Ratzinger echa su cuarto a espadas

Uri Avnery

01/10/2006

 

“Cualquier judío honrado que sepa la historia de su pueblo no puede menos de sentir una profunda gratitud hacia el islam, que protegió a los judíos durante cincuenta generaciones mientras el mundo cristiano los perseguía y trataba no pocas veces de obligarlos ‘por la espada’ a abandonar su fe”

El ateo judío Uri Avneri reflexiona histórica, teológica y políticamente con su lucidez y perspicacia habituales sobre la “lección” del papa de Roma en la Universidad de Ratisbona.

Desde los días en que los emperadores romanos usaban echar cristianos a los leones, las relaciones entre los emperadores y los dirigentes eclesiásticos han experimentado muchos cambios.

Constantino el Grande, que llegó a emperador en el 306 –hace ahora exactamente 1700 años— favoreció la práctica del cristianismo en el Imperio, en el que se incluía Palestina. Siglos después, la Iglesia se escindió, con una parte oriental (ortodoxa) y otro occidental (católica). En occidente, el obispo de Roma, que adquirió el título de papa, exigió al emperador el reconocimiento de su superioridad.

La lucha entre los emperadores y los papas jugó un papel central en la historia europea y dividió a los pueblos. Hubo altos y bajos. Algunos emperadores destituyeron o expulsaron a un papa; algunos papas destituyeron o excomulgaron a un emperador. Uno de los emperadores, Enrique IV, “peregrinó a Canosa” y estuvo tres días plantado, pies desnudos sobre la nieve, ante el Castillo del papa, hasta que el papa se dignó a anular su excomunión.

Pero hubo tiempos en que los emperadores y los papas convivieron en paz. Así en el presente. Entre el actual papa, Benedicto XVI, y el actual emperador, George Bush II, existe una maravillosa armonía. El discurso de la pasada semana del papa, que desencadenó una tormenta planetaria, se compadece bien con la cruzada de Bush contra el “islamofascismo” en el contexto del “choque de civilizaciones”.

En la lección dictada en una Universidad alemana, el papa número 265 describió lo que para é les una gran diferencia entre el cristianismo y el islam: mientras que el cristianismo estaría fundado en la razón, el islam la negaría. Mientras que los cristianos ven la lógica de las acciones de Dios, los musulmanes niegan esa lógica en las acciones de Alá.

En mi calidad de judío ateo no puedo entrar en el fragor de ese debate. Rebasa por mucho mis humildes capacidades la comprensión de la lógica del papa. Pero no puedo menos de prestar atención a un paso que me afecta a mí también, como israelí que vive en las inmediaciones de la línea de fractura de esa “guerra de civilizaciones”.

A fin de probar la carencia de razón en el islam, el papa afirma que el profeta Mahoma ordenó a sus seguidores la difusión de su religión por medio de la espada. De acuerdo con el papa, eso no es razonable, porque la fe nace del alma, no del cuerpo. ¿Cómo podría incidir la espada en el alma?

Para argüir su tesis, de entre todas las gentes posibles el papa eligió citar a un emperador bizantino que pertenecía, obvio es decirlo, a Iglesia de la competencia, la oriental. A fines del siglo XIV, el emperador Manuel II Paleologo se refirió a un debate que supuestamente habría tenido con un académico persa musulmán cuyo nombre no mencionó. En el punto culminante de la argumentación, el emperador –según él mismo— espetó estas palabras a su adversario:  

“Dime solo qué novedades ha traído consigo Mahoma, y no encontrarás sino cosas malas e inhumanas, como su imperativo de propagar por la espada la fe que él predicaba”

Palabras que dan pie a tres preguntas: 1) ¿Por qué las dijo el emperador? 2) ¿Responden a la verdad? 3) ¿Por qué las cita el actual papa?

Cuando Manuel II escribió su tratado, era la cabeza de un imperio agonizante. Llegó al poder en 1391, cuando solo quedaban ya unas pocas provincias del otrora ilustre imperio. Y esas provincias estaban ya bajo amenaza turca.

En ese momento los turcos otomanos habían llegado ya a las riberas del Danubio. Habían conquistado Bulgaria y el norte de Grecia, y habían derrotado ya dos veces a los ejércitos de auxilio enviados por Europa para salvar el imperio oriental. El 29 de mayo de 1453, solo unos pocos años después de la muerte de Manuel, su capital, Constantinopla –la actual Istanbul—, cayó en manos de los turcos, poniendo fin a un imperio que había durado más de mil años.

Durante su reinado, Manuel hizo giras por las capitales de Europa, tratando de buscar apoyo. Prometió la reunificación de la iglesia. Está fuera de duda que escribió su tratado religioso con la intención de incitar a los países cristianos contra los turcos y de convencerles para comenzar una nueva cruzada. El objetivo era práctico; la teología se ponía al servicio de la política.

Y en tal sentido la cita sirve exactamente a las necesidades del actual emperador, George Bush II. También él desea unir a la cristiandad contra el “Eje del Mal”, primordialmente musulmán. Además, los turcos están llamando de Nuevo a las puertas de Europa, esta vez pacíficamente. Es bien sabido que el papa apoya a quienes se oponen a la entrada de Turquía en la Unión Europea.

¿Hay algo de verdad en el argumento de Manuel?

El papa mismo tomó sus cautelas. En su calidad de teólogo serio y de renombre, no podía permitirse la falsificación de textos escritos. De aquí que empezara por admitir que el Corán prohíbe expresamente la propagación de la fe por la fuerza. Citaba la segunda Sura, verso 256 (extrañamente falible para ser papa, en realidad se refería al verso 257), que dice: “No debe haber coerción en materia de fe”.

¿Cómo puede ser ignorada una afirmación tan inequívoca? El papa arguye simplemente que este mandamiento fue sentado por el profeta al comienzo de su carrera, todavía débil e impotente, pero que luego ordenó el uso de la espada al servicio de la fe. Tal orden no existe en el Corán. Es verdad que Mahoma llamó al uso de la espada en su guerra contra las tribus enemigas –cristianos, judíos y otros— en Arabia, cuando estaba construyendo su estado. Pero eso era un acto político, no religioso; básicamente, una lucha por territorio, no por la propagación de la fe.

Jesís dijo: “Por sus frutos los conoceréis”. El tratamiento dispensado por el Islam a otras religiones ha de juzgarse por una prueba muy sencilla: ¿Cómo se comportaron los dominadores musulmanes por más de mil años, cuando tuvieron el poder de “propagar la fe por la espada”?

Bien, lo cierto es que no lo hicieron.

Durante muchos siglos, los musulmanes dominaron Grecia. ¿Se hicieron musulmanes los griegos? ¿Acaso trató alguien de islamizarlos? Al contrario, los griegos cristianos ostentaron las más elevadas posiciones en la administración otomana. Los búlgaros, los serbios, los rumanos los húngaros y otras naciones europeas vivieron en uno u otro tiempo para la dominación otomana, manteniéndose en la fe cristiana. Nadie les obligó a convertirse en musulmanes, y todos siguieron siendo devotamente cristianos.

Es verdad que los albaneses se convirtieron al islam, como los bosnios. Pero nadie sostiene que lo hicieran bajo coerción. Se hicieron islámicos, buscando ser favoritos del gobierno y disfrutar de los frutos de serlo.

En 1099, los cruzados conquistaron Jerusalén y masacraron a su población musulmana y judía indiscriminadamente en nombre de Jesús. Por esa época, pasados 400 años de la ocupación musulmana de Palestina, los cristianos seguían constituyendo la mayoría del país. Durante ese largo período, no se hizo el menor esfuerzo para imponerles el islam. Sólo tras la expulsión de los cruzados del país comenzó la mayoría de sus habitantes a adoptar la lengua árabe y la fe musulmana: eran los ancestros del grueso de los actuales palestinos.

No hay la menor prueba de algún intento de imponer el islam a los judíos. Como es harto sabido, bajo la dominación musulmana, los judíos españoles florecieron de un modo que no tiene parangón en ninguna otra parte hasta casi nuestros días. Poetas como Yehuda Halevy escribieron en árabe, lo mismo que el gran Maimónides. En la España musulmana, los judíos fueron ministros, poetas, científicos. En el Toledo musulmán, los académicos cristianos, judíos y musulmanes trabajaron juntos y tradujeron los textos filosóficos y científicos de la Grecia antigua. Fue, en efecto, la edad de oro. ¿Cómo habría podido ser esto posible, si el profeta hubiera decretado la “propagación de la fe por la espada”?

Lo que pasó luego es todavía más elocuente. Cuando los católicos reconquistaron España a los musulmanes, instituyeron un reino de terror religioso. Los judíos y los musulmanes fueron puestos ante una cruel elección: o convertirse al cristianismo o ser masacrados o exiliarse. ¿Y adónde fueron a parar los centenares de miles de judíos que se negaron a abandonar su fe? Casi todos ellos fueron recibidos con los brazos abiertos en los países musulmanes. Los judíos sefarditas (“españoles”) se dispersaron por todo el mundo musulmán, desde Marruecos en occidente hasta Irak en el este, desde Bulgaria (entonces parte del imperio otomano) en el norte hasta Sudán en el sur. En ninguno de esos lugares fueron objeto de persecución. Jamás supieron de los tormentos inquisitoriales, ni de las llamas de los autos de fe, ni de los pogromos, ni de las terribles expulsiones masivas que se dieron en casi todos los países cristianos, hasta llegar al Holocausto.

¿Por qué? Porque el Islam expresamente prohíbe cualquier persecución de los “pueblos del Libro”. En la sociedad islámica se reserva un lugar especial para judíos y cristianos. No disfrutan por completo de iguales derechos, pero casi. Tienen que pagar un impuesto especial, pero están exentos del servicio militar –una compensación especialmente bienvenida para muchos judíos—. Se ha dicho que los dominadores musulmanes se abstenían de cualquier intento de convertir judíos al islam, ni siquiera mediante gentil persuasión, porque implicaba una pérdida de ingresos fiscales.

Cualquier judío honrado que sepa la historia de su pueblo no puede menos de sentir una profunda gratitud hacia el islam, que protegió a los judíos durante cincuenta generaciones mientras el mundo cristiano los perseguía y trataba no pocas veces de obligarlos “por la espada” a abandonar su fe.

La historia de la “propagación de la fe islámica por la espada” es una leyenda maligna, uno de los mitos que prosperó en Europa durante las grandes guerras contra los musulmanes: la reconquista de España por los cristianos, las cruzadas y la repulsión de los turcos, quienes estuvieron a pique de conquistar Viena. Yo sospecho que el papa alemán cree también honradamente esas fábulas. Lo que significa que la cabeza del mundo católico, que es un teólogo cristiano por derecho propio, no hizo el esfuerzo de estudiar la historia de otras religiones.

¿Por qué dijo esas palabras en público? ¿Y por qué ahora?

Es imposible entenderlo de otro modo que atendiendo al contexto de la nueva cruzada de Bush y sus partidarios evangelistas, con sus consignas de “islamofascismo” y “guerra global al terrorismo” (convertido “terrorismo” en sinónimo de “musulmanes”). Para los operarios de Bush, se trata de un cínico intento de justificar la dominación de los recursos petrolíferos mundiales. No es la primera vez en la historia que descarnados intereses económicos se visten con religioso traje talar; no es la primera vez que una expedición de ladrones se presenta como cruzada.

El discurso del papa ha de entenderse como una contribución a ese esfuerzo. ¡Quién sabe con qué terribles consecuencias!

Uri Avnery es un reconocido escritor y analista político israelí.

Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss

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Fuente:
zope.gush-shalom.org, 23 septiembre 2006