Macron y la reforma de Europa, ¿el bálsamo de Fierabrás?

Jérôme Latta

13/05/2017

Bajo el ojo benevolente de Bruselas y Berlín, el nuevo presidente quiere salvar Europa reavivando su llama, pero enmendando apenas políticas a las cuales se adhiere  plenamente, empezando por las "reformas estructurales".

El 15 de mayo de 2012, recién investido, el flamante presidente François Hollande viaja a Berlín para encontrarse allí con Angela Merkel, en un contexto en el que las veleidades del "adversario de las finanzas", sobre todo la de una política europea de crecimiento y reactivación, inquietan tanto a Alemania como a la Comisión. Contempla entonces renegociar el pacto fiscal adoptado en marzo, influir sobre las condiciones del pacto presupuestario (o TSCG, tratado de estabilidad, la coordinación y la gobernanza) en curso de discusión, e incluso revisar la actitud de Europa hacia Grecia.

Ya sabemos lo que vino a continuación: en octubre, el Parlamento francés ratifica un tratado que refuerza el sacrosanto pacto de estabilidad de 1997, ya endurecido en 2011 por exigencia de la cancillería alemana, y graba un poco más en el mármol (sin  constitucionalizarla siquiera) la "regla de oro" presupuestaria, sin contrapartida real en materia de  reactivación mediante la inversión. Ese fue la primera y no la menor de las renuncias del quinquenio de Hollande.

Llamadas al orden

Emmanuel Macron, que anunció que su primera visita oficial al extranjero tendría también Berlín como destino,  no tendrá por su parte de qué abjurar: afirmó siempre su apego a la Unión y nunca ha esbozado un cuestionamiento profundo de sus políticas económicas y monetarias. Liberal y librecambista, con un barniz social, es encarnación idónea de un cambio de forma con una continuidad de fondo. 

Lo confuso de su profesión de fe («Yo no soy europeista, no soy euroescéptico ni federalista en el sentido clásico») y de su programa («Una Europa que proteja a los europeos») no tiene por qué inquietar en la cumbre de la UE, tan acreditada está su fe en el credo liberal. Él mismo es un producto bastante depurado de medios políticos y financieros que lo administran directa o indirectamente: la ausencia de toda mención a los grupos de presión en su programa resulta por otro lado significativa.  

Sin embargo, en Bruselas igual que en Berlín, son muy sensibles a las menores primicias de disidencia, y a la expresión de alivio tras el escrutinio le han seguido rápidamente algunas llamadas al orden…o al ordoliberalismo. También hemos asistido a una salva de advertencias, y Jean-Claude Juncker ha lanzado la primera («los franceses gastan demasiado dinero y lo gastan en el lugar equivocado» – entiéndase: en los presupuestos públicos), imitada por Pierre Moscovici («Francia puede y debe salir ahora del procedimiento de déficit excesivo»). La prensa conservadora alemana ha ido en la misma dirección, no sin inquietarse («¿Cuánto va a costarnos Macron?», ha titulado Bild, con el que han coincidido algunos colegas). 

La cantinela de las «reformas estructurales»

Durante su campaña, Emmanuel Macron ha criticado, sin duda, los excedentes comerciales alemanes [1] y «el dumping fiscal y social», preconiza la emisión de  eurobonos de tasa única para los países de la zona euro, la mutualización de las deudas europeas o la creación de un ministerio de Economia europeo…Pero, por encima de  todo, el candidato ha retomado la cantinela de las "reformas estructurales", «que se han rechazado durante mucho tiempo», y ha afirmado su deseo de respetar los criterios europeos con la promesa de una reducción del gasto público de 60.000 millones de euros en cinco años, lo que implica, sobre todo, la supresión de 120.000 puestos de funcionarios. 

Algo como para ver en su programa un «corta y pega de las recomendaciones europeas», según Martine Orange, o un recitado de las «consignas de la Comisión», según Jean-Luc Mélenchon. De hecho, si preconiza algunas evoluciones económicas e institucionales, son marginales y ya están avaladas, o casi, en el seno de la Comisión europea y en Alemania: grados de integración diferente para los estados miembros, presupuesto de la zona euro, reestructuración de la deuda griega, integración de clausulas sociales y medioambientales en los tratados de librecambio (léase el artículo de Mediapart).

El presidente en marcha ve ante todo problemas técnicos en las disfunciones de la  la UE, o malentendidos. El recelo que suscita se debería en principio a los «responsables nacionales [que] han inyectado el virus de la desconfianza» y han hecho de ello un «chivo expiatorio sistemático». A falta de un diagnóstico crítico sobre su deriva antidemocrática, sus respuestas en este plano parecen tener una amplitud limitada y de aplicación hipotética, a imagen de las grandes «convenciones democráticas» que querría ver organizadas por los estados miembros [2]. «La lógica europea se mueve por una lógica de deseo que, en círculos concéntricos, arrastra a todo el mundo», asegura él, subscribiendo la idea de que bastaría con reavivar la llama. 

New deal, viejas recetas

También son muy exageradas las inquietudes berlinesas, y las advertencias de Bruselas, pura formalidad. La cancillería alemana anticipa simplemente una eventual evolución de la relación de fuerzas, si Emmanuel Macron –contrariamente a su predecesor – optara por ello. El SPD lucha por suavizar la ortodoxia presupuestaria y acordar algunos márgenes de maniobra al presidente francés, el cual podría poner en la balanza su voluntad de llevar a cabo las "reformas". Hay dudas, sin embargo, de que su "New Deal franco-alemán" pueda suponer algo más que una tolerancia del 0,5% con el déficit público.

Él mismo, descartando toda idea de confrontación, se ha dedicado a tranquilizar al socio alemán en lo relativo al restablecimiento de la «confianza» entre les dos países, tan ardientemente deseada más allá del Rin. En la entrevista a Ouest-France del 12 de abril, que hizo fruncir los ceños alemanes por su alusión a los excedentes, afirmaba también: «Alemania, hoy, espera que Francia acuda a la cita de las reformas. Mientras no lo haga, no podrá recuperar la confianza de los alemanes, que ha traicionado dos veces, en 2003 y en 2007» [3].

Su alineamiento ideológico con Bruselas y Berlín, casi con algunos matices, promete un ajuste doloroso para Francia (en el terreno del mercado de trabajo, del seguro de desempleo y de las jubilaciones) cuyas supuestas virtudes son, sin embargo, cada vez más contestadas (léase el artículo de Romaric Godin). ¿Cómo créer que el voluntarismo de Emmanuel Macron, agente de una continuidad política y económica casi completa para Europa, pueda contribuir a salvarla?

Notas:

[1] «En virtud de los desequilibrios de la zona euro, acumula excedentes que no son buenos ni para su economía ni para el resto de la zona euro», declaró a Ouest-France el 12 de abril.

[2] En un plano mucho más concreto, su apoyo a los tratados de libre comercio como el CETA, deja traslucir escasa consideración por los abandonos de la soberanía popular que entrañan. Su propuesta de parlamento de la zona euro recibió el espaldarazo de  Wolfgang Schaüble el 11 de mayo, pero en esta instancia no tendría (eventualmente) más que un papel consultivo respecto al Mecanismo Europeo de Estabilidad (MES)…al que Schaüble quiere confiar el control del rigor presupuestario de los estados miembros, retirándoselo a la Comisión.

[3] Declaró lo mismo un mes antes, de visita en Berlín: «Perdimos la confianza cuando no llevó a cabo Francia las reformas, habiéndose comprometido a ello, y vamos detrás de esta historia desde hace quince años».

analista político y comentarista deportivo, es columnista de la revista Regards, director de Les Cahiers du Football, y autor del blog Une balle dans le pied en lemonde.fr
Fuente:
Regards, 11 de mayo de 2017
Traducción:
Lucas Antón