Los destinos de una revolución

Adolfo Gilly

04/11/2017

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A fines de agosto de 1990 publiqué un fragmento de “Confesiones”, poema que Víctor Serge escribió en 1938 cuando, en el delirio de esos años que él mismo llamó “medianoche en el siglo”, viejos revolucionarios rusos confesaban en los procesos de Moscú inverosímiles y alucinantes rosarios de crímenes. Me llamó entonces la atención cuántos se sintieron tocados por estas palabras de otro tiempo: [1]

Si alzamos a los pueblos e hicimos temblar la tierra de los continentes,

fusilamos a los poderosos, destruimos los viejos ejércitos, las viejas ciudades, las viejas ideas,

comenzamos a hacer todo de nuevo con estas viejas piedras sucias, estas manos cansadas y este poco de almas que nos queda,

no vamos a regatear contigo ahora,

triste revolución, madre nuestra, nuestra hija, nuestra carne,

nuestra decapitada aurora, nuestra noche constelada al desgaire,

con su Vía Láctea inexplicable y desgarrada.

Sin embargo, Serge había escrito aquella poesía en 1938, buscando dar razón de las increíbles confesiones de los viejos héroes y diciendo que la revolución agonizaba en los procesos de Moscú y en los crímenes del stalinismo en la guerra de España. En esos años fueron exterminados físicamente quienes la hicieron y la dirigieron, hasta tal punto que la memoria de los artistas soviéticos registró a 1937 como el año más negro del ciclo abierto en 1917, el año de las rejas, las alambradas, los fusilamientos y las cruces.

Ningún socialista entenderá el derrumbe soviético y su paradójico contenido liberador si no alcanza antes la conclusión de que la Revolución de Octubre ya había sido asesinada en el curso de los años treinta, junto con la inmensa mayoría de sus dirigentes. Lo que se derrumbó en 1989 era otra cosa. Era el régimen político privilegiado y opresor alzado por los sepultureros de aquella revolución, los embalsamadores del cadáver de Lenin, los que en Yalta se repartieron con Estados Unidos y Gran Bretaña el dominio del mundo y la subordinación de las naciones y desde entonces siguieron una política de gran potencia.

Las notas siguientes apuntan una reflexión sobre los orígenes y los antecedentes del desastre de la Unión Soviética y de sus sepultureros, así como sobre el destino del socialismo, ideal humano de libertad, igualdad y fraternidad anterior y posterior al ciclo estatal soviético.

§

1.

La revolución rusa de 1917 fue una inmensa explosión liberadora: acabó con un imperio, barrió a terratenientes y capitalistas, destruyó y construyó ejércitos, desencadenó las fuerzas creadoras de los trabajadores y los oprimidos, inventó formas nuevas de gobierno democrático, alimentó las esperanzas y las luchas de los oprimidos en todo el mundo, proclamó como sus ideales la igualdad, la justicia y la libertad y convocó, no sólo en palabras sino ante todo en grandes hechos históricos, a construir un mundo sin explotados, sin oprimidos y sin humillados.

El régimen político posterior a la revolución terminó en una gran retirada que ha llevado hacia el poder y el mando del capital financiero a lo que quedaba de aquella revolución. Tal régimen no fue derrotado en una guerra. Lo derrotó el mercado mundial, la circulación universal de las mercancías (incluida la mercancía “fuerza de trabajo”) y de los capitales.

El Estado surgido de la Revolución de Octubre -cuyos avatares no toca aquí analizar- se mostró incapaz de vencer al capitalismo en el único y último terreno donde se decide la confrontación entre dos modos de producción: la productividad medida en el mercado mundial.

2.

Esta derrota, resistida y postergada durante décadas por combates defensivos de heroísmo inaudito por parte de los marxistas, los socialistas y el pueblo soviéticos, mirada hacia atrás deja una estela de desastres para lo que es la idea original del socialismo: justicia y libertad.

Al menos desde la mitad de la década de los años veinte del siglo XX, el régimen soviético fue acumulando una historia de represión a los trabajadores de la ciudad y del campo; opresión, represión y deportaciones masivas de las nacionalidades en la Unión Soviética, una “cárcel de pueblos” como lo fue el Imperio de los Zares; represión a las ideas, procesos falsificados y exterminio de opositores y disidentes socialistas en la Unión Soviética y fuera de ella; creación de un universo de campos y lugares de deportación, prisión y trabajo forzado; represión; invasión y opresión de naciones y movimientos de liberación nacional: países bálticos (1939); Alemania (1953); Hungría (1956); Polonia (1956); Checoslovaquia (1968); Afganistán (1979); más los movimientos revolucionarios intervenidos, negociados o estrangulados, los más notorios España (1936-1939) y Grecia (1944-1947).

Innecesario es recapitular aquí la estela paralela de desastres que en esas mismas décadas dejó el capitalismo sobre la superficie entera del planeta.

Las revoluciones socialistas posteriores a la segunda guerra mundial siguieron sus propios caminos, no los indicados desde Moscú: China (1949), Corea (1945), Cuba (1959), Vietnam (1975).

Desde aquellos años treinta en adelante, el régimen de Stalin se fue ensañando con los marxistas y los socialistas rusos y soviéticos de todas las tendencias: socialistas revolucionarios, mencheviques, anarquistas, comunistas y bolcheviques: encarcelados, deportados, fusilados, silenciados y calumniados. Esta represión se extendió a todo el mundo y así fue también en México y en Estados Unidos.

Esa política expresaba los intereses y las visiones de una nueva clase social: la burocracia estatal. Cubierta de privilegios y escudada en la represión sobre su pueblo, esa burocracia dejó una huella de incapacidad, crímenes y desastres. Desde 1989 en adelante se volvió abiertamente capitalista y trasformó sus privilegios en propiedades y en capitales en Rusia y en el mundo global de las  finanzas.

En noviembre de 1989 una insurrección de la población de ambos lados de la ciudad derribó el Muro de Berlín, absurda muralla defensiva alzada en agosto de 1961 por el régimen represivo de Alemania Oriental. Dos años después, en diciembre de 1991, Boris Yeltsin disolvió la Unión Soviética y lanzó una ola de privatización de la propiedad estatal. Tras otros dos años de sucesivas crisis políticas, renunció a su cargo el 31 de diciembre de 1999 y entregó el poder a su primer ministro, Vladimir Putin.

De este derrumbe nació la Rusia capitalista de hoy, poderosa en sus finanzas, sus armas y sus ciencias, la antigua gran potencia territorial y militar ubicada entre Asia y Europa, esa que nunca se había desvanecido del todo bajo el manto soviético según sostenía el general Charles De Gaulle.

3.

Después de la segunda guerra mundial la existencia de la Unión Soviética y su confrontación con Estados Unidos, Gran Bretaña y las demás potencias imperialistas protegió a una serie de revoluciones nacionales en África, Asia y América Latina, pero impuso a esas revoluciones condiciones de subordinación a sus intereses de gran potencia y a sus modelos burocráticos.

Esas revoluciones utilizaron las contradicciones entre la Unión Soviética y Estados Unidos. Pero tampoco hay que olvidar que la revolución rusa de 1917, en medio de la crisis universal de la guerra de 1914-1918, pudo vencer sin otro apoyo que sus propias fuerzas y la solidaridad de los trabajadores de Europa y el mundo; y que la revolución china triunfó en 1949 sola, contra la opinión y las advertencias de los dirigentes soviéticos, en medio de la revolución colonial que en la segunda posguerra mundial recorrió Asia, África y América Latina

El régimen burocrático en la Unión Soviética sólo pudo imponerse venciendo la resistencia de los marxistas soviéticos de todas las tendencias. No los pudo silenciar, tuvo que encarcelarlos, exterminarlos y cubrirlos de lodo. Todavía no se ha terminado de conocer esta resistencia heroica. Para marxistas y socialistas es preciso ir a fondo en la historia, el análisis y la comprensión de esta lucha a muerte contra las ideas socialistas. La historia no se disuelve con explicaciones coyunturales o con narrativas que vez tras vez es preciso sustituir por otras.

4.

A partir de los años veinte del siglo pasado la polémica teórica en la Unión Soviética versó sobre todos los puntos de la construcción del socialismo y sobre la idea misma de socialismo. Es imposible hacer un trabajo teórico e histórico serio sin recuperarla.

La mayor superficialidad ha consistido en afirmar, sin otra prueba que la propia ignorancia de los escritos de Marx, Rosa Luxemburgo, León Trotsky o Víctor Serge, que el stalinismo está ya contenido en el marxismo o que stalinismo y trotskismo son sólo “hermanos enemigos”. No conozco ningún caso en que, si se excluye la mala fe, no sea una sustancial ignorancia la base de esas afirmaciones.

En la raíz de aquellos debates están los conceptos de la historia, el trabajo humano y el socialismo. Se me permitirán algunas citas, no como argumento de autoridad sino como simple ilustración de los temas, la profundidad y la persistente actualidad de los argumentos que se cruzaban en aquellas discusiones: [2]

Reducida a su base primordial, la historia no es más que la persecución de la economía de trabajo. El socialismo no podría justificarse por la simple supresión de la explotación: es necesario que asegure a la sociedad mayor economía de tiempo que el capitalismo. Si esta condición no se cumpliera, la abolición de la explotación no sería más que un episodio dramático carente de porvenir.

Así escribía León Trotsky en 1936 en La revolución traicionada. Esa economía de tiempo, esa productividad del trabajo, sólo pueden medirse a escala mundial. Ya en marzo de 1930, en el prólogo a la edición de La revolución permanente en Estados Unidos, León Trotsky escribía: [3]

El marxismo considera a la economía mundial no como la suma de partes nacionales, sino como una realidad poderosa, independiente, creada por la división internacional del trabajo y el mercado mundial y que, en la época presente, predomina sobre los mercados nacionales. Las fuerzas productivas de la sociedad capitalista han sobrepasado desde hace mucho las fronteras nacionales. La guerra imperialista fue una expresión de este hecho.

Desde el punto de vista de la producción y de la técnica, la sociedad socialista debe representar una etapa más elevada en comparación con el capitalismo. Tratar de construir una sociedad socialista nacionalmente aislada significa, pese a todos los éxitos pasajeros, arrojar hacia atrás las fuerzas productivas, incluso en relación con el capitalismo. Intentar alcanzar -independientemente de las condiciones geográficas, culturales e históricas del desarrollo del país, el cual constituye una parte del mundo entero- una proporcionalidad acabada de todas las ramas de la economía en el marco de las fronteras nacionales, significa perseguir una utopía reaccionaria.

5.

Ya desde aquellos años las polémicas de los marxistas de la oposición de izquierda en la Unión Soviética exigían la utilización plena del mercado y de la democracia como correctivos y bancos de prueba de la planificación económica. Escribía Trotsky en octubre de 1932 en La economía soviética en peligro: [4]

Los innumerables participantes de la economía estatizada, particulares, colectivos e individuales, manifiestan sus exigencias y las relaciones entre sus fuerzas no sólo por la exposición estadística de las comisiones de planificación, sino también por la influencia inevitable de la oferta y la demanda. El plan se verificará y en gran medida se realizará por intermedio del mercado. La regularización del propio mercado debe basarse en las tendencias que en él se manifiestan.

Los organismos mencionados deben demostrar su comprensión económica mediante el cálculo comercial. El sistema de la economía de transición no se puede considerar sin el control del rublo. Esto supone por lo tanto que el rublo sea igual a su valor. Sin la firmeza de la unidad monetaria, el cálculo comercial no hará más que aumentar el caos […]

Sólo la coordinación de estos tres elementos: la planificación estatal, el mercado y la democracia soviética, habría podido asegurar una dirección justa de la economía de la época de transición al socialismo, sostenía Trotsky en aquel temprano año 1932. En 1936, en La revolución traicionada, agregaba: [5]

Esta función del dinero (la acumulación), unida a la explotación, no podrá ser liquidada al comienzo de la revolución proletaria sino que será trasferida, bajo un nuevo aspecto, al Estado comerciante, banquero e industrial universal. (…)

El papel del dinero en la economía soviética, lejos de haber terminado, debe desarrollarse a fondo. La época de transición entre el capitalismo y el socialismo, considerada en su conjunto, no exige la disminución de la circulación de mercancías sino por el contrario su extremo desarrollo. (…)

Por primera vez en la historia todos los productos y todos los servicios pueden cambiarse unos por otros. (…)

El aumento del rendimiento del trabajo y la mejoría de la calidad de producción son absolutamente imposibles sin un patrón de medida que penetre libremente en todos los poros de la economía, es decir, una firme unidad monetaria.

Las reformas de Jruschov y posteriores fueron tardías e ineficaces versiones estatistas aquellas lejanas propuestas de los marxistas soviéticos desde los años 30 del siglo XX. Llegaron tarde para el socialismo, pero no para los funcionarios soviéticos de ayer convertido en los capitalistas rusos de hoy. En aquella misma obra de 1936, La revolución traicionada, Trotsky resumía con claridad los elementos de esa crisis:[6]

Dos tendencias opuestas están creciendo desde las profundidades mismas del régimen soviético. En la medida en que, en contraste con un capitalismo en decadencia, desarrolla las fuerzas productivas, está preparando las bases económicas para el socialismo. En la medida en que, en beneficio de la capa dirigente, lleva a una expresión cada vez más extrema las normas de distribución burguesas, está preparando una restauración capitalista. Esta contradicción entre las formas de propiedad y las normas de distribución no puede crecer indefinidamente. O bien la norma burguesa debe extenderse, de un modo u otro, a los medios de producción, o las normas de distribución deben ser puestas en correspondencia con el régimen de propiedad socialista.

6.

El regreso al capitalismo de la Unión Soviética y sus satélites tuvo su temprano origen en la teoría y la práctica de la construcción del socialismo en cada país, formulada en 1924 por Stalin y sus partidarios. En 1930 en La revolución permanente León Trotsky escribía: [7]

Desde el punto de vista de los principios, la separación de la escuela de Stalin con el marxismo en la cuestión de la construcción del socialismo no es menos significativa que, por ejemplo, la ruptura de la socialdemocracia alemana con el marxismo en la cuestión de la guerra y el patriotismo en el otoño de 1914, es decir exactamente diez años antes del viraje stalinista. Esta comparación no tiene un carácter accidental. El “error” de Stalin, así como el “error” de la socialdemocracia alemana, es el socialismo nacional.

Esta visión conduce a identificar al socialismo no con una relación social superior en cultura, libertad y productividad al capitalismo, sino con cada Estado que se declara socialista. El socialismo deja de ser entonces la la auto-organización democrática de la sociedad para convertirse en las acciones y las directivas del “Estado socialista”, a cuyos funcionarios molesta toda iniciativa que escape a su control.

El Estado nacional se convierte así en el sujeto del socialismo y su aparato estatal se contrapone por un lado al capital como valor que se valoriza y por el otro al socialismo como trabajo que se organiza en democracia y autonomía. La idea de la existencia de un “campo de Estados socialistas” y su corolario, la idea de “los dos mercados mundiales”, no fue más que una absurda generalización de esta concepción estatista del socialismo. De este modo se pierde del todo la visión marxista de una entera y compleja época de transición global al socialismo a escala mundial, como tuvo lugar la transición plurisecular hacia el capitalismo.

Esta visión está presente en Marx desde La ideología alemana hasta los Grundrisse, en su correspondencia con Engels o en sus últimas cartas a Vera Zasúlich y los populistas rusos. [http://matxingunea.org/media/pdf/marx_carta_a_vera_zasulich.pdf]

Esta visión universal vino a ser sustituida por la idea de una serie sucesiva de Estados “socialistas” nacionales. Trotsky decía que esta visión equivalía a creer que un montón de lanchas sumadas puede llegar a formar un transatlántico.

7.

Los Partidos Comunistas de todos los países, así como sus “compañeros de ruta” políticos o intelectuales, se organizaron sobre esa teoría y ese programa. Justificaron, defendieron y propusieron como modelo, en uno u otro momento, el socialismo estatista de la Unión Soviética. Todos ignoraron, encubrieron y en no pocos casos compartieron los crímenes de la burocracia soviética. El daño que sus aparatos causaron durante décadas a la idea misma de socialismo es incalculable.

No se trata de negar el heroísmo, las luchas y la sinceridad de incontables militantes y dirigentes comunistas. Decenas y cientos de miles de ellos dedicaron sus vidas o murieron combatiendo por el ideal del socialismo y contra el horror y la opresión del capitalismo. Se trata de que, ante una catástrofe universal para el socialismo, no se puede confundir el error teórico y político con la rectitud de las intenciones o el heroísmo de las conductas personales.

Los partidos de Stalin y sus teóricos y propagandistas justificaron la dictadura de la burocracia, negaron sus crímenes, defendieron la idea y la práctica del partido único de Estado; silenciaron hechos monstruosos como la división nacional de Alemania, el Muro de Berlín y la represión contra las nacionalidades en la Unión Soviética; minimizaron y en veces hasta justificaron los crímenes contra la idea de socialismo cometidos en defensa del poder, los privilegios y la política de una casta burocrática de advenedizos, opresores y explotadores, y negaron una realidad monstruosa en la Unión Soviética: los campos de concentración, el gulag, donde cientos y cientos de miles de presos políticos mezclados adrede con criminales vivieron, sufrieron y murieron. En 1956 el Informe Jruschov reconoció ante el mundo esta realidad, ya antes denunciada por investigadores, escritores y ex prisioneros y prisioneras de esos infiernos. Destaca entre ellos la obra de Varlam Shalamov, Relatos de Kolyma, testimonio vital, terrible y verídico de sus años en los campos de concentración y trabajo forzado en el universo penitenciario conocido como “Gulag”, donde cohabitaban presos políticos con delincuentes organizados en bandas dentro de cada prisión.[8]

Cuando la casa se derrumba sobre la propia cabeza no se trata de ir a ver cuál reparación reciente estuvo mal hecha. Es preciso investigar su construcción y sus estructuras e ir a fondo en los errores por dolo, interés o ignorancia. Todos los socialistas, es decir, todos cuantos compartimos la idea de un mundo posible de justicia, igualdad y libertad entre los seres humanos, estamos obligados a hacerlo.

8.

En las grandes jornadas de 1989, año mágico en el siglo XX, desde los días de la rebelión estudiantil y popular china en Tienanmen hasta la caída del Muro de Berlín, aquella casta explotadora y su régimen de opresión fueron asediados, sacudidos y en algunos lugares derrotados. Tienen que ver estos procesos sociales con los grandes cambios mundiales a partir de la mitad de los años setenta: reestructuración mundial del capitalismo, radicales revoluciones tecnológicas, trasformaciones del mundo del trabajo, crisis arrasadora en los países dependientes y menos desarrollados, el entonces llamado “Tercer Mundo”, dominación universal de la forma financiera del capital, catástrofe ecológica, rearme.

Pero hecho histórico determinante para cualquier perspectiva futura: aquellos regímenes burocráticos no fueron destruidos por las armas capitalistas ni derribados por una guerra universal cuyas destrucciones habrían enviado hacia un lejano futuro cualquier idea de socialismo. Se derrumbaron desde adentro. Sus pueblos los obligaron a retroceder en el terreno económico por su ineptltud y sus privilegios y en el terreno político por la movilización democrática y la sublevación.

Se trata de una diferencia radical. La vía del capitalismo para combatir al socialismo y destruir a los regímenes que en su nombre lo enfrentaban era la guerra, no las revoluciones democráticas. Esa guerra fue evitada y fueron sus pueblos quienes buscaron o inventaron sus propios caminos y se alzaron contra regímenes estatistas, autoritarios y opresores en pos de las mismas antiguas ideas: justicia y libertad.

Si estas ideas se les aparecen ahora bajo una visión idealizada del mercado como supuesto vehículo de un reparto menos arbitrario y más justo, esta visión invertida de la realidad recae sobre aquellos regímenes, que simbolizaban ante esos mismos pueblos la negación de aquellos ideales. Pero también lleva tiempo y dolorosas experiencias el aprendizaje de lo que es el reino del privilegio, la injusticia y la exclusión bajo el capitalismo surgido de aquellas ruinas.

9.

Luciano Galicia, revolucionario y organizador sindical mexicano desde los años treinta, llamó hace ya tiempo mi atención sobre un documento de la Oposición de Izquierda en el Partido Comunista soviético. Tan temprano como 1927, ese documento que ya entonces había que circular clandestinamente en la Unión Soviética decía con audacia, estilo y lucidez: [9]

Durante los próximos planes quinquenales quedaremos todavía lejos de los países capitalistas avanzados. ¿Qué sucederá en ese tiempo en el mundo capitalista? Si admitimos que éste pueda disfrutar de un nuevo periodo de prosperidad que dure algunas decenas de años, hablar de socialismo en nuestro país atrasado será una triste necedad.

Tendremos que reconocer que nos engañamos al considerar a nuestra época como la de la putrefacción del capitalismo. En este caso, la República de los Soviets será la segunda experiencia de la dictadura del proletariado, más larga y más fecunda que la de la Comuna de París, pero al fin y al cabo una simple experiencia. [Subrayado mío, A.G.]

El proletariado europeo necesita un tiempo mucho menos largo para tomar el poder que el que nosotros necesitamos para superar, desde el punto de vista técnico, a Europa y a Estados Unidos…

Mientras tanto, tenemos que reducir sistemáticamente la distancia entre el rendimiento del trabajo en nuestro país y el de los otros. Mientras más progresemos, estaremos menos amenazados por la posible intervención de los precios bajos y, en consecuencia, por la intervención armada.

La historia, como siempre, resultó más compleja y enredada. El proletariado europeo no tomó el poder, vino primero la segunda guerra mundial y después la realidad del mercado, de la productividad del trabajo y de los precios en el mercado mundial, y otras cosas sucedieron. Pero son sorprendentes la claridad y el alcance aquella visión de largo plazo y de sus elementos fundamentales.

¡Una segunda y gigantesca Comuna de París! Esa profecía audaz de hace casi un siglo ha terminado por cumplirse bajo formas extrañas, apocalípticas y planetarias, como sucede con las profecías de buena ley.  Hoy es evidente su clarividencia frente a aquella idea obtusa de un socialismo nacional para cada país.

10.

La actual ofensiva mundial del capital no sólo aspira a destruir cuanto subsiste de las revoluciones sociales en Rusia, en China, en Vietnam, en Cuba y en otras partes del mundo. Quiere borrar la idea misma de socialismo de las mentes y los sueños de los seres humanos.

No se puede. El ideal socialista, el de la Comuna de París y la Revolución de Octubre, reaparece día tras día en las rebeliones urbanas y agrarias contra la explotación, el despojo, la opresión y la injusticia local y global del mundo y el mando del capital.

Pero también es verdad que el socialismo no podrá recuperar su lugar en las esperanzas humanas ni el marxismo el suyo como teoría de la revolución, la liberación, el disfrute y la libertad, si no es a través de una profunda reorganización crítica de las ideas socialistas y una recuperación y actualización de las premisas marxistas, la primera de ellas la idea de esa liberación como una época entera.

A cien años de la Revolución de Octubre, nuestro siglo XX de revoluciones y contrarrevoluciones debe ser nuevo objeto de un estudio marxista global. Como fuerza política organizada, el socialismo no podría avanzar sin alianzas políticas y acuerdos de los tipos más variados, en las diferentes situaciones concretas, con otras fuerzas e ideas diversas puestas en libertad por las crisis sociales y políticas propias del mando universal del capital financiero. El desastre ecológico estaba ya en las previsiones a largo plazo de Marx, y después de Rosa Luxemburgo. Pero ahora está aquí arrasando la naturaleza y la vida.

El marxismo no es una simple idea política. Es una teoría de la sociedad capitalista, de sus formas de explotación y alienación y de sus insalvables contradicciones; una teoría de las relaciones de dominación y subordinación entre los seres humanos y de las condiciones de su abolición; y una teoría de la conformación bajo el capitalismo de una moderna clase de trabajadores asalariados (no sólo de obreros industriales) hoy demográficamente universal, en cuyas relaciones de cooperación y solidaridad estaría el germen, presente y latente en esta realidad mundial, de las relaciones de una sociedad futura de productores libremente asociados, de mujeres y hombres libres e iguales. Ellas viven hoy en las rebeldías, las organizaciones solidarias, el desinterés, la indignación que nutren los movimientos sociales y en la rebelión universal y multiforme de las mujeres por la libertad, la igualdad y el disfrute universal de los bienes terrenales.

Vivimos hoy una expansión sin precedentes, en profundidad y en extensión, del conocimiento, la cultura y el número de trabajadores asalariados bajo cambiantes formas de organización del trabajo y la producción. Se configura una confirmación y una mutación de la contradicción entre el trabajo vivo bajo todas sus formas y el capital en tanto mundo y mando de las finanzas. Esta confrontación, opaca muchas veces para quienes la viven, colora todas las otras complejas contradicciones y relaciones entre los seres humanos y entre éstos y la naturaleza, cada una de las cuales debe ser tratada en su propio mérito y no asimilada a ninguna otra. Vivimos una revolución tecnológica omniabarcante y sin precedentes en cuanto a velocidad y difusión en el planeta. No cambia las relaciones sociales, pero todas sus confrontaciones y contradicciones se agudizan, toman formas nuevas y engendran nuevos peligros planetarios.  

11.

Los socialistas y los marxistas hemos recorrido un largo camino en este siglo de la Revolución de Octubre. A lo largo del siglo la idea socialista cambió el mundo. Permitió conquistas imborrables ya incorporadas como hábito a la vida social. Iluminó las mayores movilizaciones liberadoras de la humanidad. Y contra la humillación, la opresión y la explotación de los dueños del poder, dio actualidad viviente y secular a las inmemoriales aspiraciones de justicia, libertad, igualdad, solidaridad, conocimiento y disfrute de los mundos de la vida.

El socialismo ha sido la guía y el motivo de los sentimientos, los sueños y las acciones más generosos en nuestra época. En el cambio de época que hoy vivimos, la crisis implica la desvalorización de las viejas ideas, de los antiguos conocimientos y de la fuerza de trabajo intelectual que era su portadora, y también la apertura de una nueva acumulación. Estamos en los comienzos de un nuevo ciclo de acumulación teórica no marcado por la aparición de alguna obra fundadora sino, ante todo, por la realidad de los acontecimientos planetarios.

Pero el marxismo no es sólo una teoría. Es también una práctica. Por eso  exige una ética que otros conocimientos y teorías no demandan. No ha habido nunca y no habrá reorganización del ideal socialista y de la teoría marxista sin una idea moral en sus cimientos. Nada se puede reconstruir sobre la ignorancia, el ocultamiento, la mentira, la codicia y la calumnia.

La crítica de las ideas es también una crítica de la práctica y ésta sólo es posible si la preside una ética de la conducta política socialista, exigencia desconocida, innecesaria o antagónica para otras escuelas de la política. Esa es también la gran lección del desastre de las dictaduras burocráticas y de las mentiras y falsificaciones del “socialismo en un solo país”.

Ninguna discusión que oculte en todo o en parte el pasado, que se niegue a ver y criticar el error teórico y sus inexorables y funestas consecuencias prácticas o que intente imponer al instrumento universal de la crítica los límites de los intereses particulares, tendrá futuro.

Los pueblos de los países y las tierras de las revoluciones guardan, en su experiencia vivida y en su pensamiento social e individual, potencialidades todavía no reveladas. Sólo se nos mostrarán y nos iluminarán si no ponemos límites artificiales o arbitrarios a nuestra crítica, nuestro conocimiento y nuestro aprendizaje del pasado.

12.

Como alguien que ha vivido el siglo XX, su “patria en el tiempo”, no alcanzo a ver ahora razones valederas para la tristeza, la desolación y el desconcierto que gana a tantos socialistas. ¿Es que hemos olvidado cuánto quedó ya a nuestras espaldas?

El siglo XX fue el siglo del fascismo y del nazismo, de los campos de exterminio, los hornos de cremación y el genocidio judío; de los millones de muertos en las represiones de Stalin, según el testimonio de Nikita Jruschov; de las guerras coloniales y la tortura metropolitana; de las hambrunas en África y las devastaciones de la naturaleza en el planeta; de las dos guerras mundiales y las innumerables guerras entre naciones; de las deportaciones y genocidios de pueblos enteros; de la barbarie franquista; de China y Corea invadidas por Japón y de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki; de Vietnam martirizado por franceses y estadunidenses y de la guerra entre China y Vietnam; de las atrocidades de los militares argentinos y chilenos contra su propio pueblo de la entrada de los tanques soviéticos en Budapest y en Praga y de la masacre de comunistas en Indonesia; de la interminable tiranía en Guatemala y la larga guerra sucia de los militares contra la democracia y el pueblo de El Salvador.

13.

Como en el ángel de la historia de Walter Benjamin, esta pirámide de ruinas aparece cuando miramos hacia atrás en nuestro tiempo. Por cada una de esas ruinas se alzan también arquitecturas de devoción, heroísmo y solidaridad levantadas por los humanos en la interminable persecución de la justicia y la libertad. Desde la revolución mexicana de 1910, la rusa de 1917 y la alemana de 1919, hasta la china de 1949, la boliviana de 1956, la cubana de 1959, la vietnamita de 1975, la nicaragüense de 1979 y las europeas de 1989, el siglo XX fue también el siglo de las revoluciones. No neguemos esta herencia.

Fue ese el siglo de la rebelión universal de las mujeres, que continúa desbordando como marea alta en este cambio de época; una rebelión en curso cotidiano y en veces invisible, que cuestiona las más arcaicas formas de la opresión y la injusticia y trasforma en rasgos de la vida y no de la política, los sueños y las demandas de igualdad, justicia y libertad.

También en este siglo echó raíces universales la idea y la exigencia de democracia, que en parte alguna nos fue dada como un subproducto del mercado. El respeto al voto no fue gracia concedida. Fue arrancado y disputado –ayer y hoy- en durísimas luchas por los trabajadores, los campesinos, los pobres, las mujeres, los jóvenes, contra las oligarquías agrarias y el capitalismo bárbaro y militarista.

14.

El socialismo y el marxismo latinoamericanos están hoy en la empresa de rescatar entera su memoria histórica. Recuperamos así a los sindicalistas revolucionarios, las mujeres y los hombres que en Estados Unidos, México, Cuba, Brasil, Argentina, Chile, Perú, Bolivia o Uruguay organizaron por todo el continente sindicatos, huelgas y huelgas generales desde comienzos del siglo; al socialismo agrario de Emiliano Zapata y su Comuna campesina de Morelos;  a los ideales comunitarios y civilizadores de Pancho Villa y sus colonias militares; a los organizadores de movimientos campesinos en nuestros países y a los grandes nombres de nuestra compleja y larga estirpe socialista, ellos mismos con sus luces y sus sombras como todos los humanos que hayan sido.

Rompiendo la noche es el título del libro donde Ozip Piatniski relató en 1926 el combate heroico, silencioso y clandestino de los bolcheviques contra la autocracia y la censura zaristas en los primeros años del siglo pasado. Es medianoche en el siglo llamaba Víctor Serge en 1937 a su crónica sobre el horror de la dictadura stalinista. La noche quedó atrás, titulaba Jan Valtin en 1941 la historia de su escape individual de los infiernos gemelos del stalinismo y el nazismo.

La metáfora ambigua de la noche alude a los orígenes a la vez iluministas y románticos de las rebeldías socialistas. Vivimos tiempos de ilusiones perdidas para unos y pesadillas disueltas para otros. No basta. Para poder liberar de la noche al socialismo es preciso, antes y ahora, restablecer la verdad, la razón y la memoria; y, otra vez, recuperar la historia, establecer la República en democracia, protección e igualdad para todas y todos y dar plena libertad a las palabras.

 

Ciudad de México, octubre de 2017.

En el centenario de la Revolución de Octubre.

Notas:

[1] Victor Serge, Pour un brasier dans un désert, Plein Chant, Bassac, 1998, p. 38.

[2] León Trotsky, La revolución traicionada ¿Qué es y adónde va la URSS?, 2ª ed., Madrid, Fundación Federico Engels, 2001, p. 70. Disponible en: http://www.fundacionfedericoengels.net/images/PDF/La revolucion traicionada.pdf

[3] León Trotsky, La revolución permanente, Madrid, Fundación Federico Engels, 2001, p. 21. Disponible en: http://www.fundacionfedericoengels.net/images/PDF/trotsky_revolucion_permanente.pdf

[4] León Trotsky, “Conditions and Methods of Planned Economy” en The Soviet Economy in Danger, Nueva York, Pioneer Publishers, 1933.

[5] León Trotsky, La revolución traicionada, op. cit.,  p. 62.

[6] León Trotsky, The Revolution Betrayed – What Is the Soviet Union and Where Is It Going?, (Traducido al inglés por Max Eastman), New York, Merit Publishers, 1965, 308 pp., p. 244. 

[7] León Trotsky, La revolución permanente, op. cit.,  p. 62.

[8] Varlan Shalamov (1907-1982), Relatos de Kolymá, vols. I a V, traducción Ricardo San Vicente, Barcelona, Minúscula, 2007-2013.

[9] Leon Trotsky, La revolución traicionada, op. cit.,  p. 220.

 

Historiador. Profesor emérito de la UNAM.
Fuente:
La Jornada, octubre 2017