Moscú sigue esperando al «Reagan con esteroides»

Àngel Ferrero

16/07/2017

Era la imagen más esperada de la cumbre del G-20 en Hamburgo. La fotografía de la encajada de manos –siempre peculiar– entre el presidente de EEUU, Donald Trump, y el de Rusia, Vladímir Putin, no sólo ocupó las portadas y los espacios más destacados de los medios de comunicación de todo el mundo, sino que llegó a ser objeto de meticulosos análisis sobre lenguaje corporal. Incluso las fotografías de Putin y la primera dama de EEUU, Melania Trump, que se sentaron uno al lado del otro en la cena celebrada en la Filarmónica del Elba, no escaparon al escrutinio de la prensa.

A pesar de las declaraciones en zig-zag de Trump –«el hecho de que el presidente Putin y yo debatiésemos una unidad de ciberseguridad no significa que piense que vaya a ocurrir», escribió en su cuenta de Twitter–, y del conflicto político interno en EEUU e incluso en la propia administración, en Rusia el encuentro entre los dos mandatarios ha sido recibido, y no solamente por el Kremlin, como una posibilidad para reducir tensiones. El diario Kommersant destacaba el alto el fuego en el suroeste de Siria al que llegaron EEUU y Rusia, y consideraba que podría servir como borrador para el resto del país. Asimismo, «el acuerdo con Teherán será clave teniendo en cuenta que [el proceso de paz en] Astaná fracasaría sin Irán», recordaba Alekséi Malashenko, el experto del Centro Carnegie de Moscú consultado por Kommersant. En las páginas de Nezavísimaya Gazeta, el presidente del Consejo Ruso de Política Exterior y de Defensa, Fiódor Lukiánov, señaló respecto a las relaciones bilaterales que «Rusia no es una prioridad» para el presidente estadounidense. «Para Trump es crucial remodelar el comercio y la economía mundial, y Rusia no es un actor en este campo, aunque sí que lo es en otros», añadió Lukiánov.

Mientras la tinta de estos análisis aún se secaba, llegaba a Moscú la noticia de los contactos entre Donald Trump Jr. y la abogada rusa Natalia Veselnitskaya, quien prometió entregar al primero información comprometedora de la candidata demócrata, Hillary Clinton, durante la campaña electoral de las pasadas presidenciales. «No sabemos quién es y obviamente no podemos tener conocimiento de todos los abogados en Rusia y en el extranjero», respondió sucintamente el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, a la pregunta de los periodistas.  «Nadie espera concesiones del presidente Trump a Moscú y Moscú no espera concesiones de Donald Trump», añadió Peskov el jueves. «El presidente Putin nunca ha hablado de concesiones y nunca ha formulado la cuestión de este modo», continuó el portavoz, para quien es obvio «que incluso antes de eso [la publicación de la correspondencia entre Donald Trump Jr. y Natalia Veselnitskaya] el presidente estadounidense se sentía incómodo debido a una presión sin precedentes.»

La información, aparecida a comienzos de semana en el diario The New York Times, volvió a empañar la presidencia de Donald Trump y coincidió prácticamente con la publicación en el diario Izvestia de que el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso podría expulsar a 30 diplomáticos estadounidenses. Se trataría de una respuesta a la medida de Barack Obama de diciembre de 2016, cuando EEUU expulsó a 35 diplomáticos rusos. A pesar de ser la solución favorecida por el Ministerio de Exteriores ruso y su titular, Serguéi Lavrov, entonces el Kremlin no respondió simétricamente, argumentando que esperaba un cambio de política con la nueva administración. Moscú, según los medios rusos, aguarda ahora los resultados de la reunión entre el viceministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Riabkov, y su homólogo estadounidense, Thomas Shannon, que podría celebrarse en San Petersburgo. La reunión, programada inicialmente para el 23 de junio, fue ya aplazada debido a la decisión de Washington de extender las sanciones poco antes. Aunque la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, María Zajárova, declaró el viernes en el primer canal de la televisión pública la voluntad de resolver el problema «de manera civilizada», insinuó que Moscú no descarta la expulsión de diplomáticos al afirmar que dispone de «diferentes opciones» sobre la mesa y, a modo de advertencia, señaló la presencia de espías en la embajada de EEUU: «Hay demasiados agentes de la CIA y el Pentágono en la legación diplomática estadounidense –dijo– cuyas actividades no se corresponden a su estatus».
    
¿Un Reagan con esteroides?

Entrevistado por el periodista italiano Giuilietto Chiesa, el expresidente de la URSS Mijaíl Gorbachov comparó el encuentro con la serie de reuniones que mantuvo en los ochenta con el entonces presidente de EEUU, Ronald Reagan, que sirvieron para desactivar la escalada de tensión entre las dos superpotencias. «Recuerdo que cuando comenzamos el diálogo sobre desarme con Ronald Reagan me informaron, días después de los primeros contactos, que barcos de la marina estadounidense habían entrado en el Mar Negro y se aproximaban a las aguas territoriales de la Unión Soviética», relató Gorbachov, citado por la agencia TASS. «Entendí de inmediato que era una provocación: alguien en el Pentágono no quería aquel diálogo», añadió buscando los paralelismos con la situación actual.

Por su estilo populista, su programa neoliberal y su procedencia del show biz, Donald Trump ha sido descrito por la revista Counterpunch como «un Ronald Reagan con estereoides». El propio Trump ha explotado con frecuencia estas similitudes (el lema de campaña de Reagan en 1980 era 'Let's Make America Great Again'). En Reagan and Gorbachev: How the Cold War Ended (Random House, 2004), el que fuera embajador de EEUU en Moscú, Jack F. Matlock, podemos encontrar algunos ejemplos de las mismas.

Así, del populismo de Reagan escribe Matlock que, a pesar de «su falta de sofistificación e ignorancia en muchos detalles y matices, Ronald Reagan tenía habilidad para ir directamente al grano de un asunto y expresarlo de un modo que el ciudadano medio pudiera entenderlo.» Trump, como Reagan, «heredó [de la administración anterior] sanciones sobre todo lo que pudiese ser sancionado» y, como candidato republicano, era el preferido por el gobierno ruso, entonces soviético y hoy notoriamente conservador. Según Matlock, el Kremlin siempre vio a los republicanos «con una mentalidad más comercial y menos dados a berrinches ideológicos, y sospechaban que los republicanos tenían el poder real en Estados Unidos […] por eso los republicanos podían cumplir con sus promesas mientras los demócratas estaban obligados a renegar de ellas […] Era más fácil negociar con Eisenhower que con Truman; Nixon y Ford parecían más 'realistas' que Kennedy y Johnson.»

Matlock también destaca la importancia de estas reuniones personales: «La opinión pública está influida tanto por símbolos como hechos –escribe– y las reuniones entre los líderes estadounidense y soviético llegaron a simbolizar el compromiso de tanto EEUU como la URSS de evitar la guerra y resolver sus diferencias negociando. Por supuesto, las cumbres podían ser de ayuda en las circunstancias adecuadas. Los encuentros cara a cara entre líderes nacionales en ocasiones son necesarios para encontrar soluciones a callejones sin salida durante una negociación. Cuando se ha acordado una reunión, ambos presionan a sus respectivas burocracias para alcanzar un acuerdo lo más amplio posible. Si los líderes expresan sintonía personal (lo que en ningún caso es un hecho dado), la química personal puede servir como catalizador para resolver problemas en el futuro. La comunicación, directa o indirecta, es siempre esencial para evitar que los problemas escapen de control.»

Para Gorbachov, «esta oportunidad no debería perderse» y aunque desatascar el estado de las relaciones actuales «es un desafío», el último líder soviético calificó el encuentro de «muy importante», ya que «podría convertirse en un punto de partida para conseguir unos resultados que hasta la fecha parecían inalcanzables.»

Esta es justamente la preocupación del exanalista de la CIA Ray McGovern. «La perspectiva de una mejora significativa de las relaciones entre EEUU y Rusia depende ahora de algo tangible», escribe McGovern en Counterpunch. Y se pregunta: «¿Conseguirán salirse con la suya de nuevo las fuerzas que sabotearon los anteriores acuerdos de alto el fuego en Siria y mantener vivo los sueños de 'cambio de régimen' de los neoconservadores y liberales intervencionistas? ¿O logrará el presidente Trump tener éxito allí donde el presidente Obama fracasó, sumando al ejército y a los agencias de inteligencia de EEUU al acuerdo en vez de permitir su insubordinación?»

Una primera versión de este artículo apareció en el diario El Punt Avui, el 12 de julio.

Periodista, residente en Moscú. Es miembro del comité de redacción de Sin Permiso.
Fuente:
www.sinpermiso,info, 16 de julio 2017
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