Merkel en Sochi y una gran incógnita europea

Àngel Ferrero

07/05/2017

Angela Merkel se reunió el pasado martes con Vladímir Putin como parte de su gira preparatoria de la cumbre del G20 que se celebrará los próximos 7 y 8 de julio en Hamburgo. El encuentro entre la canciller alemana y el presidente ruso, el primero en dos años, se celebró en la ciudad de Sochi, donde el Kremlin cuenta con una residencia de verano.

“Rusia está preparada para proporcionar toda la asistencia necesaria a la presidencia alemana para garantizar que la cumbre de Hamburgo sea productiva”, dijo Putin en la conferencia de prensa posterior a la reunión, en la que destacó que Alemania es uno de los principales socios comerciales de Rusia. Durante el acto con los periodistas, el tono fue en general conciliador y cordial, pero no podía ocultar las diferencias entre los dos políticos. Fue, como lo describió el periodista alemán Peter Mühlbauer un día después, “un encuentro frío a 22 grados de temperatura”.

Aunque el motivo oficial de la reunión era la cumbre del G20 –las veinte economías de los países industrializados y emergentes más importantes–, fue inevitable que apareciesen otras cuestiones relativas a las relaciones bilaterales y los problemas internacionales que afectan a ambos países, especialmente los conflictos en Ucrania y Siria.

Ucrania y las sanciones

Merkel y Putin coincidieron en la necesidad del cumplimiento de los acuerdos de Minsk tanto por parte del gobierno ucraniano como de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk. Según el diario alemán Handelsblatt, Merkel “no puede arriesgarse a un fracaso del proceso de Minsk antes de las elecciones al Bundestag” que se celebrarán el próximo 24 de septiembre. La situación en Donbás, donde el frágil alto el fuego es constantemente roto por el intercambio de disparos entre los dos bandos, se ha deteriorado en los últimos meses. También desde las páginas de Handelsblatt, el presidente del Ost-Auschuss –la organización que agrupa a las empresas y bancos alemanes con intereses en Europa oriental–, Wolfgang Büchele, pedía a Merkel que modificase su discurso y estrategia. “Es tiempo de reactivar el diálogo bilateral y europeo con Rusia”, declaró al diario económico. “La confrontación permanente nos saldrá cara en Europa, ambas partes se necesitan la una a la otra para resolver cuestiones fundamentales en Europa y en el mundo”, añadió. Según cifras del Ost-Auschuss, el volumen comercial aumentó un 37%, unos diez mil millones de euros, en enero y febrero de 2017 con respecto al mismo período del año anterior, y ello a pesar de la situación política. Como es notorio, Alemania sigue siendo el primer comprador de gas natural ruso en cantidades que han ido en aumento en los últimos años, sin que haya ninguna alternativa energética a corto plazo sobre la mesa para Berlín.

Sin embargo, las posiciones no se movieron un ápice. La canciller alemana recordó que el alzamiento de las sanciones a Rusia “está vinculado al cumplimiento del proceso político de Minsk”, y tanto Merkel como Putin descartaron nuevos acuerdos. “No puedo más que estar de acuerdo con la canciller alemana […] no se puede planificar nada nuevo mientras no se hayan conseguido resultados con los [formatos] anteriores”, aseguró por su parte el presidente ruso, que tuvo palabras de recuerdo para el tercer aniversario de los hechos en Odesa. “En Odesa, hoy hace tres años […] ocurrió una terrible tragedia en la cual nacionalistas ucranianos acorralaron a gente indefensa en la Casa de los Sindicatos y la incendiaron”, explicó al subrayar que “hasta la fecha los culpables no han sido castigados”.

Odesa fue escenario en 2014 de enfrentamientos entre simpatizantes y opositores al gobierno surgido de las protestas del Maidan. El 2 de mayo, después de violentos choques, un grupo de manifestantes se refugió en la Casa de los Sindicatos, que poco después se incendió. La mayoría de testimonios apuntan al lanzamiento de cócteles molotov por parte de nacionalistas radicales ucranianos como causa. En total 48 personas murieron y 247 resultaron heridas.

Siria, derechos humanos

En cuanto al conflicto sirio, Merkel y Putin condenaron el uso de armas químicas al referirse al ataque que tuvo lugar el 4 de abril en el municipio de Jan Seijun, en la provincia siria de Idlib, y del que el gobierno y los rebeldes se acusan mutuamente. “Los culpables han de ser encontrados y castigados”, afirmó Putin al añadir, no obstante, que “ello solamente podrá llevarse a cabo después de una investigación parcial”. Alemania, manifestó a su turno Merkel, hará “todo lo que esté a nuestro alcance para dar apoyo al alto el fuego y ayudar” al pueblo sirio.

La canciller alemana también pidió al presidente ruso “que garantice la protección de los derechos de las minorías sexuales” en el país. A comienzos de abril, el diario ruso Novaya Gazeta informó que las autoridades de Chechenia habían detenido a más de un centenar de homosexuales que habrían sido víctimas de maltratos durante su detención. Merkel hizo extensiva esta demanda a las ONG y otras organizaciones de la sociedad civil que han denunciado repetidamente presiones por parte del Kremlin.

Finalmente, Putin volvió a negar las acusaciones de haber interferido en procesos electorales. “Son rumores sin fundamento utilizados en luchas políticas internas”, respondió a la pregunta de los periodistas, a los que devolvió el guante –también a Merkel– al reclamar que otras potencias no interfieran en las próximas elecciones presidenciales de 2018. Rusia ha sido acusada de haber intentado influir en el último ciclo electoral en Occidente, desde las presidenciales de EEUU hasta las recientes elecciones en Francia. Preguntada por esta cuestión, Merkel se limitó a decir que no era una “persona ansiosa”. “Sabemos que el cibercrimen es un desafío internacional […] pero esperamos que las elecciones alemanas se celebren sin problemas”, contestó.

La conversación telefónica entre Putin y Trump

Por la tarde, el presidente ruso habló por teléfono con Donald Trump. La nota de prensa del Kremlin, que describe la conversación como “constructiva”, no aclara de quién fue la iniciativa. Entre los temas mencionados aparecen tanto el conflicto sirio como la tensión en la península de Corea –pero no así Ucrania, quizá significativamente– y la voluntad de mantener el contacto y la cooperación entre ambos países, así como de organizar un encuentro personal durante la próxima cumbre del G20.

Se ha especulado con que esta conversación está relacionada con el anuncio, al día siguiente y tras el encuentro entre Putin y el presidente turco, de que Rusia estaba dispuesta a aceptar la creación de zonas de seguridad en Siria. Ésta ha sido justamente una de las reclamaciones de la administración estadounidense desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, a la que Damasco se ha venido oponiendo por temor a una 'balcanización' del país que preceda a su despiece.

Al día siguiente, los tres países garantes de la tregua en Siria –Rusia, Irán y Turquía– acordaron la medida con la firma de un memorando en la cuarta ronda de negociaciones en Astaná. Según el texto reproducido en los medios rusos, se creará un grupo de trabajo que delimitará las zonas de desarme, de tensión y seguridad en la provincia de Idlib, partes de las vecinas Latakia, Alepo y Hama, parte del norte de la provincia de Homs, Guta Oriental y en el sur del país, en las provincias de Deraa y Al Quneitra. La aviación estadounidense está excluida del espacio aéreo de estas zonas, y Al-Qaeda y Estado Islámico quedan una vez más fuera del acuerdo, por lo que continuarán las operaciones contra ellas. Cabe señalar que a las negociaciones asistió, en calidad de observador, el secretario de Estado adjunto de EEUU Stuart Jones, que en la escala diplomática ocupa un rango mayor que George Krol, el embajador estadounidense en Kazajistán y quien hasta la fecha había venido desempeñando esta labor.

El ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, Sigmar Gabriel, había manifestado días atrás su temor a que el proceso en Astaná llevase a una “deriva política” que beneficiase a Rusia e Irán. “La asociación y cooperación entre Turquía, Rusia e Irán es un hecho”, constató el portavoz del Auswärtiges Amt, Martin Schäfer. Y que este hecho “suceda sin vínculos con Europa, con la coalición contra Estado Islámico y Estados Unidos”, añadió, “es para nosotros un motivo de preocupación”.

Las guerras comerciales de Trump

Mientras en Ucrania y Siria hablan los cañones, los países y bloques económicos que apoyan a uno u otro bando en esos conflictos libran entre ellos soterradamente otro tipo de guerras, mucho más silenciosas, pero cuyo impacto no es en ningún caso menor. Las mercancías – decían Marx y Engels– son la artillería pesada de la burguesía con la que derrumba “todas las murallas de la China”. La economía mundial, al parecer, ha entrado recientemente en una etapa similar.

Por su proximidad con el show-business y su estilo populista, Donald Trump ha sido descrito  por varios colaboradores de la revista estadounidense Counterpunch como un “Ronald Reagan con esteroides”. En el plano económico, la trumponomics se ve a sí misma, en efecto, como una vuelta de tuerca de la reaganomics. En 1985, durante la primera administración Reagan, Estados Unidos firmó el Plaza Accord con Alemania occidental, Reino Unido y Japón. Este acuerdo permitió a EEUU devaluar el dólar y, con ello, reducir el déficit comercial con sus socios y recuperar competitividad en los mercados internacionales abaratando sus exportaciones. Menos recordado es que con el Plaza Accord –y, dos años después, el Louvre Accord, que consolidaba el primero– Washington consiguió algo así como exportar su crisis a sus aliados de posguerra, cuyos productos se perfilaban como una amenaza a la estabilidad económica de EEUU, y, por extensión, a  su hegemonía mundial. El Banco Central de Japón (BCJ), tomando en consideración la depreciación del yen frente al dólar, decidió aumentar el tipo de interés bancario. Como resultado, los precios de las acciones en bolsa y los bienes inmuebles se desplomaron. Éstos arrastraron a los bancos, que tenían como garantía los bienes inmuebles en los que habían invertido los años anteriores las ganancias fruto de su superávit comercial. Del pinchazo de aquella burbuja inmobiliaria Japón se resintió toda una década –conocida en el país como ushinawareta junen, los “diez años perdidos”–, sin que nunca se haya recuperado del todo, y los problemas sociales del país se agravaron. En lo político, puso en marcha un proceso de derechización de su sistema de partidos –cinco de los ocho partidos representados en la Dieta se encuentran en esa parte del espectro político–, y con él la revitalización de las demandas nacionalistas a disponer de un ejército propio que reemplace a las Fuerzas de Autodefensa de Japón o resucitar viejos símbolos y códigos imperiales, y también a la subida del Partido Comunista de Japón (PCJ), que prácticamente dobló su número de diputados en las últimas elecciones de 2014, pasando de 8 a 21 escaños.

Bajo la pretendida política aislacionista de Trump podría esconderse en última instancia el mismo objetivo estratégico de la reaganomics, a saber: noquear a los potenciales competidores de EEUU recurriendo a todos los intrumentos de presión de los que dispone Washington, desde el soft power (la diplomacia) al hard power (la amenaza militar directa o indirecta, generando inestabilidad en sus fronteras). La intención de Trump de renegociar (que no romper) los tratados de libre comercio –una de sus bazas en campaña, con la que se atrajo el voto rural y del antiguo cinturón industrial estadounidense, donde se encuentran los estados clave que le entregaron la llave de la Casa Blanca– es significativa en este sentido. En los últimos diez años las llamadas economías emergentes han creado organizaciones políticas y comerciales que les permiten coordinar sus acciones con efectividad. En otras palabras, EEUU ha perdido su histórica posición de ventaja en las mesas de negociación. Romper los tratados de libre comercio colectivos para renegociarlos a nivel bilateral, donde puede hacer valer su fuerza, permitiría a EEUU –junto con otras decisiones políticas tomadas en paralelo– amortiguar el declive político y económico del país. Trump podría ser el medio para ese fin, y los cambios recientes en su administración, una prueba de ello.

Recapitulemos algunos de los episodios de los primeros cien días de Trump. A mediados de enero, el presidente estadounidense amenazó en una entrevista al diario Bild con introducir aranceles a la importación de automóviles alemanes. “Si queréis construir automóviles en el mundo, os deseo lo mejor”, dijo, “podéis construir coches en EEUU, pero por cada coche que venga a EEUU tendréis que pagar un impuesto del 35%”. La pregunta de Trump –¿por qué tanta gente en Nueva York conduce un Mercedes y tan pocos alemanes compran un Chevrolet?– recibió una inesperada y mordaz respuesta por parte del ministro Sigmar Gabriel: “EEUU tiene que construir mejores automóviles”. A finales de enero, el asesor económico de Trump, Peter Navarro, acusó públicamente a Alemania de beneficiarse de una divisa devaluada en detrimento de sus socios europeos y EEUU, y llegó a calificar el euro de “Deutsche Mark implícito”. “Juegan con el mercado de divisas, juegan con la devaluación del mercado mientas nosotros estamos sentados aquí como un puñado de primos”, llegó a declarar Trump.

Peter Navarro volvió a la carga en marzo al proponer a Alemania reducir el déficit comercial de 65 mil millones de euros fuera del marco de la Unión Europea. “Creo que sería útil mantener debates sinceros con Alemania sobre las vías que podríamos adoptar para reducir el déficit fuera de los límites y restricciones bajo los que dicen estar”, dijo Navarro en una conferencia con empresarios estadounidenses. “No es una cuestión baladí: el de Alemania es uno de los déficits comerciales más difíciles que vamos a tener que negociar, pero es algo que estamos pensando seriamente desde hace mucho”, añadió.

En abril, Trump llegó a dispensar a Canadá el mismo trato antes mostrado hacia Alemania y China –a la que amenazó en campaña con catalogar oficialmente como “manipulador de divisas”–, anunciando la aprobación de un impuesto del 20% a la importación de madera blanda canadiense. Ese mismo mes la administración estadounidense anunciaba que estudiaría los déficits comerciales en la importación de aluminio –asegurando, además, que se trataba de una cuestión que afectaba a la seguridad nacional–, una medida que tocaba de pleno nuevamente a Alemania y China. Berlín llamó a Estados Unidos a respetar las normas de la Organización Mundial de Comercio (OMC) y la ministra de Economía alemana llegó a salir en defensa de las empresas del país, asegurando que su ministerio “garantizará que las compañías alemanas no estén en desventaja en el comercio internacional”. Si Trump logra que salga adelante su plan de reducir los impuestos de las empresas –la rebaja podría llegar al 20%– provocaría con toda seguridad una reacción en cadena en la economía mundial que complicaría este cuadro.

Europa a la deriva

¿Qué lugar ocupa Rusia en este escenario? Días antes de la visita de Merkel, el economista ruso Vasili Koltashov destacaba su importancia en rabkor.ru: “En la Unión Europea, el caos y una irritación y rivalidad mutuas van en aumento”, escribía. Y Washington, añadía, “juega a reforzarlas, pues la UE, como bloque económico, todavía no se ha consolidado ni lo hará”.

Merece la pena detenerse en el artículo del jefe del Centro de investigaciones económicas del Instituto de la Globalización y los Movimientos Sociales (IGSO). Según Koltashov, “a las autoridades de la República Federal Alemana y los funcionarios europeos siguen sin gustarles las autoridades rusas y urgen a luchar contra ellos, pero en las circunstancias actuales se ven obligadas al diálogo”. Los resultados del mismo son, continúa, “desconocidos”, pero “es obvio que las elites de la Unión Europea no quieren que Putin participe en este creciente conflicto, y mucho menos que Moscú abra un 'segundo frente' contra Berlín y Bruselas.”

Es poco probable que Bruselas garantice “un rápido levantamiento de las sanciones, puesto que la Unión Europea no ha cancelado su expansión oriental”, lo que, a juicio de Koltashov, “es el único plan posible para salvar su unión neoliberal y reimpulsar el crecimiento de su economía”. En este contexto, “EEUU ha dejado de ser un amigo, un aliado” de la UE: de manera más o menos explícita Trump busca “su colapso”, y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, “lo entiende”. En este pulso la UE parte visiblemente con desventaja: “EEUU no se desintegrará, mientras que la UE ya se está desintegrando”, valora Koltashov. “Gente como Juncker son las culpables de poner en marcha el colapso de la UE, pero nunca admitirán que es precisamente la imposición de la desigualdad en los países miembros de la Unión, la supresión de su soberanía, la imposición de reformas 'económicas' antisociales, y la explotación económica y financiera de los países más pobres por los más ricos lo que ha hecho a la UE tan vulnerable”, afirma.

Mientras Barack Obama creía “que sería capaz de integrar a Europa en su proyecto transatlántico, convirtiéndola en parte de la zona de influencia norteamericana bajo un complejo de nuevas normas, en 2016 se hizo evidente que Alemania se había convertido en la potencia hegemónica de la 'Europa unida' y que no se apresuraría a cooperar con EEUU, ya que que no estaba dispuesta a compartir recursos con él”. Para Koltashov, “si Trump no hubiera llegado a la presidencia, quizá hubiera sido otro quien se hubiera negado a estrechar la mano a Angela Merkel”.

Para que EEUU pueda recuperar su influencia en Europea, pues, “la UE debe ser debilitada”. La estrategia de Obama, que pasaba por la firma del TTIP, “era imponer una especie de 'Plan Marshall' a la inversa: tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos abrió sus mercados a sus socios europeos; durante el segundo mandato de Obama, en cambio, querían que la UE abriese su mercado a las empresas estadounidenses todo lo posible, otorgándoles privilegios y asegurándoles su dominio en Europa”. Este plan, no obstante, “no gustaba a Berlín, pues interfería en su hegemonía en la UE”.

Ahora, sostiene Koltashov,  “el conflicto ya no puede ocultarse”, y esto significa que “el frente unido contra Rusia será más difícil de mantener”. “EEUU está luchando contra la UE, pero la derrota de este bloque no será el equivalente a la victoria de Washington”. “Y en cuanto a los juegos diplomáticos de Merkel y la eurocracia”, finaliza, “no salvarán a la UE”.

El encuentro entre Putin y Merkel terminó significativamente sin avances. Si los socialdemócratas alemanes consiguen ganar las próximas elecciones, la del pasado martes podría haber sido la última reunión de Merkel con el presidente ruso. Si, por el contrario, Merkel logra conservar su puesto, lo hará notablemente con menos apoyos políticos y sociales, tanto dentro como fuera de su país. En cualquiera de los dos casos, Europa, el llamado “continente”, nunca se había parecido tanto a una isla a la deriva.

Una versión anterior de este artículo apareció en el diario El Punt Avui el miércoles 3 de mayo.

Periodista residente en Moscú. Miembro del comité de redacción de Sin Permiso.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 6 de mayo 2017
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