Martov es mi hombre

Harold Meyerson

10/11/2017
Hace hoy cien años —el 7 de noviembre de 1917— tomaron los bolcheviques el poder en Rusia en un golpe casi sin derramamiento de sangre contra un gobierno que ya no podía pretender gozar de apoyos. Probablemente no participaron más de diez mil soldados, marineros y trabajadores bolchevizados, que ocuparon instituciones gubernamentales clave en Petrogrado y arrestaron a los ministros del ineficaz Gobierno Provisional. No se produjo más que un puñado de bajas. Por contraposición, la Revolución de Febrero, que derribó al zar, implicó a cientos de miles de participantes en una serie de manifestaciones no planeadas y el número de bajas sobrepasó el millar.  
 
La toma del poder por parte de los bolcheviques fue deliberadamente preparada por Lenin para que precediera inmediatamente a la reunión del Congreso de los Soviets, órganos de representantes de trabajadores, campesinos, soldados y marineros que habían surgido a continuación de la caída del zar. A diferencia del Gobierno Provisional autodesignado que se había formado asimismo cuando los Romanov se vieron obligados a concluir su dinastía de 300 años, los soviets concitaban un apoyo generalizado, aunque en modo alguno universal. 
 
En la noche del 7 de noviembre, con todos los centros gubernamentales de Petrogrado bajo control de los bolcheviques, salvo el Palacio de Invierno, en donde permanecían los ministros del gobierno y sólo unos cuantos cientos de soldados, y para el que los inexpertos revolucionarios bolcheviques trataban todavía el mejor modo de asaltarlo, se inició la sesión del Congreso de los Soviets. Durante la reunión, los delegados pudieron oír los cañones del crucero Aurora, en manos de su tripulación bolchevique, que acribillaba el Palacio (eran disparos de fogueo, pero con un estruendo infernal). En una hora se informó al Congreso de que había caído el Palacio y se había detenido a los ministros. 
 
La verdadera acción estaba, sin embargo, en el mismo Congreso. Allí, delegados de  una panoplia de partidos socialistas consideraban qué hacer respecto a una toma del poder que en modo alguno se asemejaba a la visión de Marx de la vía al socialismo. Era creencia común de todos los marxistas que el proletariado — la clase obrera urbana, principalmente los empleados en las fábricas — sería la clase que lucharía por el socialismo y triunfaría, y que, por tanto, esas revoluciones tendrían lugar en naciones enormemente industrializadas, algo que resultaba patente que Rusia no era. Dado que Rusia era todavía una sociedad abrumadoramente agrícola, un país de terratenientes y campesinos, esto planteaba un problema para los marxistas rusos. Una forma de eludir el problema la había propuesto Trotsky algunos años antes de la revolución: puesto que la burguesía rusa era demasiado pequeña y débil para dirigir una revolución que creara una infraestructura capitalista que generase a su vez trabajadores socialistas, los socialistas tendrían que dar un paso adelante y liderarla ellos, desencadenando en ese proceso, según esperaban, revoluciones en los países más avanzados de Europa, cuyos socialistas victoriosos podrían ayudar entonces a sus camaradas rusos que, de otro modo, se habrían jugado el tipo. Era la carambola de las carambolas, pero se traba de la mejor hipótesis que podían aducir esos socialistas rusos que buscaban una revolución. 
 
En 1917, Rusia albergaba tres partidos socialistas de primera importancia: los social-revolucionarios (S-R), que representaban a las mayorías campresinas del país y los dos partidos marxistas que habían formado otrora parte del Partido (por entonces ya difunto) Social-Demócrata, los bolcheviques y los mencheviques. La división entre bolches y menches se inició en el Congreso de 1903 del Partido Social-Demócrata, y se produjo en torno a la cuestión de si los nuevos miembros debían ser “revolucionarios profesionales” estrechamente supervisados por los que ya eran afiliados (la postura bolchevique, elaborada como respuesta al hecho de que todos esos partidos eran ilegales en la Rusia zarista) o podían simplemente ingresar como pasaba en las democracias occidentales (la postura menchevique). Este particular punto de división ya no importaba una vez que el zar había caído, pero las divisiones implícitas en las dos visiones opuestas se habían hecho en el interin más claras y más profundas: la política bolchevique la fijaba un pequeño comité central, mientras que los mencheviques gozaban de un proceso más abierto y bastante menos disciplina interna (lo cual planteaba problemas en épocas revolucionarias). El socialismo, afirmaba Lenin, nunca llegaría “de abajo arriba”. 
 
Una vez derrocado el zar y a medida que avanzaba 1917, los bolcheviques y el ala izquierda, tanto de los S-R como de los mencheviques, abogaron por la política de “Todo el poder a los soviets”. Las razones de esta política eran muchas e imperiosas. El Gobierno Provisional había continuado el compromiso del régimen zarista con la Guerra Mundial, que ya le había costado a Rusia más de un millón de bajas, y sus ejércitos acometían a los alemanes, bastante mejor equipados y adiestrados. El Gobierno había declinado adoptar medidas sobre la reforma agrarian, demanda primordial de la mayoría campesina del país, que trabajaba principalmente en condiciones primitivas en las fincas de una clase terrateniente relativamente pequeña. Los bolcheviques, los S-R de izquierdas, y los mencheviques de izquierdas estaban a favor de una retirada de la guerra y del desmembramiento de los grandes latifundios. Además, estas dos transformaciones estaban ciertamente en curso, gracias a la actuación no dirigida de los soldados, que estaban desertando del ejército por cientos de miles, matando muchos de ellos a sus oficiales al marcharse, y los campesinos, que prendían fuego a las mansiones señoriales y expulsaban a los terratenientes de las tierras por todo el país. 
 
Pero los acontecimientos de 1917 a tal punto carecían de precedentes que los tres partidos socialistas se encontraban divididos. En un principio, en las semanas que siguieron a la caída del zar, mucha gente de estos tres partidos creyó que, además de participar en los soviets, deberían tener representantes también en el Gobierno Provisional, o por lo menos apoyarlo. Lenin discrepó rotundamente, al anunciar para asombro general cuando llegó a Petrogrado desde Suiza en abril (todos los principales dirigentes de la izquierda se encontraban exiliados en otros países cuando cayó el zar). Antes de la llegada de Lenin, otros bolcheviques — incluido el director del diario del Partido, un tal Josef Stalin — habían sido favorables a cooperar con el Gobierno, mientras que algunos mencheviques y S-R se unieron, de hecho, al mismo.  
 
Julius Martov, líder de los mencheviques de izquierda, se opuso a la participación menchevique en el gobierno. Veterano colega y veterano rival, tanto de Lenin como de Trotsky, a Martov se le consideraba de manera general tanto el líder intelectual de los socialistas democráticos de Rusia como un símbolo de decencia: en sus memorias el activista revolucionario Victor Serge recordaba a Martov como “un marxista cuya honestidad y brillantez eran de primer orden…de enorme cultura, inflexible y extremadamente valeroso”. Fue Martov quien se opuso a la visión de Lenin de un partido de arriba abajo en el Congreso de 1903 del Partido Social-Demócrata; fue Martov, quien unió fuerzas con Lenin, encontrándose ambos en el exilio en Suiza en 1915, para fundar un grupo remanente de socialistas europeos contrarios a implicarse en la Guerra Mundial; y era ahora Martov quien se oponía a la implicación y el apoyo de sus compañeros mencheviques al Gobierno Provisional.  
 
La reunion del Congreso Panruso de los Soviets en la noche de la toma del poder por los bolcheviques fue el momento que determinó a Martov. Como a todos los delegados, se le presentó la toma bolchevique del poder como un hecho consumado. Tal como documenta Orlando Figes en su historia de la Revolución, de casi un millar de páginas,  A People’s Tragedy, Lenin había insistido en el golpe y lo había previsto en realidad tanto para socavar a los demás partidos socialistas como para derribar al Gobierno. Los demás miembros del Comité Central bolchevique o bien se opusieron totalmente a la toma del poder —esa fue la postura de  Kamenev y Zinoviev, dos de los colegas más destacados de Lenin —o querían que se realizara o después o durante el Congreso para que pudiera llevarse a cabo en nombre de los soviets. Lenin argumentó ferozmente en otro sentido, exigiendo que se realizase justo antes de que se reuniera el Congreso, de modo que su propiedad fuera exclusivamente bolchevique. Y tal como sucedía en casi todas las reuniones bolcheviques, lo que Lenin quería, Lenin lo conseguía. 
 
La oposición, renuencia, o duda de los camaradas bolcheviques de Lenin —y asimismo de los mencheviques y los S-R — a la propuesta de Lenin de toma del poder tenía muchas raíces. La primera era doctrinal: en modo alguno podrían gobernar los socialistas una nación tan atrasada como Rusia. La segunda se seguía de la primera: si los socialistas tomaban el poder, se encontrarían con una oposición abrumadora y, si no resultaban  derrocados de inmediato, sumirían al país en una violenta guerra civil. La tercera se seguía — al menos entre algunos oponentes, y en Martov del modo más articulado y clarividente — de las dos primeras: si los bolcheviques se agarraban al poder, tendrían que convertirse en una despiadada máquina de matar. Lo que no constituía, así lo veía Martov, una vía al socialismo. 
 
Inevitablemente, todas estas diferencias culminaron en el Congreso de los Soviets de hace cien años. Martov propuso una moción para que el nuevo gobierno soviético se compusiera de multiples tendencias y contuviera miembros de todos los partidos socialistas (un “gobierno democrático unido”, tal como lo denominó). Alentó al nuevo gobierno a ponerse en contacto con otros grupos y fuerzas sociales. De no ser así, avisaba que sobrevendría una guerra civil de gran violencia y un reinado de opresión para mantener a los bolcheviques en el poder. Delegados de todas las tendencias aplaudieron su moción, pero a continuación se marcharon los mencheviques y social-revolucionarios, para consternación de Martov. Trotsky, hablando en nombre propio y en el de Lenin, contraargumentó que bolcheviques eran los que habían tomado el poder y bolcheviques los que gobernarían. Volviéndose hacia Martov, que había sido su mentor y amigo, Trotsky pronunció esta célebre maldición:
 
Ahora se nos dice: renunciad a vuestra victoria, haced concesiones, llegad a compromisos. ¿Con quién?, me pregunto yo: ¿con quién deberíamos llegar a compromisos? ¿Con esos grupos despreciables que nos han abandonado o que  hacen esta propuesta? Pero al fin y al cabo, ya lo sabemos todo de ellos. Nadie en Rusia está ya con ellos. Se supone que ha de llegarse a un compromiso, como entre dos partes iguales, con los millones de trabajadores y campesinos representados en este congreso, a quienes están dispuestos a malvender,  no la primera vez ni la última, cuando la burguesía lo juzgue conveniente. No, aquí no hay compromiso posible. A esos que nos han dejado y a los que nos dicen que hagamos esto debemos decirles: vosotros, miserables arruinados, vuestro papel ha concluido; marchaos adonde deberíais estar: ¡al basurero de la Historia!
Después de lo cual, Martov salió de la sala hecho una furia. Pero ¿hacia el basurero de la Historia? ¿O bien, afirmaría yo, hacia su panteón de demócratas y profetas sociales?
 
En las semanas que sucedieron a la toma del poder del 7 de noviembre, una serie de destacados bolcheviques, sobre todo aquellos cercanos a los sindicatos industriales del país, se adhirieron a la recomendación de establecer un gobierno de coalición, pero prevaleció la postura de Lenin y Trotsky de continuar solos. Martov se convirtió en crítico del gobierno por su incapacidad de seguir normas socialistas y democráticas. En enero de 1918 habló ante un Congreso de los Sindicatos, tal como documenta Mitchell Cohen en el último número de Dissent, “en contra de la propuesta bolchevique de que ya no hacían falta sindicatos independientes en un Estado ‘proletario’”. Pocos años más tarde, respondió a la afirmación de Lenin de que los bolcheviques no habían hecho otra cosa que seguir el valiente ejemplo de los comuneros de París de 1871, tan calurosamente respaldado por Marx. No era así, escribió Martov. A diferencia de la Comuna, Rusia no tenía elecciones populares, disponía de una policía política y a las comunidades locales se les negaba el derecho al autogobierno. Tal como escribe Cohen: “Martov señalaba que los bolcheviques repudiaban el ‘parlamentarismo democrático’ de la sociedad burguesa, pero no los ‘instrumentos del poder del Estado’— la burocracia, la policía y el ejército permanente — para los que el parlamentarismo era un ‘contrapeso’ en la sociedad burguesa”.
 
En 1920, Victor Serge le hizo una visita a Martov, que vivía entonces en Moscú “al borde de la indigencia en una pequeña habitación…Hacía campaña en favor de una democracia obrera, denunciando los excesos de la Cheka [antecesora del KGB] y la ‘mania de autoridad’ de Lenin-Trotsky. Seguía afirmando: ‘¡Como si el socialismo se pudiera instituir por decreto, y fusilando gente en los sótanos!’”
 
“Lenin”, prosigue Serge, “que le tenía afecto, le protegió de la Cheka, aunque se estremecía ante las agudas críticas de Martov”.
 
Con posterioridad, ese mismo año, con muchos de sus camaradas en prisión, en el exilio o muertos, Martov se mudó a Berlín. Al año siguiente, con la Guerra Civil rusa por fin concluida, la cual había dejado tras de sí un país devastado en el que hasta sus gobernantes entendían que en nada se parecía al experimento socialista que habían concebido antaño, Lenin, tristemente conocido por su falta de sentimentalismo, le escribió a Trotsky que su mayor pesar era “que Martov no esté con nosotros. ¡Qué camarada tan increíble, qué hombre tan puro!”. Trotsky respondió escribiendo que también él extrañaba a Martov. En qué medida era personal este sentimiento, en qué medida era una punzada de añoranza por un ideal perdido que ni Lenin ni Trotsky pudieron llegar a expresar alguna vez directamente o a reconocer incluso ante si mismos, es algo que nunca sabremos. 
 
Largamente acosado por diversas enfermedades, Martov murió en Berlin en 1923. Cuando ya decaía la salud de Martov, y mientras Lenin mismo agonizaba, éste dio instrucciones al secretario del Partido, Stalin, para que remitiera algún dinero a Martov, a fin de que pudiera recibir mejor atención médica. Stalin nunca cumplió el encargo.
 
Nota del editor: A pesar de ser un autor prolífico, no existen apenas traducciones de artículos u obras de Julius Martov al castellano o incluso al inglés. En francés hay una selección de algunos de sus artículos con el título Comment je suis devenu marxist (edt. Lumpen). Hay que destacar la biografía de Israel Getzler, Martov: a Political Biography of a Russian Social-Democrat (Cambridge University Press 1967).
columnista del diario The Washington Post y editor general de la revista The American Prospect, está considerado por la revista The Atlantic Monthly como uno de los cincuenta columnistas mas influyentes de Norteamérica. Meyerson es además vicepresidente del Comité Político Nacional de Democratic Socialists of America y, según propia confesión, "uno de los dos socialistas que te puedes encontrar caminando por la capital de la nación" (el otro es Bernie Sanders, combativo y legendario senador por el estado de Vermont).
Fuente:
The American Prospect, 7 de noviembre de 2017
Traducción:
Lucas Antón