Terrorismo en EEUU. Grábenselo en la ropa interior: “esto no es una emergencia nacional”

Tom Engelhardt

28/02/2010


 

 

Permítanme contextualizar la vida estadounidense en la llamada era del terror y díganme, después, si no vienen ganas de subirse al avión más próximo y volar a Yemen o a un sitio similar.

Según el FBI, 14.180 estadounidenses fueron asesinados en 2008. Durante el mismo año, hubo 34.017 accidentes automovilísticos fatales y, de acuerdo con la Administración de Incendios, 3.320 personas murieron quemadas. Según el Centro para la prevención y control de enfermedades, más de 11.000 norteamericanos murieron de gripe porcina entre abril y mediados de diciembre de 2009. La Sociedad del Cáncer informa que una media de 443.600 muere cada año de enfermedades relacionadas con el consumo de tabaco. Unos 5.000, por su parte, mueren anualmente de enfermedades ligadas a la alimentación. Se calcula que en 2007 1.760 niños fallecieron a causa de abusos y abandonos. Según el Servicio Nacional de Climatología, unos 560 norteamericanos murieron a causa de fenómenos climatológicos: hubo 126 víctimas de tornados, 67 de mareas intempestivas, 58 de inundaciones, 27 de incendios, 27 de avalanchas y una de una tormenta de arena.

De los 1.500 millones de estadounidenses que viajaron en avión en 2007 y 2008, ninguno murió. En 2009, en cambio, hubo algunos accidentes con víctimas fatales. En junio, por ejemplo, un vuelo francés de Río de Janeiro a París desapareció en una zona de mal tiempo, en medio del Atlántico, y arrastró consigo a 226 pasajeros. En febrero, un vuelo de conexión chocó contra una casa cerca de Buffalo, Nueva York, ocasionando la muerte de 50 personas. Fue el primer accidente fatal en un vuelo comercial desde 2006. También en enero de 2009, el vuelo 1.549 de las Líneas Aéreas de Estados Unidos fue interceptado por una bandada de pájaros. Cuando el desastre parecía seguro, el avión consiguió maniobrar y aterrizó de manera brillante sobre el Río Hudson, en Nueva York. Ningún avión fue derribado a lo largo de estos años por ataques terroristas. En 2007, sin embargo, dos terroristas estrellaron un Jeep Cherokee cargado con gas propano contra la terminal del Aeropuerto Internacional de Glasgow: no hubo víctimas fatales.     

El ahora célebre Vuelo 253 de las Líneas Áreas Northwest, que transportaba a Umar Farouk Abdulmutallab y su calzoncillo porta-bomba hacia Detroit en la Navidad de 2009, tenía, además de la tripulación, 290 pasajeros. Todos sobrevivieron. Si el inepto Abdulmutallab hubiera tenido éxito, el total de víctimas habría sido inferior a las 324 personas que fallecieron en accidentes de tráfico en Nevada en 2008. O a los 1.231.341 que murieron por la misma razón en el Estado de Nueva York. O a los 51 más que murieron por alcoholismo.

No hay duda de que si este nigeriano de 23 años hubiera conseguido activar su bomba, habría sido una pesadilla para la gente de abordo y una tragedia para aquéllos que los conocían. Seguramente habría planteado una cuestión de seguridad que habría que haber afrontado. Pero no habría sido una emergencia nacional ni una crisis de seguridad nacional. No habría sido, en realidad, más que un avión que estalla en el cielo. Algo que de hecho ocurre cada tanto sin la intervención de terroristas.

Lo curioso del asunto es que a resultas de lo que no pasó en el Vuelo 253, los medios de comunicación enloquecieron. La cobertura periodística de la conspiración fallida y sus ramificaciones creció sin límites durante las dos semanas posteriores al incidente, hasta alcanzar una suerte de dominio espectral, según la expresión utilizada por el Proyecto sobre excelencia en periodismo del Centro de Investigaciones de Pew. En los días posteriores al atentado frustrado, más de la mitad de vínculos nuevos colgados en blogs tenían que ver con el Vuelo 253. Simultáneamente, la maquinaria crítica del Partido Republicano (y el universo de medios que la acompaña) embistió contra la supuesta mano blanda de la Administración Obama frente al terror; el sistema global de transporte aéreo invirtió millones de dólares en nueva tecnología que no encontrará explosivos adheridos a la ropa interior; el complejo industrial de seguridad interior tuvo su día; y el miedo, esa adrenalina producida en el infierno, invadió aún más el estilo de vida norteamericano.

En estas circunstancias, se hace imposible mostrar a los norteamericanos que apenas están en peligro a causa del terrorismo. Pero que en cambio están muy expuestos cada vez que conducen al supermercado. O que el alcohol, el tabaco, la bacteria E. coli, los incendios, el maltrato doméstico, el asesinato o el clima presentan riesgos de muerte sobre los que convendría preocuparse, o al menos cambiar el comportamiento, o incluso invertir algo de dinero en ello. Pero no así con el terrorismo.

Los pocos estadounidenses que, desde 2001, han muerto a resultas de algo semejante a un ataque terrorista –sean los 13 asesinados en Fort Hood o el soldado asesinado a la salida de una oficina de reclutamiento en Little Rock, Arkansas– son superados, en cualquier caso, por los 32 que murieron en la matanza del Politécnico de Virginia de 2007, por no hablar de los frecuentes casos en los que trabajadores o ex trabajadores "se vuelven locos" y matan a sus jefes o compañeros. A partir del 11 de Septiembre, las muertes por ataques terroristas apenas han superado las producidas por ataques de tiburones. Y poca cosa más. Desde la crisis de 2008, en efecto, han quedado muy por debajo de las producidas como reacción ante la pérdida de empleos, desahucios, incapacidad de pago, y otras similares. El problema es que, en un país perversamente traumatizado por la fantasía de que lo asedian terroristas, casi no se habla de ello.

La institucionalización de la industria del miedo

Los ataques del 11-S de 2001, con su apariencia apocalíptica, trajeron el miedo al terrorismo a las habitaciones norteamericanas a través de la pantalla de televisión. El miedo fue utilizado con notable eficacia por la administración Bush, quien lo utilizó para sus propios fines. Esta terapia de choque doméstica contribuyó a arrastrar al país a dos guerras y a dos ocupaciones desastrosas, ambas en pie, y a lo que George W. Bush bautizó como la Guerra  Global contra el Terror, una expresión ya no grata en Washington, a pesar de que la "guerra" sigue adelante.

Hoy, cualquier ataque terrorista, real o eventual, cualquier amenaza, sin importar su improvisación, su pobre ejecución o su lisa y llana inefectividad, desata una alarma nacional, cuyo objetivo no parece ser otro que aumentar el poder de una presidencia imperial y amenazar con la apertura de nuevos "frentes" en la ahora innombrable guerra global. El último, por supuesto, es Yemen, en parte gracias al joven nigeriano que evidentemente llevaba explosivos caseros fabricados por una organización de unos pocos cientos de hombres conocida como al-Qaeda, en la península arábiga.

El miedo al terrorismo ha sido literalmente institucionalizado en nuestra sociedad, aunque apenas hay indicios de aquello de lo que tememos. Para quienes recuerdan las películas de la guerra fría, tiene más que ver con un espectro que con el célebre SPECTRE (N.d.T: la organización secreta terrorista de las novelas de Ian Fleming sobre el espía James Bond).   

Este miedo ha cuajado en lo que solía ser una palabra anti-americana, más bien asociada a la Rusia soviética o a la Alemania nazi: "patria". En el lenguaje de los traficantes de terror, "patria" ha reemplazado a "país", "tierra" y "nación". "La patria" es el lugar que el terrorismo, y sólo el terrorismo, puede violar. En 2002, esta palabra portadora de miedo obtuvo su propia agencia de gobierno: el Departamento para la Seguridad de la Patria, nuestro segundo departamento de "defensa", que en 2010 cuenta ya con un presupuesto de 39.400 millones de dólares (el gasto total en "seguridad de la patria" previsto para 2010 ronda los 70.200 millones de dólares). Alrededor de este presupuesto ha ido creciendo de manera silenciosa un auténtico complejo industrial para la seguridad de la patria, con sus propios intereses, negocios, asociaciones y lobbistas (que comprenden una apretada multitud de ex políticos y ex funcionarios gubernamentales).    

A resultas de ello, más de 8 años después del 11-S, un estado mental amorfo se ha ido desarrollando al interior del estado real de cosas. Una suerte de industria del miedo, empeñada en inyectarlo como una droga en el cuerpo político estadounidense, y a cuya producción han contribuido varios factores. Se podrían destacar algunos.

La presidencia imperial

La administración Bush utilizó el miedo no sólo para justificar su guerra global contra el terror, sino también para dejar las manos libres del comandante en jefe de un ejecutivo de dimensiones imperiales. En ese contexto, el terrorismo y Al Qaeda se convirtieron en una especie de espantajo global, y las diferentes respuestas impulsadas para hacerles frente –desde el secuestro (las llamadas "rendiciones extraordinarias"), el encarcelamiento secreto y la tortura− acabaron por convertirse en la vía expedita para penetrar el inconsciente norteamericano y para permitir al ejecutivo actuar sin miramientos, como el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld y otros acostumbraban a decir. De hecho, todavía es así, y bajo la presidencia de Obama, la presidencia imperial no ha hecho sino afianzarse. Hace poco, por ejemplo, pudimos enterarnos que, aprovechando el clima generado por el incidente del Vuelo 253, la administración Obama ha sostenido, en la línea de la administración Bush, que bajo ciertas circunstancias el presidente puede ordenar el asesinato de un ciudadano estadounidense en el extranjero (en este caso, el clérigo islámico nacido en Nuevo México, Anwar Aulaqui, que ha sido vinculado a los cerebros del 11-S, al asesinato de Fort Hood y a Abdulmutallab). La administración Bush abrió la puerta a esta posibilidad y ahora, según parece, es un presidente demócrata el que ha decidido adentrarse por esta vía.

El despliegue mediático del 24-J

El vasto despliegue mediático del 24 de julio parecía reservado para la muerte de presidentes (como cuando tuvo lugar el asesinato de John F. Kennedy) y para eventos públicos sobre cuya importancia existía un amplio acuerdo. En 1994, sin embargo, se convirtió en moneda corriente a la hora de cubrir cualquier evento que fuera lo suficientemente extravagante o sensacionalista como para mantener a los espectadores pegados a su asiento. Aquel mes de julio, O.J. Simpson emprendió su lenta y tristemente célebre huida a través del Condado de Orange perseguido por más de 20 helicópteros de la prensa. El evento fue seguido en directo por 95 millones de espectadores y otros miles se agolparon en los cruces de carretera a contemplar el espectáculo. Evidentemente, la posibilidad de relegar a un segundo plano otros asuntos externos y domésticos y de prescindir de hordas de periodistas, reduciendo las redacciones y periódicos a la nada, y concentrándose en un solo asunto, tiene sus ventajas. De hecho, las energías de aquel 24-J han sido redirigidas a la cuestión del terrorismo, y del miedo al terrorismo. Y es obvio que incidentes como los del Vuelo 253 contribuyen a ello.   

La maquinaria crítica del Partido Republicano y su entorno mediático

Había un tiempo en que ni siquiera las administraciones republicanas exitosas tenían su propio megáfono. Ello explica que en los tiempos de Vietnam la administración Nixon batallara tan duramente contra el New York Times (lo cual, en mi opinión, desempeñó un papel destacado en la creación, en 1970, de la primera página de opinión abierta a voces disidentes, y que permitió que figuras como el vice-presidente Spiro Agnew o el ex redactor de los discursos de Nixon, William Safire, obtuvieran su espacio en el periódico). Cuando George W. Bush llegó al poder, la batalla había perdido su razón de ser. Aplacar o dejar al margen al Times y a otros periódicos similares era sencillo, ya que la televisión, la radio y la publicidad en general permitían al Partido Republicano tener su propio megáfono. En realidad, este megáfono se ha convertido en una auténtica maquinaria repleta de políticos y ex políticos, publicistas, tertulianos de toda laya, "expertos" militares, periodistas, bufones, y otros personajes del estilo (en realidad, todas estas categorías tienden a mezclarse entre sí). A ello se suma un robusto despliegue de promociones publicitarias, propaganda y ruido en general.

Esta maquinaria está siempre lista para machacar con una noticia –ninguna más popular que el terrorismo y la indolencia de los demócratas a la hora de afrontarlo− hasta agotarla. Es la que se encarga de que cualquier ataque terrorista fallido, sin importar lo desesperado o patético que resulte, ocupe su lugar en los titulares de prensa y en la opinión pública. O en hacer circular permanentemente fantasías acerca de un posible apocalíptico ataque terrorista futuro con armas nucleares o de destrucción masiva. Una operación en la que, naturalmente, cuenta con el apoyo de todo un sector de tertulianos y expertos, telediarios y reportajes vinculados al ala más progresista del aparato.

La falta de determinación de los demócratas

Es increíble que el presidente más listo que hemos tenido en mucho tiempo no fuera capaz, una vez que el Vuelo 253 aterrizó, de afrontar la situación pidiendo a todos que se calmaran. De hecho, no tuvo ni un apunte inteligente acerca de lo ocurrido. Ni siquiera se le ocurrió recordar a los estadounidense que, con independencia de lo que pasara con el Vuelo 253, corrían más peligro al conducir por una carretera o al entrar a un bar a tomarse una o dos cervezas. Por el contrario, la Administración Obama optó por insistir en que doblaría sus esfuerzos para proteger a los Estados Unidos del terrorismo aéreo y por abrir un nuevo frente en la guerra global contra el terror en Yemen (exigiendo más dinero y más consejeros para emprender la tarea). Y luego, como sus críticos no cedieron, devolvió el empujón, como escribió Peter Baker, del New York Times, y declaró que "estaban deteniendo tantos sospechosos de terrorismo como durante el anterior gobierno". Es increíble que un gobierno demócrata se sienta seguro diciendo que actúa como un gobierno republicano y adentrándose en el camino hacia la presidencia imperial ya desbrozado por George W. Bush. Es lo que tiene el miedo. Y lo cierto es que el miedo al terrorismo se ha institucionalizado desde lo alto hasta el último escalón de la sociedad.

El 11-S no acaba nunca

El miedo tiene gran capacidad para re-configurar el mundo que las personas perciben. A estas alturas, debería resultar evidente que quien mantiene viva la industria del miedo no es sino un grupo relativamente pequeño de fanáticos con escaso contacto con la realidad cotidiana de los estadounidenses. Lo que esta máquina del miedo produce es el lado oscuro de la encantadora portada del New York de Saul Steimberg, "Una vista del mundo desde la Novena Avenida", en la que Manhattan irrumpe en el centro de la escena mientras el resto del planeta aparece como una deformada figura evanescente.

Cuando el mundo se contempla "desde la Novena Avenida" o desde un canal de "noticias" enganchado las 24 horas a Al Qaeda, su apariencia es fantasmagórica. Sus formas y proporciones dejan de ser reales, lo cual puede conducir fácilmente a la adopción de decisiones estúpidas. Uno se vuelve incapaz de distinguir lo que importa de lo que no, lo principal de lo secundario. Uno se vuelve, en suma, manipulable.

Esto es lo que nos pasa hoy. La gente se pregunta: ¿cuál sería el impacto de un nuevo ataque similar al del 11-S? Lo que apenas se dice, sin embargo, es que en la conciencia media estadounidense cualquier insignificante incidente terrorista se convierte en un potencial segundo, tercer, cuarto o quinto 11-S.

Por eso, la próxima vez que un incidente como el del Vuelo 253 tenga lugar y, aunque no pase demasiado, los republicanos se pongan como locos, los tertulianos suban la temperatura de las noticias, el presidente se defienda diciendo que está haciendo lo mismo que la Administración Bush habría hecho, los lobistas de la "seguridad de la patria" exijan más fondos, piensen en todos los conductores ebrios, en los incendiarios, en los traficantes de tabaco, en aquella única tormenta de arena y digan: "Grábatelo en la ropa interior: esto no es una emergencia nacional".

Tom Engelhardt dirige el Tomdispatch.com del Instituto de la Nación ("un antídoto a los medios de comunicación de la corriente principal"). Es cofundador del Proyecto Imperio americano y, más recientemente, autor de Misión Incumplida: Tomdispatch. Entrevistas con Iconoclastas y Disidentes americanos(Nation Books), la primera colección de entrevistas de Tomdispatch.

Traducción para www.sinpermiso.info: Xavier Layret

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Fuente:
TomDispatch.com, febrero 2010