Razones para que la izquierda apoye la independencia de Cataluña

Josep Ferrer Llop

09/02/2014

 

La izquierda transformadora puede perder la oportunidad de protagonizar un momento histórico de cambio de régimen. En la elección entre el conservadurismo unionista y la doble ruptura, no debería tener muchas dudas.

La izquierda debe estar siempre junto al dominado

Para afrontar el problema sin subterfugios, la izquierda debe empezar asumiendo que estamos ante un conflicto entre naciones: entre la nación catalana y la nación castellano/española. La plurinacionalidad del actual estado español tiene raíces históricas, mil años atrás. Pero lo que más cuenta en estos momentos es que, a pesar de los muchos avatares, el pueblo catalán sigue sintiéndose una nación diferenciada y así lo ha expresado reiteradamente. No se trata, por tanto, de un conflicto entre nacionalistas y no-nacionalistas, sino entre dos nacionalismos enfrentados.

En segundo lugar, la izquierda debe denunciar que en este enfrentamiento, el nacionalismo español es el expansionista, mientras que el catalán sólo intenta defenderse. Por no remontarnos más atrás, en los últimos 300 años ha habido una voluntad manifiesta y hasta “decretada” de asimilación, con sólo momentos esporádicos de pactos, como en la 2ª República o en la Constitución actual. Pactos que en vez de ser el punto de partida de una solución definitiva, han venido seguidos de regresiones (en lo competencial, económico, lingüístico, cultural,…) como la que estamos viviendo.

En tal situación, la izquierda no puede sino dar su apoyo al agredido. Los llamamientos al diálogo y al acuerdo, las apelaciones al internacionalismo y a la solidaridad, deben siempre supeditarse al cese de la agresión y al respeto mutuo, para que no den pie a prolongar el statu quo. Es tramposo el “pactas o te quedas como estás”, más aún cuando el dominador ha desoído la mayoría de las ofertas y ha incumplido las pocas que ha aceptado.

No es creíble la alternativa federal mediante la reforma de la Constitución

En particular, es desde la igualdad previa cuando pueden plantearse estructuras auténticamente federales o confederales, nunca desde el sometimiento de una de las partes. Una oferta de reforma federal partiendo de la situación actual, condicionada al beneplácito de la parte dominante y renunciando de entrada a que el minoritario tenga derecho a romper la baraja, es claramente una oferta injusta.

Además es totalmente inviable, ya que está fuera de duda que el PP no va a permitir ninguna reforma constitucional que dé cabida a una alternativa federal. De hecho ni siquiera ningún acuerdo político o legislativo en esa dirección, aunque no requiera modificar la Constitución.

Pero tampoco el PSOE tiene credibilidad en este tema. Tuvo su oportunidad cuando la reforma del Estatut, con Zapatero en Madrid y Maragall en Barcelona. Pero lo que hizo fue, primero, “cepillar” la propuesta proveniente del parlamento catalán (y hasta jactarse de ello) y después minimizar la sentencia del Tribunal Constitucional que lo remachó. En estos momentos su propuesta federalista es pura retórica, más allá del documento de Granada que más bien confirma su escasa voluntad y espíritu federalizantes.

Más en general, las voces federalistas no se han oído hasta hace poco, cuando el movimiento soberanista ha desbordado todas las previsiones. De ahí que la vía federalista no sólo se perciba inviable, sino poco creíble y hasta sospechosa. El federalismo es una alternativa perfectamente legítima y loable, pero en las presentes circunstancias puede sonar a oportunismo, como un refugio para esquivar el auténtico problema. O bien, peor aún, para salvaguardar los equilibrios internos, dando pábulo a las acusaciones de que los partidos están más pendientes de sus propios conflictos que de los problemas de la ciudadanía.

¿Apelar al sentimiento unionista?

Quizá conscientes de la debilidad argumental de esa tercera vía, vemos proliferar apelaciones a los sentimientos unionistas. Por ejemplo, en la reciente visita de Susana Díaz a Barcelona. La izquierda no debe minimizar (como ha hecho en otros momentos) estos sentimientos identitarios, pero tampoco sobreponerlos a los socio-económicos generales.

Menos todavía caer en alarmismos sobre tensiones sociales o familiares, muy lejos de la realidad, y que en el mejor de los casos confunden “aflorar conflictos” con “crearlos”. Dichos eventuales conflictos emocionales no arrancan del proceso soberanista, sino de mucho antes, como denunció por ejemplo el expresident José Montilla. Como en otros procesos de separación, ésta no es la causa de las tensiones, sino el efecto de las mismas.

Por la doble ruptura democrática

En cualquier caso, la izquierda debe prestar especial atención al análisis de clase. Obviamente, la independencia no va acabar con la política de recortes de Artur Mas, ni con la de austeridad de Merkel. Pero parece claro que sitúa a las clases populares catalanas en mejores condiciones para combatirlas. No sólo por proximidad, sino porque el nuevo escenario político será probablemente más propicio a la izquierda. En particular, la derecha verá minimizados sus argumentos victimistas e identitarios, quedando más al descubierto su voluntad neoliberal.

De hecho ya en los últimos tiempos el centro de gravedad se está desplazando hacia la izquierda moderada, y podría ir más allá si la izquierda transformadora abandonara sus vacilaciones. El movimiento soberanista popular busca liderazgos que de momento sólo encuentra en Mas (abanderando un independentismo en el que no creía pocos años atrás), Junqueras, Forcadell…, pero que probablemente desearía más a la izquierda. La mejor prueba de que el actual secesionismo no es derechas es la ya descarada (por ejemplo, en La Vanguardia) oposición de la oligarquía, que defendía un nacionalismo autonomista, pero se alarma con la independencia.

Algo parecido puede decirse del resto del Estado, donde la derecha tanto ha rentabilizado electoralmente el anticatalanismo. Ciertamente la clase obrera vería reducidos sus efectivos combativos, pero ganaría un valioso ariete contra el régimen actual. Un régimen tambaleante, pero aún resistente frente a tantas movilizaciones y mareas de distintos colores. La secesión de Cataluña supondría un poderoso revulsivo para poner en cuestión el sistema y en particular el bipartidismo que lo ha sustentado. Otra vez la prueba del nueve es la feroz resistencia de la oligarquía.

Para ello la izquierda transformadora debe abandonar sus vacilaciones, salir del rebufo del PSOE y apostar decididamente por la doble ruptura. La cerrazón de unos y la tibieza de otros nos han llevado a la degradación económico-social y al enfrentamiento nacional. Se necesita una alternativa que rehabilite internamente el estado y recomponga exteriormente las alianzas con la nueva república catalana.

No sería la primera vez que ante una movilización popular imprevista, a la izquierda le entra el vértigo del manual y se refugia en la duda y la pureza. Así, esperando “su” revolución, se queda sin ninguna.

Josep Ferrer Llop, ingeniero industrial, es catedrático de matemática aplicada y ha sido rector de la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC)

 

 


Fuente:
www.sinpermiso.info, 9 de febrero de 2014