Marx, el anarquismo y la política popular en Cataluña

Luis Juberías

28/09/2018

Es ampliamente reconocido que en el movimiento obrero y los movimientos sociales en Cataluña –y en especial en Barcelona– hay el poso de una cultura política particular, de nervio libertario. Esta particularidad ha atravesado históricamente la política, donde las concepciones municipalistas, republicanas y federalizantes arraigaron con fuerza. El marxismo político no se convierte en hegemónico en las izquierdas hasta la segunda mitad del S. XX, y aún así, un particular marxismo influido por esta cultura política popular específica. El protagonismo de la organización civil y de los lazos comunitarios, la desconfianza en las organizaciones jerarquizadas, incluida la administración pública, la irreverencia con la autoridad, así como la expresión política a través de la ocupación de la calle y el espacio público son algunos de los rasgos que podrían predicarse de este ambiente cultural.

Para las izquierdas catalanas de raíz marxista este liberalismo político heredado ha sido valorado de forma ambivalente: de un lado, con un especie de respeto y orgullo por las tradiciones propias, del otro con la consideración de toda la etapa de hegemonía del anarquismo en el movimiento obrero como fruto de un atraso en el desarrollo a superar. Hoy, ante la crisis de los proyectos políticos de la izquierda que han marcado el S. XX y dominado claramente la segunda mitad de la centuria –el la socialdemocracia y el socialismo soviético–, reflexionar sobre esta tradición de cultura política popular, que culminó en la densidad organizativa y sociopolítica del movimiento obrero y la experiencia republicana de los años treinta, puede servir de abono e inspiración para encontrar una guía para el pensamiento y la acción, en un mundo donde el capitalismo financiarizado se nos presenta como la restauración de una omnipotencia de los poderes privados despóticos.

El movimiento contra las políticas de austeridad y la crisis del régimen político, que tuvo en el 15M de 2011 su momento de eclosión, conectó, como no podía ser de otra manera, con estas pulsiones sociales, en especial ante la incapacidad de las instituciones –incluso partidos, sindicatos y medios de comunicación– para canalizar la protesta. La acumulación política de una militancia sociopolítica educada en dos décadas de los llamados movimientos sociales llenó el hueco y ayudó a catalizar el descontento de la frustración generacional y el malestar social. La construcción de una alternativa política con la participación y el protagonismo de muchos cuadros procedentes de esta experiencia, así como su actual participación destacada en las instituciones políticas, es una oportunidad para revisitar algunos viejos debates decimonónicos cuando se está celebrando el 200 aniversario del nacimiento de Marx.

Anarquismo como continuidad contemporánea de la resistencia antiabsolutista

Más allá de sus formulaciones teóricas, se puede ver al anarquismo como la persistencia de la tradición de los movimientos populares antiabsolutistas. El anarquismo llegó oficialmente cuando Giuseppe Fanneli visitó España en 1869; estas ideas conectaron inmediatamente con un sustrato de cultura política popular muy arraigado en todo el país, especialmente en el sur y el levante. Y es que estas ideas tuvieron especial relevancia y pervivencia en las periferias de la expansión capitalista, de las que la Península Ibérica forma parte. Allí donde el despotismo estaba más presente, más fuertes eran también los anhelos comunitarios e igualitarios, más fuertes y más vigentes las viejas culturas de resistencia antiseñorial. Esto era especialmente verdad en el mundo eslavo, donde estaban plenamente vigentes el régimen señorial y la dependencia personal. Si la Revolución francesa era la última jacquerie, el socialismo –anarquista y socialista– y la AIT no eran más que la adaptación de este movimiento democrático secular a un mundo en cambio, donde la burguesía se había convertido en una clase dominante y el peso del trabajo asalariado se había vuelto central. El núcleo de su programa político: expropiación de los expropiadores y asociación de productores libres e iguales.

El anarquismo y el socialismo marxista comparten, por tanto, una tradición política común, la del republicanismo democrático proveniente de la tradición política clásica, así como la experiencia de los vectores más radicales las revoluciones inglesa, americana y, sobre todo, francesa. Además, hay que ver en las luchas campesinas y los gobiernos municipales de la Edad Media, referencia y antecedentes inmediatos. Tanto para unos como para otros “estado” es sinónimo de monarquía absoluta, una monarquía que ya no es una aliada contra el poder de los señores, sino que se ha configurado como el régimen de los señores para extraer rentas al pueblo. La república es, por tanto, lo opuesto a la monarquía absoluta, lo opuesto al estado: es la reabsorción de lo político por la sociedad. El común frente a los poderes privados que se lo han apropiado.

La polémica de Marx y de Engels con los socialdemócratas alemanes lassalleanos es clarificadora a este respecto; incluso después del fin de la AIT, ya en los debates constitutivos del Partido Socialdemócrata Alemán, Marx considera incompatible el estado, identificado con la monarquía prusiana, con el proyecto socialdemócrata, que pasaría por una república democrática y la instauración de una dictadura del proletariado. Según Engels, en la crítica del proyecto de programa socialdemócrata de 1891: “Si hay algo cierto es que nuestro partido y la clase obrera solo pueden llegar al poder bajo la forma de una república democrática. Esta es incluso la forma específica para la dictadura del proletariado”.

Es aquí, en la discusión sobre el estado, donde la discrepancia entre anarquismo y marxismo se hace más aguda. Marx, con su potencia analítica, diferencia entre estado como ente político (carácter de clase y soberanía popular), de su dimensión administrativa, mientras los anarquistas ven en el aparato burocrático y en la jerarquización administrativa amenazas intrínsecas a la democracia. Marx, como hemos visto, no es ajeno a esta forma de verlo, pero centra su preocupación en las derrotas que suponían las experiencias de la Revolución francesa y de la Comuna de París por falta de unidad y disciplina ante un enemigo muy poderoso y muy peligroso. En términos similares analizará Engels el fracaso de la I República española en Los bakuninistas en acción (1873). Se fija en la institución republicana propia de Roma que suponía la dictadura, un comisariado de la República que se instituye por un tiempo cierto para salvarla de un peligro grave. El anarquismo ve en todo esto la semilla de la tiranía, la negación de los principios democráticos y federales. Se puede ver, en suma como una discusión entre practicidad política y principios de movimiento.

La burocracia y la centralización se convierten en sinónimos de modernidad

Hay todavía otro hilo de reflexión que contribuirá a reforzar la idea de ineluctabilidad de la centralización administrativa. Marx observa que la centralización en la organización económica genera ventajas –liberar las fuerzas productivas– y que no es posible aferrarse al pasado –el ideal de los pequeños productores independientes como base de la democracia– sino que la cuestión es cómo democratizar políticamente lo que administrativamente solo puede ser centralizado. Ante esta realidad, el núcleo de principios del anarquismo, más fiel a las primeras formulaciones de la AIT, solo puede jugar un rol preeminente en el movimiento obrero en las primeras fases de la industrialización, cuando el oficio y la cualificación profesional no habían sido plenamente vencidas por la organización taylorista de la producción y el trabajo autónomo todavía era una aspiración central de los trabajadores. Por otro lado, pese a que el cooperativismo subsistirá siempre como parte del movimiento obrero, perderá paulatinamente importancia y peso político.

Y, por último, es el estado de la monarquía prusiana el que señala un nuevo significado, al jugar un papel central y exitoso en la organización de la industria, por un lado, y la adopción de medidas sociales para los trabajadores, de otra. Por primera vez, el estado aparece como algo más que un aparato represor-extractivo. Un nuevo significado que acabará asumiendo y haciendo suya tanto la socialdemocracia alemana, que aceptará gobernar el aparato heredado del Imperio como núcleo del estado, como el socialismo soviético, que convertirá el socialismo en un sinónimo de desarrollo económico de estado. Y que acabará alejando considerablemente a las principales corrientes del socialismo marxista de la tradición democrática tal y como la entendían los fundadores de la AIT, al asumir acríticamente y naturalizar la escisión entre aparato político especializado y sociedad propio del estado absolutista. Así y todo, la democracia política tal y como hoy la conocemos –con sufragio universal y parlamento soberano– es sin duda y tal y como recordaba a menudo Antoni Domènech, una conquista del movimiento obrero socialista

Como conclusión: volver a poner el republicanismo democrático en el centro de la política socialista

Es de justicia reconocer, a la luz de la experiencia histórica, que los anarquistas apuntaban bien: la organización centralizada y jerárquica no es solo una cuestión administrativa o políticamente secundaria, sino profundamente política. Es cierto que Marx siempre rechazó la idea de un aparato político escindido de la sociedad, pero también que abrió la puerta a que esta idea acabase prosperando en el socialismo marxista; un poco como sucedió con los acentos más positivos sobre el capitalismo como liberador de las ligaduras del Antiguo Régimen y desencadenante del desarrollo de la fuerzas productivas. La socialdemocracia y el socialismo soviético, que en buena medida era un hijo de sus premisas políticas, identificaron capitalismo y estado como trayectoria unívoca de modernidad. Ante eso, las tradiciones políticas del anarquismo conservan algunas de las intuiciones básicas que en algún momento habían sido compartidas.

En definitiva, para pensar el proyecto socialista en el presente hay que poner en el centro la tradición del republicanismo democrático y la aspiración a la universalización de la libertad republicana, que es el punto de partida. Eso implica no circunscribir la política a la conquista del estado, y recuperar la aspiración de resocializar la política y la economía sometiéndolas a la soberanía popular, es decir, creando poder popular. Hay que recuperar la sana desconfianza en unas estructuras políticas y administrativas que reproducen la escisión con el grueso de la sociedad y que, por definición, implican la concentración de poder en pocas manos. La tensión entre las exigencias políticas prácticas y los principios democráticos republicanos no parece que pueda ser superada de manera definitiva de una manera teórica. Es una cuestión práctica, política, que –como tantas otras– siempre se resuelve entre el peligro de la esterilidad de las ideas en el terreno de los hechos y el riesgo de una deriva pragmática y oportunista.

(Este texto es una versión castellana y parcialmente modificada de un artículo publicado por su autor en la revista Nous Horitzons, nº 218, que conmemora el bicentenario del nacimiento de Karl Marx).

es analista político
Fuente:
www.sinpermiso.info, 30-9-18
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