Podemos: radiografía y testimonio de una realidad política emergente

Julio Martínez-Cava

Rodrigo Amírola

01/06/2014

“Que el número de nuestros miembros sea ilimitado” (primera de las reglas fundamentales de la Sociedad de Correspondencia de Londres, 1792)

 

[Las siguientes líneas quieren servir a modo de reflexión de dos personas que hemos participado en el proyecto de Podemos. No es un gesto de auto-coronación proselitista para vanagloriarnos de un éxito electoral que nadie esperaba, ni tampoco una innecesaria búsqueda de reconocimiento entre las otras fuerzas del campo democrático que son perfectamente conscientes de lo que ahora está en juego. A modo de humildes testigos, queremos hacer una pequeña aportación para dar a conocer el inicio y desenvolvimiento de un proceso que ha removido el tablero de juego abriendo un panorama futuro en el que el debate, la participación, las alianzas “sin atajos” y la acumulación de fuerzas parecen ser la esperanza blanca en la izquierda de este país]

En una fecha indeterminada de hace unos meses, en un bar castizo cualquiera de Madrid, un amigo de los que lleva toda la vida luchando – uno de los imprescindibles como los definía con bellas palabras Bertolt Brecht –, nos comentaba la posibilidad del lanzamiento de una plataforma electoral para los entonces próximos comicios europeos. La propuesta sonaba prometedora porque más allá de las seguras objeciones, los posibles límites y un nombre en principio descafeinado – “Podemos” inspirado en el “We can” de Obama – parecía una auténtica necesidad transformar la creciente indignación social en poder político. Todos los presentes nos miramos cómplices mientras compartíamos nuestras ilusiones y nuestras dudas.

Tras las importantes movilizaciones del 15 de mayo de 2011 y el período de luchas sociales, sindicales y políticas que trajeron consigo, ya fuera en forma de mareas, luchas vecinales o huelgas en los distintos ámbitos sociales, nos encontrábamos en un impasse interminable. Como decía un buen amigo tras una de las manifestaciones más multitudinarias de este ciclo ante las puertas del Congreso: “no podemos seguir estampándonos eternamente contra ellas”. La travesía por el desierto de la crisis era ardua y no se avistaba ningún oasis en el horizonte.

Todos los allí presentes habíamos participado de una u otra manera, con mayor o menor intensidad, en ese período de movilizaciones y reivindicaciones, pero al mismo tiempo éramos plenamente conscientes de la necesidad de un nuevo paso que lograra abrir posibilidades políticas en el presente. Habíamos compartido espacios sociales y políticos tanto en la Universidad como en lugares – entre los cuales Juventud Sin Futuro tiene una especial significación para algunos de nosotros – que pretendían tender puentes desde el mundo universitario hacia otros ámbitos de la sociedad, como el mundo del trabajo, del ocio o, más en general, de la ciudad. Al mismo tiempo se erigía un cierto análisis convergente a partir de experiencias cotidianas comunes. La crisis económica, que azotaba y todavía golpea con fuerza nuestro país a pesar del relajamiento pasajero de la “tormenta”, había puesto de manifiesto que nuestras expectativas de futuro eran puras ilusiones y que lo que estaba reservado para nosotros era el triste destino del paro, la precariedad permanente y nada líquida o el exilio propio de los países situados en las distintas periferias. No queríamos volver a oír aquello de trabajador invitado – o Gastarbeiter en lamentable palabra alemana –, pero eso ya era una realidad para algunos amigos y muchos jóvenes empujados a alejarse de su familia y amigos por el exilio económico. La conclusión se imponía: era necesario expresar institucionalmente un clamor de importantes sectores de la población – jóvenes precarios con estudios superiores o sin ellos, mujeres, inmigrantes, parados sin posibilidad de reincorporarse al mercado laboral, pensionistas –, que no tenían voz en esos espacios contra las políticas del austericidio. Aquellas políticas que estaban arrebatando de forma acelerada derechos sociales conquistados durante décadas y llevando a la mayoría social del país a la ruina. El movimiento estaba en marcha y el programa estaba cristalizado en los principios del 15-M – “no somos mercancías en manos de políticos ni banqueros” y una crítica de los límites de la representación de nuestro sistema político – y en las demandas de distintos sectores de la población – como la PAH, las mareas verde o blanca, etc. –. Compartíamos la necesidad de invertir la dirección de las actuales políticas económicas definidas por un mínimo común denominador: la transferencia de riqueza de una mayoría cada vez más empobrecida a una minoría privilegiada que mantenía su poder a través de múltiples mecanismos (quizás la imagen más clara de esto sean las denominadas y hasta ahora tan poco preocupantes “puertas giratorias”). Solamente necesitábamos un ingrediente capaz de empezar a aglutinar a esa mayoría, un lenguaje compartido que empezara a simbolizar ese sentido común políticamente radical y con una vocación claramente democrática.

No se trataba entonces de arañar votos a la izquierda del tablero, sino que nuestra irrupción debía tener como objetivo principal recuperar a la gente desencantada en los últimos años con el bipartidismo y a la ciudadanía atrincherada en la abstención debido a la miseria ética, política e intelectual de los partidos del Régimen del 78. Los resultados de la última jornada electoral han constatado estas dos importantes intuiciones que ya se han convertido en tendencia: la debacle del bipartidismo con un derrumbe histórico que les hace no llegar a sumar el 50 % del sufragio y el auge de las formaciones del campo democrático que intentan luchar a través de la participación popular y ciudadana contra un prematuro cierre oligárquico del bipartidismo español.

Seguramente la mejor expresión para describir la experiencia que hemos vivido durante estos meses sea “desborde”. Hace falta mucha imaginación para hacerse a la idea de lo que supone en unos pocos meses encontrarse con centenares de asambleas de base coordinándose entre sí, miles de personas preguntando por correo y por redes sociales cómo participar, y decenas de miles empezando a seguirnos por las redes y la televisión. Pero aquí estaba la clave de todo: “que el número de nuestros miembros sea ilimitado”. ¡No hay que tener miedo de la democracia! Nuestra corta experiencia política nos bastó para entender que en la izquierda de este país todavía quedaban sectores y actitudes que desconfiaban de la gente que no milita: parecía que si uno decidiera organizarse con la gente normal y corriente, estuviera haciendo concesiones a “la ideología dominante”. Algunos llegaron incluso a sostener que unas primarias abiertas significaban precisamente eso, una renuncia a las líneas programáticas que transformarían la situación para adaptarse a la “demanda” de un público que “aún no estaba concienciado”. Evidentemente hace falta hacer pedagogía política, es necesaria una labor de difusión de las ideas que consideramos acertadas, se requiere formación y aprendizaje. Pero esa tarea sólo se puede hacer con la gente, y no sobre ella. En un período inferior a un mes, cerca de doscientas asambleas recién creadas discutieron y diseñaron un programa político, y más de un militante de la “vieja izquierda” se sorprendería de la sensatez de las propuestas. Confiar en la gente funciona. Nosotros pensábamos: no podemos predicar a los cuatro vientos la necesidad de recuperar la soberanía, de recuperar el control sobre nuestras propias vidas, y luego no atrevernos a poner en marcha todos los mecanismos posibles – dentro de lo que las circunstancias y los recursos lo permitan – para que la gente decida (1). En un artículo reciente decía César Rendueles: “el elitismo y el clasismo se nos han metido muy dentro y demasiado a menudo modulamos nuestras intervenciones políticas para gustarnos a nosotros mismos”. Ya va siendo hora de poner fin a estos arraigados y dañinos vicios.

Todo lo anterior pudiera sonar a los desvaríos naive de activistas poco experimentados, pero para nosotros no ha sido cosa de poca importancia: si nuestros familiares y viejos amigos tradicionalmente despolitizados de repente nos preguntaban por Podemos, algo estaríamos haciendo bien. No es un mero termómetro testimonial, es también una de las claves que en parte están consiguiendo desbloquear el impasse de la transformación social: cuando los partidos de izquierda no conectaban con unas mayorías con sensibilidad de izquierda igualitaria, pero los movimientos sociales desbordaban las calles (la propia palabra “marea” para referirse a los movimientos en defensa de los servicios públicos es signo de ello). Tenemos que dejar de desconfiar de las cosas que funcionan: apostar por el liderazgo mediático es una estrategia arriesgada y repleta de contradicciones, sólo inteligible en un contexto de sociedad civil desorganizada y marcada por décadas de derrotas. No necesitamos salvadores en la política, necesitamos una ciudadanía articulada. Todo eso es verdad, pero olvida lo importante: no basta con adaptar las estrategias políticas a nuestros principios morales o políticos, hace falta adaptarlas a su vez a una realidad compleja, fea, y en ese proceso se juega precisamente la eficacia política. Asaltar las instituciones de la mano del 15M (reivindicándolo pero sin arrogarnos su representación), sin olvidar que la televisión sigue siendo el principal espacio de socialización política para millones de personas, y sin olvidar que las redes sociales han abierto (y cerrado) puertas en la manera de intervenir políticamente. Se trataba y se trata de buscar nuevas relaciones entre los ciudadanos y sus representantes, relaciones que fomenten la participación al máximo y que permitan el control sobre aquellos. ¿Qué significaban si no los miles de gritos “que sí, que sí, que sí nos representan”, con los que una multitud de madrileños recibieron a los futuros eurodiputados en la plaza del Reina Sofía en Madrid? No hemos olvidado el 15M, llevamos sus lecciones en una mano, y la voluntad de ganar en la otra.

La vieja política tiene los días contados, aunque el combate no ha hecho nada más que comenzar. La primera parada del camino han sido unas elecciones europeas que nos han reportado unos terribles resultados en algunos países europeos como Francia o Reino Unido, al mismo tiempo que la esperanza por una reconstrucción de Europa por parte de las fuerzas democráticas que han irrumpido en el escenario griego o español. Dos modelos de Europa están en disputa: el modelo tecnocrático de los eurócratas que nos ha conducido al actual drama social y ha hecho resurgir a los monstruos de la extrema derecha xenófoba, frente a una Europa democrática y de los pueblos cuyo proyecto fundamental se está articulando en torno a la defensa de los derechos sociales y económicos. La casta política, la patronal, y sus ejércitos de mercachifles, lazarillos y sicofantes voceros del status quo saben donde atacan: el enemigo son las conquistas sociales, algunas de ellas plasmadas en las Constituciones de posguerra (como el derecho laboral democrático) (2). Ellos lo tienen claro, nosotros también. Es la democracia y la libertad de los ciudadanos lo que está en juego.

Notas:

[1] No estamos descubriendo la pólvora ni el Mediterráneo: desde hace décadas hay sectores importantes de las organizaciones de izquierda que vienen luchando por lo mismo. Creemos que estos sectores deben empoderarse y dar un golpe definitivo sobre la mesa. Basten como ejemplos: http://www.lamarea.com/2014/05/30/los-jovenes-de-iu-defienden-mas-mecanismos-de-democracia-interna-en-la-federacion/ o el más antiguo http://www.publico.es/496715/con-tu-quiero-y-con-mi-puedo

2 En un reciente informe elaborado por economistas del JP Morgan, se defiende: “The constitutions and political settlements in the southern periphery, put in place in the aftermath of the fall of fascism, have a number of features which appear to be unsuited to further integration in the región (…)The political systems in the periphery were established in the aftermath of dictatorship, and were defined by that experience. Constitutions tend to show a strong socialist influence, reflecting the political strength that left wing parties gained after the defeat of fascism. Political systems around the periphery typically display several of the following features:weak executives; weak central states relative to regions; constitutional protection of labor rights; consensus building systems which foster political clientalism; and the right to protest” (citado en el blog personal de Lleig Phillips, véase: http://blogs.euobserver.com/phillips/2013/06/07/jp-morgan-to-eurozone-periphery-get-rid-of-your-pinko-anti-fascist-constitutions/)

Rodrigo Amírola y Julio Martínez-Cava son licenciados en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, y actuales alumnos del Posgrado organizado por SinPermiso con la Universidad de Barcelona y el Ateneu Roig (“Análisis filosófico-político y económico del capitalismo contemporáneo")

 

 

Fuente:
www.sinpermiso.info, 1 de junio de 2014