Para combatir la desigualdad, enfrentémonos a los monopolios

Barry Lynn

Kevin Carty

30/09/2017

Cuando unas pocas empresas dominan el mercado, tienen el poder de cobrar más a los consumidores y pagar menos a los trabajadores.

La mayoría de los estadounidenses saben que nuestro país se ha vuelto extremadamente desigual. Puede que no sepan que el 0,1% de los estadounidenses más ricos posee la misma riqueza que el 90% inferior, o que más de la mitad del crecimiento de las rentas desde 1979 fue a parar al 1% más rico; pero sí saben que a día de hoy los ricos obtienen beneficios cada vez mayores, mientras que las familias de clase media y de clase trabajadora tienen cada vez menos ingresos en sus casas.

Desde el Open Markets Institute nos dedicamos a investigar y dar a conocer las grandes concentraciones de riqueza ―y de poder― que están en el origen de esta desigualdad extrema. Creemos que nuestra investigación periodística, histórica y jurídica permite mostrar que el poder monopolista está en la raíz de muchas de las injusticias más apremiantes que se producen en Estados Unidos actualmente ―incluyendo la baja calidad del empleo, la falta de iniciativa empresarial, la inestabilidad financiera y el debilitamiento del tejido económico y social de las comunidades a lo largo del país—.

El mes pasado, los diez miembros de nuestro equipo nos vimos obligados a abandonar la que había sido nuestra casa durante mucho tiempo en un conocido think tank de Washington. Fuimos expulsados por dar nuestro apoyo a una decisión antimonopolio contra Google, un monopolio tecnológico que es, a su vez, una de las mayores fuentes de financiación del mencionado think tank. Ahora somos una organización independiente, no lucrativa y que no acepta fondos de ninguna corporación con fines de lucro. Nuestro objetivo es continuar (y profundizar) las investigaciones y los reportajes innovadores que hemos hecho durante años.

Los orígenes del problema actual de los monopolios en Estados Unidos se remontan a principios de los años ochenta, cuando una extraña alianza de juristas y economistas, tanto de derecha como de izquierda, impulsó un replanteamiento radical de la filosofía antimonopolista tradicional de Estados Unidos. En lugar de usar el Derecho de la competencia para proteger nuestras instituciones democráticas de las concentraciones de poder, estos expertos señalaron que debíamos aspirar únicamente a mejorar la “eficiencia” de nuestros sistemas económicos, y así mejorar también nuestro “bienestar” como “consumidores”.

En las décadas siguientes, muchas instituciones adoptaron los principios de esta nueva doctrina, cuyos promotores son conocidos como la “Escuela de Chicago”, y se sirvieron de ella para abandonar las políticas antimonopolio que habían ayudado a asegurar la democracia y el bienestar de la mayoría desde su introducción en la época del New Deal.

En la actualidad, la economía estadounidense sufre las consecuencias de esa transformación radical. Cuatro aerolíneas controlan el 80% de su mercado, dos cadenas de farmacias dominan la industria farmacéutica, y Google, Facebook y Amazon tienen la práctica totalidad de la cuota de mercado de los motores de búsqueda, las redes sociales y el comercio electrónico, respectivamente. La lista sigue y sigue… la conclusión: en Estados Unidos casi todos los sectores económicos ―desde la agricultura hasta la venta al por menor― tienen elevados niveles de concentración empresarial.

Este rápido aumento de la monopolización ha aumentado la desigualdad de forma generalizada. Las empresas monopolistas pueden cobrar más a las personas por bienes básicos como la atención sanitaria, el transporte y los alimentos. Como explicaron recientemente Lina Khan ―directora de la sección jurídica de Open Markets― y Sandeep Vaheesan en la revista Harvard Law and Policy Review, “el monopolio en la fijación de los precios de bienes y servicios convierte los ingresos de los muchos en plusvalías, dividendos y bonificaciones por dirección ejecutiva para los pocos”.

Esas mismas empresas tienen también más poder para explotar a sus trabajadores, porque en una economía monopolista hay menos competencia entre las empresas por la fuerza trabajo. De hecho, un estudio de la Universidad de Chicago estimó que los salarios individuales serían $14.000 más altos por año (sí, $14.000) si la economía tuviera los mismos niveles de competencia que hace 30 años. No es casualidad que Wal-Mart ―el mayor empleador privado del país― pague a sus trabajadores salarios por debajo del nivel de subsistencia y aplaste sus intentos de organización sindical: en muchas comunidades, los trabajadores tienen pocos lugares aparte de Wal-Mart para vender su fuerza de trabajo.

Además, el poder ejercido por los monopolios recae, a menudo, en los hombros de los menos favorecidos, en una sociedad ya de por sí desigual. Las empresas monopolistas de empaque de productos cárnicos y los directores de las grandes granjas someten a los trabajadores de sus mataderos, que son predominantemente afroamericanos, y a sus ganaderos, que son predominantemente inmigrantes, a condiciones laborales de explotación, y les impiden formar sindicatos que puedan mejorar su situación. El monopolio estimula de esta forma la expansión de la desigualdad, agravando las disparidades ya existentes.

Para agravar más la situación, esta desigualdad de poder económico también promueve una mayor desigualdad en nuestro sistema político. Las mismas grandes empresas y los mismos grandes inversores que suben los precios, bajan los salarios y explotan a los más desfavorecidos son también algunos de los actores más poderosos de la política estadounidense. No solo utilizan su riqueza para intervenir en los procesos legislativos, financiar investigaciones académicas e influir en los think tanks y expertos en políticas públicas, sino que también utilizan su poder de mercado para presionar a los líderes democráticamente elegidos, como cuando Aetna amenazó con retirarse de las  negociaciones del Obamacare (Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible) a menos que la administración Obama aprobara su fusión masiva con Humana.

Nuestro equipo espera contar con una amplia coalición de aliados para enfrentar el desafío de los monopolios en Estados Unidos y volver a poner el poder donde corresponde —en manos de los trabajadores, creadores, familias y comunidades a lo largo de nuestra gran nación—. Esta batalla no será fácil, pero el pueblo estadounidense ya se ha enfrentado a similares concentraciones de poder en el pasado, y ha conseguido imponerse. En Open Markets estamos seguros de que, trabajando juntos, podemos hacerlo de nuevo.

es Director Ejecutivo del Open Markets Institute
es reportero e investigador en el mismo instituto.
Fuente:
https://inequality.org/research/address-inequality-lets-take-monopolies/
Traducción:
Pablo Scotto Benito