Para una crítica radical del eurocentrismo. Entrevista.

Alexander Anievas

Kerem Nisancioglu

06/02/2016

 

Según la versión mayoritaria, el origen del capitalismo es un proceso fundamentalmente europeo: este sistema habría nacido en los molinos y fábricas ingleses o bajo las guillotinas de la Revolución Francesa. El marxismo político o el análisis del sistema-mundo no solo no huyen de este surco eurocentrista. En How the West Came to Rule (2015), Alexander Anievas y Karem Nisancioglu recuperan la teoría del desarrollo desigual y combinado, desarrollado por Trotsky, para revalorizar el papel decisivo de las sociedades no occidentales en el nacimiento del capitalismo. Ofrecen, de este modo, una teoría internacionalista y no obrerista del cambio social.

 

                  Recientemente, se ha publicado el libro How the West Came to Rule. Esta obra empieza con una crítica a las teorías marxistas, como la del enfoque de los sistemas-mundo y la reflexión del marxismo político, que atañen a la transición hacia el capitalismo. ¿Por qué les parecen insuficientes para explicar el modo en que Occidente impone su dominación?

 

De hecho, hay dos cuestiones diferentes pero estrechamente ligadas. La primera tiene que ver con el análisis de los sistemas-mundo y las concepciones del marxismo político de la transición del feudalismo al capitalismo. La segunda concierne la explicación del ascenso de la dominación occidental. En el primer capítulo de How the West Came to Rule, hacemos una crítica de las explicaciones del marxismo político y del análisis del sistema-mundo de Wallerstein, ya que ambas se refieren a la transición hacia el capitalismo. En otros capítulos, estructuramos esta temática del debate en torno al «ascenso de Occidente». Y lo hacemos de esta manera en concreto porque, tanto para los marxistas políticos como para la teoría concreta del sistema-mundo, estas cuestiones históricas son una sola: los orígenes del capitalismo en algunos Estados de Europa Occidental (sobre todo, en Holanda e Inglaterra) explican cómo «Occidente» alcanza una posición de dominio global.

 

Este enfoque no es exactamente demagógico, pero sí incompleto. Está claro que, una vez el capitalismo hace sus primeras incursiones en los Países Bajos e Inglaterra, las diferencias materiales entre las sociedades de estos dos países y las otras en Europa no han hecho más que crecer. Al mismo tiempo, la aparición del capitalismo en el  noroeste de Europa no se tradujo de manera inmediata en el tipo de relaciones de poder que caracterizaron el ordenamiento internacional del siglo xix. Mientras las estructuras capitalistas ofrecieron un capital productivo para el hallazgo de unas novedades tecnológicas cada vez más importantes (especialmente, en el ámbito militar), así como para el logro de una capacidad financiera y organizativa superiores, los efectos, en término de desarrollo, no fueron inmediatos ni desinteresados, sino desfasados e irregulares. De hecho, puede que este potencial no hubiera sido aprovechado de no ser por su aplicación en favor del descubrimiento europeo del Nuevo Mundo y los grandes beneficios que obtuvo Europa —distribuidos desproporcionalmente entre los Países Bajos e Inglaterra (capítulo 5). Algo parecido podemos decir respecto a los efectos de las colonias en las Indias Orientales sobre el capitalismo neerlandés: si la clase dominante no hubiera valorado esa gran cantidad de mano de obra, aun dispersa, en Asia, su desarrollo capitalista habría sido insostenible, algo que ya ocurrió con otras formas antediluvianas del capitalismo[1] en las ciudades de norte de Italia, como Génova y Venecia (capítulo 7).

 

Por estas razones, una exposición de los orígenes de capitalismo en el noroeste de Europa no es suficiente para explicar el subsiguiente ascenso de las potencias occidentales. En lugar de eso, el capitalismo debe concebirse como responsable de haber establecido las condiciones de posibilidad para los Estados del noroeste europeo con el fin de superar y dominar a sus rivales asiáticos. Sin embargo, Inglaterra solo fue capaz de dominar a otras sociedades altamente desarrolladas en Asia, como China, desde que se convirtió en una potencia industrial capitalista. Por otro lado, la industrialización británica fue posible gracias a los grandes descubrimientos del Nuevo Mundo y, aún más, por la colonización de tierras indígenas; algo que ocurrió gracias a que la confluencia de presiones internas y externas debilitó seriamente al Imperio mongol a inicios del siglo xviii (capítulo 8).

 

Así, reducir la historia de cómo Occidente ha establecido su dominio mundial en una mera explicación de la transición hacia el capitalismo es, según nuestro parecer, un problema generalizado y compartido por los marxistas políticos y los analistas del sistema-mundo, tales como Wallerstein y sus sucesores. Al mismo tiempo, hay muchos problemas concretos en sus teorías sobre el origen del capitalismo (capitulo 1). Brevemente, señalamos tres temas particularmente problemáticos e interconectados en las explicaciones de los marxistas políticos sobre la emergencia del capitalismo: en primer lugar, su apego al análisis metodológico internista y eurocentrista —o, más concretamente, anglocentristas para los discípulos de Brenner— de los orígenes del capitalismo; en segundo lugar, las deficiencias que surgen en el estudio de la relación entre el nacimiento del capitalismo y la geopolítica; por último, su concepción altamente abstracta y minimalista del capitalismo. Debido a estos tres puntos, objetamos que los acercamientos del marxismo político son teórica e históricamente insostenibles, pese a los numerosos conceptos y hallazgos incalculables que ofrecen. Del mismo modo, al insistir en ciertas contribuciones inestimables de Wallerstein y otros teóricos del sistema-mundo en el estudio de los orígenes del capitalismo, probamos que esta aproximación —especialmente, su versión wallersteiniana— es limitada por dos molestos problemas: la reproducción no intencionada de un tipo de eurocentrismo que elimina a los actores no europeos y la incapacidad de proponer una concepción del capitalismo suficientemente contextualizada.

 

Estos problemas del marxismo político y del análisis del sistema-mundo son demasiado importantes a la hora de examinar la historia del capitalismo. Sin una comprensión profunda de los contextos intersociales[2] o geopolíticos, en los que las capitales europeas —sobre todo, las del noroeste—transitaron hacia el capitalismo, no se puede explicar cómo emergió este sistema económico. Su creación en Europa no ha sido solamente un fenómeno intraeuropeo, sino que posee una dimensión internacional e intersocial que ha visto actuar a los sujetos no occidentales en consecuencia (re)dirigiendo la trayectoria y la naturaleza del desarrollo europeo. Esbozar esta dimensión internacional y, en ocasiones, extraeuropea de los orígenes del capitalismo y el susodicho «ascenso de Occidente» es un de los temas clave del libro.

 

Mientras que el acento que nosotros ponemos en las fuentes internacionales respecto a la emergencia del capitalismo puede parecer obvio para algunos, es sorprendente ver cuán pocos enfoques teóricos (marxistas o no) ofrecen, realmente, una teorización sustancial sobre la sociología histórica de lo internacional. Si el enfoque en sí conceptualiza la unidad de análisis primaria como actor nacional o mundial —caso del marxismo político y del análisis del sistema-mundo— deja el problema tal cual estaba. Partiendo de una concepción sobre una estructura social específica (como el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo, etc.), la teorización de «lo internacional» toma forma de un acto de re-imaginar, llevado a cabo por el conjunto de una nación en términos generales: la extrapolación de categorías analíticas derivadas de una sociedad concebida como abstracción unitaria. Seguidamente, esto hace desaparecer lo que es único en un sistema intersocial: una estructura anárquica prioritaria e irreductible a diversas formas históricas de las sociedades que constituyen un sistema dado.

 

Este es un problema bastante molesto para el marxismo, ya que una de las características de la teoría marxista es la pretensión de poder explicar, de manera holística, las estructuras sociales; esto demanda una internacionalización teórica de la interdependencia de cada elemento «para que las condiciones de su existencia sean consideradas como parte de ese todo que conforma»[3]. Si esto se toma en serio, el estatus teórico de lo internacional exige, como enfoque histórico-materialista de los orígenes del capitalismo, una confrontación directa con el concepto de lo internacional, comprendido y teorizado en sus propios términos sociológicos e históricos sustantivos. Dicho de otro modo, ¿cómo podemos ofrecer una definición sociológica adecuada de lo internacional —de «esa dimensión de la realidad social que surge, específicamente, de la coexistencia de más de una sociedad en su seno»— que «formule esta dimensión como objeto de la teoría social [...] contenida de manera orgánica; es decir, en el interior de una concepción del desarrollo social en sí mismo»[4]?

 

Nuestra respuesta teórica a esta problemática —y a los modelos de análisis eurocéntricos que alumbra— es una reconstrucción crítica del concepto de desarrollo desigual y combinado de Trotsky, retomado ahora en el ámbito de las relaciones internacionales, gracias al trabajo de Justin Rosenberg[5]. Presentando el carácter multilineal del desarrollo como su «ley más general», el desarrollo desigual corrige la concepción ontológica singular de las sociedades, así como la concepción unilineal de su historia, en la que se apoyan los análisis eurocentristas. Al contrario, cuando demuestra el carácter intrínsecamente interactivo de la multiplicidad sociopolítica del desarrollo combinado, desafía al internismo metodológico de los enfoques eurocentristas, además de subvertir la fuerte dimensión etapista de sus modelos de desarrollo.

 

                  Los marxistas políticos proponen una distinción entre las formas de extracción de excedentes extraeconómicos y las formas no coercitivas capitalistas de dicha extracción. De este modo, se acercan al concepto de una abstracción ideal típica. No obstante, Marx no parece utilizar una distinción tan clara, ya que, por ejemplo, considera el esclavismo en América parcialmente capitalista, ya que formaba parte de un conjunto más amplio de relaciones económicas capitalistas internacionales. ¿Cómo explicar, pues, el capitalismo?

 

Estamos muy de acuerdo con vuestra crítica de la concepción que el marxismo político tiene del capitalismo. Dicha idea es demasiado abstracta y platónica para comprender el capitalismo (pasado y presente), ya que excluye o externaliza de tal manera los procesos sociohistóricos que fueron —y siguen siendo— fundamentales para el desarrollo y la reproducción del capitalismo. Esto tiene ciertas implicaciones políticas importantes. La externalización de unas formas de explotación y de opresión extraeconómicas del capitalismo lleva a que los marxistas políticos eliminen los temas de la colonización y el esclavismo de los procesos internos del capitalismo, algo que habéis señalado con toda la razón. Y lo hacen argumentando que tales prácticas hunden sus raíces en la lógica feudal o absolutista de la acumulación geopolítica. Mientras que nosotros no nos quedamos en la simple afirmación de que los marxistas políticos ignoran el colonialismo y la esclavitud —por ejemplo, diremos que Charlie Post ha realizado un buen número de trabajos excelentes sobre ambos temas, aunque estemos en desacuerdo con sus conclusiones teóricas—, ellos, sin embargo, creen que estos contenidos quedan fuera de la lógica pura del desarrollo capitalista.

 

Al contrario, en How the West Came to Rule, tratamos estos conceptos como aspectos fundamentales o constitutivos de la formación del capitalismo, modo de producción globalmente dominante (capítulos 5, 7 y 8). También consideramos la formación entremezclada y variada de las jerarquías raciales, sexuales y de género, constitutiva y relacionada, de manera compleja, con la construcción del capitalismo. Teniendo esto presente, concluimos que la mejor manera de comprender el capitalismo es plantearlo como un conjunto de configuraciones, una multitud de correspondencias sociales y procesos orientados hacia la (re-)producción sistemática de la relación capital-trabajo-salario, pero sin reducirlo —ni histórica ni lógicamente— a dicho triángulo. Al señalar esto, lo que pretendemos es hacer hincapié en cómo la acumulación y la reproducción del capital a través de la explotación del trabajador asalariado presupone una gama más amplia de las diferencias sociales que hacen posible el proceso. Estas relaciones sociales pueden manifestarse de diferentes maneras: aparatos coercitivos del Estado, ideologías y culturas de consenso o formas de poder y explotación que no son un resultado directo ni derivado de la trama capital-trabajo-salario, como el racismo, el patriarcado o el trabajo no remunerado. Para ser más exactos, el ejemplo que poníais sobre la esclavitud en América —y las formas similares de servidumbre en las colonias neerlandesas en el este de Asia— es exactamente el mismo tipo de configuración que la relativa a la reproducción sistemática de capital-trabajo-salario en Inglaterra, aunque sigue sin ser reductible a ello (capítulos 5 y 7).

 

                  Por un lado, Dipesh Chakrabarty señala que las Historias 1 son «modificadas, constitutivamente, pero de manera desigual»[6] por las Historias 2. Por otro lado, tras Vivek Chibber «Chakrabarty sobrestima el poder de la Historia 2 para desestabilizar la Historia 1, subestimando las fuentes de inestabilidad propias a la Historia 1»[7]. ¿Cómo contribuye la teoría del desarrollo desigual y combinado a la comprensión del proceso de diferenciación en el seno de la dinámica universalizante del capitalismo?

 

Hay mucho lío en la distinción de Chakrabarty entre Historia 1 e Historia 2. Veamos una definición rápida de cada concepto:

  • La Historia 1 dibuja un pasado presupuesto por el capital. «Un pasado posicionado por el capital como su requisito» y «su resultado invariable»[8]. Aunque Chakrabarty no especifica del todo este aspecto, está claro lo que tiene presente en este concepto tan abstracto.
  • La Historia 2 dibuja las historias que el capital reconoce «no ya como antecedentes» establecidos por él mismo ni «como formas de su propio proceso vital»[9]. Las Historias 2 no quedan fuera del capital o de la Historia 1, sino que existen, más bien, «en una relación de proximidad con él [...] interrumpiendo y marcando el curso lógico del capital»[10]. Las Historias 2 bien pueden incluir las relaciones y los procesos sociales no capitalistas, precapitalistas o locales, pero el concepto en sí no se trata por completo, pudiendo hacer referencia a categorías universales y globales, a relaciones y procesos sociales, mercancía y moneda incluidas —dos categorías universales que encontramos en el corazón de esta reproducción del capitalismo.[11]

 

De este modo, por un lado diríamos que Chakrabarty no subestima las fuentes de inestabilidad dentro de la Historia 1. En Provincialing Europe¸Chakrabarty consagra una parte al «trabajo abstracto como crítica», en la que analiza, precisamente, tales fuentes (eso que los marxistas llaman la contradicción cambiante). Por otro lado, Chakrabarty no exagera la importancia de la Historia 2. En consecuencia, el error está en la interpretación de Chibber: al reducir la Historia 2 a la «cultura local»[12], queda claro que Chibber no entiende lo que significa en realidad. Esto se hace más evidente cuando Chibber invoca «la lucha universal de las clases subalternas para defender la humanidad de base» y «el interés del bienestar» como una «fuente esencial de la inestabilidad del capital»[13]. A partir de estas definiciones, podemos ver que, cuando Chibber cita al «bienestar» y a la «humanidad de base», está calificando, paradójicamente, a la Historia 2 como «la fuente de inestabilidad del capital». De hecho, Chibber es más culpable del problema que atribuye a Chakrabarty que el propio Chakrabarty.

 

El callejón sin salida de Chibber no nos puede impedir leer a Chakrabarty de manera comprensiva, o de leerlo como un marxista. Como Marx, Chakrabarty señala la tendencia por igual del capital a universalizar y diferenciar. Ahora bien, Chakrabarty va por delante de Marx al identificar las tendencias universalizantes y diferenciadoras, pero relacionadas con la lógica original del capital (aunque no es el único en señalarlo). Esto contribuye a nuestro modo de comprender el capitalismo global con formas de opresión, actores y resistencia, tres elementos que pueden habitar fuera de la relación salarial. Este hecho abre un hueco teórico, histórico y político que permite reconocer los modos en los que el trabajo reproductivo o de cuidados, el de las luchas antirracistas o anticastas es inherente a la política anticapitalista. Con ello se esbozan las luchas indígenas al reclamar una tierra, o la tierra misma como componente vital de la resistencia universal.

 

No obstante, existe una fuente o campo suplementario de universalización-diferenciación que Chakrabarty no toca: lo intersocial o internacional. Una de las conclusiones clave de desarrollo desigual y combinado está en demostrar cómo la existencia de sociedades múltiples —de Estados múltiples— bajo el capitalismo es, a la vez, un indicador de su tendencia hacia universalización, la diferenciación y la fragmentación. Es decir, que el Estado nación funciona como un estándar universal en cuanto a la forma que una comunidad política puede y debe adoptar. Al mismo tiempo, los procesos concretos del desarrollo desigual y combinado constituyen una de las principales fuentes de diferenciación entre los Estados nación.

 

Un factor central que perpetúa este desarrollo desigual, que ha adoptado formas territoriales y geográficas, es la construcción de infraestructuras físicas insertadas en el espacio (por ejemplo, los medios de transporte o las tecnologías de la comunicación), necesarias para la amplia reproducción del capital. Las inversiones en ellas redefinen los espacios territoriales para la circulación del capital. En consecuencia, el capital manifiesta una tendencia clara hacia su concentración en unas regiones específicas en detrimento de otras, produciendo «una potencia lógica territorial» —la regionalidad—, quizá permeable pero identificable, emergiendo, de manera inherente, a partir de la acumulación del capital en el espacio-tiempo[14]. Esta forma de desarrollo desigual es propia del sistema capitalista. El efecto de esas tendencias es que van a tratar de minar, eternamente, toda unificación de «capitales múltiples» en una sola fracción de «capital global». Como dijo Marx: «el capital existe y solo puede existir como muchos capitales; por consiguiente, su autodeterminación se presenta como acción recíproca de los mismos entre sí». Por tanto, es necesario que «se repela a sí mismo». En consecuencia, un «capital universal, un capital que no tenga frente a sí capitales ajenos con los cuales intercambiar, es nada»[15].

 

Además, como David Hervey demostró, la reproducción y la expansión espacial de la acumulación del capital producen y necesitan la creación de unas configuraciones territoriales organizadas, relativamente inmóviles y concentradas. Constelaciones espaciales llenas de relaciones sociales capitalistas que pueden, de este modo, establecer los fundamentos territoriales de los Estados mientras controlan y abastecen, al mismo tiempo, los recursos necesarios para sustentar un aparato funcional de Estado. En este caso, el carácter desigual y combinado del desarrollo capitalista se manifiesta en una pluralidad de Estados nación soberanos. Desde nuestro punto de vista, Chakrabarty no ha tenido en cuenta esta geopolítica territorializante y desterritorializante del capitalismo. Esta geopolítica, a nuestro entender, es crucial para comprender los orígenes del capitalismo, mientras su reproducción contemporánea continua...

 

 

                  Han señalado una debilidad compartida por los análisis eurocentristas y postcolonialistas. Esta consiste en presuponer «una historia europea consolidada herméticamente sobre la que se creó la Modernidad antes de extenderse por todo el planeta»[16]. ¿Cuáles son las ideas principales de «la historiografía internacionalista» del capitalismo que, se supone, acabará con esta extenuación?

 

Lo que entendemos por «historiografía internacionalista»[17] es lo siguiente: los orígenes y la historia del capitalismo pueden, únicamente, ser verdaderamente comprendidos en términos intersociales o internacionales. Esta internacionalidad es constitutiva del capitalismo en cuanto modo de producción histórico. Aunque pueda parecer evidente para muchos lectores, en el libro demostramos cómo las concepciones existentes del capitalismo han fracasado, y fracasan, a la hora de tomar en serio esta internacionalización, lo que conduce a teorías problemáticas sobre sus orígenes y su desarrollo, limitando así sus historias del capitalismo y sus críticas del momento presente.

 

Aunque muchos estudios muestran, de manera empírica, esta dimensión internacional de emergencia histórica y el desarrollo del capitalismo, no comprenden de manera teórica las especificidades de lo internacional como componentes orgánicos del desarrollo social (de lo que ya hemos hablado). Dicho de otro modo, las fuentes internacionales o geopolíticas del desarrollo son desterradas a la esfera de la coincidencia, de los choques exógenos u otros sucesos externos no teorizados, por lo que dichas fuentes se vinculan ad hoc a una teoría social formada de antemano y concebida como una abstracción. Superando las debilidades teóricas y empíricas de estos enfoques, nuestra obra propone una dimensión de la causalidad, expresamente intersocial, en la concepción fundamental del desarrollo. La formulación original de Trotsky lleva implícita una redefinición del concepto y de la lógica del desarrollo en sí mismo: esta se relaciona con una premisa ontológica «y solo una», algo que no se considera en otros enfoque de la teoría social.[18]

 

Una perspectiva como esta no solamente amplía la escala de análisis espacial al abordar las distintas determinaciones surgidas gracias a la coexistencia y la interacción de múltiples sociedades (es decir, lo internacional); además, señala la importancia de las relaciones de interconexión y de construcción múltiples entre Occidente y lo demás en su construcción común, aunque desigual, del mundo capitalista moderno. Los efectos económicamente regeneradores de la expansión de la Pax Mongolica durante el siglo xiii a través de la rivalidad de las superpotencias que eran los imperios de los otomanos y los Habsburgo durante el siglo xvi, hasta el descubrimiento del Nuevo Mundo y la consiguiente división del espacio de soberanía (acotado de manera lineal) y de los beneficios económicos y estratégicos aumentó el número de colonias que conectaban el océano Atlántico y el Índico. Todos estos procesos y acontecimientos históricos fueron elementos absolutamente capitales en la caída del feudalismo y el surgimiento de la modernidad capitalista (capítulos del 3 al 8).

 

                  Marx escribió que «En general, la esclavitud encubierta de los obreros asalariados en Europa exigía, como pedestal, la esclavitud sin reservas en el Nuevo Mundo»[19]. ¿Cómo contribuyeron los descubrimientos del Nuevo Mundo al desarrollo del capitalismo y del sistema moderno en los Estados territorializados?

 

Efectivamente, los descubrimientos de 1492 fueron cruciales para la formación de sociedades capitalistas europeas modernas, siendo también un vector fundamental en el desarrollo desigual y combinado, a través del cual se gestó el orden mundial moderno. En How the West Came to Rule, rastreamos una gran gama de procesos y desarrollos, mediante los que el Nuevo Mundo ha imitado, en sus transiciones (y no transiciones) hacia la modernidad capitalista, las diferentes trayectorias del desarrollo propias del Viejo Mundo.

 

Por ejemplo, observamos cómo las interacciones, conflictos y luchas intersociales entre europeos y amerindios en las Américas tuvieron un papel decisivo en el nacimiento de las concepciones modernas de soberanía territorial, así como en el desarrollo del eurocentrismo, del racismo científico y de la institución moderna del patriarcado. Más concretamente, estudiamos cómo los juristas españoles del siglo xvi intentaron reconciliar la diferencia, cada vez mayor, entre el cristianismo como ideología global y universal, y los pueblos no cristianos de las Américas. La respuesta de estos juristas a tales problemas invitó a reconceptualizar el concepto del universalismo, basado en una distinción ontológica entre europeos e indios.

 

Así, mientras que los colonialistas han llevado a cabo «el genocidio más grande en la historia de la humanidad»[20] en las Américas, estos ideólogos estuvieron muy ocupados destruyendo, en Europa, una autoridad —el cristianismo—que se ha descubierto incapaz de articular las experiencias del Nuevo Mundo. A partir de esos escombros, surgieron ideas análogas de lo europeo y el otro no europeo, trazando así el camino para un aparato ideológico —el eurocentrismo, el racismo, el patriarcado— que legitimará los horrores del colonialismo y espoleará el desarrollo del capitalismo. El encuentro colonial en las Américas también fue testigo, por primera vez en la historia, del desarrollo de formas lineales de soberanía territorial (capítulo 5).

 

Por otro lado, demostramos cómo el saqueo que hicieron los europeos de metales preciosos y de recursos americanos contribuyó a exacerbar una diferencia ya existente entre el feudalismo de los imperios ibéricos y los capitalismos embrionarios de los Estados del noroeste de Europa. Es cierto que el desarrollo del capitalismo en Inglaterra dependió de la actividad en el Atlántico. Según explicamos, los límites del capitalismo agrario inglés pudieron ser sobrepasados únicamente gracias a la combinación sociológica americana del trabajo esclavista africano y del propio capital inglés. La extensa esfera de circulación, involucrada en un comercio triangular trasatlántico altamente rentable, no solo ofreció numerosas ocasiones a los capitalistas ingleses para expandir su actividad, sino que la combinación de diferentes procesos de trabajo a través del Atlántico favoreció la recomposición del trabajo en Inglaterra a través de la Revolución Industrial. La brutal explotación de los esclavos en las plantaciones ofreció un abanico de causas a dicha revolución. En este caso y entre otras cosas, para la dominación del trabajo bajo el capital en la industria británica y para la creación de trabajo remunerado libre, era necesaria en Europa la condición fundamental de «la esclavitud sin reservas en el Nuevo Mundo».

 

                  Los teóricos neoweberianos consideran la competición geopolítica como una fuerza motora que esta detrás de la construcción de los Estados en Europa. De esta manera, conforme a la teoría realista de las relaciones internacionales, suponen que la política internacional se desarrolla en un contexto de anarquía. Si la anarquía no es una fuerza motriz para la política, ¿qué explica la naturaleza guerrera del sistema estatal feudal europeo?

 

Siendo breve, la respuesta se encuentra en las especificidades de las relaciones de producción feudal, las cuales entraron en una crisis sistemática generalizada durante la Edad Media y la época moderna. En primer lugar, se podría creer que se trata de una vuelta ilícita a la teorización internista y eurocentrista —la que, precisamente, criticamos a lo largo de todo el libro—. Aunque nos extendamos en el análisis de Europa, es importante reconocer que las relaciones sociales feudales europeas —y el subsiguiente sistema geopolítico— y sus componentes tecnológicos, militares e ideológicos tienen un origen claramente intersocial (capítulos 3, 4, 6 y 8).

 

Aun teniendo presentes estas fuentes intersociales y extraeuropeas de la construcción del feudalismo europeo, ¿cómo pudo generar el feudalismo un sistema geopolítico tan competitivo y proclive a la guerra? En este punto, seguimos parcialmente el trabajo que Robert Brenner realizó sobre este tema. En ausencia de un tipo de dinamismo económico sin precedentes, posible gracias a las relaciones sociales capitalistas, la guerra fue un medio muy oportuno de aumentar los excedentes para las clases dominantes feudales. Las relaciones productivas feudales ofrecieron incentivos al campesino y al señor para introducir continua y sistemáticamente métodos tecnológicos más productivos, ya que los campesinos tenían acceso directo a sus medios de producción y subsistencia. En consecuencia, los intereses señoriales residen en la extracción de más excedentes por medios coercitivos. Esto podía poner la supervivencia del campesinado al límite o empujarles a huir a las tierras de otros señores. Este último caso desembocó en una «acumulación política» entre los señores —un proceso de formación estatal inducida por la guerra[21].

 

Dicha condición significaba que la clase dominante aristócrata necesitaba medios políticos, ideológicos y militares para explotar al campesinado y extraer un excedente para usufructo señorial. Sin embargo, a diferencia de los imperios tributarios de Asia, dichos medios no fueron controlados por un Estado centralizado y unitario —ni siquiera concentrado en uno—, sino que se desperdigaron a través de la nobleza. Esta dispersión de capacidades coercitivas vino a mostrar que la autoridad política en Europa estaba dividida y parcelada, dando lugar a una exacerbada lucha intraseñorial, dentro y fuera de los Estados feudales¸ en la que se disputaban el territorio (capítulos 4, 6 y 8).

 

Aquellos señores que sobrevivieron al proceso de acumulación geopolítica crearon la base para el Estado absolutista. Representando «un aparato reorganizado y potenciado de dominación feudal»[22], el sistema estatal absolutista europeo de la época moderna continua animado por os imperativos sistemáticos de la acumulación geopolítica que comenzó a interactuar —y a fusionar a veces— con la lógica emergente de la acumulación del capital competitivo acompañando a estos Estados que ya caminaban hacia el capitalismo. Esto explica, en parte, el estado de guerra endémica que caracteriza este momento de la historia. Lo que facilitó este período de guerra permanente tan intenso fue la crisis generalizada de las relaciones de producción feudal que asolaba Europa.

 

La persistencia del conflicto armado no fue solo el resultado de la dinámica estructural habitual del modo de producción feudal —la tendencia hacia a acumulación (geo)política—. El proceso de explotación por parte de la clase dominante estaba en crisis y en peligro desde el momento en que el feudalismo había agotado prácticamente todas las posibilidades de una expansión suplementaria interna (es decir, por Europa). En cambio, esto precipitó una caída significativa de las ganancias señoriales, agravada además por la crisis demográfica provocada por la peste, lo que llevó a un aumento drástico de revueltas campesinas y luchas de clases (capítulo 3). Por otro lado, la tenaz amenaza geopolítica del Imperio otomano (capítulo 4) empeoró y acabó por determinar un escenario ya de por sí peligroso. En estas condiciones, un estado de guerra casi continuo —incluyendo las luchas internas de la ase dominante y los esfuerzos incesantes de aplastar las revueltas campesinas— se convirtió en una necesidad sociológica (capítulo 6).

 

 

                  En contra de los análisis del marxismo político, que se apoya en elementos internos del desarrollo del capitalismo en Inglaterra, ustedes señalan el papel decisivo de algunos factores externos a través del «privilegios del retraso» o «del látigo de la necesidad externa». ¿Qué agentes externos han contribuido al desarrollo del capitalismo en Inglaterra y cómo se relacionan estos agentes con los elementos internos, tales como la lucha de clases entre señores y campesinos responsable del capitalismo agrario?

 

Los marxistas políticos han identificado a existencia de una clase dominante inglesa relativamente homogénea como explicación a la trayectoria particular de Inglaterra hacia el capitalismo agrario. A diferencia de la situación francesa, donde el Estado y la nobleza compiten por el excedente del campo, la clase dominante inglesa ha tratado, de común acuerdo, de expropiar al campesinado y cercar sus tierras. Librando de esta manera al campesinado de sus tierras y concentrando los medios de producción bajo la clase dominante, comprobamos el nacimiento de una clase distinta, por un lado, a los capitalistas y por otro, a los trabajadores. ¿Por qué, si no, Inglaterra se caracterizaría por una unidad particular de la clase dominante? Según Perry Anderson y otros autores, la respuesta la encontramos en la desmilitarización relativa de la case dominante inglesa durante el siglo xvi. Mientras que en el resto de Europa los Estados absolutistas modernos centralizaron y extendieron sus poderes militares mediante un ejercito permanente y con inversiones en armamento, Inglaterra disminuyó su ejército.

 

Esta desmilitarización se debe al aislamiento relativo de Inglaterra respecto a las presiones geopolíticas —no necesitaba ejército porque ha estado aislada de las múltiples guerras de continente europeo—. En el libro, argumentamos que una de las razones clave —si lo pensamos bien, la razón principal— de este aislamiento de Inglaterra es que, para las ambiciones de las potencias geopolíticas mayores de la época, no tenía importancia alguna. Se la consideró como «relativamente atrasada», un rincón perdido en el noroeste, inútil para la reproducción del cristianismo y del feudalismo imperial. Durante el siglo xvi, la amenaza más importante para estas grandes potencias del cristianismo estaba justamente en la otra punta, en el sudeste europeo: el Imperio otomano.

 

Los otomanos hicieron varias incursiones breves en el sudeste europeo y se hicieron con el este del Mediterráneo, centro de los intereses geopolíticos europeos del momento. De este modo, los otomanos fueron una suerte de mediador o centro de gravedad geopolítico que mantenía ocupado el Estado más poderoso en Europa, aislando a Inglaterra de las confabulaciones de los Habsburgo, los Estados Pontificios, las ciudades italianas y (en menor medida) las francesas. Este fue el aislamiento causado por el eje otomano, el cual homogeneizó a la clase dominante inglesa, capacitándola para emprender acciones unitarias contra el campesinado. La historia del cercamiento de las tierras solo puede entenderse cuando se ve desde el punto de vista otomano.

 

                  De acuerdo con André Tosel, 1991 fue el año en que murió el marxismo, el marxismo-leninismo, que también defiende una perspectiva determinista, etapista del desarrollo histórico. ¿Cómo explican en su obra el renacimiento del desarrollo desigual y combinado en la teoría marxista?

 

¿Los trotskistas podrían gritar «¿Renacimiento? ¡Pero si nosotros siempre hemos hablado del desarrollo desigual y combinado!»? No obstante, es interesante ver que, pese a que los trotskistas apelen a este desarrollo, lo hacen desde hace apenas una década, cuando se empezó a utilizar este concepto de manera decidida e innovadora —teórica e históricamente—. Eventualmente, algo que lo hace aún más curioso, muchas de estas innovaciones surgen de personas que abandonaron el trotskismo como proyecto político hace mucho tiempo (o que jamás creyeron en él). Sin embargo, es por esta razón por lo que mantenemos la caracterización de John Hobson sobre del desarrollo desigual y combinado: «neotrotskismo»[23].

 

Ahora bien, la historicidad del desarrollo desigual y combinado es muy importante, pero nosotros solo la abordamos en el libro de manera parcial. Aunque retomamos el contexto de su nacimiento en los debates entre revolucionarios a principios del siglo xx, no estudiamos el nuevo brote que ha tenido lugar recientemente. Incluso si situamos, históricamente, el estudio del capitalismo en el contexto post-2008, la historia del desarrollo desigual y combinado, en tanto que proyecto intelectual, lleva otro ritmo. Desde un enfoque más bien insular y académico, la actualidad de este concepto del desarrollo está anclada en un enramado de problemas intelectuales que los marxistas (y, últimamente, los no marxistas) debatieron con relación a las relaciones internacionales. Esto conlleva ciertas preguntas muy concretas, como por qué no existe una sociología histórica internacional. O, más en general, por qué es tan difícil crear lazos entre modos sociológicos y geopolíticos de teorización[24]. El desarrollo desigual y combinado aparece a muchos de nosotros como una manera notablemente útil de responder a estas preguntas. Sin embargo, existe un contexto histórico y político muy amplio que merece la pena contar.

 

En primer lugar, 1991 y la caída de la Unió Soviética acabaron con los últimos vestigios de la teorización etapista (por lo menos, en el seno del marxismo). Pero estos sucesos han estado abiertos a una serie de elucubraciones políticas que destruyeron muchas antiguas convicciones (problemáticas) de la izquierda marxista(-leninista). Mientras tanto, hacíamos frente a la victoria del neoliberalismo, la naturaleza cambiante de la forma de Estado, las progresivas peripecias de la susodicha mundialización y la cada vez mayor dominación de la vida social bajo las profecías de la acumulación del capital. Todos estos desarrollos han alumbrado posibilidades y necesidades políticas nuevas, a las que «la vieja izquierda» —con su cariño a la identidad del obrero— no puede adaptarse de manera adecuada. Si reflexionamos en torno a este argumento político e histórico, no nos sorprenderá que el desarrollo desigual y combinado nazca en un panorama como este; un momento en que las elaboraciones teóricas, derivadas de una experiencia individual de opresión—derivadas, a su vez, de puntos de vista individuales—, importan cada vez menos o resultan completamente inútiles para la vida del proletariado global.

 

Paralelamente, la presencia creciente de concepciones post-estructuralistas y post-coloniales en las teorías críticas sobre el racismo , feministas y queer de como funciona el capitalismo —y el poder en general— han provocado una necesidad conceptual más acuciante de tener en cuenta cuestiones de multisectorialidad,  hibridismo, interseccionalidad, etc. Numerosas corrientes marxistas, muy dogmáticas, ignoraban, marginaban o se oponían abiertamente a estos enfoques, y muchas de ellas continúan haciéndolo (basta con pensar en todos los rechazos de la «identidad política» que sigue habiendo en diferentes organizaciones políticas bajo el reclamo de la liberación y la revolución). El desarrollo desigual y combinado es una idea que —al menos, en teoría— es más abierta y «pospositivistas» —en todo caso, ese es nuestro parecer—. Al mismo tiempo, es una idea muy relacionada (no necesariamente en todos los aspectos) con el enfoque histórico-materialista, con el análisis de las clases y con los escritos de Marx y sus seguidores. Según creemos, es por esta razón que el desarrollo desigual y combinado puede ser un verdadero marco a través del cual pueden compensarse las distancias teóricas y políticas entre los diferentes enfoques críticos marxistas y no marxistas. Por ejemplo, en nuestro libro, intentamos establecer un diálogo con las perspectivas poscolonialistas en vez de rechazarlas.

 

                  Según Michael Löwy, «la política del desarrollo desigual y combinado» consiste en tres problemas dialécticamente conectados: la posibilidad de una revolución proletaria en un país atrasado; la transición ininterrumpida desde la revolución democrática a la revolución socialista; la extensión internacional del proceso revolucionario.[25] ¿Qué papel tiene el proceso revolucionario internacional e ininterrumpido en el análisis que ustedes plantean y que considera al desarrollo desigual y combinado como algo transhistórico o —siendo más precisostransmodal, a través de los modos de producción?

 

De manera eventual, vale a pena aclarar que entendemos cuando decimos que el desarrollo desigual y combinado funciona de manera transmodal. Cuando se utiliza en un nivel general, el desarrollo desigual y combinado reenvía a una premisa básica o a una ontología de la historia humana. Dicho de otro modo, identifica un conjunto abstracto de determinaciones que describen una condición general a la que se enfrentan todas las sociedades, sea cual sea su contexto histórico. En consecuencia, cuando se utiliza a nivel transmodal, el desarrollo desigual y combinado no nos da, realmente, muchas más indicaciones sobre los procesos históricos concretos y los explica muy poco. En este nivel de abstracción, no es una teoría. Sin embargo, no es esta la única manera en que puede ser utilizado el desarrollo desigual y combinado. En nuestra obra, lo utilizamos también metodológicamente. Podemos derivar de la premisa ontológica transmodal una serie de temas de investigación que prestan especial atención a: (1) la multiplicidad del desarrollo social; (2) las interacciones entre sociedades emergentes a partir de dicha multiplicidad; (3) las formas combinadas de desarrollo que emergen a partir de estas interacciones. No obstante, esos postulados ontológicos y metodológicos no siempre determinan, por sí mismos, una teoría —al menos, no en específicamente marxista—. Con otras palabras, la teoría solo es posible en un nivel históricamente específico, en el que las coordenadas ontológicas y metodológicas del estudio se conectan a unas categorías histórico-sociológicas más determinadas y concretas. Creemos que es útil cuando podemos considerar al desarrollo desigual y combinado en su especificidad histórica como algo diferente según los contextos históricos, sin abandonar necesariamente la premisa transmodal (de hecho, así es como funciona la idea marxista del «modo de producción»).

 

Volviendo a Löwy, su genealogía de la política del desarrollo desigual y combinado se desenvuelve en un nivel de análisis concreto, que ha sido modificado por la concepción transhistórica del desarrollo desigual y combinado, pero sin derivarse de ella. Las dificultades que identifica Löwy son propias de un entramado de problemas históricos (en concreto, los que pertenecen al siglo xx) no necesariamente pertinentes en distintos contextos como el actual o el de la Modernidad (foco de nuestro análisis). Saber si estos problemas fueron constituidos en diferentes épocas le corresponde a la sociología histórica y política, y no puede derivarse únicamente de argumentos transmodales.

 

¿Están presentes estas contrariedades de Löwy en el centro gravitatorio de nuestro análisis (es decir, el de los orígenes del capitalismo)? A decir verdad, algunos de sus argumentos —la existencia del proletariado y el tema de la transición desde la revolución democrática hasta la socialista— presuponen la existencia del capitalismo y, en consecuencia, no pueden ser considerados como parte integrante en la historia de su origen. La manera en que se formula el tercer punto —la extensión internacional del proceso revolucionario— se muestra problemática en sí misma. Esto presupone una revolución interna —doméstica— que se expande hacia el exterior —internacionalmente—. Una perspectiva así padece una suerte de internismo (o de nacionalismo metodológico) que nosotros superamos con el uso del desarrollo desigual y combinado.

 

No obstante, en un sentido formal, se puede argumentar que hay muchas maneras de las que «el proceso revolucionario internacional» se ha servido para tener papeles significativos en el periodo que examinamos en nuestro libro. Por ejemplo, la crisis del cristianismo. En Europa, tenemos la caída del feudalismo y, por otro lado, las revueltas campesinas que seguían el hilo conductor de la revuelta religiosa. A la vez, las revueltas campesinas contra el cristianismo facilitaron la expansión del Imperio otomano a territorio cristiano, debilitando aún más el Papado y el Imperio de los Habsburgo. En las Américas se sucedían una serie de revueltas de comunidades indígenas contra el imperio hispánico. Y, mientras tanto, en Asia, numerosas comunidades locales resistían las tentativas de colonización de las potencias hispánicas y, más tarde, neerlandesa.

 

Creemos que estas situaciones internacionales (a menudo, no europeas), desiguales pero interconectadas, fueron cruciales para la caída del orden social en Europa. En consecuencia, es a partir de las ruinas de este orden social en vías de desaparición que aparecen métodos de explotación y órdenes sociales alternativos —a saber, el capitalismo, el racismo y las formas modernas de patriarcado—. Por otro lado, estos nuevos procedimientos fueron utilizados para aplastar o controlar a los movimientos insurreccionales internacionales. Pensamos que aquí está la cuestión clave —la premisa ontológica de un desarrollo desigual y combinado transmodal— y las indicaciones metodológicas resultantes, las cuales nos ayudan a entender la lucha de clases y los actores subalternos en términos intersociales más que en términos domésticos o metodológicamente nacionalistas. El desarrollo desigual y combinado nos ayuda a reconocer cómo los procesos desiguales, múltiples e insurreccionales pueden entrecruzarse y combinarse de manera global. Algo muy importante hoy, igual que lo era cuando Löwy escribió su libro.

 

 

 

Traducción  Judit de Diego.

 



[2] Por oposición a lo internacional, que dibuja las relaciones interestatales e intersociales, reenvía a las relaciones de sociedades civiles, cruzando las fronteras de un Estado ya dado.

[3] Bertell Ollman, «Marxism and Political Science: Prolegomenon to a Debate on Marx’s Method», en Social and Sexual Revolution: Essays on Marx and Reich, London, Pluto Press, 1979, pp.99-156, 105.

[4] Justin Rosenberg, « Why Is There No International Historical Sociology? », en European Journal of International Relations, Vol. 12, No. 3, 2006, pp.307–340, 308.

[5] Ibid. Respecto a la literatura contemporáneasobre el desarrollo desigual y combinado, véase http://www.unevenandcombineddevelopment.wordpress.com/writings/.

[6] D. Chakrabarty, Provincializing Europe, Princeton, NJ, Princeton University Press, 2008, 2nd Ed, p. 70.

[7] Vivek Chibber, Postcolonial Theory and the Specter of Capital, Londres, Verso, 2013, p. 229.

[8] Dipesh Chakrabarty, Provincializing Europe, op.cit., p.63.

[9] Ibid., p. 63., Karl Marx, Grundrisse , Harmondsworth, Penguin, 1973, pp. 105–106.

[10] Dipesh Chakrabarty, Provincializing Europe, op.cit., pp. 64-66.

[11] «En el origen del capital está la mercancía ya existente, pero no como producto propio. Del mismo modo, está la circulación monetaria, pero no como elemento de su propia reproducción. Los dos debes ser destruidos como formas independientes y subordinadas del capital industrial» (Marx citado por Chakrabarty, Provincializing Europe, op.cit., p. 64).

[12] Vivek Chibber, Postcolonial Theory and the Spectre of Capital, op.cit., p. 235.

[13]Íbid., pp. 231-233.

[14] David Harvey, Spaces of Global Capitalism, Londres, Verso, 2006, p. 102. Ver también Ray Kiely, «Capitalist Expansion Imperialism-Globalization Debate: Contemporary Marxist Explanations », Journal of International Relations and Development , Vol. 8, No. 1 (2005), pp. 27–57, 41.; David Harvey, The New Imperialism, Oxford, Oxford University Press, 2003, p. 103.

[15] Marx, Grundrisse,, op.cit., pp. 401, 421.

[16] Alexander Anievas, Kerem Nisancioglu, How the West Came to Rule, Londres, Pluto, 2015, p. 40.

[17] Jairus Banaji, Theory as History, Leiden, Brill, 2010, p. 253.

[18] Justin Rosenberg, « The Philosophical Premises of Uneven and Combined Development », Review of International Studies, 39, 3, 2013, pp. 569-597, 581-83.

[20] Tzvetan Todorov, The Conquest of America: The Question of the Other, Norman, University of Oklahoma Press, 1982, p. 5.

[21] Robert Brenner, « The Social Basis of Economic Development », en John Roemer, ed, Analytical Marxism, Cambridge, Cambridge University Press, 1986, pp. 23-53, 31–32.

[22] Perry Anderson, Lineages of the Absolutist State, Londres, New Left Books, 1974, p. 18.

[23] J. M. Hobson, « What’s at Stake in the Neo-Trotskyist Debate? Towards a Non-Eurocentric Historical Sociology of Uneven and Combined Development », Millennium, Vol. 40, N. 1, 2011, pp. 147-166.

[24] Rosenberg,  « Why Is There No International Historical Sociology? ».

[25] Michael Löwy, The Theory of the Revolution in the young Marx, Haymarket Books, Chicago, 2010, p. 1.

 

es profesor de la Universidad de Cambridge
es profesor de la Universidad de Londres
Fuente:
http://revueperiode.net/pour-une-critique-radicale-de-leurocentrisme-entretien-avec-alexander-anievas-et-kerem-nisancioglu/#identifier_16_2757
Traducción:
Judith De Diego