"Las que limpian los hoteles” del capitalismo turístico canalla

Rafael Borràs Ensenyat

27/11/2015

Las multinacionales y las grandes y medianas empresas de la industria turística son especialmente canallas, es decir, según la definición del diccionario de la lengua castellana, son depreciables, malvadas, ruines y de malos procederes. Entre estos procederes malvados está la hipocresía propia del capitalismo que, en el caso turístico, es superlativa. El Código ético mundial para el turismo[1] es, en la práctica,  pura retórica, y, debajo de su aparente amabilidad generadora de empleo y oportunidades para las comunidades locales, se esconden grandes inversiones de origen más que sospechoso y unas geografías de capitalismo propio de la “financiarización” nada amables[2]. Su imagen de “industria sin chimeneas” oculta el grandísimo impacto medioambiental del viaje en sí mismo -sobre todo en trasporte aéreo-[3], la huella ecológica que provoca esta industria sobre las distintas zonas turísticas masificadas del planeta, y la reiterada practica de bordear, cuando no incumplir descaradamente, la legalidad medioambiental[4]. Y, con la excusa de ser un sector económico de fuerte componente estacional en la demanda y en la oferta, de mano de obra poco cualificada, y, de paso, donde ha sido inexistente un factor trabajo con organización “fordista” se justifica que la normalidad laboral del sector sea la temporalidad. Pero la realidad es que, detrás del, pongamos por caso, glamour del turismo de lujo, de la masividad del turismo para lo que queda del “proletariado  industrial” y de las proletarizadas “clases medias” y “medias-bajas”, del turismo cultural o de naturaleza, e, incluso, del de discoteca, borrachera o sexual… se esconde una realidad laboral muy canalla. Los hombres, pero sobre todo las mujeres, que trabajan o han trabajado en la industria hotelera pueden afirmar con conocimiento de causa que: “a la mayoría no nos azotan en nuestros centros de trabajo. No hace falta. La jornada laboral se infiltra en nuestras almas[5].

Muchos trabajadores y, fundamentalmente, las trabajadoras que limpian los hoteles suscribirían como propia la vivencia de que “Cada día, cuando accedemos a nuestro puesto de trabajo, renunciamos a nuestra soberanía como ciudadanos para someternos al dictado de normas despóticas y arbitrarias. En las empresas aceptamos una subordinación que en cualquier otro lugar, incluida nuestra vida familiar, nos resultaría repugnante[6]. Pero hay resistencias e, incluso, algunas victorias. Es cierto que el movimiento sindical internacional y local no protagoniza una de sus mejores etapas. Esto es tan cierto cómo lo es que no estamos, ni mucho menos, en presencia del fin de la historia del sindicalismo obrero. La campaña “Make up mywork-place” (Arreglen mi puesto de trabajo), que desde hace algunos meses impulsa la Unión Internacional de Trabajadores de la Alimentación, Agrícolas, de Hoteles, Restaurantes, Tabaco y Afines (UITA), es un buen ejemplo de esta vitalidad resistencialista del movimiento sindical.

La situación laboral-turística española, por la importancia del sector, no podía faltar en esta campaña internacional que pretende visibilizar y dignificar el trabajo de las camareras de pisos de los hoteles. Pues bien, como un elemento de apoyo a dicha campaña acaba de publicarse un libro titulado "Las que limpian los hoteles. Historias ocultas de precariedad laboral" que, siendo una iniciativa de Alba Sud y UITA, ha contado con la colaboración de CCOO y UGT y de la editorial Icaria.

El libro de Ernest Cañada[7] tiene, al menos, dos grandes aciertos. Por una parte la capacidad de sintetizar una explicación rigurosa de una apuesta empresarial que sólo piensa en cómo maximizar beneficios, aunque sea a expensas de la máxima precarización de la ocupación. Una precarización que el autor define como “un aumento de las condiciones de explotación y vulnerabilidad que sufren las clases trabajadoras”, y añade que “las camareras de pisos son uno de los colectivos laborales que más se ajusta a este patrón”. Esta precariedad laboral provoca, incluso, un fuerte deterioro de las condiciones de salud física y psíquica de las trabajadoras, hasta el punto que casi es imposible que aguanten trabajando, con los ritmos y cargas de trabajo exigidas, hasta la edad normal de jubilación. La precariedad laboral es también la negación de los derechos democráticos en los puestos de trabajo, una realidad que Ernest Cañada define con precisión: “La dificultad de las trabajadoras de organizarse libremente, sin temor a las represalias empresariales, supone un estado de coerción que niega las bases del que puede considerarse un trabajo decente, tal como lo establece la Organización Internacional del Trabajo (OIT)”.

Por otra parte, y en mi opinión, lo más importante del libro es la reivindicación de la centralidad del factor trabajo en la política turística. Cañada pone un ejemplo ilustrativo al escribir que “las reformas que se hacen en las habitaciones normalmente no han sido pensadas para favorecer el trabajo de quien las limpia”. Yo añadiría que, seguro que en algunos lugares turísticos de España habrá hoteles, de nueva construcción o reformados, que hayan introducido alguna modernidad, como, por ejemplo, sistemas de ahorro energético o de agua. Pero dudo que la ‘modernización de la planta hotelera’ haya significado la implantación de mejoras tecnológicas y ergonómicas para facilitar el trabajo a las camareras de pisos. Ernest Cañada tiene, pues, mucha razón cuando escribe: “la cuestión del trabajo no ocupa ni de lejos la centralidad en la discusión política sobre el turismo”.

No obstante el grueso del libro -y lo que lo hace imprescindible- son las entrevistas a 26 camareras de pisos que trabajan en hoteles de significativas zonas turísticas españolas (Playa de Palma en Mallorca; Lloret de Mar, Barcelona y Cambrils en Catalunya; Madrid; Cádiz y Málaga en Andalucía; La Coruña, en Galicia; Cáceres, en Extremadura; y Valencia). Las palabras de estas mujeres son un grito coral de dignidad que hace visible el trabajo oculto en los hoteles. Permitidme que trascriba algunas de estas palabras, elegidas al azar:

“Entramos a las 7 de la mañana y lo primero que hacemos  son las zonas nobles (comedor, bar, salón… vamos, todo lo que pisa el cliente) y luego nos suben arriba. Entonces tenemos 4 o 5 horas para hacer 20 habitaciones, con todas las tonterías que tiene una habitación de 4 estrellas. Normalmente a las 2 tiene que estar todo listo. Y entonces bajamos, comemos, y luego de 2.30 a 3.30 tenemos que contar ropa, hacer pasillos, recoger bajar y dejarlo todo. Es una presión impresionante. Y cada día tenemos 4 o 5 salidas, y esto o hay quien lo aguante”.

“Es que todas llevamos medicamentos. Yo el espidifré para el dolor y otras pastillas para la ansiedad. Por la mañana me levanto y me tomo las pastillitas. Es que el cuerpo te duele, Llega un momento que del movimiento constante te duele todo: brazos, hombros,… Entonces te tomas las pastillas y así es como aguantas”.

“Siempre hemos tenido mucho trabajo, pero con la crisis esta situación se ha agudizado. Cuando empecé hace 19 años teníamos muchísimo trabajo, pero éramos como una gran familia y el trabajo se podía llevar, nos ayudábamos entre compañeras. Ahora ha crecido el número de eventuales y hacen lo que les dicen. Y esto está perjudicando el trabajo de las fijas discontinuas porque se supone que si ellas pueden nosotras también. Entonces cuando nos quejamos, nos dicen que la puerta la tenemos abierta y hay una cola que da la vuelta”.

“Yo estoy con tratamiento médico. Tomo opiáceos para poder aguantar”.

“A mí me han robado la salud, y como a mí a todas mis compañeras”.

“De cobrar sobre los mil euros pasamos a ganar 720, haciendo el mismo trabajo”.

“No sabes cuándo vas a trabajar hasta un día antes, tienes que estar siempre disponible”.

“El primer año que entré estuve contratada por el hotel, pero al año siguiente externalizaron el departamento de pisos, que es el único que tienen externalizado, el resto del hotel es del hotel…”.

“Pues hasta hace poco realmente no hemos sabido qué productos estábamos utilizando. Los botes no llevaban el etiquetado, ni nada…”

El libro incluye algunos testimonios de apoyo a las entrevistadas. Me interesa especialmente hacer referencia a las palabras de un médico con largos años de trabajo en el Centro de Salud de una localidad mallorquina muy turística quien, entre otras muchas cosas, afirma: “Aún no he visto a ninguna camarera de pisos llegar a jubilarse a los 65 años”; “El tratamiento de estas pacientes es muy difícil porque además del sufrimiento puramente físico y orgánico hay un sufrimiento  psicológico. ¿Por qué? Por el estrés…”. Sobre la automedicación tan generalizada entre el colectivo de camareras de piso afirma: “Tomar durante veinte años seguidos ibuprofeno cada mañana para poder ir a trabajar, para aguantar, y luego un alprazolan-el famoso Trankimazin- porque les pega la ansiedad al mediodía, y por la noche algo para poder dormir, porque van estresadas, es un problema serio….  Y en mujeres como estas, que lo toman durante meses o años, como en todas las adicciones, necesitas cada vez mayores dosis. Cuando intentas quitárselos cuesta mucho trabajo…”.

En el discurso turístico neoliberal domínante en España es muy frecuente plantear como una cuestión de vida o muerte del sector turístico las reformas integrales de las zonas turísticas envejecidas, y la ordenación y control de la turistización de las ciudades. Dicho debate me parece bien, pero no deja de ser una indecencia colosal que de este debate se excluya el cómo se garantizan unas condiciones de trabajo dignas, con cero explotación laboral y con unos salarios realmente distributivos de la riqueza genera. En estos términos está planteada, en mi opinión, hoy la lucha de clases en la industria turística. En los hoteles del mundo entero sigue siendo muy cierto aquello que hace ya más de 150 años escribió Karl Marx: “En la relación establecida entre el obrero y el capitalista, el obrero cede en un tiempo determinado su capacidad de trabajo y la cede en el sentido más riguroso de la palabra. Es decir que durante un tiempo determinado su subjetividad, su trabajo ya no le pertenecen. El capitalista se comporta frente a la fuerza de trabajo como el comprador se comporta con relación a cualquier mercancía adquirida, o sea, dispone de una manera absoluta de su valor de uso”.

Gracias Ernest Cañada y gracias Alba Sud por el trabajo que realizáis, y por haber dado voz a las que en la política turística casi nunca la tienen; por haber dado a conocer estas historias de vida de las que en los hoteles no disfrutan de las vacaciones sino que sufren las precariedades laborales y vitales de este capitalismo canalla del siglo XXI. Y gracias sobre todo a “las que limpian los hoteles” por vuestra dignidad y valentía al enseñar esta cara oculta y amarga del bucólico nihilismo turístico.

Notas:


[1] Ver texto íntegro del Código ético mundial para el turismo aquí:

http://dtxtq4w60xqpw.cloudfront.net/sites/all/files/docpdf/gcetbrochureglobalcodees.pdf

[2] Vean Capitalismo y turismo en España. Del “milagro económico” a la “gran crisis”. Ivan Murray Mas. Alba Sud (2015) disponible en:  http://www.albasud.org/publ/docs/68.ca.pdf

[3]A pesar de que dentro de este sector no existen factorías con chimeneas, sí que su actividad tiene un impacto en el medio. ‘Específicamente el turismo, incluyendo sólo el transporte, la hotelería y los servicios, representa un 5% de las emisiones totales de CO2, el principal gas de efecto invernadero, ya que equivale al 60% del efecto invernadero de origen antrópico’, apunta Fernández Miranda. La industria turística, especialmente a través del transporte aéreo, genera otras importantes emisiones de GEI, notablemente de óxidos de nitrógeno (NOx). El nivel real de impacto climático del sector turístico internacional podría alcanzar, con datos de 2005, hasta el 14%, según señala este investigador.” (“Hacer turismo contamina”. De Marta Garijo en Diario.es de 14/11/2015.) Disponible en:

http://www.eldiario.es/economia/turismo-sostenible-busca-menor-impacto_0_451105750.html

[4] Hace pocos días la prensa local de Baleares informaba que la compañía hotelera mallorquina RIU irá a juicio acusada de haber arrasado un bosque para construir un macrohotel en Costa Rica.

[5]“Capitalismo canalla. Una historia personal del capitalismo a través de la literatura” César Rendueles.  eix Barral (2015).

[6]“Capitalismo canalla. Una historia personal del capitalismo a través de la literatura” César Rendueles.  Seix Barral (2015)

[7] Ernest Cañada es investigador especializado en turismo responsable. Actualmente es coordinador del centro de investigación y comunicación Alba Sud y colaborador de la Red-UITA.

 

fue secretario general de la Federación de Comercio, Hostelería y Turismo de CCOO de Balears y miembro de la Comisión Ejecutiva de la CS de CCOO de les Illes Balears. Actualmente trabaja como coordinador de programas de la Fundación Gadeso
Fuente:
www.sinpermiso.info, 27-11-15