Las elecciones turcas o la economía política de la violencia orquestada por el Estado

Mehmet Ugur

07/11/2015

Los resultados de las apresuradas elecciones en Turquía han pillado a todo el mundo por sorpresa, y no porque los observadores con visión crítica no hayan sabido leer el guión. Más bien, se trata de que el miedo orquestado por el Estado se demostrado eficaz a la hora de camelar al electorado para que otorgara al opresor un mandato para gobernar a cambio de cierta estabilidad.

Me van a permitir que empiece por llamar a las cosas por su nombre. Tal como ya sostuve en 2008, el AKP no se ha comportado como un partido creador de instituciones. Heredó las instituciones de gobernación económica (y por supuesto las prioridades de política fiscal y monetaria) del gobierno de coalición precedente dirigido por Ecevit entre 1999 y2002. Es importante hacer notar que el marco político e institucional heredado se había adoptado bajo coacción de las organizaciones internacionales, a fin de llenar esencialmente el vacío institucional que habían creado sucesivos gobiernos conservadores en la década de 1990. En todo caso, los sucesivos gobiernos del AKP bajo el liderato de Erdogan han estado atareados llevando a cabo un descarte institucional a la mayor escala conocida en la historia de Turquía.

Esto venía impulsado por una lógica sencilla: para la élite del AKP, el equilibrio de poderes resulta disfuncional porque convierte el ejercicio de la ‘voluntad nacional’ en algo engorroso. La voluntad nacional se expresa mediante elecciones que gana el partido en competiciones multipartidarias. Las reglas de la competición multipartidaria sólo las puede concebir, a su vez, el partido de la mayoría que representa la ‘voluntad nacional’. Todos los demás partidos y organizaciones de la sociedad civil críticos se pueden demonizar como colaboradores de fuerzas internas y externas que se afanan en impedir que la nación exprese su voluntad. Esa es la razón por la que la retórica del AKP se ha basado en la ‘voluntad nacional’, más que en la democracia. Esa es también la razón por la que la práctica del AKP se ha orientado a eliminar los equilibrios de poderes legales, administrativos y de la sociedad civil que podrían impedir que el gobierno ejerciera el dominio de la mayoría absolutista. Esa es también la razón por la que la élite del AKP ha desplegado de modo gradual pero creciente el poder del Estado para equiparar disidencia a traición.

El proceso comenzó en fecha tan temprana como marzo de 2004, cuando el entonces primer ministro, Erdogan, acusó a quienes criticaban la brutalidad policial contra las mujeres que se manifestaban en Estambul de ‘eurochivatos’, queriendo dar a entender que se trataba de colaboradores que actúan en nombre de los ‘enemigos europeos’ de Turquía empeñados en hacer deacarrilar el ingreso del país en la UE. Atravesó varias fases, entre ellas la de detenciones arbitrarias generalizadas durante las operaciones de Ergenekon y Balvoz en 2007-2008, en buena medida sobre la base de pruebas inventadas, el establecimiento del control ejecutivo sobre el poder judicial, el uso excesivo de la violencia del Estado contra manifestantes pacíficos en el Parque Gezi y en toda Turquía en 2013, el encubrimiento de extendidos escándalos de corrupción organizados centralizadamente en 2014, el encubrimiento de envíos de armas y municiones a grupos islamistas radicales en Siria, etc.

Como consecuencia de ello, Turquía se acercó a las elecciones de junio de 2015 con instituciones enormemente disfuncionales. Turquía es hoy un país con los peores indicadores institucionales entre su grupo de renta por lo que toca al imperio de la Ley, a la comunicación y rendición de cuentas, a la estabilidad política y ausencia de violencia política, y al control de la corrupción. Así, por ejemplo, un informe redactado por un grupo de abogados británicos y financiado por un enemigo reciente del AKP, el Movimiento Gulen, concluye que el gobierno del AKP “se ha entrometido para dar lugar a tribunales ‘supinos’ [pasivos], sitios censurados en la Red, restricciones a la libertad de expresión, investigaciones sobre corrupción bloqueadas y detenidos sometidos a un trato degradante”.

El poder judicial se ha convertido en apéndice del poder ejecutivo. Ha formado parte  del empeño por encubrir un amplio abanico de escándalos de corrupción en los que estaban implicados no sólo altos funcionarios del AKP y empresarios vinculados al AKP sino también el presidente Erdogan y varios miembros de su familia. Se autorizaron encubrimientos semejantes en relación con el envío de armas y municiones a grupos islamistas radicales en Siria.

No solo las instituciones de gobernación sino instituciones más tenues como normas y valores han quedado enormemente distorsionadas. Así se hizo evidente en declaraciones de la Presidencia de Asuntos Religiosos en lo más alto y de sermones religiosos en las mezquitas, que han absuelto al gobierno de las alegaciones de corrupción. La justificación es sencilla pero reveladora: las acusaciones de corrupción no deberían restarle valor al hecho de que el gobierno ha sido un buen servidor de la nación.

Los gobiernos occidentales (de Europa y los EE.UU.) no han llegado a tomar ninguna medida contra un gobierno turco que sacrifica a las instituciones, con la excepción de declaraciones descafeinadas que expresaban cierta ‘inquietud’ pero se apresuraban a añadir que Turquía es un socio estratégico esencial. La misma crítica se puede extender a organizaciones internacionales como la OCDE, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, que sermonean a los países pobres acerca de la calidad de las instituciones como determinante principal del rendimiento económico a largo plazo, pero no han llegado a hacer observación alguna sobre las implicaciones del descarte institucional para las perspectivas económicas de Turquía.
Hay que dejar sentado que el enfoque del ‘todo como de costumbre’ en relación a Turquía entraba en contradicción con la información de la que disponían. Ciertamente, el acuerdo con la administración norteamericana referente al uso de la base de Incirlik y la visita de Merkel ofreciendo dinero a cambio de controlar a los refugiados se produjo frente a declaraciones públicas por parte del vicepresidente norteamericano, Joe Biden, y el exembajador norteamericano en Turquía entre 2005 y2009, Eric S. Feldman. Ambos han señalado las razones por las cuales Turquía no resulta un socio fiable y debería ser excluida de las reuniones de seguridad de alto nivel. También ha de hacerse notar que el recrudecimiento de la violencia del Estado en  Kurdistán siguió o coincidió con los acuerdos antes mencionados.

Por ultimo, los mercados tampoco han sabido ponerle precio al descarte institucional en  Turquía. Es verdad que la lira turca ha perdido el 20% de su valor en los últimos seis meses y la afluencia de capital a corto plazo se han ralentizado como resultado de la incertidumbre política. Sin embargo, se ha mantenido la afluencia de capital a largo y los mercados ni siquiera pestañearon cuando:  (i) intervino el presidente impidió que el banco central elevara los tipos de interés; y (ii) los errores y omisiones netos en la balanza de pagos de Turquía (para resumir, dinero del mercado negro) mostraron más de una vez un aumento de varios miles de millones.

Y a partir de ahora, ¿qué?

La creencia popular entre los europeos y los funcionarios norteamericanos y comentaristas convencionales es que Erdogan debería escuchar (o que escuchará) el mensaje del electorado de que apoyaron al AKP porque querían paz y estabilidad. Creo que esas expectativas se basan en premisas erróneas y no llevarán más que a un apaciguamiento. Mi lectura de la hostilidad del AKP hacia el equilibrio de poderes institucional sugiere que Turquía se encamina hacia una mayor polarización y violencia.

Tal parece que el presidente y el gobierno del AKP mantendrán su retórica nacionalista y su enfoque militarista para la resolución del problema kurdo. Por añadidura, siguen sin remitir los ataques a los medios de información. Los editores de la revista Nokta (que había sido atacada varias veces con anterioridad) fueron detenidos al día siguiente de las elecciones y el último número ha sido retirado de los quioscos. Las declaraciones preelectorales de funcionarios del AKP y los llamamientos en medios leales indican que los ataques pueden extenderse a diarios nacionales, entre ellos a Cumhuriyet (un diario crítico cercano al principal partido de la oposición, el Partido Popular Republicano,  CHP) y a Hurriyet (un diario populista cuyos propietarios han sido blancos de Erdogan repetidas veces).

Como resultado de estas opciones, la élite del AKP es hoy incapaz de idear una estrategia de salida aunque quiera. ¿Cómo puede relajar el AKP su hostilidad hacia el PKK y el HDP sin enemistarse con varios de sus diputados y activistas del partido en provincias como Gaziantep, Adiyaman y Urfa cuyo capital político consiste en criminalizar al HDP y a los kurdos que exigen autonomía? ¿Cómo puede el AKP dejar de utilizar al poder judicial como disparador contra los oponentes sin alentar llamamientos más contundentes de la oposición para investigar adecuadamente alegaciones de corrupción, filtraciones de seguridad y potenciales crímenes internacionales a lo largo de la frontera siria?   

Dada esta configuración, Occidente, las organizaciones y mercados internacionales observarán desde cierta distancia el sufrimiento de grandes sectores de la sociedad turca a manos de una élite política cuyo proyecto se torció a causa de su obsesión con un poder sin límites, disfrazado de ejercicio de la voluntad nacional. Los gobiernos occidentales se mostrarán ruidosamente críticos en público, pero tratarán también de asegurarse acuerdos de negocios que implicarán buen número de contratos relacionados con la defensa. En cierto modo, la actual situación de de Turquía es una imagen en un espejo de aumento de lo que lleva torcido en la política occidental desde la intervención militar en Irak.

profesor de Economía e Instituciones en el Departamento de Negocios Internacionales y Economía de la Universidad de Greenwich, en el Reino Unido.
Fuente:
Social Europe Journal, 4 de noviembre de 2015
Traducción:
Lucas Antón