Marzo 1917: el doble poder

Miguel Salas

24/03/2017

Nuestra táctica: ninguna confianza y ningún apoyo al nuevo gobierno

(Telegrama enviado a Rusia por Lenin)

 

La noticia sobre la caída del zarismo y el inicio de la revolución causó entusiasmo, perplejidad e inquietud en una Europa agotada por una guerra que ya duraba casi 3 años. El gobierno alemán imaginó que se debilitaría el frente ruso y facilitaría su victoria. Pero, también temía la revolución. El titular de Interior se refirió en el Consejo de Ministros al “efecto embriagante de la revolución rusa” y dio la orden tajante de censurar “todo cuanto explique o ensalce los hechos de los revolucionarios en Rusia”. A los aliados de Rusia (Francia y Gran Bretaña; Estados Unidos no entraría en la guerra hasta abril de 1917) les inquietó los acontecimientos revolucionarios y movilizaron sus recursos diplomáticos para que el nuevo gobierno ruso mantuviera sus alianzas y presencia militar.

En España, el periódico anarquista Tierra y Libertad deseaba “al proletariado ruso fuerte empuje revolucionario”. Los socialistas se mostraron más parcos. El Socialista publicó información sobre los acontecimientos pero cuesta encontrar opiniones o editoriales. Tres meses después, en un manifiesto para el 1º de Mayo, ni siquiera se menciona la revolución rusa. El revolucionario Víctor Serge, en ese momento exilado en Barcelona, escribió en sus Memorias: “Hasta los obreros de mi taller, que no eran militantes, comprendían instintivamente las jornadas de Petrogrado, ya que su imaginación las trasponía a Madrid y a Barcelona. La monarquía de Alfonso XIII no era ni más popular ni más sólida que la de Nicolás II; la tradición revolucionaria de España remontaba, como la de Rusia, a los tiempos de Bakunin; causas sociales semejantes obraban aquí y allá, problema agrario, industrialización retrógrada, régimen político atrasado en más de un siglo y medio respecto del Occidente europeo.” El intelectual Salvador de Madariaga habló de que “las espléndidas noticias de la Revolución rusa habían corrido por España como la pólvora”. Desde Italia, el revolucionario Antonio Grasmci escribió: “La noticia de la revolución fue acogida en Turín con una alegría indescriptible. Los obreros lloraban de emoción al recibir la noticia de que el zar había sido derrocado”. En toda Europa, en la conciencia de millones de hombres y mujeres se abría la esperanza de acabar con la guerra y el sufrimiento.

Un gobierno vigilado

Analizamos en el artículo anterior la “paradoja” de que la revolución la hubieran encabezado las obreras, obreros y soldados y, sin embargo, el poder hubiera pasado a manos de la burguesía. El gobierno provisional que se formó fue una combinación de antiguos dignatarios zaristas, grandes industriales que se habían enriquecido con la guerra, abogados y propietarios agrícolas, dirigentes del partido kadete (algo así como el Partido Popular actual) con Miliukov a la cabeza, que era el verdadero dirigente de la burguesía, y Kerensky como representante de la “izquierda” no revolucionaria. Como primer ministro, ¡agárrese el lector!, eligieron a un príncipe, el príncipe Lvov. No es de extrañar que el pueblo trabajador respondiera irónicamente: "Hemos cambiado un zar por un príncipe". Más seriamente, otros se preguntaban: “¿Acaso ha corrido la sangre de los obreros  solo para reemplazar a un terrateniente por otro”? El gobierno se movía entre decisiones que ya habían sido superadas por los acontecimientos o decisiones que no podía cumplir, o mantener en lo que pudiera a elementos del antiguo régimen. Por ejemplo, los miembros del Consejo de Estado del zarismo seguían cobrando sus emolumentos, y el gobierno asignó una pensión a los ex ministros.

El 2 de marzo abdica el zar, al que se le retiene en uno de sus palacios. El 7 de marzo Kerensky declara que el zar “se dirige a Inglaterra bajo mi vigilancia personal”. El escándalo fue impresionante y el 9 de marzo tuvo que desmentirlo y el zar fue arrestado formalmente. No había zar, pero el gobierno sigue sin declarar cual es la forma de estado que prefiere. Ese mismo día, el soviet de Petrogrado organiza una comisión dedicada al reparto de subsistencias entre la población. La organización de la clase trabajadora empieza a tomar decisiones para ejercer el poder.

El 5 de marzo, el soviet decide que se reanude el trabajo, pero las protestas siguen. Los partidos y periódicos de la burguesía lanzan una campaña para que los soldados vuelvan a los cuarteles y los obreros a las fábricas. Es decir, “¿que todo sigue como antes?”, se preguntan. Hasta el 10 de marzo, los patronos no aceptan la jornada de 8 horas en Petrogrado. En Moscú, el acuerdo se adoptará el 21. La presión y el desarrollo de huelgas espontáneas obligan a los empresarios a aceptar aumentos salariales de entre un 30% y un 50%. No se hace una revolución para que casi todo siga igual. En la fábrica Putilov, con 30.000 trabajadores, se dejaron de aplicar las reglas de la fábrica, con sus multas punitivas y sus registros humillantes. En esta empresa, y en otras, fueron creados los comités de fábrica para representar los intereses de los trabajadores ante la patronal. En las grandes empresas estatales, los nuevos comités tomaron temporalmente la gestión, dado que los administradores habían huido. El 13 de marzo, los miembros de los comités de las fábricas pertenecientes al Departamento de Artillería definieron como objetivo “la autogestión a la mayor escala posible"; y las funciones de los comités fueron especificadas como “de defensa de los intereses de los trabajadores frente a la administración de la fábrica y el control sobre sus actividades”.

Existe un gobierno, pero la acción de las masas es quien acaba imponiendo las decisiones, por los hechos o a través de los soviets. Nominalmente el gobierno detenta el poder, pero la fuerza y la decisión están en los soviets. Por ejemplo, el 5 de marzo, el soviet decide clausurar las publicaciones monárquicas y someter a su decisión la aparición de nuevos periódicos. La revolución tiene derecho a defenderse.   

El 8 de marzo, el gobierno aprueba un decreto sobre la amnistía, cuando los presos ya están en la calle y los desterrados en Siberia ya están llegando a las ciudades. El 12, aprueba la abolición de la pena de muerte. Cuatro meses después Kerensky la restablecerá para los soldados.

El reparto de la tierra era uno de los principales problemas de la revolución. El atraso del campo y la gran concentración latifundista entre la Corona, la Iglesia y los grandes propietarios convertía a los campesinos en un elemento clave para el futuro de la revolución. El gobierno no decía nada, su política consistía en aplazarlo todo. Pero los campesinos no podían esperar. A finales de marzo ya son muchas las regiones agrícolas que están en movimiento, se ocupan tierras, se detiene a terratenientes, se forman comités agrícolas y soviets. La revolución también llega al campo.

Hasta el 25 de marzo no creó una Comisión para estudiar la convocatoria de la Asamblea Constituyente, que según el gobierno debía decidirlo todo, y redactar una ley electoral. La Comisión nunca llegó a funcionar.

La guerra, una de las principales causas de la revolución, seguía presente y había que darle alguna respuesta. El ejército, los soldados, querían respuesta a su situación. El 6 de marzo, el soviet aprobó el llamado Decreto número 1, por el que se acordaba la elección de representantes de los soldados a los soviets, la conservación de las armas bajo el control de los comités de compañía y batallón, en el servicio, disciplina militar; fuera de él, completos derechos civiles, abolición del saludo, prohibición de los castigos físicos y nombramiento de comisarios en todas las armas e instituciones militares. Los derechos democráticos entraban por primera vez en los cuarteles y en las trincheras. Para el gobierno y los dirigentes del ejército, que continuaban siendo los mismos que bajo el zarismo, la continuación de la guerra era completamente necesaria. El 20 de marzo, el gobierno declaró que “cumplirá fielmente con todos los tratados que nos comprometen con otras potencias”. Más claro imposible. Así lo explicó Trotsky: “La continuación de la guerra justificaría la conservación del aparato militar y burocrático del zarismo, el aplazamiento de la Asamblea Constituyente, la subordinación del interior revolucionario al frente, o lo que es lo mismo, a los generales que formaban un frente único con la burguesía liberal”. Si la guerra continuaba, todo podía aplazarse, las reformas sociales, el reparto de la tierra, la emancipación nacional.

La lucha entre la revolución (los soviets) y el gobierno representando los intereses de la burguesía apareció desde el primer momento. Una resolución de la fábrica Izhora lo expresaba así: "Todas las medidas del Gobierno Provisional que destruyan los remanentes de la autocracia y fortalezcan la libertad del pueblo deben ser plenamente apoyadas por la democracia. Toda medida que conduzca a la conciliación con el viejo régimen y que sea dirigida contra el pueblo debe enfrentarse con una protesta y contraataque decisivos". Lenin, todavía en Suiza, en sus Cartas desde lejos escribirá: “ahora nos encontramos en un periodo de transición de esta primera etapa de la revolución a la segunda, de “pelear” con el zarismo a “pelear” con el imperialismo terrateniente y capitalista”.

Qué son los soviets

El significado de una palabra puede cambiar en el transcurso del tiempo. Es lo que ocurre con la palabra rusa soviet. Significa consejo o junta, y de ser la representación democrática del movimiento de la clase trabajadora se ha acabado asociando al régimen político que surgió de la degeneración que impuso la burocracia estalinista en la antigua URSS. Sería una pequeña victoria si en este centenario de la revolución rusa lográramos rehacer el buen sentido de la palabra soviet. El lector puede encontrar una sencilla y clara explicación de su origen y función en este pequeño folleto escrito por Andreu Nin.

Los soviets surgieron en la revolución de 1905 como una expresión natural y espontánea de la movilización. Eran organismos democráticos de representación de la clase trabajadora. En las asambleas de empresa se elegían a los delegados o diputados obreros, por ejemplo uno por cada 500 trabajadores, que se coordinaban con el resto de empresas de la ciudad. Al principio, fueron herramientas para la huelga general, para representar a cientos de miles de trabajadores y trabajadoras. No se opone al sindicato, ni a los comités de fábrica, sino que cada uno ocupa su lugar en la organización de la clase trabajadora y de la nueva sociedad que pugna por surgir.

Tras la experiencia de 1905, fue natural su renacimiento en 1917. Al principio se forman como un acuerdo entre los partidos socialistas, pero inmediatamente se eligen delegados en las empresas. Para dar representación a los soldados, cuyo papel ha sido tan decisivo, se acuerda que su denominación sea de soviets de delegados obreros y soldados. Se forman también soviets de barrio y, posteriormente, el movimiento se extiende a las aldeas con la formación de soviets campesinos. Por toda la extensa Rusia el soviet es reconocido como la expresión genuina de la revolución. (En la foto, el Soviet de Petrogrado en 1917).

Si bien lo conocemos por su nombre ruso, en prácticamente todos los procesos revolucionarios han surgido expresiones parecidas. En Alemania se llamaron consejos obreros en la revolución de 1918. Así los conocieron en la revolución húngara del mismo año, y también en la de 1956. Los italianos los llamaron consejos de fábrica. En la revolución española de 1936 fueron los comités… sea cual sea su denominación concreta, se trata de una necesidad de expresión y organización de la clase trabajadora en un momento en el que la revolución plantea la posibilidad de que una nueva clase social arrebate el poder a la burguesía.   

Doble poder

Los corresponsales de los periódicos The Times de Londres y Le Temps de París tuvieron que admitir en sus crónicas que “en Rusia había dos gobiernos”. En un artículo publicado en Pravda (periódico de los bolcheviques) Lenin subraya que “La más notable característica de nuestra revolución es un poder dual […] Nadie pensó o podía haber pensado con anticipación sobre el poder dual”. El 9 de marzo el general Alexéiev, jefe del Ejército, telegrafió al ministro de la Guerra: “Pronto seremos esclavos de los alemanes, si seguimos mostrándonos indulgentes con el Soviet”. Guchkov le contestó: “Por desgracia, el gobierno no dispone de poder efectivo; las tropas, los ferrocarriles, el telégrafo, todo está en manos del Soviet, y puede afirmarse que el gobierno provisional sólo existe en la medida en que el Soviet permite que exista”.

La cuestión del doble poder es un problema al que se enfrentan prácticamente todas las revoluciones y hay que comprenderlo para guiarse bien en un proceso revolucionario. Toda revolución crea nuevas formas, nuevas instituciones que representan a la clase social, o a las clases sociales, que tiene la iniciativa. En Rusia fueron los soviets. La burguesía, que desde que empezó la guerra estaba dirigiendo prácticamente el país, quería desembarazarse del zar, al tiempo que temía a la clase trabajadora. A la caída del zarismo, a la burguesía le cae el poder en sus manos pero su única capacidad consiste en mantener o adaptar el viejo aparato del Estado; mientras que la clase trabajadora está construyendo y ejerciendo el poder que le ha dado la revolución a través de los soviets. Pero la existencia de “dos gobiernos” es imposible. Pueden coexistir durante un tiempo, el tiempo que una clase social u otra necesita para organizarse, para tomar conciencia y ganar a los aliados necesarios para imponerse sobre la otra. Ahí está la clave del doble poder.

Ese debate surgió entre los revolucionarios rusos. Los socialistas moderados, los mencheviques, que durante los primeros meses de 1917 tuvieron la mayoría en los soviets, cedieron el poder a la burguesía y consideraron que los soviets debían ser un complemento del gobierno, de hecho, se formó un comité de enlace entre el ejecutivo de los soviets y el gobierno. El intento de coexistencia chocó desde el primer momento. Los bolcheviques comprendieron que los soviets podían ser la nueva forma de gobierno, más democrática y representativa de las masas obreras y campesinas organizadas -Lenin decía que era como la Comuna de París de 1871-, y por eso se orientaron en el sentido de preparar la conciencia y organización, de ganar la mayoría de la clase trabajadora y de los campesinos para que los soviets se adueñaran del poder. No se puede dividir el poder entre clases sociales opuestas. Para conquistar la paz, el pan y la tierra los soviets debían tomar el poder.

Si repasamos otros procesos revolucionarios veremos como el problema del doble poder ha estado presente. En la revolución francesa, el doble poder se expresa primero (1789-1792) desde la toma de La Bastilla hasta que el Rey Luis XVI intenta huir, la Asamblea Constituyente coexiste con el Rey. Es la etapa de la abolición del feudalismo, de las servidumbres, los diezmos, etc., pero aún se mantiene la monarquía. La nobleza y el clero empiezan a organizar la guerra civil con la ayuda de los monarcas extranjeros. La siguiente etapa, la de la Convención (1792-1795) se proclama la república, el Rey es ejecutado, y la radicalización de los sectores populares da la mayoría a los jacobinos, encabezados por Robespierre y Sant Just. Con el Directorio (1795 a 1799) la revolución da un nuevo giro y se imponen los sectores burgueses más moderados que cierran el periodo revolucionario. En cada uno de esos pasos el doble poder expresa los intereses de las clases sociales, y por debajo empujando y buscando su lugar los sans-culottes, los sectores más populares a quienes todavía no les había llegado su hora histórica.

En la revolución alemana de 1918 se formaron consejos obreros, siguiendo el ejemplo de Rusia, se extendieron por todo el país y acabaron con la monarquía. Lograron coordinarse y reunir un congreso de toda Alemania, pero la socialdemocracia apostó por mantener la república burguesa e incorporar los consejos en la Constitución. El resultado es conocido, la revolución fue derrotada por las armas y los socialdemócratas permitieron el asesinato de Karl Liebneckt y Rosa Luxembourg.

El balance de la revolución española de 1936 arrastra también una vieja polémica. El golpe fascista fue derrotado por las masas trabajadoras, en muchos lugares se formaron comités que organizaron la producción, los capitalistas habían huido, la vigilancia y los primeros batallones de milicianos para enfrentarse a los fascistas. En Catalunya, se formó el Comité de Milicias Antifascistas, que reunía a las fuerzas obreras y republicanas y a los comités, y las izquierdas tuvieron el dilema de mantener la república o que el proceso revolucionario avanzara hacia una nueva sociedad, hacia el socialismo. Se dijo que primero había que ganar la guerra y luego ya vendría la revolución; se impuso la opción de “ganar la guerra”. No hace falta decir cual fue el resultado. Años antes, el socialista reformista francés, Jules Guesde, había dicho algo parecido: “Primero la victoria (en la guerra imperialista), después la república”.

No es solo historia

El historiador Josep Fontana explicó en una conferencia la necesidad de estudiar la revolución rusa “para llegar a entender nuestra propia historia; pero es evidente que este estudio no lo veo como un puro ejercicio intelectual sin fines prácticos.” Efectivamente, el estudio histórico puede ser un interesante ejercicio de conocimiento, pero más apasionante es poder relacionarlo con los debates políticos actuales.

La revolución de 1917 condicionó todo el siglo XX y muchas generaciones de luchadores y revolucionarios se educaron en torno a sus lecciones y experiencias, y en muchos casos con una lectura más que discutible si no tergiversada por la tradición estalinista. Por eso, este aniversario nos exige repensar y/o reaprender con los ojos de las experiencias de este inicio de siglo. Porque, salvando la distancia histórica y lo que ha cambiado el mundo, los problemas básicos no son tan diferentes: ¿se puede o no cambiar el sistema capitalista? ¿qué papel puede jugar la clase trabajadora? ¿qué relación puede establecerse hoy entre clase social y ciudadanía? ¿qué organizaciones políticas hay que construir para el cambio político y social? ¿y la relación entre movimientos sociales y parlamentarismo? ¿cómo se puede practicar hoy el internacionalismo y la solidaridad entre los pueblos? Estas preguntas, y otras, tienen que ver con la construcción de herramientas políticas, con la definición de estrategias políticas que permitan combatir la desigualdad, no para reformar el sistema, sino para construir uno nuevo, solidario, democrático, igualitario, lo que en la tradición de los revolucionarios de 1917 llamaban socialismo.

Con los procesos de cambio iniciados en muchas ciudades, con la ruptura del bipartidismo, con el reconocimiento de la crisis del régimen del 78, con lo que significó el movimiento del 15-M, con el proceso soberanista en Catalunya, se suele hablar de que estamos en un proceso de revolución democrática. Entonces, ¿cuáles podrían ser los objetivos, qué medios y qué movilización para lograrlos? Como siempre en la vida, lo que valen son los hechos.

En una reciente entrevista en La Tuerka,  el dirigente gallego Xosé Manuel Beiras señala que: “pensar que se pueden cambiar las cosas en las instituciones del enemigo, cuando sabes que no vas a ser profundamente mayoritario, puede atraparte en el engranaje”. Al mismo tiempo, escuchamos que la gente que está en las instituciones para ponerlas al servicio de la gente, ¿es compatible? Son reflexiones que enlazan con la experiencia de estos cien años transcurridos y que el conocimiento de la revolución y sus lecciones pueden ayudarnos a resolverlas mejor. Durante los meses en que las opiniones de Lenin y los suyos estaban en minoría y pedía paciencia para convencer a la gente, daba estos consejos: “No queremos que las masas nos crean bajo palabra. No somos charlatanes. Queremos que las masas superen sus errores por la experiencia.”

Sindicalista. Es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 24 de marzo 2017