Los laberintos del chantajista

Gregorio Morán

01/05/2016

“Nuestra transición fue un triunfo aplastante de la derecha. Si hubiera alguna duda, bastaría referirnos al grupo de extorsionadores que rodearon a Manos Limpias y al reincidente activista de extrema derecha Luis Pineda, conocido entre las “bandas negras” como Luispi.

La izquierda consiguió el derecho a expresarse, sin excesos, y la derecha se enseñoreó de su delicadeza ante los que venían de una derrota histórica. Simplificando: Rodolfo Martín Villa, Manuel Fraga y Santiago Carrillo, entre otros, se concedieron la amnistía. Eso ayuda a entender cómo una puñado de ultraderechistas, ante la inanidad de una izquierda preocupada por sus intereses menos dignos, consintiera que unos tipos dentro de toda sospecha, usurparan el digno nombre de Mani Pulite, que la judicatura italiana adoptó frente al tsunami de corrupción que sumergió al Estado italiano.

Los justicieros españoles venían del franquismo, de la extorsión y de la extrema derecha, como si el añadido, insólito en otros países europeos, de la “acusación popular”, hubiera sido redactado para ellos. Ahora algunas autoridades aseguran que ya estaban al tanto de las operaciones de Miguel Bernad y de Luis Pineda, un fascista cuya primera operación fue un atraco, con extorsión, a la marquesa de San Eduardo en 1980, cuando aún no había cumplido los 18 años. Menor y con recursos salió pronto para protagonizar los famosos, y nunca citados en la prensa de la época, cócteles molotov que se tiraron en Madrid para homenajear el primer aniversario del 23-F de Tejero y Milans del Bosch.

¿Quieren hacernos creer que estos dos colaboradores de los servicios de información del Estado empezaron su actividad delictiva en los noventa? Hace muchos años, ­hacia 1978, cuando un puñado de periodistas nos dedicábamos a desentrañar las tramas de la extrema derecha hispana, cuyos centros estaban en Madrid, Barcelona y Lérida, a donde se iban sumando los ­terroristas huidos de Italia y amparados por los servicios de información españoles. Ya entonces, disponíamos de fotos y materiales sobre Bernad y probablemente sobre el recluta Luispi. Todos fieles al notario Blas Piñar y a su Fuerza Nueva (no olviden que llegó a ser diputado en las elecciones de 1979).

Como seguir por aquella vía no le interesaba a nadie, todos, poco a poco, fuimos dejándolo. Entre otras cosas porque con la llegada del PSOE al poder (octubre de 1982) los extremistas de derecha cambiaron de oficio y los más tontos se dedicaron a las empresas de seguridad y los más listos a la intermediación financiera.

Eso es lo que ocurrió con Bernad y sobre todo con Luis Pineda. Uno se puso Manos Limpias, porque si se hubiera denominado Ku Klux Klan no hubiera engañado a nadie. Y el otro, tras numerosas aventuras y extorsiones, creó Ausbanc, que era algo así como una estafa sin ánimo de lucro, un oxímoron que diríamos los pedantes.

Pero arrasaron con todo mientras la policía y los servicios hacían la vista gorda, al fin y al cabo, eran veteranos colaboradores. Tenían todos los amigos que necesitaban para que les filtraran lo que luego se convertiría en un negocio fastuoso. Nadie, empezando por los Servicios de Seguridad del Estado, ni el Parlamento, los denunció. Tampoco la prensa, no fuera a ser que iniciara una campaña contra ellos. Porque el laberinto de los chantajistas tiene un punto de entrada, que es una verdad que los otros pretenden ocultar. Y si no es una verdad, no cuesta nada inventarla si tienes a tu alcance los mecanismos para que se la crean.

¡Qué gran idea la de las conferencias de jueces y juristas auspiciados por el Ausbanc de Luispi! Entre 600 y 1.500 euros, y el tema libre. Eso crea una complicidad, legal, muy legal, con mucho IVA, pero que te facilita una relación privilegiada con el aparato judicial sobre el que vas a trabajar. En principio, se trata de conocidos, luego depende de ti que pasen a amigos.

¿Quién le suministra la información sobre los que tienen algo que ocultar? Supuestamente, los viejos conocidos. Después ya opera solo o en pareja con el “Manos Sucias”. El chantajista, por su propia naturaleza, es un tipo para quien cada triunfo económico le crece el ego. “A pelo”. O me proporcionas tantos miles de euros o tu empresa va a recibir ataques periodísticos que te costarán un riñón. Tenía una ­tarjeta de visita que nadie podía menos que reverenciar. Luispi había hecho juris­prudencia. El había logrado entrar en la legislación española con la denominada ­doctrina Botín. Dicen que ganó un millón, pero cuando se retiró la acusación particular de “Manos Sucias”, don Emilio se ahorró de pagar a Hacienda casi 50 millones . ¿Ustedes han hecho números alguna vez que sobrepasen los 6 ceros? ¡Debe ser una experiencia!

Me gustaría saber, porque estoy en mi derecho, cuántas denuncias recibió Luispi y el “Manos Sucias”, y fueron archivadas, o ninguneadas. Quién podía hacer algo contra él si hasta había presentado en Wa­shington hace unos meses, según cuenta Casimiro García-Abadillo, un libro del más importante head hunter de los cuatro puntos cardinales de Barcelona, Luis Conde, el hombre que contrató a Esperanza Aguirre para sus horas libres. El título me tiene sumido en la zozobra: La fórmula del talento y Mahler (supongo que debe referirse al músico, pero no lo pillo). Recuerdo que hace años Conde escribía unos artículos un poco raros de sintaxis, y le dije a un amigo común, que ser un gran cazatalentos no significaba manejarse bien con la prosa, pero o mi amigo no se atrevió a trasladárselo o sencillamente le importó una higa.

Pero allí en Washington estaba Luispi, el extorsionador, entre los grandes, y con exquisitos fondos mahlerianos, como Alfonso Guerra en otra época. Además su esposa, María Teresa Cuadrado, había sido nombrada directora de Consumo de la ­Comunidad de Madrid, por hombre de tan gran futuro frustrado como Alberto Ruiz Gallardón. (Conocí a su padre, personaje inquietante). El es­tatus equívoco de Luis Pineda lo resumió nada menos que la presidenta de la Comisión del Mercado de Valores, Elvira Rodríguez: “Lo sospeché siempre”. Brutal, porque lo ­debió comentar con la almohada y no con la autoridad competente. En otro país quizá hubiera sido convocada ante los tribunales por ocultación de material sensible.

El laberinto del chantajista triunfador siempre va más lejos. Urdangarin y la infanta. La tenían contra las cuerdas, cosa que probablemente a él le importaba un nabo, pero había llegado el momento de decir: “Arrastro”, como en las cartas. O el “rien ne va plus”, del casino. “Tres millones y lo retiro todo sobre la infanta”. Entró en contacto con el Banc Sabadell y con el político Miquel Roca, siempre más que un abogado. Eran más listos que él y manejaban mejores cartas. Le pillaron con las manos en la masa.

Lo que no sabemos, aunque cabe sospecharlo, es qué peso tuvieron las instituciones del Estado, servicios, policía, Fiscalía y demás, para que un tipo que llevaba ¡20 años! dedicado a un oficio de riesgo, como es el de extorsionador, pudiera en apenas unos minutos pasar de rey del mambo a reo carcelario. ¡Cuántos extorsionados hubieron de asumir que el viejo confidente de la extrema derecha, el aspirante a terrorista por el golpe del 23-F, pudiera pasar por el trance en el que ahora está! Quizá porque carecían de este toque que otorga el ser una persona con una categoría que va más allá del ciudadano común. La justicia es igual para todos, pero admite muchos niveles. Ocurre como con la libertad; unos la disfrutan plenamente y otros han de pelear por ella, incluso con riesgo de su vida.

Fui consciente del resultado final de esta operación de Estado el día que Miquel Roca dijo: “Dejemos trabajar a la justicia”. Desde ese momento ya nada dependía de nosotros, salvo para hacernos preguntas”.

Escribe cada sábado en el diario barcelonés La Vanguardia. Ha escrito varios libros, el último: El cura y los mandarines (Madrid: Akal, 2014)
Fuente:
La Vanguardia, 30-4-16