Portugal: Un olvido que no es tal

Francisco Louça

25/06/2018

El retraso en los preparativos del presupuesto, precedidos por esta reforma laboral, es la prueba de que el Gobierno tiene un solo objetivo: las elecciones.

No se puede decir que la encuesta del 18 de junio sea una ducha de agua fría para el PS. Simplemente, ya había puesto sus barbas a remojar. El PS nunca ha rozado la mayoría absoluta en las encuestas (y son encuestas a quince meses de las elecciones) y ha ido perdiendo terreno en las consultas más recientes. Rui Rio, líder de la oposición, no ha frenado la caída del PSD, porque su partido sigue anclado en unos indices históricamente desastrosos, pero a pesar de ello le han dado a Costa el aliento que sus asesores le han prometido en el congreso del PS en Batalha.

Creo que en todo caso fue la encuesta la que hizo que el primer ministro Costa decidiera hacer un discurso electoral en la ceremonia de firma de los acuerdos del diálogo social. Así fue, y quienes escucharon la descripción de las medidas firmadas podrían pensar que se trata de un menú de recuperación del empleo después del abismo de la precaridad. Costa optó por explicar todos los puntos que representan una ganancia para los trabajadores, y hay algunos, como la reducción de tres a dos años para la renovación de los contratos de duración determinada, ignorando el resto, que es en realidad lo que interesa a los firmantes. Por lo tanto, este discurso es una contradicción: lo dicho, promete medidas ventajosas para aquellos que se negaron a negociar, los sindicatos, y lo no dicho, proporciona medidas beneficiosas para las asociaciones patronales que negociaron y que saben lo que obtenían.

Hay en esto un dispositivo que debe interpretarse. Al firmar la reforma laboral, precisamente, en la víspera de la reunión en la que comenzaba a negociar el presupuesto con sus socios, el gobierno no solo envía una señal a las izquierdas, sino también a su propio partido, porque resulta que el grupo parlamentario del PS no está contento con algunas de las medidas y parece querer limitarlas, por ejemplo, en el contexto de la ampliación del período de prueba (en el Tribunal Constitucional ya ha ganado Vieira da Silva una vez y se dice que el Presidente no está convencido). Si los diputados y diputadas del PS recortan esta medida y tienen mayoría en el parlamento, el gobierno tendrá que volver al diálogo social y pedir a la patronal que acepte los cambio. Pero no es eso lo que les conviene a unos y a otros: la patronal quiere que el diálogo social funcione como una cámara corporativa, como una instancia por encima del parlamento, que no tendría recursos; el gobierno no quiere mostrar que no controla la agenda y que firma compromisos falsos.

Ahora bien, este es el problema del discurso de Costa en la firma de la reforma laboral. Promete una cosa (reducir la precariedad) y ofrece otra (como la duplicación de los contratos a prueba y de los contratos verbales, una invención que merece el Guiness record). Crea un foso a izquierda y le enfrenta a su electorado, pero piensa que gana el centro y el espacio abandonado por el PSD y el CDS, que de hecho están encantados con este acuerdo. Pero, si los que leen estas líneas creen es una señal de las oscilaciones del Gobierno Costa, permitan me que les ofrezca el argumento contrario: es esto lo que pretende el Gobierno, un conflicto con la izquierda.

Las discusiones entre el gobierno y los partidos de izquierda revelan toda la tramoya. Después de dos años de trabajo en la comisión con el Bloque de Izquierda, el gobierno tenía una lista de medidas concretas,  bien estudiadas, que sabía que merecen el acuerdo de las izquierdas. Incluyó algunas de estas medidas en su propuesta a los socios, pero se olvidó de informarles de algunos detalles esenciales, en concreto de los cambios fundamentales que han encantado a la patronal. Según explica un secretario de estado, en una entrevista la semana pasada, no fue por mala intención, sino por problemas de última hora. Poco convincente. Si el Gobierno invocase torpeza alguien podría creerle; pero no fue un olvido. El Gobierno quería llegar a un acuerdo con António Saraiva, el presidente de la patronal CIP, y quería que los partidos de izquierda se quedaran de piedra ante la maniobra de ocultarles la parte fundamental de las medidas. Es un pase al centro, como se diría en estos momentos futboleros.

El problema es que este es el segundo conflicto por el diálogo social con la patronal. El primero fue el recorte del TSU pagado por las empresas para compensar el aumento del salario mínimo. Fue derrotado en el parlamento y reemplazado por una propuesta bien pensada, pero pocas personas se han dado cuenta de que era la única vez que el gobierno podría caer, dado que se trataba de una violación explícita del acuerdo con el Bloque de Izquierda ("no se incluirán en el programa de gobierno ninguna reducción de la TSU de los empleadores"). Y si el gobierno violó el acuerdo fue por una sola razón: provocar una crisis política.

Mediante la creación de un segundo conflicto en torno al diálogo social, el Gobierno pone de relieve algunas evidencias: su prioridad en 2018 es un acuerdo con Saraiva para contener a Rui Río; el subterfugio de ocultar a los partidos de izquierda la propuesta que llevó al diálogo social tiene un objetivo claro; y el retraso en la preparación del presupuesto, precedida por esta reforma laboral, es prueba de que el Gobierno tiene un solo objetivo: las elecciones. Hace daño y no creo que consiga nada. La mayoría de los votantes apoya esta solución política, porque ofrece  coherencia y no miedo, porque adopta medidas y no amenaza. Si el Gobierno demostrase que prepara meticulosamente el acuerdo para un buen presupuesto, mejor iría el país. Y tiene trabajo: está el tema de las escuelas públicas, el servicio de salud, la reducción de la precariedad, la regulación energética, la inversión ambiental. No es poco. Ya tarda.

catedrático de economía de la Universidad de Lisboa, ex parlamentario y miembro del Bloco de Esquerda, actualmente es Consejero de Estado.
Fuente:
expresso.pt, 19 de junio de 2018
Traducción:
G. Buster