Lemberg, fuente del Derecho Internacional: La ciudad que inventó la verdad. Dossier

Maxime Laurent

Anne Dastakian

Lisa Appignanesi

13/11/2017

Recientemente publicado en castellano como Calle Este Oeste (Anagrama, Barcelona, 2017), http://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/calle-este-oeste/..., el libro del jurista y escritor Philippe Sands, East West Street: On the Origins of Genocide and Crimes Against Humanity [Weidenfeld & Nicholson, Londres, 2016], se ha editado también en Francia con el título de Retour à Lemberg (Albin Michel, París, 2017). Recogemos dos reseñas francesas y una británica sobre esta obra de excepción. 
 
Lemberg, origen del Derecho Internacional


 Maxime Laurent
 
¿Cómo se convirtió Lviv (Lwow en polaco), próspera ciudad conocida antaño por el nombre de Lemberg [Leópolis, en castellano], en cuna del Derecho Penal internacional? Parte activa de los intentos de procesar a los responsables de matanzas masivas en Chile, en Ruanda, en Chechenia o en Siria, el abogado Philippe Sands ha llevado a cabo una investigación extraordinaria. En primer lugar, regresando a Lviv para seguir las huellas de su abuelo Léon Buchholz, que escapó del Holocausto. Al hilo de sus investigaciones, descubrirá que es también allí donde estudiaron dos eminentes juristas, Hersch Lauterpacht y Raphael Lemkin, los cuales desempeñaron un papel de primer orden en los procesos de Nuremberg. Si los tres hombres, nacidos todos en torno a 1900, pudieron expatriarse a tiempo, sus familias fueron, como el conjunto de la comunidad judía de Lemberg, diezmadas por la solución final que supervisaba sobre el terreno el criminal nazi Hans Frank, el “abogado preferido de Hitler”, gobernador del territorio y condenado a muerte en 1946. Búsqueda personal y magistral lección de historia, el trabajo llevado a cabo por Sands, rico de hallazgos en los archivos y de testimonios inéditos, reconstruye tanto el recorrido de estos cuatro personajes como las miradas sobre la empresa genocida del III Reich.
 
Situada en el centro de Europa, Lemberg fue “un lugar de raíces intelectuales profundas donde las comunidades de cultura, de lengua y de religión se entrechocaban”. Y con razón: sólo entre 1914 y 1944, la ciudad cambió ocho veces de manos y de nombre, tan pronto rusa como alemana, ucraniana, polaca…Para Buchholz, Lauterpacht y Lemkin, el final de la Gran Guerra no pone fin al horror: más de un millar de judíos de Lviv, capital del ducado de Auschwitz, son asesinados durante los progromos. Sin embargo, la mayoría se queda.   

Léon Buchholz se decidirá a partir dos décadas más tardes. Instalado en Viena, pero expulsado en 1938 (tras la incorporación de Austria a la Alemania nazi), logra llegar a París. No evocaría jamás este pasado “encerrado en una cripta” ni su compromiso con el Ejército francés en septiembre de 1939, y todavía menos su cercanía a los resistentes de “l´Affiche rouge” [el grupo Manouchian]. Su pariente lejano Hersch Lauterpacht no tuvo necesidad de pasar a la clandestinidad: en la locura de los progromos, abandona Lviv rumbo a Viena, donde los judíos del Este no eran bienvenidos. Mientras que sus profesores de la Universidad alaban sus “extraordinarias cualidades intelectuales”, él demuestra un antinacionalismo visceral, además de una sed de justicia que le empuja a dedicarse a los derechos de los individuos frente a los estados, una noción jurídica “inconcebible” en la época.    
 
Instalado en Londres en 1923 y convertido en profesor de Derecho Internacional en Cambridge, no por ello sigue menos en contacto con su familia de Lwow, hasta el estallido de la guerra. En septiembre de 1939 la ciudad pasa a estar bajo ocupación soviética, “difícil, pero no verdaderamente peligrosa”, y luego alemana en el verano de 1941, tras la ofensiva del Reich contra la URSS. Desde ese momento, cesan las raras noticias sobre los suyos. Eso no impide que las informaciones procedentes del Este permitan augurar lo peor. Lacerado por la revelación detallada de las atrocidades nazis, Lauterpacht se convierte a partir de este momento en miembro del equipo del fiscal general del tribunal militar de Nuremberg. Ejerce entonces toda su influencia para que se inscriban los “crímenes contra la humanidad” en la carta del primer tribunal penal internacional de la historia. 
 
El exfiscal polaco Raphael Lemkin sigue una trayectoria análoga: el mismo mentor, la misma especialización, el mismo exilio, bien que tardío. Implicado en la puesta en marcha de una Organización de las Naciones Unidas balbucientes, teoriza la noción de “genocidio”: censurada por muchos de sus colegas, esta “palabra nueva” se le hizo evidente en 1943, cuando estudiaba en Washington los textos legislativos firmados por Hans Frank. Auténtica caricatura de nazi, Frank, uno de los “principales juristas del nacional-socialismo”, había en efecto normalizado la barbarie, que pone personalmente en práctica como “rey de una Polonia ocupada”. El proceso de los jefes del III Reich, a veces calificado de “justicia de los vencedores” se convierte también en el de sus víctimas.    
 
L´Obs, nº 2761, 5-11 de octubre de 2017  


 
La ciudad que inventó la verdad

Anne Dastakian
 
Existe una ciudad, Lemberg, ayer austro-húngara, hoy ucraniana, en la que dos juristas, Raphael Lemkin y Hersch Lauterpacht, idearon en la postguerra los conceptos claves de la justicia internacional. Esta ciudad fue también la de la familia materna de Philippe Sands, que le ha consagrado un libro magnífico.
 
“En Francia mi libro ha sido inmediatamente clasificado en el casillero de la Shoá [el Holocausto]. En otros lugares, se ha subrayado más bien su valor universal” constata, fatalista, Philippe Sands. Hay que decir que, si bien francés por parte de madre, Philippe Sands ha vivido sobre todo al otro lado del Canal de la Mancha, y es un producto puro del famoso derecho anglosajón, en muchos aspectos diferente del nuestro. Se debe sin duda en parte a esto que algunos de nuestros apasionados debates franco-hexagonales –sobre todo, los de las llamadas leyes de la memoria – se le escapan a este eminente jurista internacional, especialista en derechos humanos, que intervino entre otros en el proceso de extradición de Augusto Pinochet, del Reino Unido a España, en 1999, pero también en el de Guantánamo, y en una serie de procesos que implican las nociones de “crímenes contra la humanidad” y “genocidio”. Justamente al origen de estos términos, convertidos hoy en comunes y familiares, nos transporta Retour à Lemberg.
 
Para Sands, el elemento desencadenante fue la invitación a pronunciar una conferencia en otoño de 2010 por parte de la Universidad de Lviv (nombre actual de la antigua Lemberg austro-húngara, centro histórica de la Galicia y luego de la Lwow polacas, hoy situada en Ucrania occidental). Por una curiosidad personal y familiar (su abuelo parisino, Léon Buchholz, había nacido en Lemberg, en 1904), descubre entonces que dos eminentes juristas judíos, cruciales para el surgimiento de la justicia internacional –Raphael Lemkin (1900-1959), pero también Hersch Lauterpacht (1897-1960)-, habían estudiado y enseñado ambos en Lemberg. El primero, sensible a la especificidad de la matanza de los armenios a manos de los turcos en 1915, forjó en 1945 el término “genocidio”; el segundo estableció el concepto de “crimen contra la humanidad”, y las dos nociones se difunden como actualidad en el momento del proceso de Nuremberg, entrando en competencia.
 
Del genocidio a los crímenes culturales   
 
De coincidencias a encuentros (el azar hizo, por ejemplo, que el propio hijo de Lauterpacht fuera profesor suyo en Cambridge), Sands llevará a cabo varios años de investigación desenrollando de manera consciente muchos hilos conductores para escribir Retour à Lemberg, cuya lectura es tan apasionante y adictiva como una novela de aventuras. Más allá de la historia de su familia, la de Lauterpacht y la del muy emotivo Lemkin, que se esfuerza por persuadir a sus colegas de la necesidad de innovar en materia de Derecho Internacional, el autor nos sumerge también en la intimidad de Hans Frank, también él jurista, puesto que fue abogado de Hitler antes de verse promovido a “rey” de Polonia, y luego a carnicero de la misma.
 
Hasta la II Guerra Mundial, nada podía impedir, y todavía menos prohibir, a un dirigente soberano expoliar, ¡incluso masacrar a su antojo a aquellos de sus conciudadanos que juzgara inútiles! El libro insiste en el debate fundamental, cada vez más vivo hoy en día, entre dos tesis: la del “genocidio” defendida por Lemkin, ardiente partidario de la defensa de grupos, y la de Lauterpacht, para quien la noción de “crimen contra la humanidad” designa una matanza de individuos a gran escala. “Hoy en día, mucha gente considera los crímenes contra la humanidad como algo menos grave que el genocidio”, deplora Sands, que se considera “intelectualmente más cercano a Lauterpacht”, pero a favor de una ampliación del genocidio, que cubriría también los crímenes culturales. “Creo que nos hace falta una convención sobre crímenes contra la humanidad”, añade con voz tan dulce como decidida.
 
Marianne, nº 1072, 6-12 de octubre de 2017


 
Poner en palabras el genocidio

Lisa Appignanesi
 
El 20 de noviembre de 1945, exactamente diez infernales años después de que las Leyes de Nuremberg de los nazis hubieran instituido la legalidad del antisemitismo – despojando a los judíos de su ciudadanía, derechos, propiedad y, finalmente, de su vida – la antigua ciudad bávara albergó los juicios por crímenes de guerra que dieron nacimiento al moderno sistema de justicia internacional.
 
Por primera vez en la historia, se procesó a líderes nacionales por sus hechos homicidas ante un tribunal internacional. Hermann Göring y otros destacados nazis como el “carnicero de Polonia”, Hans Frank, preeminente asesor legal de Hitler y cabeza del “Gobierno general” de la Polonia ocupada, afrontaron su último juicio. Allí fue también donde los conceptos de “crímenes contra la humanidad” y “genocidio”, tan centrales para la vida contemporánea, tuvieron su primera aparición en una sala de vistas.
 
Philippe Sands comienza en Nuremberg este libro importante y atractivo. El juicio de Frank le dota de su momento culminante. No resultará una sorpresa que Sands sea un destacado abogado de derechos humanos que participó en el juicio para la extradición de Pinochet, así como en muchos casos claves que llegaron hasta el Tribunal Penal Internacional. La sorpresa es que incluso rastreando las complejidades de la ley, la escritura de Sands mantiene la intriga, el ímpetu y la densidad material de una novela de suspense de primera.

Pero, al cabo, no se trata únicamente de la historia de los juicios de Nuremberg y de las leyes sobre derechos humanos inscritas en el mapa global. Un hilo del libro, y acaso el que lo provoca, es una memoria familiar que desentierra la vida del abuelo materno de Sands, bastante taciturno, Leon Buchholz, y de su esposa Rita. De niño, y luego ya de joven, Philippe visitaba a sus abuelos en París, donde vivían. Nunca supo mucho de su historia, salvo que se trataba de judíos que procedían, en el caso de Leon, de Lemberg, y en el de Rita, de Viena. Los lúgubres años de la guerra, la pérdida de progenitores y parientes en los campos de la muerte, o el penoso periodo anterior a la guerra, rara vez se mencionaban. 

La madre de Sands nació también en Viena. Luego, misteriosamente, la trajeron a París, siendo una niña, en el verano de 1939 para reunirse con su padre, mientras su madre se quedaba en una ciudad que suponía ya un riesgo para los judíos. Las razones de esta separación no le quedaban claras a nadie cuando Philippe empezó a hacer preguntas. .

Su relato insinúa que su primera curiosidad acerca de estos asuntos del pasado cristalizó solo cuando le llegó una invitación pidiéndole que diera una conferencia sobre derechos humanos en la ciudad de Lviv. Dependiendo del punto de la historia y los desplazamientos de las regiones de precarias fronteras de Europa oriental, Lviv es una de esas ciudades cuyo nombre se metamorfosea fácilmente en Lwów o Lemberg. Avanzadilla oriental del imperio de los Habsburgo en la región de Galicia, esquina occidental de Rusia, orgullosa ciudad de la Ucrania de breve independencia, luego de Polonia, luego de Rusia, luego de Alemania y vuelta otra vez, la única constante de Lwów hasta los terrores de la II Guerra Mundial era su considerable población judía, de unas cien mil personas.
 
Entre ellos se contaban dos brillantes pensadores jurídicos cuyas vidas ofrecen otras hebras del relato entretejido por Sands. Hersch Lauterpacht, profesor de Derecho Internacional, y abogado ya de derechos humanos en la década de 1920 y 1930, creció en Lwów, no lejos de la misma familia Buchholz de Sands. Es esta la “Calle Este Oeste” de su título.
 
Ahuyentado por uno de los estallidos regulares de antisemitismo (el barrio hebreo fue incendiado en 1918) y la imposibilidad como judío de presentarse a los exámenes de Derecho, Lauterpacht se marchó a Viena en 1919. Esa ciudad era sólo ligeramente menos alérgica a los judíos en los años inmediatamente posteriores a la I Guerra Mundial, y pronto él y su nueva esposa viajaron a Inglaterra y a la London School of Economics. La tesis doctoral de Lauterpacht ya había puesto los cimientos de las obligaciones internacionales que refrenarían el poder que el Estado tenía sobre los individuos. Acabaría aceptando un puesto en Cambridge, donde su hijo, Sir Elihu Lauterpacht, sería un día profesor de Philippe Sands. Lauterpacht incluyó la acusación de “crímenes contra la humanidad” – es decir, actos homicidas contra individuos por parte del Estado, con bastante frecuencia contra sus propios ciudadanos – en los juicios de Nuremberg y preparó una parte substancial de las alocuciones de Sir Hartley Shawcross, el fiscal jefe británico.
 
Al igual que Lauterpacht, Raphael Lemkin estudió también en la Facultad de Derecho de Lwów. Se convirtió en un significado fiscal polaco antes de que los acontecimientos le obligaran a marcharse a los EE.UU. Fueron su pensamiento y sus presiones sobre el equipo legal norteamericano las que pusieron en movimiento el delito de genocidio – crímenes contra una raza o un grupo sobre la base de su identidad – en Nuremberg, y en 1948 vio cómo lo adoptaba la Asamblea General de las Naciones Unidas.
 
Aunque el genocidio se ha convertido en nuestra época de derechos humanos en el crimen de los crímenes en los tribunales internacionales, Sands se mantiene un poco receloso frente Lemkin. Evoca una vida personal que es, si acaso, un poco turbia, sexualmente hablando. Entretanto, la conducta social de Lemkin resalta como un tanto decidida en exceso, hasta febril, en el previo de los juicios de Nuremberg, cuando apremia acerca de la necesidad de que se reconozca el genocidio como crimen dominante de los nazis, algo que precede a la guerra misma. En un  pasaje fascinante, Sands confiesa que la sospecha de Lauterpacht respecto a ello ha aparecido como algo justificado en juicios más recientes por genocidio, cuando la necesidad de demostrar solidaridad con las víctimas y activar una identidad de grupo ha reforzado a veces los errores y ha convertido la reconciliación política en algo casi imposible.
 
Junto a su abuelo “de sangre”, Leon, los otros dos judíos de Lwów, Lauterpacht y Lemkin, se convierten para Sands en una suerte de manto profesional de abuelos. Escruta detenidamente lo que llama la “mugre de las evidencias” con tanta diligencia como en el caso de su familia. Sands demuestra celo de abogado en las pruebas, adentrándose en un trabajo de detective de largo alcance y cribando lo que encuentra con magistral inquisición forense. Puede conjurar mágicamente historias completas de heroísmo en tiempos de guerra sacadas de direcciones de ocho décadas atrás. O bien, persiguiendo la pista de una foto desvaída, puede desenterrar posibles abuelos alternativos y relaciones ilícitas solo verificables con una prueba de ADN.
 
A veces, la pura energía de su ojo inquisitivo sugiere que está dispuesto a juzgar de nuevo una vez más a los perpetradores del Holocausto, no tanto por rabia o rectitud sino porque la evidencia de sus crímenes resulta tan abrumadora. En Treblinka, el campo de la muerte que los nazis trataron de sepultar, ve la impronta del Gobierno general de Frank, que tenía jurisdicción sobre Lemberg, así como sobre Treblinka, junto al comandante del campo, Franz Stangl. Es “una señal negra, indeleble y definitiva respecto al asunto de la responsabilidad”.
 
El retrato que hace Sands de Frank, el abogado que siguió el mal camino, y su juicio en Nuremberg, ofrecen el potente hilo final de este relato. El hijo de Frank, Niklas, trabó amistad con Sands durante la investigación, y junto a Horst, hijo de Otto Von Wächter – gobernador de Galicia y por tanto el hombre inmediatamente a cargo de la solución final en Lemberg – fue tema de la película de Sands, My Nazi Legacy.
 
East West Street constituye un volumen memorial de excepción. De paso, subraya que fueron abogados judíos, hombres con experiencia directa de la persecución, los que pusieron los cimientos del Derecho humanitario. Acaso Sands se haya inspirado en ese gran erudito e historiador, Yosef Yerushalmi, que preguntaba conmovedoramente: “¿Es posible que el antónimo de ‘olvidar’ no sea  ‘recordar’, sino justicia?”
 
The Guardian, 22 de mayo de 2016

es periodista del semanario francés Marianne.
es periodista del semanario francés Marianne.
(1946), escritora, novelista, profesora de Literatura, crítico y activista por la libertad de expresión, preside la Royal Society of Literature.
Fuente:
Varias
Traducción:
Lucas Antón