Soberanía, naciones y la crisis del desarme

Oriol Costa

09/06/2013

1. Historizar al máximo

“Historizar al máximo, para dejar el menor espacio posible a lo trascendente”, nos recomendaron los Wu Ming. No se nos antoja ninguna otra forma racional de abordar el debate sobre la soberanía. Pero historizar no en el sentido de proyectar hacia el pasado las nociones románticas de la nación imaginada y perseguir los orígenes últimos de tal o cual proyecto nacional. Eso es lo contrario de la historia. Resulta ridículo escuchar a Artur Mas, Esperanza Aguirre y otros nacional-soberanistas afirmar la existencia virtualmente inmemorial de sus respectivas naciones. Entender la soberanía históricamente quiere decir entender su papel como rótula (como una de las rótulas) de la articulación entre mercados, estados y sociedades en los últimos cuatro siglos (esto es: desde bastante antes de la aparición de las naciones). Entender que proyectos de soberanía distintos han correspondido a proyectos distintos de articulación de lo público, lo privado y lo social. Sin ir más lejos, la creación de los estados nación soberano no respondió sino al proyecto político de la burguesía (“que ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario”) de crear (1) mercados de escala estatal que permitieran el desarrollo del capitalismo y (2) mecanismos de legitimación de su (nuevo) poder político de clase. En breve: cada proyecto de soberanía responde a una determinada base material de relaciones socio-económicas y a una cierta idea sobre qué hacer con esa base.

En este sentido, lo primero que sorprende es la estabilidad del debate entre proyectos soberanos en España. Un debate que se quiere polarizado, desde hace décadas, entre una soberanía española pretendidamente transhistórica y unas soberanías catalana, vasca, gallega… igualmente transhistóricas. Como si durante este tiempo no hubiera sucedido nada con la relación entre estado, mercado y sociedad. Como si la articulación entre estos elementos pudiera gobernarse desde el mismo lugar de siempre, a pesar de la integración de las economías en la UE, que convierte las fronteras estatales en poco más que irrelevantes para los mercados, a pesar de la desaparición de las monedas estatales en la Unión Económica y Monetaria, a pesar de la globalización neoliberal que ha empequeñecido a los estados europeos y a pesar de la financiarización del capitalismo contemporáneo. En forma de preguntas: ¿qué tipo de articulación entre lo público, lo privado y lo social pueden ofrecer los proyectos soberanos en liza? ¿A qué base material responde el proyecto de simular la soberanía Española? ¿Y el de reclamar a un estado ya no verdaderamente soberano la cesión de la soberanía a uno de sus componentes? ¿Cuál sería la capacidad de esos dispositivos para abordar el gobierno de la economía? Porque al final se trata de eso: ¿Cuál es el papel histórico, esto es, en el conflicto entre bloques históricos distintos, entre intereses sociales contrapuestos, de cualquiera de estos proyectos de soberanía?

El desarme de la democracia, esta es la respuesta. El desarme de la democracia ante una oligarquía varios órdenes de magnitud más poderosa que cualquiera de estas micro-soberanías, que o no serían soberanías populares o lo serían únicamente de boquilla, vencidas y desarmadas. La soberanía española y la catalana? Ficciones.

2. La crisis del Desarme

El Desarme se está expresando de una manera muy específica en la zona euro desde 2008. No es casualidad que la crisis desatada por el capitalismo en 2007 haya convertido justamente la Unión Económica y Monetaria en una suerte de cámara de eco desde la que la depresión amenaza con desestabilizar el conjunto de la economía mundial. El Desarme hizo la UEM particularmente vulnerable a la crisis y está marcando la forma en que ésta la gestiona, esto es, la está empujando a agravarla y a distribuir injustamente sus costes.

Empecemos por la prehistoria de la crisis, marcada por el enorme superávit comercial alemán, cuya contraparte era el no menos impresionante déficit de la periferia de la zona euro. La existencia de una multitud de soberanías económicas en el seno de una única zona monetaria hizo posible e incentivó el dumping social alemán como estrategia de competición contra los demás estados de la UE. Emprendida con mano de hierro por el gobierno Schröder, la precarización de las condiciones de vida y trabajo en Alemania consiguió mantener baja la inflación y aumentar la competitividad de sus exportaciones. La multiplicidad de soberanías económicas dentro de la UEM incentivó también la llegada de dinero barato a los países de la periferia del euro, aumentando su inflación y destrozando su balanza comercial. El déficit se financió a crédito, claro. Esa fue la forma que tomó el reciclaje del superávit alemán: vuelta del dinero hacia el Sur en forma de préstamos. A decir verdad, la UE pudo haber puesto en el marcha entonces en Diálogo Macroeconómico para abordar el diferencial de inflación, pero la estrategia contaba con dos problemas de fondo (1) en realidad el diferencial de inflación no era más que el producto de la inexistencia de políticas fiscales, laborales y sociales europeas, que había incentivado la carrera precarizadora entre estados; y (2) Alemania decidió ejercer su soberanía e impedir la puesta en funcionamiento de los ya limitados mecanismos con los que contaba la Unión. Desarmados ante los efectos de la competición entre territorios. Y de esos déficits estos lodos: la crisis financiera de desencadenó en Wall Street pero llegó a la UEM como la mecha llega al polvorín.

La forma en la que la UE está gestionando la crisis es también un producto del Desarme. Cuando la unidad económica estructuralmente deficitaria es un estado plenamente soberano (con todos los atributos de la soberanía), su gobierno cuenta con algunos instrumentos para equilibrar su balanza comercial. Puede devaluar su moneda para ganar competitividad en las exportaciones o puede usar su banco central como prestador de último recurso, por ejemplo. Desde luego, estas opciones no están ausentes de problemas. Para empezar, la devaluación compromete el superávit de las economías exportadoras, que por tanto tienen incentivos para reenviar una parte de éste hacia sus clientes (deficitarios) con el fin de financiar su capacidad de consumo (y por tanto sus propias exportaciones). Esto es exactamente lo que hicieron los EEUU con Europa y Japón entre 1945 y la crisis del sistema de Bretton Woods y lo que hizo Europa y Japón con EEUU desde entonces hasta 2008. La forma en la que se articulen estos mecanismos de reciclaje del superávit condiciona, en buena medida, las relaciones de poder entre bloques políticos y económicos, así como la forma más o menos progresiva de las relaciones entre capital y trabajo, como muestra Varoufakis. En segundo lugar, un pequeño detalle que parece haber pasado desapercibido para el comentariado local: los estados de la zona euro decidieron hace tiempo dejar de ser soberanos, de manera que no tienen a su disposición ninguna de las opciones de política monetaria apuntadas más arriba. Desde el punto de vista monetario, los estados de la UEM no son más que estados federados.

Y sin embargo, se han mostrado hasta ahora celosísimos en la conservación de sus soberanías fiscales. De forma que en la UE no se dan los mecanismos de reciclaje de superávits propios de las federaciones, codificados y automáticos: sistemas compartidos de seguridad social, prestaciones de desempleo que dependan de la caja común (de una haciendo federal), inversiones federales en políticas industriales. En breve: la zona euro es el peor híbrido posible. Los estados han cedido parte de su soberanía para crear una gran zona monetaria pero no han permitido la creación de una unión de transferencia, manteniendo sus haciendas separadas. Nuestra moneda no tiene los instrumentos de la política fiscal y nuestra hacienda no tiene los instrumentos de la política monetaria. El Desarme de la soberanía popular en nombre de las soberanías nacionales.

3. Tres opciones ante la dislocación de la soberanía

Se abren pues tres opciones mutuamente excluyentes, ante esta dislocación de la soberanía.

-En primer lugar, la fantasía de la renacionalización: devolver a los estados (actuales o futuros, después de la división de los actuales) la soberanía monetaria. Romper la zona euro. Los costes de esta opción son literalmente incalculables, económica, social y políticamente. A la rotura de la zona euro seguiría sin duda la desaparición de la UE. Los efectos sobre las clases populares de la periferia de la zona euro (que parten ya de unos niveles de sufrimiento extremos) serían devastadores. Y sobre todo, a medio plazo nos dejaría impotentes ante la globalización oligárquica. Los estados europeos simplemente ya no están en condiciones de jugar según las normas del mundo westfaliano que ellos mismos crearon.

-El derecho a decidir Europa: trasladar la soberanía fiscal de los estados a la UE. El programa de mínimos de esta opción se articularía alrededor de la construcción de una hacienda federal con capacidad para albergar algunos estabilizadores automáticos (presentaciones por desempleo, por ejemplo), hacer políticas de gasto y endeudarse en nombre de todos. Las dos implicaciones de esta opción deberían ser claras para todos: (1) los contribuyentes netos deben comprender que pagaran a través de la fiscalidad ordinaria (no a través de acuerdos bilaterales, que entregan todo el poder a los ricos) para mantener la solvencia del conjunto de la zona euro; y (2) todos los participantes en la UEM deben comprender que van a perder soberanía nacional a favor del derecho a decidir Europa.

-El mantenimiento de la situación actual, en la que la periferia mantiene la ficción de la solvencia a base de nuevos créditos proporcionados por unos acreedores que tienen por tanto la capacidad para imponerles unilateralmente las políticas que más convienen a sus intereses económicos (recuperar el dinero) y políticos (los propios de la derecha neoliberal europea). Esta opción es ya incompatible con el mantenimiento de nuestros derechos sociales. Y a medio plazo resulta incompatible con la democracia, como toda forma de imposición de las políticas económicas. Estamos viendo ya la desnaturalización de los procesos electorales en Grecia e Italia y una generalizada vuelta de la tuerca represora. Y a la inversa, también vemos los efectos que sobre la capacidad de los estados para financiarse tiene la terquedad con la que los ciudadanos muestran en las urnas su rechazo a la austeridad.

Esta es la verdadera batalla por la soberanía: la que se da entre estas tres opciones. Y es una batalla que contrapone la soberanía popular con la soberanía nacional, aliada de los mercados. Y en esa batalla crucial, los nacional-soberanistas catalanes y españoles comparten trinchera. Para decirlo con el trilema de Rodrik, debemos escoger dos de los siguientes tres elementos: la soberanía nacional, una economía europea integrada y la democracia. Los tres a la vez son imposibles. Los estados soberanos no serán capaces de gestionar una economía europea integrada más allá de la aplicación del diktat de los mercados. Como se está viendo con la crisis del Desarme.

Oriol Costa es profesor de relaciones internacionales en la UAB.

Fuente:
www.sinpermiso.info, 7 junio 2013