Santiago Maldonado: crónica de una desaparición forzada

Andrea Barriga

Ariel Petruccelli

07/09/2017

 

Es una tarde soleada en el valle neuquino, con algunas nubes que forman en su unión una posible tormenta… observamos la ciudad en su movimiento constante y nos preguntamos ¿Dónde está Santiago Maldonado? Chew müley am Santiago Maldonado? Un eco queda retumbando en el ambiente, el eco de su ausencia…

…Chew müley am?...

…Chew müley am? …

…Chew müley am?... 

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Es sabido por casi todos y todas las valletanas que las nubes que allá en el oeste forman la tormenta son “nubes de agua”, como se les dice a las nubes que en algún lugar de su recorrido descargan su lluvia. Estas tormentas son formadas en el Pacífico y habitualmente disparan sus aguas en la zona cordillerana, la cual tiene grandes valles con lagos de aguas trasparentes y muy frías e infinitos cursos de agua dulce que se entrecruzan, correntosos, hasta desvanecerse ya en el océano Pacífico, en el oeste, ya en el Atlántico. Cuando uno avanza hacia el este, hacia el Atlántico, el paisaje cambia bruscamente. Desaparecen los frondosos y mágicos bosques cordilleranos, se esfuma la zona montañosa y volcánica -con picos de hasta 3.776 metros de altura- plagada de pasos que se transitan en ambos sentidos, de este a oeste y viceversa. En esta zona, la cordillera de los Andes va descendiendo en altura hasta juntarse, al sur, con los océanos. El paisaje que nos espera por delante es ahora diferente: una planicie árida que se extiende por más de 500 kilómetros, helada en invierno y tórrida en verano, cuya vegetación no supera el metro y medio de altura. Pequeños arbustos agazapados, plantas de espinas puntiagudas, liebres, guanacos, zorros y ñandúes, arañas y víboras son algunos de los sobrevivientes en este clima hostil, en el que los cursos de agua escasean, sobre todo en el verano, cuando las temperaturas máximas superan los 35°C. Toda esta superficie fue antiguamente el fondo del océano. Este panorama se extiende por cientos de kilómetros hasta el Atlántico, que es contenido por acantilados en los cuales las olas golpean con el nehuen de kvrvf (la fuerza del viento), como reclamando un territorio que antaño fue suyo.

En este espacio, al que los mapuche llaman Wallmapu, las relaciones sociales que se desarrollan son intrincadamente multidimensionales. Antiguamente, comunidades trashumantes de las “gentes de la tierra” recorrían los kilómetros que separan el Pacífico del Atlántico, buscando pastura para sus animales y comerciando continuamente. En la actualidad, convivimos en Wallmapu los descendientes de aquellos pueblos que se asentaron en estas tierras hace más de 12 mil años, los descendientes de los españoles que llegaron al continente hace 500 años, los descendientes de miles de europeos que arribaron huyendo de la miseria y de las guerras, dos estados nacionales que empezaron a conformarse hace 200 años y aún hoy continúan empecinados en desconocer su carácter colonial (en relación a los pueblos originarios), y las grandes empresas transnacionales que empezaron a llegar hace poco más de un siglo, por la tierra y las pasturas, y que hoy vienen por la riquezas ictícola, el petróleo y los minerales. La convivencia es muy compleja.

En esta región, la población se dedica a muchas y diversas actividades. La misma se divide en núcleos urbanos de gran crecimiento en los últimos años, y extensas y casi despobladas zonas rurales. La “urbe” más grande del territorio es Temuco con 245.347 hab., seguida por Neuquén con 231.780 hab., San Carlos de Bariloche con 113.450 hab., y Padre las Casas de 58.795 hab. Todas estas tierras fueron apropiadas para los estados-nación de Argentina y Chile, por medio de una violenta invasión a los territorios mapuche que tuvo lugar a fines del siglo XIX, y que se conoce popularmente con los indignos nombres de “Conquista del Desierto” y “Pacificación de la Araucanía”. Así, Temuco y Padre Las Casas pertenecen a Chile, y Neuquén y San Carlos de Bariloche a la Argentina. Mientras más al sur, menos urbanidad.

Hay una porción de la población que aún sigue produciendo sus medios de vida. Suelen ser pequeños productores que han logrado mantener un pedazo de tierra, y también comunidades indígenas que han resistido su desintegración por más de 500 años. También están los artesanos que viven de la venta de su producción manual, y muchas veces mantienen la movilidad intercordillerana que tuvo siempre la población de esta región. Es que la división política creada a fines del siglo XIX entre Chile y Argentina, tomando el cordón montañoso de los Andes como punto divisorio, no tomó en cuenta que en realidad esto nunca fue un impedimento para el contacto sociocultural entre ambos lados. Y aunque lo hayan intentado prohibir de diferentes maneras, la tradición ha sido más fuerte y se mantiene en la actualidad un constante intercambio e interacción de saberes, costumbres, personas, bienes, servicios y culturas. La cordillera es un puente, no una barrera.

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La zona de los lagos, como se conoce la parte norte y centro de la Patagonia, es también un lugar de encuentros. Personas de todo el mundo y de todas las edades disfrutan de estos paisajes maravillosos mientras andan a pie, con su mochila en la espalda, caminando kilómetros hasta que algún vehículo les ofrece un viaje sin costo hasta la próxima parada. Muchas de ellas aprenden a hacer artesanías en el camino, y es con la venta de las mismas que van sustentando los gastos del viaje. Algunos recorren así varios países.

Un joven, nacido en 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires, recorrió de esta forma Argentina, Uruguay, Brasil y Chile. En este último país, se había quedado con amigos que le regaló la vida, y a sus 28 años tatuaba para ganarse el pan. Su pertenencia era al mundo. Su apodo, “el Brujo”, describe a un joven interesado por el conocimiento de las hierbas medicinales de su tierra. No es mapuche, pero se reconoce en cualquier causa que considere justa. Cuando así lo creía, no tenía problemas en luchar junto a quienes estuvieran luchando. Apoyó la protesta de pescadores de Chiloé cuando una empresa tiró salmón podrido cerca de la costa generando una marea roja, contaminación de moluscos comestibles, que puso en jaque a los habitantes de la isla que se dedican a recolectarlos y venderlos. Con esa filosofía libertaria de la vida, Santiago Maldonado cruzó una vez más la cordillera de los Andes con intención de pasar algunos días en la comarca de El Bolsón, provincia de Río Negro, con sus otros amigos, y luego ir a visitar a su familia a 25 de Mayo. Según sus proyectos, volvería a Chile a tatuar nuevamente para juntar algunos pesos que le permitieran cumplir otra de sus metas: cruzar el Atlántico, rumbo a España…

Sin embargo, los acontecimientos tomaron otro rumbo. Santiago estuvo en El Bolsón vendiendo artesanías; de allí se dirigió a la Pu Lof Mapuche de Cushamen, una comunidad de resistencia que ocupó una pequeña superficie en 2015, en el noroeste de la provincia del Chubut. Para llegar a la comunidad hay que tomar la ruta 40 y viajar al menos cien kilómetros en un paisaje que es boscoso al principio, y luego se torna achaparrado y desértico. Para quien le gusta viajar, como indudablemente es el caso de Santiago, la ruta 40 no puede obviarse. Recorre la Argentina en toda su extensión geográfica, desde la Quiaca al norte hasta los remotos confines australes. Ruta mítica, transitarla toda, más de 5 mil kilómetros, o por partes, es un placer para los viajeros. En esta ruta legendaria, salió al encuentro de Santiago una causa que él consideró justa: la lucha desigual que mantiene una de las comunidades del pueblo mapuche contra la poderosa empresa Benetton.

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La empresa Benetton es propietaria, desde el año 1991, de 900 mil hectáreas ubicadas en la zona de los Lagos, Chubut, y en la provincia de Buenos Aires. Este territorio, antes de la ocupación violenta y genocida del ejército argentino, era tierra en la cual vivían los mapuche. No eran sus propietarios, porque no tenían sentido de propiedad como lo entiende el capitalismo y sus representantes. La sociedad y la tierra, para los mapuche, es una unidad. Se piensan a sí mismos, y se sienten, “gentes de la tierra”: ellos le pertenecen a la tierra, no al revés. No eran sociedades “pacíficas” como quiere el mito del “buen salvaje”. Tampoco vivían en una guerra constante destruyéndose unos a otros, como lo pretende la “leyenda negra”. Tenían conflictos y generaban acuerdos políticos, como cualquier otro pueblo, para convivir en tan extenso territorio. Porque si bien es cierto que el territorio es inmenso, también es cierto que no todas las tierras son productivas. El clima de la Patagonia puede ser muy hostil.

Los estados argentino y chileno persiguieron, secuestraron, torturaron, servilizaron y asesinaron a miles de indígenas, incrementándose la violencia entre 1860 y 1890. A partir de entonces las tierras de la actual Patagonia pasaron a ser fiscales en un principio, vendidas casi inmediatamente a terratenientes de la oligarquía y a empresas extranjeras. Desde ese momento el acoso hacia los hermanos mapuche es no sólo perpetrado por los estados sino también por los privados. Su objetivo, defender la propiedad capitalista de la tierra. Su método: violencia y represión, incluso cuando eso implique violar las propias normas constitucionales de una república democrática. La Constitución Nacional Argentina modificada en 1994 en el Artículo 72 inciso 17 establece: Reconocer la pre-existencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos (sic). Garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades, y la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan; y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano; ninguna de ellas será enajenable, transmisible, ni susceptible de gravámenes o embargos. Asegurar su participación en la gestión referida a sus recursos naturales y a los demás intereses que los afectan. Las provincias pueden ejercer concurrentemente estas atribuciones”. (negritas propias).

Irónicamente, los mapuche luchan amparados por la Constitución, mal que les pese a las autoridades.

Así es que después de un largo proceso de organización la comunidad mapuche de Cushamen decide recuperar parte de sus tierras, e instalar la Pul Lof de Cushamen. La reacción del Estado argentino defendiendo los intereses de la Benetton no se hizo esperar: la comunidad comienza a sufrir hostigamientos de diversa índole, tanto de parte de agentes privados contratados por la empresa, como de parte de las fuerzas estatales: amenazas, detenciones, un puesto de gendarmería instalado en las inmediaciones, drones que sobrevuelan la zona, etc. En enero de este año, Gendarmería ingresó violentamente a la comunidad como castigo al bloqueo de una vía férrea de carácter turístico: La Trochita, que paradójicamente tiene como itinerario un viaje qué, partiendo desde Esquel llega a otra comunidad mapuche asentada en la zona, la comunidad recuperada de Nahuel Pan. Pero a la comunidad de Cushamen la desalojaron. Hubo varios heridos y las dos chozas de madera que tienen como hogar fueron incendiadas junto a “todos los bienes”: apenas un par de colchones y ropa. Fue la primera “cacería”. Los gendarmes obtuvieron como “presa”, junto a otros jóvenes que fueron detenidos, interrogados y golpeados, a Facundo Jones Huala, el Lonko de la comunidad, quien sigue preso en Esquel (a causa de un pedido de extradición de la justicia chilena). También detuvieron aquella vez a Ariel Garzi. Este último realizó denuncias de acoso y detenciones ilegales por parte de la policía, aún después de transcurridos meses de aquella violenta represión. Amigo de Santiago Maldonado, no estuvo en la represión del primero de agosto, pero cuando se enteró de que había desaparecido, lo llamó a su celular. Alguien atendió el teléfono. Cuando fue a presentar esta prueba, le otorgaron la “garantía” de testigo “protegido”. La ministra de Seguridad Patricia Bullrich, sin embargo, develó su identidad.

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Son muchas las personas que, sin ser mapuche, visitan la comunidad acompañando el reclamo. Artesanos, mochileros, viajantes, laburantes del lugar que se sienten solidarios con los hermanos mapuche. Porque muchas veces ellos, ciudadanos argentinos con “plenos derechos”, tampoco tienen acceso a las tierras, ni a las costas privatizadas de ríos y lagos. Luciano Benetton con más de 900 mil hectáreas, el multimillonario Douglas Tomkins con 350 mil hectáreas, Joe Lewis con 18 mil hectáreas y Ted Turner con 5 mil hectáreas, son propietarios de gran parte de la Patagonia, teniendo dentro de sus latifundios, lagos enteros y ríos desde su nacimiento a su desembocadura.

En cada costa se lee: Prohibido Pasar. Propiedad Privada. La propiedad privada nos priva la libertad.

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Santiago llegó a la Pu Lof de Cushamen decidido a acompañar la lucha que llevaban adelante los peñi mapuche, ya no sólo por la devolución de la tierra, sino también como forma de denunciar el hostigamiento que sufrían día a día, y pedir la liberación de su Lonko.

El piquete se instaló en la ruta 40. La misma atraviesa la estepa patagónica. Sube y baja según los caprichos del terreno. La vista llega hasta el horizonte, a no ser que la cumbre casi desnuda de algún cerro aparezca ocultándolo. De a momentos hay caídas bruscas; algunas demasiado empinadas, otras que descienden suavemente hacia el cauce de algún arroyo o río que tiene la voluntad de pasar por allí. Es el caso del río Chubut que atraviesa el territorio de la comunidad. Son tierras productivas. Puede haber vida social en ellas. Y es por eso que Benetton es tan receloso con las mismas. Las necesita para que los millones de ovejas que tiene pastoreen en la zona a fin de que produzcan la lana que es llevada como materia prima para sus empresas europeas. A nosotros sólo nos queda el paisaje de las ovejas pastando y balando. A veces, sus voces semejan gritos de dolor que se escuchan acompañando al viento en una fría tarde de invierno.

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Los gendarmes llegaron al piquete a la madrugada, cuando aún no asomaba el sol. Se ve en las imágenes la figura desgarbada y bamboleante de Santiago, junto a media docena de peñi que “hacían el aguante”. Un oficial lee la orden de desalojo. Comienza el operativo. Los peñi se retiran. Decenas de gendarmes comienzan la persecución a través de la árida estepa. Los uniformados irrumpen tierra adentro, violando la orden legal que establecía meramente desalojar la ruta 40. Balas, gases lacrimógenos, gritos, cacería. Barren con las ruca de madera, sacan brutalmente a las mujeres y niños que se resguardaban adentro, las incendian. Y, mientras tanto, continúan persiguiendo a su presa al grito de: “agarren a uno”. Los peñi, y con ellos Santiago, consiguen llegar a la costa del río Chubut, decididos a cruzar sus correntosas y gélidas aguas.

Allí, junto al río, fue la última vez que los peñi vieron a Santiago. No alcanzó a cruzarlo. Los gendarmes lo alcanzaron, lo golpearon, lo subieron a un unimog y se lo llevaron.

A Santiago se lo llevó gendarmería. Y nosotros, mapuches, europeos, argentinos, chilenos, ciudadanos del mundo, nos seguimos preguntando: ¿DÓNDE ESTÁ SANTIAGO MALDONADO?

 

…Chew müley am?...

…Chew müley am?...

…Chew müley am?...

 

es profesora de historia y activista social en la Patagonia.
es autor, entre otros libros, de Docentes y piqueteros y El marxismo en la encrucijada.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 10-9-17