrática, de mujeres, de intelectuales.

Pero el discurso en Túnez fue nuevo, dijo. ¿Qué cambió?

Los jóvenes que se rebelaron, que llevaron a cabo la revolución de Túnez, no dijeron: nos rebelamos por ser demócratas, por ser feministas, por la democracia directa o indirecta… todo ese vocabulario que teníamos. La revolución es de entrada decir No al poder que hay. Sin explicación ninguna. Si no dices No al poder que hay, sin pedir nada más, no hay revolución. Eso es lo inquietante. Porque la revolución siempre se abre hacia lo desconocido. Lleva a la persona a lo desconocido, no hacia un régimen. No es un cambio de régimen, es un cambio de naturaleza. Y eso en Argelia no ha pasado, y en Túnez sí.

Y luego llegaron los islamistas, algunas del exilio como Rached Ghannouchi, y se hicieron fuertes.

Antes de las elecciones, estaba en una conferencia con la respetada activista Khadija Cherif. Le dije: Khadija, si pasa lo mismo que en Argelia ¿qué haríais? Me respondió: Jamás anularemos las elecciones. Lucharemos dentro del marco de la democracia. Y lo que es impresionante es que la sociedad tunecina estaba estructurada para acometer la primera etapa de la democracia. Hoy se ve que eso era más difícil de lo que se pensaba. Pero eso no quiere decir que se haya perdido.

¿Y en Egipto? Parte el dictador, hay elecciones, los islamistas llegan al poder, se les deja gobernar… y llega el golpe.

En Egipto, a los islamistas los quieren sacar de la sociedad. Y así los convierten en víctimas y mártires. En lugar de ponerlos ante la responsabilidad de gobernar y de fracasar, y que los echara la sociedad por gobernar mal, como pasó en Túnez. Ahí, el partido Ennahda participó en el poder y perdieron después, porque demostraron que no saben gobernar, y sobre todo mostraron su rostro. La sociedad se movilizó, y está bien. En Egipto, la utopía islamista renace, y más fuerte que antes.

Gran parte de Egipto respaldó el golpe militar de Abdelfatah Sisi por oposición al islamismo.

Como en Argelia. También la sociedad argelina pedía a los militares tomar el poder [en 1991].

¿Porque pensaban que los islamistas son peores que la dictadura?

Sí, eso pensaban. Pero ahora se analiza: era un juego de los militares para dar miedo a la población, porque no querían la democracia. Hicieron lo posible para crear una situación en la que los argelinos dijeran: o los islamistas o los militares. Hicieron todo lo que pudieron para destrozar el movimiento democrático que había en medio. Era una estrategia magistral, magnífica, ofrecer este tipo de elección a los argelinos. Y los argelinos tenían miedo; yo también tengo miedo a los islamistas. Pero yo y mi partido político, el Front des Forces Socialistes (FFS), no estábamos a favor de anular las elecciones. Y hoy vemos que anular las elecciones era lo peor que se pudo hacer.

El drama fue inmenso, desde luego.

Sí: hubo 200.000 muertos. Y fue el fin de la democracia. Porque cuando el poder retoma el poder, primero ataca a los islamistas, pero luego ataca a los demás. Mientras atacaba a los islamistas, hubo quien dijo que era el primer golpe de Estado feminista del mundo. Porque los militares tomaron el poder en 1991 y no hicieron ninguna ley a favor de las mujeres. Dijeron que era contra los islamistas y especialmente contra la charia, pero no hicieron nada para darle credibilidad. ¿Por qué no hacían leyes de igualdad, para favorecer a las mujeres, la democracia? Decretaron un estado de emergencia que duró hasta 2010, 2014….

Tengo la sensación de que el partido islamista FIS ganó la guerra civil con 20 años de retraso.

Perdió la guerra política. En Argelia mataron políticamente a los islamistas y luego los invitaron a las esferas económicas y políticas. Les dan su lugar en la sociedad, se les da todo lo que piden: el estatus de la mujer, la pausa de oración, los cafés, se cierran cafés que sirven alcohol… Para hacer callar al FIS le dan lo que quiera en la sociedad civil.

La ley argelina respecto a las mujeres es aún peor que la marroquí en este sentido, más islamista.

No vale la pena comparar con Marruecos. El único país que realmente ha dado un paso importante es Túnez. Ayad ben Achour, el presidente de la comisión que garantizó las elecciones, dijo: la Constitución tunecina es el Código del Estatuto Personal [que define los derechos civiles de las mujeres]. Las tuneceinas confrontaron democracia e islamistas en varios campos, pero hay uno en concreto, muy importante y que federa, que cristaliza la diferencia: el Estatuto de la Mujer. Es la frontera entre lo que se puede llamar moderno, premoderno, de camino hacia la modernidad, y los movimientos islámico-religiosos, conservadores. El juego político se desarrolla en esta frontera. Las tunecinas tienen algo que defender. Las argelinas no tienen nada que defender. Las marroquíes tampoco.

¿Pese a las reformas paulatinas, menores, que hubo en Marruecos en este ámbito?

En materia de igualdad, como en todos los sectores de derechos humanos, las pequeñas reformas no son importantes. Lo que importa son las declaraciones de fondo. Los principios que atañen a la igualdad de mujeres y hombres no se han pronunciado en el mundo árabe, salvo en Túnez. Luego a las mujeres se les dan derechos, sí, y cada vez más, por cierto, pero los principios… Los franceses nos han dado muchos derechos, económicos, de educación… pero nunca nos han reconocido la independencia ni la libertad. Por esa tuvimos que luchar. Y tal vez estemos menos bien en la independencia que antes, pero estamos libres. Eso cuenta.

¿Se puede comparar?

Reconocer a la mujer como individuo libre, sujeto de derechos, capaz de crear derechos, de portar derechos, es fundamental. Un ejemplo: La revolución francesa ha dado a luz la declaración universal de los derechos humanos. ¡No la aplicaron! Pero se reconocieron en ella. Iba a ser su identidad fundamental. Y el único que ha hecho una declaración de este tipo es el presidente [tunecino Habib] Bourguiba. Incluso si luego intentó corregirla para recuperar a los islamistas o, más bien, a los conservadores. Y la resistencia contra los islamistas se ha organizado a partir de ese texto. Es extraordinario: mujeres y hombres han salido a la calle, veladas o no, cada vez que alguien quería tocar los derechos de la mujer.

Túnez c’est different, como si dijéramos. ¿Cómo se explica?

Por dos factores: uno, que la sociedad civil tunecina nunca fue destruida por el régimen, ni por el colonial, ni por el independiente, el poscolonial, que siempre se alimentó de ella misma, y que ha dado a grandes pensadores e intelectuales. Y dos, que esta sociedad tenía algo que defender en materia de igualdad en derechos humanos. Eso es lo que ha permitido salvar la democracia en Túnez. Evidentemente, si los militares hubiesen tomado el poder cuando los islamistas ganaron, como en Egipto, estaríamos en la misma situación, que es peligrosa.

Pasemos a Marruecos: un partido islamista en el poder, pero sin imponer islamismo.

En Marruecos no hay confrontación real, no hay un juego abierto. Invitaron a los islamistas al poder y les dan pequeñas cosas. Cuando un ministro, como pasa en Marruecos, dice cosas horribles sobre las mujeres, eso sale en televisión. Así ¿cómo se puede hacer un trabajo feminista?

El poder siempre parece arreglarse con los islamistas.

Sí. Nasser hizo lo mismo, Sadat hizo lo mismo…

¿Nasser también?

Sí, es él quien empezó, todos han hecho lo mismo. Ben Ali no pudo porque en el plano internacional estaba ahí para defender oficialmente a las mujeres. Pero en los últimos tiempos, su yerno [Mohamed Sakhr El Materi] abrió una radio islamista [Zitouna], un banco islamista… en la última época de su vida se convirtió en islamista.

Volvemos a las mujeres… ¿es el contrapunto siempre?

Lo que me interesa es ver cómo las mujeres han sido moneda de cambio entre los movimientos islamistas y el poder militar, el poder de facto.

Entre los islamistas también hay muchas mujeres.

No todas las mujeres son feministas. Entre los partidos fascistas hay muchos hombres. No te rías.

No me río. Pero hablamos de mujeres frente a islamistas, un grupo que también incluye a mujeres.

Cuando los demócratas toman el poder, lo toman contra hombres que están contra la democracia. Y no está bien ¿no? Imponer la democracia a hombres que no la quieren. Y querer imponer la igualdad a mujeres que no la quieren, no está bien ¿verdad?

No he dicho nada de eso.

¿Crees que en España todas las mujeres son feministas? No me gusta nada cuando discuto de feminismo que me saquen a las mujeres que llevan el velo y están contra el feminismo. Claro que están contra el feminismo. Pero no tienen ningún derecho sobre mis derechos. Siempre que se trate de mujeres, se contrapone a las mujeres que no quieren el feminismo con las mujeres feministas. Cuando se habla de democracia, jamás se contrapone a los hombres que no quieren la democracia a los hombres que sí la quieren.

¿Por qué tenemos esos reflejos en el debate?

Cuando se habla de mujeres siempre hay un pensamiento subconsciente, que hay una igualdad de derechos entre las mujeres que no quieren la igualdad y las mujeres que sí quieren la igualdad. Es una cuestión de convicciones. Si consideras que hay una igualdad entre las mujeres que no quieren igualdad y las que sí la quieren, no estoy de acuerdo contigo. Hablamos de igualdad y libertad. No es la igualdad sola o la libertad sola, sino ambas, eso es el principio filosófico.

Se traduce a la práctica como…

Si una sociedad instaura un principio de igualdad y libertad, yo como individuo, en mis relaciones con un hombre, con un niño, con mi familia… tengo derechos, tengo igualdad, aunque no la imponga a mi marido, y si él no la quiere en casa, puedo querer más a mi marido que mi igualdad, vale, pero no se puede poner en tela de juicio el principio de igualdad por comportamientos así. Lo que debemos hacer es instaurar un sistema que permita en todo momento a un individuo elegir, libremente, la igualdad.

La libertad individual es el lema de activistas de Marruecos que luchan, por ejemplo, por el derecho de la apostasía.

Se llama libertad de conciencia.

Si hiciéramos una encuesta, seguramente un gran sector se pronunciaría contra esa libertad de elegir. ¿Qué se hace con esto?

No puedo responder a eso, no quiero un referéndum sobre la libertad, no quiero un referéndum que pregunte a la gente: queréis ser esclavos o queréis ser libres? Eso no significa nada.

Es decir que necesitamos leyes que protegen esta libertad, con independencia de cuánta gente la quiere.

Cuanto más débil sea una mujer en la sociedad, más necesidad tiene de una ley que proteja su libertad y su igualdad. Luego puede elegir su comportamiento personal y vivir como quiere, pero necesita la ley. La mujer es el ser más frágil en la sociedad, y es muy fragilizada en la sociedad tradicional arabomusulmana. Porque la matriz de base, que es el Corán, la religión, es un conjunto de leyes morales. En su formalismo y su detalle son leyes injustas con las mujeres: la herencia, la poligamia, el divorcio, la tutela de los hijos… Añádele las leyes sociales económicas, que hacen que las mujeres ganen menos dinero y tengan menos oficios.

En los países musulmanes también hay quien busca protección en el propio Corán.

¿Por qué las mujeres veladas van con los islamistas? Porque les dan seguridad. En Argelia hay muchas mujeres en los movimientos islamistas. Si en un país el Corán te da más derechos que el país ¡estás con el Corán! Si la moral religiosa representa una manera de protegerse, estás a favor de la moral religiosa. En una situación catastrófica… Las mujeres islamistas, al principio, han encontrado en el islam derechos, se han visto respetadas. La sociedad argelina es peor que el islam. Es peor. Y dicen: Debes respetarme. Está en el Corán.

¿Y a dónde lleva eso?

¡No lleva a ninguna parte! Es lo que digo a las chicas jóvenes que se ponen el velo para poder salir a la calle. Vale, os veláis para poder salir, pero ¿para ir a dónde?

Parece una forma de adaptarse en lugar de rebelarse. ¿No valen los pequeños avances?

Sé que la ley reformadora que hace avanzar las cosas en pequeños pasos es muy importante, pero llega un momento en el hay que dar un salto, y si no se da el salto, no se llega a ninguna parte. El nivel de educación de las mujeres de Arabia Saudí es muy elevado. Su nivel económico es altísimo. Son mujeres empresarias, ricas. ¿Tienen lo que quieren? ¿Hay ahí un modelo que nos echa una mano, para que hagamos como ellas? No. No es el modelo que yo eligiría.

Usted no, desde luego. Imagino que las demás magrebíes tampoco.

Yo personalmente… ¿a mí qué me importa el derecho musulmán? Soy una mujer fuerte, privilegiada, tengo medios de defenderme… No me hace falta que me respalde la ley. Pero incluso las burguesas que están, por decirlo así, tranquilas, a las que mantiene su marido, contentas de no tener que responsabilizarse – habrás conocido a algunas en tu vida – , el día que el marido se divorcia y las pone en la calle, empiezan a interesarse por sus derechos. El día que las echan de la casa porque el marido acaba de morir y viene el hijo mayor del marido, que no es su hijo, y dice que la casa es mía, fuera de aquí… todo eso son cuestiones de derecho y de igualdad.

¿Y no se puede trabajar desde dentro de ese modelo religioso, reformando las normas, como piden algunas?

El modelo religioso no ha podido acompañar a las mujeres en ningún país del mundo hasta el final de la idea de la independencia y la igualdad. Hizo falta la ruptura, la revolución contra la Iglesia, para que la Iglesia se abra y que pueda haber feministas católicas. Porque el trabajo lo habían hecho las otras. La Iglesia católica, si tu la dejas hacer, querrá recuperar todo. Son los movimientos feministas los que han frenado a la Iglesia católica, no son las feministas católicas sino las feministas laicas. Y hoy se puede ser católica y feminista, sin problema. Porque las laicas llevan el combate.

¿No nos vale, pues, el ‘islam moderado’?

No necesitamos un islam moderado sino un islam valiente. Las mujeres y hombres que se quieren identificar como musulmanes – yo no: no quiero identificarme como musulmana aunque sea de familia musulmana, yo soy argelina ¿vale? – deben hacer un trabajo. La libertad no es elegir entre el velo y no llevar velo sino elegir algo distinto. Si eres musulmán, si llegas a la religión por tu libertad de conciencia no es lo mismo que si es porque tu padre es musulmán y tú respetas, tú obedeces al islam.

¿Por dónde se empieza?

Lo que debemos hacer es reemplazar lo que se oye decir a derecha e izquierda, que si se aplica bien el Corán, todo irá bien. Porque eso es lo que se oye. Conozco todos los discursos, llevo cuarenta años trabajando sobre mujeres.

Cuarenta años… Cuando empezó, el feminismo aún era laico en todo el Magreb ¿no?

El movimiento feminista al que pertenezco nació en los años setenta, en Túnez, Argelia y Marruecos, casi a la vez, y muy ligado a los partidos marxistas y trotskistas, aunque en Túnez era menos comunista. Este movimiento feminista, que llamamos laico, plantea que la libertad de libertad y la igualdad no se necesitan justificar. Somos seres humanos y por lo tanto libres e iguales. Es nuestra filosofía. Luego decimos: pero estamos en Marruecos, en Argelia, en Túnez. No nos reunimos para un pensamiento feminista intelectual, sino para hacer un trabajo frente a los poderes públicos y la sociedad civil. ¿Qué son nuestros argumentos? Si vas y dices, yo soy libre, eso lo puedes comprender tú, pero si voy a ver al presidente de mi república, no lo entenderá. Si a una mujer en una ONG de base le digo que mujeres y hombres nacen libres e iguales, me dirá que no. Hará falta que encuentre otro camino para llegar a ella.

¿Qué camino eligieron?

Dejamos de lado nuestro universalismo y buscamos dos vías. Uno, el camino de la religión, intentando encontrar elementos feministas dentro del Corán, y dos, el camino social, es decir, poner el foco sobre el trabajo y la condición de las mujeres, para mostrar lo injustas que son. Y llegar de ahí a la conclusión de que hombre y mujer son libres e iguales. Trabajamos con lingüistas, expertos en el islam, historiadores, psicólogos, grandes pensadores, con Mohammed Arkoun, Mohamed Chafik, Latifa Lakhdar, Sana ben Achour… Con notarios, personas que solo hablaban árabe, jeques… Trabajamos sobre el pensamiento religioso para convertirlo en un instrumento de trabajo, no una demostración gratuita, para llegar a convencer a hombres y mujeres, a los intelectuales islamistas, al señor de la calle que diga ‘Somos musulmanes’.. Hicimos un enorme trabajo. Y no alcanzamos ningún resultado.

¿No?

Convencimos a una pequeña parte de la clase política. Una de las primeras reformas que se hizo en el mundo árabe era la de Sadam Husein, que reformó el divorcio, obviamente antes de la Guerra del Golfo. La señora Sadat hizo otra reforma del divorcio. Pero eran reformas superficiales. Tras la primera Guerra del Golfo ¿qué hizo Sadam Husein? Reunió a todos los muftíes y anuló la ley. También la ley de Sadat se anuló para alegrar a los islamistas.

Si fracasó esta vía ¿cuál queda por tomar?

Lo que hace falta es una revolución interior. Coges los textos de Mohamed Arkoun, de [Rachid] Benzine, y son grandiosos, pero no han arraigado. Por eso, como feministas laicas, cuando se creó en Estados Unidos y Asia el movimiento Sisters in Islam, dijimos que tal vez fuese una solución, porque nosotras fracasamos; tal vez había que reivindicar la identidad islámica para combatir la desigualdad.

¿Lo que ahora se conoce como feministas islámicas?

No son las feministas islámicas. Ellas dicen: Somos musulmanas y queremos la igualdad. Mientras que las feministas islámicas dicen: Somos musulmanas, respetamos el islam, y en el islam está la igualdad, pero ponen la frontera de esta igualdad en el islam. Investigan, pero en cuanto el islam habla de la herencia, no la cuestionan. No cuestionan la poligamia. Hay mucho que no cuestionan.

Una piedra de toque: abolida en Túnez, sujeta a autorización en Marruecos…

En 1967, yo era abogada, y las estadísticas de la poligamia eran de 0,1 en Argelia. Yo decía: Hay que suprimir la poligamia. No tiene sentido: nadie es polígamo, y encima, los casos que había eran de abandono familiar, no era poligamia verdadera. Como el libro de familia tiene cuatro casillas,un hombre abandonaba a su mujer y registraba a la siguiente sin necesidad de divorciarse. Pero hasta las mujeres decían: No, no podemos tocar la poligamia. ¿Por qué no? Porque es simbólica… En 2005 estuve en Naciones Unidas y el Gobierno argelino ¿sabes qué cifra dio de la poligamia? 7,8 por ciento.

La vía de Sisters in Islam ¿puede funcionar para hacer cambios profundos?

Pensábamos que quizás fuera la solución, luego reflexionamos: La piedra angular del feminismo intelectual es la deconstrucción de la condición de la mujer formada a través de la religión y el patriarcado. Y esta deconstrucción no se puede emprender desde dentro de la esfera religiosa. Hay que salir de ella. En la cuestión de igualdad y libertad hay un vocabulario que no se encuentra en los textos religiosos. Puedes encontrar la caridad, la complementaridad, la equidad… La palabra igualdad no les entra en la cabeza a los islamistas. En la conferencia de El Cairo sobre salud pública en 1995, ellos ganaron. ‘Ellos’ quiere decir el Vaticano, Irán, los países católicos conservadores, Argentina estaba en el grupo, yo los vi reunirse. Ganaron porque consiguieron eliminar del vocabulario de Naciones Unidas la palabra igualdad y la reemplazaron por equidad.

Parece más una cuestión simbólica.

La política tiene símbolos. Mira la cuestión de la herencia: la mujer hereda la mitad del varón. Pero hay muchos hombres y mujeres que hacen arreglos para que los hijos e hijas heredan por igual. Si les dices a esa gente que vas a anular la ley de la herencia y hacer una igualitaria, te dirán que no. Porque en la ley de la herencia hay un símbolo muy fuerte de la supremacía del hombre sobre la mujer. Es una cuestión de dinero, pero a menudo no es ni eso sino una cuestión simbólica, emblemática. Y la primera violencia contra las mujeres es la simbólica. ¿Cómo puedo respetar a una mujer si la ley no la respeta? ¿Cuando una mujer ministra necesita la autorización de su hijo para casarse?

¿El tutor sigue siendo obligatorio en Argelia? En Marruecos, desde 2004, es opcional.

Si se mantiene la opción de tener un tutor, una joven a la que su padre casa a la fuerza viene con un tutor. En Argelia, la mujer puede elegir a un tutor, pero si es una mujer a la que no se le deja elegir no podrá elegir. Yo podía decírselo a mi hermano, que nunca lo habría rechazado, pero a quién elige una chica joven? Está el miedo. Soy jurista. Cuando hay un avance en la ley, se instaura un modelo. Si se dice que no hay tutor, la palabra no existe, como en la ley tunecina, al igual que en la española o francesa, entonces sí se crea un nuevo concepto.

La ley debe ir, pues, por delante de la sociedad.

Se debe instaurar una política que permita a las mujeres expresar sus deseos. Eso es fundamental. No solo porque las mujeres tienen méritos, tienen hijos, trabajan bien… todo eso se ha dicho durante años: Hay que ayudar a las mujeres, hay que reconocerlas… No. Las mujeres tal vez también tengan ganas de no ser amables, de no ser buenas mujeres, de ser libres, de hacer lo que quieren en la vida. Y en eso solo se puede pensar a través de la libertad y la igualdad.

¿Tiene esperanzas?

Recuerdo un refrán que me sirve de guía. Es el título de un filme alemán y dice: En caso de gran peligro, el camino de enmedio lleva directamente a la muerte. Y estamos en esa situación. Necesitamos una ruptura. Necesitamos dar pasos fuertes. Porque en el otro bando nos afronta un enemigo que tiene una imagen muy fuerte, que tiene unidad, que tiene un proyecto. Si no tenemos unidad, no tenemos proyecto, no damos pasos fuertes, ¡nos comen! ¡Acaban con nosotras!

Escritora, funcionaria internacional y feminista argelina, autora entre otros del libro "Mi tierra argelina".
Fuente:
http://msur.es/2017/03/24/wassyla-tamzali-16/