Octubre 1917. Los días que conmovieron al mundo

Miguel Salas

12/11/2017


De l’audace,
encore de l’audace,
et toujours de l’audace!
(Danton (1759-1794) revolucionario francés)


Las revoluciones nos deslumbran por la capacidad que tienen de dar la voz a millones de personas, normalmente calladas y sojuzgadas, que de pronto son capaces de organizarse y movilizarse para lograr un cambio radical.

Las sociedades prueban siempre otras opciones y solo llegan a la revolución cuando ya no queda otro camino. A diferencia de épocas de desarrollo político lento, los procesos revolucionarios suponen una aceleración de las experiencias de las clases sociales. En el mes de febrero una insurrección acabó con el zarismo y, ocho meses después, el régimen de doble poder, de conciliación entre la burguesía y los socialistas moderados, estaba agotado. Resulta sorprendente que con tanta rapidez se evaporara la confianza de las masas en los mencheviques y social-revolucionarios. Hecho que solo puede explicarse por la gravedad de la crisis producida por la guerra en el país que era el eslabón más débil de la cadena imperialista y por la existencia de una organización política que logró interpretar correctamente el proceso revolucionario y acompañar a las masas obreras y campesinas en su maduración política.

El momento culminante de ese proceso llegó en el mes de octubre de 1917. El mejor relato de lo que aconteció durante esos días que conmovieron al mundo se puede encontrar en el libro del periodista americano John Reed
 
Ha llegado el momento

Aún hoy, cien años después, se intenta desprestigiar la revolución presentándola como un golpe de mano de los bolcheviques. ¡Qué poca imaginación! No hay revolución posible sin la participación activa y organizada de la mayoría de la población, ni puede vencer sin una dirección política. Es una ley que se ha repetido en todos los procesos revolucionarios pasados y por venir.

En octubre, todas las condiciones se habían reunido y a la luz del día se organizó el levantamiento. Los soldados decían: “¿Hasta cuándo va a durar esta situación insostenible? Si no encontráis una salida vendremos nosotros mismos a echar de aquí a nuestros enemigos, y lo haremos a bayonetazos” (Víctor Serge. El año I de la Revolución Rusa). Los obreros protestaban: “¿Qué han hecho para que tengamos paciencia? ¿Nos ha dado Kerensky más para comer que el zar? Nos dio más palabras y más promesas, ¡pero no nos dio más comida! Hacemos cola toda la noche para obtener algo de carne, pan, zapatos, mientras escribimos como idiotas 'Libertad' en nuestras banderas. La única libertad que tenemos es la de ser esclavos y morir de hambre” (Albert Rhys Williams, Through The Russian Revolution). Los campesinos tomaban sus propias decisiones: “la violencia y las ocupaciones de tierras son cada vez más frecuentes […] los campesinos se apoderan arbitrariamente de los pastos y de las tierras, impiden las labores, fijan a su voluntad los arriendos y expulsan a los mayorales y a los gerentes”. Las condiciones de vida eran inaguantables. John Reed escribió: “La ración diaria de pan descendió sucesivamente de una libra y media a una libra, después a tres cuartos de libra, y finalmente a 250 y 125 gramos. Al final, hubo una semana entera sin pan. Se tenía derecho a dos libras de azúcar mensuales, pero era casi imposible encontrarla. Sólo había leche para menos de la mitad de los niños de la ciudad. Hay que imaginarse a estas gentes mal vestidas, de pie sobre el helado suelo de las calles de Petrogrado, durante jornadas enteras y en medio del invierno ruso. Yo he escuchado en las colas del pan la nota áspera y amarga del descontento, brotando a veces de la milagrosa dulzura de estas multitudes rusas”.

No, no fue una minoría, ni un golpe de azar, sino el resultado de condiciones políticas y sociales determinadas. El 10 de octubre, la dirección del partido bolchevique acordó la preparación práctica de la insurrección. No fue fácil. Lenin llevaba semanas insistiendo en que debía acelerarse, pero un sector de los dirigentes del partido no estaba de acuerdo y dos de ellos, Zinoviev y Kámenev, votaron en contra. La reunión del II Congreso de los soviets el 25 de octubre (7 de noviembre en el calendario ruso) era el momento adecuado. Todos los esfuerzos se concentraron en ese objetivo. Para el 22 de octubre se convocó una jornada denominada “El día del soviet” como un recuento general de fuerzas. Por toda la ciudad se organizaron mítines en los que participaron miles de personas que confirmaron el entusiasmo y la confianza en los soviets. En uno de ellos, celebrado en el Circo Moderno, John Reed explica el juramento solicitado por el orador: “¿Juráis consagrar todas vuestras fuerzas, no retroceder ante ningún sacrificio para sostener al soviet que ha tomado en sus manos la tarea de coronar la victoria de la revolución y de daros la tierra, el pan, la paz? Las manos incontables seguían en alto. La multitud asentía. La multitud juraba…Y eso mismo ocurría en todo Petrogrado. Por todas partes se llevaban a cabo los últimos preparativos; en todas partes se hacían los últimos juramentos. Millares, decenas de millares, centenas de millares de hombres. Aquello era ya la insurrección”.

La victoria de un régimen social sobre otro sólo se ha dado en la historia a través de insurrecciones de masas. Lo específico de la revolución rusa es que en su etapa decisiva fue conscientemente preparada y organizada. “La insurrección es un arte” había escrito Marx, y así lo aplicó Lenin. Para que fuera un éxito debía apoyarse en la clase social avanzada, no en un complot, basarse en el ímpetu revolucionario del pueblo y hacerlo en el momento del más alto nivel de actividad y organización de las masas y, sobre todo, “no jugar jamás a la insurrección; pero, una vez iniciada ésta, saber avanzar, con resolución hasta el final” (Marx). A pesar de las mentiras de la propaganda de los capitalistas derrotados, que aún hoy mantienen, el levantamiento causó pocas víctimas gracias a la decisión y superioridad de las fuerzas obreras, y quienes cayeron fueron en su mayoría hombres y mujeres de la clase trabajadora, especialmente en Moscú donde oficiales de la Escuela Militar ametrallaron a un grupo de obreros del arsenal.

La revolución en Europa

Otro elemento era fundamental para arrebatar el poder a los capitalistas: la situación internacional. Además de sufrimiento, miseria y millones de muertos, la guerra había producido una grave crisis en el movimiento socialista internacional. Unos apoyaron la guerra y a la burguesía de su país, favoreciendo el enfrentamiento entre los trabajadores, mientras que para otros la guerra era la confirmación de una grave crisis del capitalismo que abría la posibilidad de convertirla en el inicio de la revolución en Europa. Solo un puñado de revolucionarios se alzó contra la barbarie de la guerra, fueron tachados de ilusos y aventureros, perseguidos y encarcelados, pero salvaron el honor del socialismo y prepararon las revoluciones que sacudieron el continente.

Para los revolucionarios rusos, y especialmente para Lenin, la lucha de clases en Rusia no podía entenderse sin tener en cuenta la perspectiva internacional. Antes de la guerra, la mayoría de los socialistas estaban de acuerdo en considerar que una guerra europea provocaría una situación revolucionaria, y así lo hacían constar en las resoluciones de sus Congresos. Por tanto, no era una obsesión de los bolcheviques, sino una opinión generalizada entre todos los marxistas europeos. Para ellos, lo más previsible era el inicio de la revolución en alguno de los países más desarrollados, ya fuera Francia, por su gran tradición revolucionaria, o Alemania, por la fuerza y organización de su clase obrera. La revolución en Rusia les cogió por sorpresa, aunque eso no les hizo perder de vista que si la revolución triunfaba en Rusia solo podía ser el preludio de la revolución en los países más avanzados. Eran muy conscientes de que la idea de un “socialismo nacional” era la que había llevado a la socialdemocracia a apoyar la guerra y a la burguesía de su propio país. La teoría del socialismo en un solo país es un invento del estalinismo y nada tiene que ver con la tradición del internacionalismo.

En el periodo que va desde febrero a octubre, Lenin sigue con enorme atención la marcha de los conflictos sociales y políticos en Europa y, en muchos de sus escritos y discursos, está presente alguna referencia a la situación internacional. Cuando llega a Rusia en el mes de abril saluda a quienes le reciben: “La revolución rusa, hecha por vosotros, ha iniciado una nueva era. ¡Viva la revolución socialista mundial!”. A principios de octubre escribe un artículo titulado La crisis ha madurado dedicado a convencer a sus camaradas de la preparación práctica de la toma del poder. Sus argumentos empiezan mostrando que las condiciones europeas son favorables. Escribe: “No hay lugar a dudas. Estamos en el umbral de una revolución mundial proletaria”. Y añade: “somos los únicos internacionalistas […] que gozamos de una libertad relativamente amplia […] tenemos de nuestro lado a los soviets […] se nos puede y se nos debe aplicar aquello de que a quien mucho le ha sido dado, mucho le será exigido”.

La situación en Europa estaba madurando. Tres años de guerra, millones de muertos, hambre y miseria y una, cada vez mayor, exigencia de paz estaban produciendo importantes protestas. En Francia, durante la primavera hubo motines en el ejército y huelgas exigiendo aumentos salariales. En Turín (Italia) el mes de julio una impresionante muchedumbre de unas 50.000 personas recibió a una delegación del soviet de Petrogrado. El 23 de agosto se inició un levantamiento popular que duró 5 días. En Viena y Budapest hubo también huelgas contra la carestía de la vida y falta de abastecimientos. En Alemania, en el mes de abril se desarrolló un movimiento de huelgas. En julio se formó una coordinación clandestina de delegados de barcos de guerra que agrupaba a unos 5.000 marinos que organizó actos de protesta que confluyeron en una acción generalizada en el mes de agosto. La protesta fue derrotada y algunos de sus dirigentes fusilados, pero la represión solo sirvió para ampliar más la exigencia de acabar con la guerra. “En pie, rompamos las cadenas como han hechos los rusos”, se oía entre los soldados y en las fábricas. Poco más de un año después estallaba la revolución en Alemania, se acababa la guerra, se echaba al emperador y se proclamaba la república.

En los debates del II Congreso de los soviets estuvo presente el problema de la revolución en Europa. Uno de los argumentos de los socialistas moderados consistía en decir que si los soviets tomaban el poder nadie en Europa reconocería ese gobierno, se quedaría aislado y el ejército alemán ocuparía Rusia. Los bolcheviques opinaban de otra manera. Lo más urgente era una paz sin anexiones y cuando Lenin la propone a los delegados explica: “Algunos gobiernos imperialistas se resistirán a nuestras condiciones de paz, no nos hacemos ilusiones a este respecto. Pero confiamos que pronto en todos los países beligerantes estallará la revolución y por eso nos dirigimos con particular insistencia a los obreros franceses, ingleses y alemanes”. En otro momento del Congreso, Trotsky responde a una interpelación de los contrarios al poder de los soviets: “A eso respondo que, si Europa continúa gobernada por la burguesía imperialista, la Rusia revolucionaria perecerá inevitablemente […] Una de dos: ¡o la revolución rusa origina un movimiento revolucionario en Europa o las potencias europeas estrangularán la revolución rusa!” (Citado por John Reed en Diez días que conmovieron al mundo).

No se hacían ilusiones sobre las dificultades de la titánica tarea del primer gobierno de obreros y campesinos y confiaban en la capacidad de respuesta de las clases trabajadoras. Entre 1918 y 1920 estallaron revoluciones en prácticamente toda Europa, se hundió el Imperio Austro-Húngaro y el alemán, y también el Imperio Otomano, hubo una revolución en Egipto contra la ocupación británica… Sin embargo, esas revoluciones no lograron acabar con la burguesía, y la revolución rusa quedó aislada.

Gobernar desde abajo

Fue necesaria una dura lucha política para reunir el II Congreso de los soviets, que inició sus sesiones el 25 de octubre de 1917. La evolución de la clase trabajadora se pudo comprobar a través de la representación política de sus delegados. En el I Congreso, celebrado en el mes de junio, las tendencias conciliadoras tenían 600 delegados sobre 832; cuando se inició el II Congreso, de 650 participantes con voz y voto, 390 eran bolcheviques, 159 social-revolucionarios y solo 80 mencheviques. En la votación final sobre el gobierno, 505 soviets votaron a favor de un gobierno soviético; 86 por el poder de la democracia (un acuerdo entre todas las tendencias soviéticas); 55 por la coalición (entre los partidos conciliadores con la burguesía) y 21 a favor de una coalición, pero sin los burgueses. El objetivo de que los soviets tomaran el poder, expresado por primera vez por Lenin en sus Tesis de Abril, había conquistado a una amplísima mayoría de la clase trabajadora, de los soldados y los campesinos.

Ahora había que poner manos a la obra. El Congreso empezó a poner en práctica los lemas de “paz, pan y tierra”. Por abrumadora mayoría, los delegados aprobaron un llamamiento “a todos los pueblos beligerantes y a sus gobiernos a entablar negociaciones inmediatas para una paz justa y democrática”. El Congreso decidió que “queda abolida en el acto sin ninguna indemnización la propiedad terrateniente. Las fincas de los terratenientes, así como todas las tierras de la Corona, de los monasterios y de la Iglesia, con todo su ganado de labor y aperos de labranza, edificios y todas las dependencias, pasan a disposición de los comités agrarios y de los Soviets de Diputados Campesinos de distrito hasta que se reúna la Asamblea Constituyente”. Igualmente se acuerda el “derecho de los pueblos de Rusia a la libre autodeterminación, hasta su separación y constitución en Estados independientes”. Se establecen medidas para ejercer “el control obrero sobre la producción, almacenaje, compra y venta de todos los productos y materias primas” y “en interés de la buena organización de la economía nacional, para acabar definitivamente con la especulación bancaria […] el negocio bancario se declara monopolio del Estado […] Los intereses de los pequeños depositarios serán salvaguardados totalmente”. De las palabras se pasaba a los hechos. Unas pocas, pero decisivas, decisiones empezaron a cambiar el mundo. Por primera vez la clase trabajadora se adueñó del poder y empezó a cambiar el mundo, a construir el socialismo. [Los decretos se pueden leer en el libro de John Reed]

Se eligió un nuevo gobierno representativo de la mayoría con el nombre de Soviet de los Comisarios del Pueblo, cuya actividad será controlada por el Congreso y cuyos responsables podrán ser revocados por decisión popular. Se votaron decretos favorables para las clases trabajadoras, pero el objetivo de la revolución era que el pueblo gobernara efectivamente. La tierra pasaba a depender de los soviets campesinos y el reparto de la tierra debía ser resuelto por el campo mismo. Las fábricas eran controladas por las organizaciones de los trabajadores. Si había que ejercer el derecho de autodeterminación era el pueblo quien debía decidir. Si había que lograr la paz se contaba con la determinación de los soldados y la colaboración del resto de pueblos, y así con el conjunto de las actividades políticas y sociales del país. Se ponían en práctica nuevas formas democráticas hasta entonces nunca utilizadas. Hemos de dejar a las masas populares una total libertad de acción creadora, se decía.

A quienes creían imposible gobernar y que el Estado funcionara sin la burguesía, sin sus técnicos y funcionarios, el Congreso soviético les anunciaba que el programa aprobado se pondría en marcha “en estrecha unión con las organizaciones de masas de los obreros, obreras, marinos, soldados, campesinos y empleados”. Era el pueblo trabajador y sus organizaciones quienes debían ejercer el nuevo poder: “El Congreso decide que todo el poder, en todas las localidades, es entregado a los soviets”. Ese era el espíritu y la práctica de la revolución.
En el Congreso la emoción embargaba a los presentes, conscientes del paso histórico que estaban dando. “Un soldado viejo y canoso lloraba como un niño -escribe John Reed- Alexandra Kollontái se limpió a hurtadillas una lágrima […] Sucedía algo increíble, la gente lloraba abrazándose”. Puestos en pie cantaron La Internacional y no se olvidaron de quienes habían caído en la lucha y entonaron el canto ruso La Marcha Fúnebre:

Vosotros caísteis en lucha fatal,
Amigos sinceros del pueblo,
Por él inmolasteis la libertad,
Por él fue vuestro último aliento.
Llegó al fin la hora y el pueblo surgió,
Liberto, gigante, potente.
¡Dormid, hermanos, cubristeis de honor
La senda más noble y valiente!
 

Sindicalista. Es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso.
Fuente:
www.sinpermiso,info, 12 de noviembre 2017