Los científicos no resultan muy convincentes. Entrevista a Massimo Pigliucci

Massimo Pigliucci

03/10/2018

Massimo Pigliucci nació hace 54 años en Liberia, creció en Roma, y ha estado enseñando en los Estados Unidos durante muchos años. Actualmente es profesor de Filosofía de la City University de Nueva York. Pero durante los primeros 25 años de su carrera académica trabajó en el campo de la biología evolutiva en universidades de Connecticut, Tennessee y Nueva York.

Pigliucci también es popular fuera del mundo académico, gracias a su blog ahora extinto, Rationally Speaking, dedicado sobre todo al tema del pensamiento crítico y la lucha contra la pseudociencia. Su último libro publicado en varios países es Cómo ser estoicos. Utilizar la filosofía antigua para vivir una vida moderna [Ariel, Barcelona, 2018] (en Italia, Come essere stoici. Riscoprire la spiritualità degli antichi per vivere una vita moderna, ed. Garzanti). Como orador invitado el domingo [16 de septiembre] en el CICAP Fest de Padua, el festival organizado por la CICAP (Comité Italiano para el Control de las Afirmaciones de las Pseudociencias), dedicó su charla a la línea entre ciencia y pseudociencia, a la que ha dedicado buena parte de su tiempo. Le entrevista para il manifesto Andrea Capocci. 

¿Podemos fiarnos de que exista una clara línea de separación entre las dos?

Este es un tema sobre el que han trabajado filósofos como  Popper hasta los años 80, cuando Larry Laudan convenció a todo el mundo más o menos de que el problema no tenía solución. Por consiguiente, los filósofos abandonaron erróneamente el problema. En 2013, junto a Maarten Boudry, invitamos a los filósofos de la ciencia a volver sobre  esta cuestión y hemos recopilado sus respuestas en un libro titulado Philosophy of Pseudoscience: Reconsidering the Demarcation Problem (University of Chicago Press). Para resumir: no existe una frontera clara entre ambas. Sobre los extremos, como el creacionismo por un lado y la mecánica cuántica, por el otro, todos estamos de acuerdo. Entre estos existe una zona gris. Porque no basta con que una teoría sea errónea para que sea pseudocientífica: el error es una parte común de la ciencia. Antes o después toda teoría se verá desbancada por otra más eficaz. Pero si la gente sigue organizando investigaciones y congresos y escribiendo artículos acerca de una teoría equivocada, nos enfrentamos a  una pseudociencia.

Si ni siquiera los expertos lo consiguen, ¿cómo pueden los no expertos distinguir entre la verdad y los fraudes?

No se puede tener conocimientos en todos los campos y no puedes esperar que la gente sea capaz siempre de distinguir las teorías científicas de las noticias falsas. Pero hay algunos expertos en los que podemos confiar, a la vez que reconocemos que hasta los científicos cometen errores. Si se te rompe el coche, lo llevas al mecánico y confías en que te lo arregle, aunque no sea necesariamente honrado o infalible. Pero al mismo tiempo no confiamos en los científicos. Esto es una paradoja.    

De modo que, mientras los especialistas lo discuten todo sobre la base de los datos, los demás tienen que hacerse idea de en quién deberían confiar, aun a riesgo de pasar por alto a algún “genio incomprendido”.

Hay varias herramientas con las que hacerse una idea de a qué opiniones se les puede dar o no crédito. En 2001, el filósofo Alvin Goldman hizo una lista de cinco criterios para medir la fiabilidad de un experto, basándose en cómo ven sus ideas los colegas, sus títulos académicos y sus conflictos de interés. Se trata de un método útil. En los Estados Unidos, hay quienes apelan a “expertos” que andan negando la responsabilidad humana en el cambio climático. Los criterios de Goldman bastarían para que la gente comprendiera que no se trata de especialistas creíbles.

Hay muchos que hoy están criticando a los que publicitan el lema “La ciencia no es democrática”. Pero no está claro con qué se podría reemplazarlo. ¿Cómo podemos ganarnos la confianza de la gente mediante la popularización?

Se trata de un problema en el que se concentró Aristóteles: para que una idea sea convincente, necesita tres cosas, “logos,” “ethos” y “pathos.” Los científicos se basan  exclusivamente en el “logos,” es decir, en la teoría y los datos. Estos son necesarios, pero no suficientes. Se requiere “ethos” para dar la impresión de hablar en interés del lector. Esta es la razón por la que tratar al público con condescendencia no funciona. Y luego es que a los científicos les falta sobre todo “pathos”: la capacidad de tocar al oyente o lector(a) en un plano emocional, sobre todo cuando se refiere a cuestiones socialmente relevantes, como las vacunas y las migraciones. 

En el CICAP Fest, habló usted acerca de los peligros del “cientifismo”. Considerando todo lo que acaba de decir, ¿no supone un riesgo mayor de acabar desviándose al extremo opuesto?

En primer lugar, se trata de una cuestión de honestidad intelectual. Por ejemplo, hay quienes argumentan que la ciencia resolverá las cuestiones morales, pero esto no es cierto. Luego hay un problema más concreto: utilizar la ciencia como arma ideológica daña la reputación de la ciencia misma. Por ejemplo, yo soy ateo y soy uno de esos escépticos racionalistas. Pero creo que es cientifismo tratar de recurrir a la ciencia para demostrar que Dios no existe, como han intentado Richard Dawkins y otros. Se corre el riesgo de espantar a un público que es ya hostil a esa idea. Y con esto volvemos al tema de la confianza.

Según Richard Feynman, “la filosofía de la ciencia le resulta tan útil a los científicos como la ornitología a los pájaros”. ¿Se equivocaba en esto?

Podría responder señalando que sin ornitología muchas aves se habrían extinguido. De hecho, Feynman mismo hizo cierta filosofía de la ciencia. Y Stephen Hawking sostenía que la filosofía ya no era necesaria, pero publicó luego un libro sobre la filosofía de la astronomía. En Italia, el físico Carlo Rovelli está escribiendo cosas muy interesantes acerca de la filosofía de la ciencia. Pero Feynman tenía en parte razón, porque la filosofía de la ciencia no es en sí misma ciencia: sirve para completar la sociología e historia de la ciencia explicando cómo funciona y, lo que es más importante, cómo fracasa.

Filósofos y científicos han estado trabajando juntos, sobre todo en campos que tocan la verificabilidad empírica, como la teoría de cuerdas. Hace unos años recibí una invitación para acudir a Mónaco y dar una charla sobre la teoría de cuerdas. En aquel entonces pensé que los organizadores habían enviado la invitación por error al tipo equivocado. Pero en realidad buscaban a un experto en la cuestión de la demarcación, puesto que los físicos discutían acerca de Popper, acerca de ciencia versus  pseudociencia, pero no sabían mucho de filosofía de la ciencia. De modo que los físicos, premios Nobel incluidos, vinieron a oír mi conferencia introductoria sobre Popper.

Afirma usted que atravesó una “constructiva crisis vital en la mediana edad” ¿Qué es lo que sucedió?

Tenía cuarenta años y enseñaba biología evolutiva en la Universidad de Knoxville, Tennessee. El laboratorio de investigación iba bien: había publicaciones, premios, financiación e investigadores. Pero tenía la impresión de hacer la misma investigación una y otra vez. Esto le pasa a mucha gente. Lo típico que se hace es que miras en otros campos académicos cercanos buscando inspiración nueva.  Pero yo hice mi doctorado en biología molecular en Italia, de modo que no había para mí nada nuevo en este enfoque. Luego llegó a Knoxville un filósofo joven, Jonathan Kaplan. Me preguntó por la interacción entre genes y medio ambiente. Nos hicimos amigos y comenzamos a publicar juntos. Como lo estaba disfrutando, decidí volver a estudiar: con el visto bueno de mi Universidad, mientras dirigía mi laboratorio de investigación, me doctoré en Filosofía, con Jonathan de supervisor mío. Hoy, casi diez años más tarde, enseño filosofía en la City University de Nueva York. Me ayudó la libertad de las universidades norteamericanas.

El CRISPR y los nuevos descubrimientos de la genética están renovando el interés en los problemas filosóficos, de la eugenesia al determinismo genético. ¿No es un buen momento para volver a la biología?

Estoy trabajando en estos temas como filósofo. Las nuevas biotecnologías apuntan la necesidad de un debate público. Nos hace falta entender la complejidad de los mecanismos evolutivos, que van bastante más allá de los simples genes. Muchos científicos son conscientes de todo esto, más que en el pasado. Pero no todo el mundo es consciente de ello. Cuando el debate compromete al público general, el apremio de simplificar demasiado las cuestiones puede hacer su reaparición.

 

es profesor de Filosofía en el City College de la Universidad de Nueva York. Estudió Biología en La Sapienza de Roma, se doctoró en Genética en la universidad de Ferrara, y luego en Biología en la Universidad de Connecticut y en Filosofía de la Ciencia en la universidad de Tennessee.
Fuente:
Il manifesto, 17 de septiembre de 2018
Traducción:
Lucas Antón