¿Podemos prescindir del crecimiento? Entrevista

Tim Jackson

08/12/2017

Para salvar el planeta, hay que contaminar menos y por tanto consumir menos. Pero, ¿seremos capaces de ello? Sí, responde el economista Tim Jackson. Pues, a partir de un cierto nivel de renta, el sentimiento de ser feliz deja de aumentar y acaba incluso por disminuir.

El problema con muchos pensadores es que recurren a un rousseaunismo excesivamente práctico para sus demostraciones (“los hombres nacen sabios, es la sociedad de consumo la que los corrompe: basta, pues, con suprimir ésta para salvar el mundo”), pero no siempre convincente. ¿Cómo diablos hacer de nuestra civilización, en la que la frugalidad no es la cualidad más extendida, una sociedad respetuosa con el medio ambiente? ¿Cómo preservar los recursos finitos de un planeta habitado por 8.000 millones de seres humanos a menudo codiciosos y destructores? Es la pregunta a la que intenta responder Prosperidad sin crecimiento  [Icaria, Barcelona, 2011], de Tim Jackson. Lo que un informe remitido al gobierno británico en 2009 –informe inmediatamente dejado en el olvido – ha adquirido poco a poco el estatus de ensayo de culto en el pensamiento del desarrollo duradero.     

Saludado por intelectuales como Anthony Giddens, Naomi Klein o Noam Chomsky, Jackson traza las pistas de una economía post-crecimiento creíble, frugal, sí, pero que no nos prive de lo esencial. Con ocasión de la reedición francesa de su libro, lo entrevista Arnaud Gonzage para el semanario parisino L´Obs.    

Escribe usted que la prosperidad no tiene necesidad de crecimiento económico para existir. Pero “prosperidad”, ¿no es sinónimo de riqueza material?

Solamente en parte. En realidad, el confort material es secundario en su definición. Lo que importa para declararse feliz, muchos estudios lo muestran, es llevar una existencia con buena salud, libre, creativa, en la cual sentirse lleno de satisfacción, participando en la vida de la comunidad, rodeado de parientes y amigos. La prosperidad es una vida plena, generosa, que nos realice. 

Pero ¿no tenemos mejores oportunidades de llevar una vida plena siendo materialmente más ricos?

Esto no es algo tan mecánico. En los Estados Unidos, la renta por habitante se ha triplicado desde 1950, pero la proporción de ciudadanos que se califican de muy felices se ha estancado. Es también el caso del Japón. En el Reino Unido incluso ha bajado. En economía, a esto se le llama “Utilidad marginal decreciente” , es decir, que a partir de un cierto nivel de renta, la satisfacción expresada por los agentes económicos es cada vez más débil. Examinemos todas las curvas de satisfacción publicadas en estos decenios: en un primer momento, suben de manera espectacular –es el momento en el que en un país retroceden el hambres, las enfermedades, la miseria - , luego se estancan, y después caen en picado. Es el momento en el que poseer mucho es poseer demasiado, demasiado de tecnologías que contaminan, demasiado de alimentos industriales que nos hacen daño…Es el momento en el que hace falta preguntarse si búsqueda del crecimiento económico tiene todavía sentido.     

El crecimiento es, por tanto, el enemigo…

El imperativo, martilleado por todos los gobiernos, de fomentar a toda costa dos o tres puntos de crecimiento es destructor y absurdo. Destructor, porque esta compulsión orienta nuestras prácticas hacia un consumo masivo e industrializado, a menudo malo para el planeta y la salud pública. Absurdo, porque nos ha alejado de empleos generadores de verdadera prosperidad: en la educación, en la ayuda social, en la sanidad, los ocios creativos…Tras la crisis financiera de 2007, me he molestado en examinar los países del sur de Europa. Alcanzaban tasas de paro trágicas entre los jóvenes, de cerca del 50%. Y sin embargo, bastaba abrir los ojos para constatar que las necesidades de mano de obra eran enormes : ¿quién hay para ocuparse de las personas mayores? ¿Quién para aliviar las aulas escolares sobrecargadas? ¿Quién para ayudar a los más desfavorecidos? ¡Estos son los empleos que necesitaban estos países! Pero, obnubilados por la idea de “relanzar el crecimiento”, las autoridades no veían nada.      

Concretamente, ¿cómo saber en qué momento comienza ese “demasiado” del crecimiento?

Con esta pregunta: ¿qué es lo que puede permitirse todavía nuestro planeta, y qué es lo que ya no puede permitirse? ¿Y cómo configurar nuestras economías para respetar este imperativo? Por ejemplo, para no rebasar los 2 grados de calentamiento climático, la humanidad, lo sabemos, no puede emitir más de 250.000 millones de toneladas de carbono a la atmósfera. A partir de este dato, habrá que adaptar cada economía para fijar el techo de emisiones, y determinar el nivel de renta por habitante que se corresponde con este techo. Le tocará por tanto a cada Estado garantizar una vida confortable y plena a sus habitantes, pero dentro de un sistema de crecimiento estancado. Eso significa que tenemos que revisar colectivamente cuáles son nuestras necesidades reales y cuáles son las superficiales. Es una tarea enorme, soy consciente de ello.

¿Por qué no cree usted en el “crecimiento verde”, una economía tan dinámica como la nuestra, pero que nos salvaría el planeta?

Sostengo lo que se llama “desacoplamiento”, es decir, la idea de que, por cada dólar de productos y servicios fabricados, se pueden consumir menos recursos, menos energía, a la vez que se consume menos. Pero no es suficiente. Porque el desacoplamiento tiene un inconveniente: cuanto más ecológicamente eficaz se vuelve una industria, más crecen sus ganancias, las cuales se reinvierten para acelerar su propio crecimiento y volverla por tanto más nociva. Dicho de otro modo, por medio del desacoplamiento, cada dólar invertido tiene un impacto inferior sobre el medio ambiente, pero como genera más dólares, ese esfuerzo queda reducido a nada…    

Habla usted de la “jaula de hierro” del consumo en la que estamos todos presos. ¿No se corresponde eso con una codicia característica de la naturaleza humana, así de sencillo?

Tomo prestado de Michel Foucault el concepto de “gubernamentalidad” para responderle. Significa que la manera en que se gobierna a los pueblos influye en sus comportamientos. Un Estado que de todas maneras nos incita a consumir sin interrupción tiene responsabilidad en nuestro condicionamiento de un sobreconsumo despreocupado. Nuestras sociedades se han construido socialmente y, si se asemejan a un automóvil lanzado a toda velocidad por una autopista, esto no es indiferente. Por otro lado, ¿qué significa “naturaleza humana”? Sí, el ser humano pueden mostrarse avaro, egoísta, buscar la novedad a toda costa, y es para esto para lo que se le ha ejercitado en estas últimas décadas, tanto que así es que se les percibe como Homo oeconomicus, un ser que no busca más que acrecentar su interés personal. Pero la psicología nos enseña que es igualmente altruista, solidario, compasivo. ¡Somos todos Trump, pero no sólo! Le toca ahora a las políticas públicas alentar el segundo aspecto de nuestra naturaleza, más que el primero.  

Deberíamos compartir todos el trabajo, dice usted. Esta  idea no es muy popular en Francia, sabe usted…

Una economía que intenta salvar el planeta no tiene necesidad de aumentar la productividad del trabajo [el rendimiento por cada hora trabajada], muy al contrario. Entonces, sí, ¿por qué no mantenerla en un nivel de estabilidad compartiendo las horas de trabajo entre más asalariados? Sobre todo, exigir más productividad a una enfermera, un maestro –todos los empleos de la verdadera prosperidad – no tiene ningún sentido. Eso les obliga a consagrar menos tiempo al otro, y por tanto a trabajar peor. Es una cosa más que debemos repensar colectivamente.

profesor de Desarrollo Sostenible en la Universidad de Surrey, el primero en obtener una catedra de este género en el Reino Unido, y autor de Prosperidad sin crecimiento: economía para un planeta finito.
Fuente:
L´Obs, nº 2768, 23-29 noviembre de 2017
Traducción:
Lucas Antón