¿Quién es quién en la derecha argentina? (I)

Carlos Abel Suárez

28/07/2013

 “¿Qué es una concepción del mundo? Una concepción del mundo no es un saber, no es un conocimiento en el sentido en que lo es la ciencia positiva. Es una serie de principios que dan razón de la conducta de un sujeto, a veces sin que éste se los formule de un modo explícito. Esta es una situación bastante frecuente: las simpatías y antipatías por ciertas ideas, hechos o personas, las reacciones rápidas, acríticas, a estímulos morales, el ver casi como hechos de la naturaleza particularidades de las relaciones entre hombres, en resolución, una buena parte de la consciencia de la vida cotidiana puede interpretarse en términos de principios o creencias muchas veces implícitas ‘inconscientes’ en el sujeto que obra o reacciona”.  Manuel Sacristán (1)

Como caracterización política, “derecha” quiere decir poco o mucho. Ante todo es un punto de referencia, una calificación que como sabemos nació en la Gran Revolución Francesa, según estaban ubicados los representantes en la Asamblea. Desde entonces, todo animal político siempre puede tener alguien a su derecha y a su izquierda.  La derecha en la histórica política argentina, como bandera y como camiseta, tuvo y tiene mala prensa, es una marca que nadie compra ni quiere usar. Vale lo contrario para la izquierda - que no es tema de este artículo -, donde hay quienes compiten por demostrar quién está más a la izquierda. Al punto que Lenin tuvo que escribir su famoso folleto sobre “la enfermedad infantil”.  Tampoco es sencillo un mapa del centroizquierda, seguramente la región más superpoblada, donde hay ejemplos para todos los gustos. Hasta el dictador Alejandro Agustín Lanusse, en varias ocasiones se autodefinió como de centro izquierda y amigo de Salvador Allende.

Definir por lo tanto quién es quién en la derecha argentina no es simple, especialmente si nos guiamos por lo que los políticos dicen de sí mismos.  Una extensa compulsa entre el universo que uno podría suponer que le cabe el sayo, por ejemplo, una declaración jurada a los candidatos, nos llevaría a la conclusión de que hoy la derecha argentina tiende a cero.  Sin embargo, si sometemos la muestra a un correcto tratamiento con los colorantes y reactivos adecuados y usamos un buen microscopio, nos sorprenderá ver que es una especie con una gran capacidad de sobrevivir y reproducirse.

Ciertamente no hay un partido de derecha con gravitación a nivel nacional, como podríamos claramente identificar en el Partido Popular (PP) del Reino de España, la UDI y Renovación Nacional (que mal han sostenido al gobierno de Sebastián Piñera en Chile), Berlusconi en Italia o el Partido Republicano de Estados Unidos. Tomando el parámetro que se nos ocurra: son conservadores de derecha.

En Argentina el mapa político es algo más complicado. Hace ya un tiempo que la derecha renunció a tener su propio partido, estructura, programa y cuadros políticos bien delimitados. Hubo intentos fallidos desde 1983, pero el que tuvo mayor éxito hasta llegar a ser el tercer partido, con un bloque parlamentario de consideración fue la Unión del Centro Democrático (Ucede), con casi 2 millones de votos para su líder, el Capitán Ingeniero  Álvaro Alsogaray, en las elecciones de 1989. Al asumir Carlos Menem, Alsogaray y sus acólitos se encontraron con la lámpara de Aladino. A confesión de parte relevo de prueba: cuando ya había proclamado su menemismo, al ser increpado por su pasado antiperonista recordó que en su breve paso por el ministerio de Industria del gobierno del Gral. Eduardo Leonardi que derrocó a Perón en 1955, “en plena reacción antiperonista, hice sacar de los legajos personales de los funcionarios y empleados del Ministerio los antecedentes que los sindicaban como peronistas, a efectos de que no pudieran ser alcanzados por aquella reacción. Esta actitud sostenida a lo largo de casi cuarenta años, es la que hizo posible mi tácito entendimiento con el doctor Menem en julio de 1989, ante la transformación profunda de la vida nacional por él impulsada”. (2)

De esa cantera salieron numerosos cuadros que comenzaron su carrera política en los 90 y hoy siguen siendo figuras noticiables. La que tuvo mala suerte con esa herencia fue justamente, su hija, María Julia Alsogaray, ya condenada por corrupta y siempre recorriendo juzgados en nuevas causas. Seguramente la portación de apellido y su petulancia de “niñita” caprichosa y su alta exposición en los días de pizza y champán le jugaron una mala pasada. No tuvo la habilidad de su padre para negociar con todos los gobiernos durante más de cuarenta años, como él mismo lo explicó. Por cierto, si en lugar de ser una Alsogaray se llamara Amado podría estar a cargo de Ciccone Calcográfica.

La horneada de Alsogaray fue pródiga en personajes que comenzaron haciendo los deberes en menemismo, entre los que podemos identificar al vicepresidente Amado Boudou, al titular la AFIP, Ricardo Echegaray, al director de la seguridad social, Diego Bossio (no es puro, porque arrastra algunos genes de la derecha clerical), el intendente de Lomas y que encabeza ahora  la lista de candidatos a diputados del kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires, Martín Insaurralde, y al intendente de Tigre, Sergio Massa, entre los más destacados.

¿Por qué el peronismo o el populismo constituyen hoy la plataforma de lanzamiento de la derecha?

Enrique Zuleta Puceiro, sociólogo de importante trayectoria en empresas de consultoría política y sondeos de opinión, sostiene que ya no se puede explicar al peronismo en términos de clase, de la resistencia peronista, o del primer peronismo de alianza con la clase obrera y sectores patronales. “Peronismo es ganar”, afirma.  El Partido Justicialista y en grado menor el radicalismo (en crisis y muy fragmentado) conformaron una eficiente maquinaria electoral, de base territorial en los municipios, que desde 1983 fue garantizando la estabilidad y reelegibilidad de los aparatos locales. De modo que ingresar a esas estructuras garantiza un piso electoral casi imbatible y a un costo infinitamente menor que montar una nueva agrupación política. Ayuda a esa empresa de posicionamiento político territorial el control de las barras de los clubes de fútbol y otras instituciones, lo que también es parte de la experiencia internacional. El control del aparato clientelar, que incluye a la policía como reguladora del delito (droga, prostitución, robos, etc.), las barras bravas, el juego con la concesión de casinos y bingos a los amigos, que han proliferado como hongos por todo el país (brutal alienación y saqueo de los más pobres), la obra pública con los insalvables retornos, peajes, etc. conforman un piso de adhesión electoral que va más allá de todo debate, programa o militancia territorial de alguna fuerza que se proponga desplazarlos.  Los trabajos de Javier Auyero, entre otros investigadores, que se ocupan del tema son fundamentales para quien se proponga analizar este fenómeno, que tiene su epicentro en los grandes conglomerados urbanos del Gran Buenos Aires, pero que se replica en todo el país.

¿Cómo ingresaron a la política Mauricio Macri, Francisco De Narváez, Domingo Cavallo, el senador Roberto Urquía (Aceitera General Dehesa), el carapintada y ex intendente de San Miguel,  Aldo Rico, el condenado por crímenes de lesa humanidad, Luis  Patti (electo intendente de Escobar en 1995 con el 73 por ciento de los votos), el corredor náutico y gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, el industrial José Ignacio de Mendiguren, y sigue la lista? Lo hicieron de la mano del PJ. ¿Y qué tienen que ver con el peronismo original? Ayer privatizadores, desreguladores, partidarios de la mano dura, hoy pueden aplaudir a rabiar todo lo contrario.  Peronistas somos todos, diría Perón.

Un poco de historia

 No vamos a ir muy atrás, aunque podríamos rastrear esa concepción del mundo, de la que habla Sacristán, en nuestro territorio anterior a la formación del Estado moderno. El partido conservador, que con matices, tendencias y caudillos regionales, había sido la representación política de la clase dominante durante un largo período de prosperidad y estabilidad, nunca pudo recuperarse de la derrota del 2 de abril de 1916, en las primeras elecciones con sufragio universal que consagraron presidente a Hipólito Yrigoyen. El “Orden Conservador”, que había sido sustentado por  políticos y pensadores notables, que fueron abriendo o cerrando compuertas, avanzando y retrocediendo, con una gran capacidad de negociación y adaptación – una cualidad negociadora que les permitió sortear coyunturas extremadamente violentas, al borde de la revolución (1890-1905) y de la guerra civil, huelgas y manifestaciones obreras y populares, para aceptar finalmente las elecciones libres – no terminó aquel 1916.  Desde entonces su táctica fue variando según las circunstancias. El radicalismo ofreció cobijo hasta de personajes siniestros de la extrema derecha, como los señoritos de Manuel Carlés (fundador de la Liga Patriótica, interventor federal de Salta en 1918), que reprimieron a los obreros en la Semana Trágica,  mano de obra de los pogromos dirigidos contra los judíos porteños, los mismos que fueron a Mendoza a aplastar violentamente la huelga de las maestras en 1919, entre tantos episodios trágicos.

Luego vino el tiempo de la espada, al decir del poeta Leopoldo Lugones, que de anarquista y defensor de la Revolución Rusa, pasó casi sin estaciones intermedias a filo-fascista y promotor del golpe de 1930. La llamada década infame. Pero aun contando con el calor oficial, el viejo partido de la derecha no pudo ser reconstruido. Tal es así que los gobiernos nacidos del fraude tuvieron que sostenerse mediante una compleja política de alianzas que siempre incorporaba un ala de los radicales y a los caudillos locales y regionales. Las internas cruzaban con violencia a los conservadores.

La irrupción del peronismo profundizó esa crisis de identidad de la derecha, en tanto Perón – que había sido un protagonista del comando táctico que dio el golpe de 1930 y luego partidario del Gral. Justo en contra de la continuidad del dictador José Félix Uriburu – no desconocía ese ambiente, especialmente a las figuras más destacadas de la provincia de Buenos Aires, de manera que nutrió su movimiento con dirigentes que provenían de las filas conservadoras, entre ellos Héctor J. Cámpora, Ramón Carrillo, Oscar Ivanissevich, Vicente Solano Lima, Jerónimo Remorino, Ramón J. Cárcano y José Emilio Visca. Famoso éste último por presidir la comisión de la Cámara de Diputados, que clausuró decenas de diarios y periódicos opositores, entre ellos las publicaciones del Partido Comunista y secuestraba libros, paradójicamente hasta uno del entonces trotskista Jorge Abelardo Ramos.  Hay que decir, para evitar confusiones, que no todos los que incorporó Perón a su movimiento fueron conservadores de la calaña de Visca o Ivanissevich, algunos fueron talentosos y probos como el sanitarista Ramón Carrillo y también sumó a radicales, socialistas y anarquistas.

Vanos fueron los intentos de una reconstrucción de los conservadores, tras el derrocamiento de Perón en 1955. Una buena parte de la derecha, siguió jugando en las internas del peronismo y del radicalismo, otros tendieron a la constitución de la Federación de Partidos de Centro, donde cohabitaban veteranos dirigentes o caudillos regionales, algunos con importante base electoral.  El partido Demócrata había ganado las elecciones en Mendoza, con la candidatura a gobernador del moderado Emilio Jofré cuando estalló el golpe de Juan Carlos Onganía de 1966, que derrocó a Arturo Umberto Illia. Varias figuras conservadoras se subieron a la cola del león, de ese variopinto frente de militares, católicos del Opus Dei y sus derivados, sindicalistas como Timoteo Vandor (metalúrgicos) Alonso (vestido) Cavalli (petroleros), empresas transnacionales (farmacéuticas y petrolera, principalmente) y un efímero y medio tonto  General que prometía durar 20 años. Otros conservadores repudiaron el golpe y la Federación de Centro expiró.

En los años de terror de la dictadura (1976-1983), los militares sólo pensaron en perpetuarse ellos mismos. Hasta el mismo Jorge Rafael Videla se imaginó popular como lo prueban algunas notas de sus escribas de la época y sus encuentros con destacados dirigentes peronistas y radicales. Emilio Massera, por su parte,  soñaba también con ser un nuevo Perón y con abundantes recursos del latrocinio, montó una estructura política y hasta un diario, Convicción, que apuntaba a “la centroizquierda”, una especie de populismo, con una buena dosis de la P2, intelectuales de columna vertebral extremadamente flexible, como diría Luis Franco, y varios sindicalistas que lo frecuentaban. Nada de eso fue posible, porque el último intento del “populista”, Leopoldo Galtieri, se estrelló en la aventura de Malvinas (aventura que compartía el mando militar - es injusto culpar solamente a Galtieri - y aplaudieron muchos dirigentes políticos).

De la dictadura emergió como líder de la derecha, el Capitán Ingeniero Alsogaray, que había intentado ya el truco de arrimarse a peronistas y radicales para convencerlos de las ideas de Friedrich von Hayek. Alsogaray fue neoliberal todo terreno desde antes que el término hubiese sido inventado. Comenzó su carrera pública como interventor de la Flota Aérea Mercante, durante el primer gobierno peronista, ministro como hemos dicho de Lonardi en 1955 (donde procuró borrar sus propios antecedentes en la administración del tirano prófugo (como lo llamaba en ese tiempo), pero su gran bautismo de fuego lo tuvo en el gobierno de Arturo Frondizi, cuando abandonado el programa desarrollista, por voluntad propia y por presión militar, Alsogaray  ocupó el ministerio de Economía y Trabajo, entre 1959 y 1961. Alsogaray se encargó de aclarar más tarde, que no entró por la ventana por gestión de los militares, sino que había iniciado los contactos con Frondizi apenas éste ganó las elecciones en febrero de 1958.  Alsogaray fue entonces un pionero en usar la cadena nacional de televisión, a veces hasta dos veces por semana, para predicar con gráficos e infografías la llamada economía social de mercado. Un verdadero precursor de los evangélicos televisivos. Como todos los predicadores del libre mercado, usó a discreción del Estado para intervenir en la economía, al punto que pretendía establecer qué días se podía comer carne vacuna y qué días no.

En las universidades nacionales, especialmente en las facultades de Economía, donde el sitial de la derecha siempre fue ocupado por integristas y nacionalistas católicos, comenzó a tener una base este personaje que se ufanaba de sus amistades con los alemanes Konrad Adenauer y Ludwig Erhard, con el español Adolfo Suárez, con los pinochetistas, con anticomunistas de todo pelaje. Invitaba a los gurúes de las fundaciones de los japoneses, que entonces aparecían como ideólogos de una nueva potencia, antes de quedar aplastados por dos décadas de estancamiento. Por supuesto el éxito de su movimiento fue mayor en las universidades privadas.

En la vuelta a la democracia y con vistas a las elecciones, Alsogaray funda el Partido Unión de Centro Democrático (Ucede) en abril de 1983,  donde se presenta en sociedad una nueva generación de la derecha que gritaba entusiasmada en el estadio de la Asociación de Box: “el que no salta es un estatista” y “juventud liberal, esperanza nacional”.  Alsogaray disputaba la pre-candidatura presidencial con el ex canciller de Galtieri, Nicanor Costa Méndez, un católico de derecha y abogado de las principales empresas transnacionales devenido milagrosamente en un soldado de la causa “tercermundista”.

En las elecciones de 1983 el partido de Alsogaray sumó  236.000 votos,  el cuarto lugar pero apenas el 0,5 por ciento del total, en una elección absolutamente polarizada entre Raúl Alfonsín e Ítalo Lúder. Sin embargo, la derecha o el centroderecha era  entonces algo más que Alsogaray, ya que el Pacto Autonomista Liberal de Corrientes ganó cómodamente en la provincia, igual performance tuvieron el Movimiento Popular Neuquino (que desde entonces es amo y señor del territorio) y los  bloquistas sanjuaninos, además de importantes resultados de los renovadores salteños y los demócratas mendocinos, que si bien no ganaron, sumaron casi 100 mil votos.

Pero la Ucede logró un notable crecimiento en las elecciones posteriores, 540 mil votos en las parlamentarias de 1985, casi  un millón en 1987 (donde una compulsa mostró que en los barrios donde residían los militares y sus familias se votó masivamente por el partido de Alsogaray, por su reivindicación de los represores y de las Fuerzas Armadas después de los sucesos de Semana Santa), alcanzando cerca de los 2 millones en las presidenciales de 1989, que eligieron a Menem. Apuntando a Alfonsín como su principal enemigo, en la estrategia de aprovechar su desgaste político, la presión de la deuda externa impagable y la economía en camino a la hiperinflación, Alsogaray no dejó un solo momento de negociar con Eduardo Angeloz (el candidato de los radicales)  y con Menem, importándole poco la retórica nacionalista y populista que caracterizaba la campaña del riojano. De ahí pasó a la liquidación de su movimiento en el torrente menemista, aunque con disputas menores, pues no coincidía en la letra chica del programa de Cavallo, y éste no soportaba la exposición mediática y el protagonismo de María Julia, la hija del Capitán ingeniero.

A esta altura los conservadores tradicionales habían entrado en un ocaso irreparable, tal vez, esa idiotez de las élites de la que habla Antoni Doménech y que hemos comentado en otras notas. En el mismo momento en que el gallo negro no tenía contrincante en el mundo. 

Pablo González Bergés, veterano conservador que falleció hace unos meses a los 99 años, a quien entrevisté en varias oportunidades y  visitaba en su departamento de Callao y Santa Fe; se mofaba encantadoramente de la hegemonía de los mediocres en la política argentina. A qué atribuye esa mediocridad le pregunté, una vez: “A varios factores. En primer lugar, es este economicismo que ha atacado a todas las sociedades en desmedro de la inteligencia y de la buena conducta. La cosa es hacer plata y los escrúpulos morales pasan a último lugar. Creo que la Argentina tuvo una clase dirigente de muy alto nivel, la mejor de América Latina. No se encuentra un solo intelectual del siglo pasado (estábamos hablando en el último año del Siglo XX), más o menos conocido, que no tuviera relación con la política. Ahora no hay. La vida política se ha convertido en algo a lo que no quieren arrimarse los que se respetan. Los argentinos, creo, no son menos inteligentes que en otros tiempos”.

Defensor de la República Española, recordaba para despabilar a los incautos “liberales” de los ´90, que Franco y Mussolini aplicaron a rajatabla la economía de mercado; orgulloso de haber sido el coautor, con Alfredo Palacios, del artículo 14 bis de la Constitución Nacional: “si hoy tuviésemos que proponerlo seríamos tildados de izquierdistas revolucionarios”.  A este conservador cuando se le preguntaba cuáles eran los problemas más graves del país, no dudaba un instante: “la corrupción y la desigualdad social”.

 Era tal vez este republicano fue un gran excepción entre los conservadores, pero otros más a la derecha, como Rodolfo Moreno, Emilio Hardoy, Carlos Saavedra Lamas, Juan Ramón Aguirre Lanari, se destacaban por su formación política y en los temas de su competencia, una diferencia abismal con las figuritas mediáticas, contrabandistas de los discursos preparados por sus agencias de imagen.

Hay otra línea de la extrema derecha, que vale explorar y que sin explorar demasiado se etiqueta de fascista, una calificación política que por la saturación de su uso termina no diciendo nada: como gritar hijo de puta.  Se trata del nacionalismo católico, en el que abrevan sin proclamarlo, varios de los actuales revisionistas que creen haber descubierto el agujero del mate.

La extrema derecha católica, nacionalista, anticomunista, tuvo un protagonismo destacado en la vida política e intelectual, en las universidades y en la prensa. Los últimos mohicanos cultos de esta corriente se expresaban – entre otras publicaciones - en revistas como Cabildo y Criterio, la primera más de trinchera, académica la segunda. Pensadores destacados, reaccionarios, pero con todo lo aborrecible que puedan tener para una concepción del mundo de la izquierda y republicana, nada semejante al patético espectáculo de sus émulos arribistas de nuestros días.  Recordemos sólo a algunos de ellos, Ernesto Palacio (el autor de Catilina), los hermanos Julio y Roberto Irazusta,  Carlos Ibarguren, el cura Leonardo Castellani, Gustavo Franceschi, Rubén Calderón Bouchet. Este último, admirador de Bismarck, colaborador de la revista Cabildo, que sostenía que la historia se salió de lugar con la Gran Revolución Francesa, también era capaz de decir desde la cátedra, en plena dictadura de Onganía, que en el Ejército argentino ninguna persona inteligente podía pasar del grado de coronel.— 25 julio 2013

NOTAS: [1] Prólogo Anti-Düring, Federico Engels. 1964 Grijalbo México.  [2] Todo es Historia, diciembre 1995, entrevista de Antonio Emilio Castello.

Carlos Abel Suárez es miembro del Comité de Redacción de SinPermiso

Fuente:
www.sinpermiso.info, 27 julio 2013