Silencio: La nueva película de Scorsese por la que no vale la pena hacer ruido

John Patterson

04/01/2017

 

Todo sabemos cómo son las cosas con Scorsese. En el centro de su obra está el material De Niro, oro macizo, con un pie en su crianza italonorteamericana: Mean Streets [Malas calles], Taxi DriverRaging Bull [Toro salvaje], King Of Comedy [El rey de la comedia] y Goodfellas/Casino [Uno de los nuestros/Casino]. Luego viene un segundo rango de colaboraciones con DiCaprio, que ofrecen una tasa de retorno más baja: The Departed [Infiltrados], Shutter IslandWolf Of Wall Street [El lobo de Wall Street]. Después están las rarezas  – New York New YorkCape Fear [El cabo del miedo] y Hugo [La invención de Hugo] – en las que se siente desajustado o perdido como director. Y aparece entonces esta categoría final: cintas cuyo tema es la devoción religiosa gestadas en la mente de Scorsese durante años o décadas: The Last Temptation Of Christ [La última tentación de Cristo], Kundun y ahora Silence [Silencio]. Tienden a ser estas las películas de Scorsese que sólo alcanzo a ver una vez, sin sentir la compulsión de  revisarlas o reconsiderarlas. 
Me temo que Silencio expiró en el vientre durante ese largo periodo de gestación. Es bonita de ver, pero da la impresión de ser inerte, estar desprovista de humor y ser excesivamente devota (por no hablar de que es larguísima; la adaptación de Masahiro Shinoda, de 1971, de la novela de Shūsako Endō, de 1966, se quedó en treinta minutos menos que la de Scorsese). Acaso el salto a lo devoto es necesario para saborearla del todo…y yo descubrí que no podía. No me importó: para mí el cristianismo es una de las grandes B de la intrusion colonial violenta – Bala, Botella, Bacilo y Biblia – y Silencio tiene un complejo de “salvador blanco” del que no puede desprenderse. Tampoco sirven de ayuda las demás distracciones: actores norteamericanos, ingleses e irlandeses interpretando todos a portugueses mientras hablan inglés con vacilante acento latino; y un director norteamericano más cómodo con la modernidad, haciendo una película de época abiertamente japonesa, a partir de una novela de un miembro de la minoría católica del Japón, y con Taiwán hacienda las veces de Japón.
Los misioneros [interpretados por] Andrew Garfield y Adam Driver llegan a Japón en 1639 en busca de un mentor (Liam Neeson) que se ha desvanecido mientras difundía el Evangelio en territorio hostil. Acosado, perseguido y sometido a un vía crucis completo, vira hasta acercarse a la santidad en la taxonomía de la salvación de Scorsese, noches sufrientes sobre fría piedra y la noche obscura del alma. La sucesión de crueldades infligidas – hervor, ahogamiento, crucifixión – no me pusieron, sin embargo, en una disposición de ánimo piadosa, sólo me trajeron a la mente más películas incansables y abrumadores de aguante frente a los japoneses, como Unbroken [Invencible, 2014, de Angelina Jolie] o The Camp On Blood Island [1958, de Val Guest]. La realización de Scorsese recuerda aquellas películas de Hollywood, grandes, tediosas, y piadosas en demasía, propias del catolicismo del Vaticano II como The Cardinal [El cardenal, 1963, de Otto Preminger] y The Shoes Of The Fishermen [Las sandalias del pescador, 1968, de Michael Anderson]. Luce hermosa, pero sus elementos diversos y enfrentados nunca se juntan como para dar algo dinámico o cinético. Puede que verla una segunda vez cambie mi opinión…pero como en el caso de La última tentación Kundun, tengo la sospecha de que no habrá otra.     
crítico de cine radicado en Los Ángeles, escribe para medios como The Guardian y L A Weekly.
Fuente:
The Guardian, 2 de enero de 2017
Traducción:
Lucas Antón
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