Tras las huellas de la “razón erótica” en la obra de Antoni Domènech

Pau Grau Junyent

22/05/2018

 

Introducción

La fecunda obra de Antoni Domènech se puede caracterizar dentro del pensamiento emancipatorio el cometido de rescatar la tradición republicano-democrática. El presente artículo tiene como objetivo estudiar una de sus aportaciones capitales dentro del marco general del republicanismo, específicamente este artículo hará referencia a la “razón erótica”, un tipo de filosofía moral propia de la cultura clásica en contraposición a la “razón inerte” propia de la filosofía moral moderna.

Un elemento imposible de pasar por alto en la trayectoria intelectual de Domènech fue su insobornable compromiso por la buena investigación científica y el gusto por los razonamientos analíticos alejados de toda morralla “psedo-científica”, intelectualmente vacía y políticamente estéril.

 A lo largo de su carrera para llevar a cabo su erudita y original investigación filosófica, Domènech se pertrechó del instrumental analítico de la teoría de la racionalidad, especialmente la teoría de juegos de Morgenstern y Von Neumann como estrategia metodológica para resolver los dilemas de la filosofía política a lo largo de la historia.

En su afán por anclar las discusiones filosóficas en su contexto histórico-social le llevó a rechazar la forma de proceder de las teorías filosóficas basadas en modelos normativos abstractos que pasan por alto los antagonismos entre grupos y clases socialmente cristalizados, y a recuperar el “republicanismo metodológico” que desde ámbitos distintos ha contribuido a configurar el pensamiento político republicano.

De entrada el republicanismo metodológico ha impregnado la forma en que los autores a lo largo del tiempo han analizado y comprendido la dinámica inherente a las sociedades. En segundo lugar, el republicanismo metodológico ha constituido el fundamento empírico de sus proposiciones de diseño institucional y, en tercer y último lugar, ha configurado sus programas de acción política.

La recuperación de la razón erótica

En la reconstrucción del tortuoso camino histórico de la filosofía moral que es el leitmotiv de su primer libro “De la ética a la política. De la razón erótica a la razón inerte” en el mundo clásico, la racionalidad moral era “erótica” —con profundidad psicológica lo que permite al individuo modelar sus preferencias y deseos—a diferencia del mundo moderno donde este tipo de racionalidad ha sido abandonada por otra de cariz “inerte” —que presupone una psicología individual plana con un solo orden de preferencias ya dado e inmodificables—.

Para los antiguos, nuestra personalidad estaba atravesada por múltiples conflictos y disputas internas. Para Aristóteles por ejemplo, la formación del individuo emana de la capacidad que tiene de automodelarse a sí mismo y resolver sus conflictos interiores, es decir, de tender a la enkrateia.

Este concepto es fundamental para entender la matriz virtuosa propia del mundo clásico que Domènech denomina la “tangente ática” y que, según su definición, se corresponde con “[el] peculiar equilibrio que consigue el ciudadano de la polis entre sus metas y objetivos privados y los fines o bienes públicos. La tangente ática es la […] ecuación virtud= felicidad=libertad”[1].

Solo en el hombre enkratico se puede realizar esta ecuación de manera armónica entre el bien privado (agathón) y bien público (kalón), debido a que en la cultura moral clásica la forma de racionalidad era “erótica”, lo que implicaba que esta no se centraba solo en nuestras acciones sobre el mundo exterior sino que también actuaba en nuestro mundo interior, concretamente sobre nuestros deseos y preferencias.

Precisamente, el tipo de individuo enkratico es un ser que dispone de la virtud griega de la phrónesis, teorizada por Aristóteles en la Ética de Nicómaco, y que se ha traducido de formas distintas; las más habituales como: prudencia, finnesse o “saber jugar el juego” de la vida cotidiana. 

Para Aristóteles, y a diferencia de Platón,[2] la phrónesis se manifiesta en el campo de la praxis y afecta al conjunto de la vida cotidiana del individuo, a la vez que comparte la contingencia del mundo de las cosas que pueden ser de otra manera. La phrónesis, que también puede ser traducida como “criterio”, es un tipo de “razón práctica” en la que se toman muy en cuenta los fines de nuestra conducta.

Partiendo de la interpretación que hace Domènech, un phrónimos en el sentido aristotélico es alguien que si bien no puede llegar a discernir las preferencias de segundo orden por sí mismo, sí tiene al menos la capacidad de reconocer su debilidad e ignorancia y, por lo tanto, buscará abrigo en la tradición o en un punto de amarre externo[3].

La racionalidad erótica, como ya quedó dicho, presupone distintos órdenes de preferencias en la psique humana: las de primer orden que vienen dadas por nuestro de conjunto interior de oportunidad a partir de la socialización recibida, sea cual fuera, o por, las de segundo orden o metapreferencias que exigen una exploración y modificación de nuestro conjunto interior de oportunidad primario. En el mundo clásico este modelaje de los deseos y preferencias se correspondía con un determinado concepto de socialización o de “aprendizaje moral”-la famosa paideia- que tanto Platón como Aristóteles presuponían en el marco de la polis y, finalmente, las de tercer orden, propias de la psicología moral estoica.[4]

La virtud antigua —claramente de origen republicano al presuponer su origen en las poleis—, difería de la racionalidad moderna “inerte”, incapaz de cuestionar los deseos y preferencias de primer orden, considerándolos inextinguibles.

Esta arquitectura psíquica vacía llevará al individuo moderno a ser esclavo de sus pasiones y a ser incapaz de cooperar; en definitiva, a convertirse en un hombre “akrático”.

A diferencia del hombre “enkratico”, que es único e indivisible, el hombre “akrático” es aquel que se muestra incontinente, perverso y escindido psíquicamente o, en otras palabras, alguien que no es capaz de mantener una unidad en la personalidad.

Siguiendo a Aristóteles, el akratés es aquel que actúa contra su mejor juicio, por lo tanto, es alguien débil en su voluntad, que no se conoce bien a sí mismo lo que le conduce a ser reo de su ignorancia.

El lento declive de la razón erótica

La pérdida de la virtud clásica —la tangente ática— implica que se produce una cesura entre el “bien privado” y el “bien público”. En este proceso de perdida desempeña un papel decisivo la escuela de filosofía estoica con su individualismo propio de la cosmopolis imperial helenística como régimen sustitutivo al de las poleis arcaicas, integradas al imperio de Alejandro a partir del IV a.c .

Es en este contexto de pérdida de importancia de la ciudad como fuente generadora de la “tangente ática” que cobrará importancia la idea según la cual es el propio individuo quien tiene que arreglárselas por sí mismo y hacer frente a las calamidades del mundo con la razón como guía en armonía con el rígido determinismo de la Stoa que considera que el cosmos está regido por la “razón divina”.

Dentro de esta cosmología, se considera que la felicidad no es un fin que haya que perseguir por sí mismo, sino que es un producto lateral de una conducta conforme a la naturaleza y a los dictados de la razón (que para la Stoa son sinónimos).

Si el mundo exterior es gobernado por una razón divina significa que el hombre no tiene ninguna posibilidad de influir en el y modificarlo. En vista que el conjunto exterior de oportunidades queda al albur del destino (heimarméne en griego o fatum en latín) al filósofo estoico no le queda más que cumplir con su ética autónoma en armonía con el orden cósmico y con el elemento divino interior (daimon) que se identifica con el principio rector de nuestra conducta.

Esta actitud individualista se desprende de uno de los dogmas del estoicismo que hace referencia a la visión del cosmos regido por un designio divino y racional, de lo que nace una ética de la resignación, debido a la imposibilidad de conocer los designios de la providencia (pronoía).

Otra cosa es el mundo interior, que si puede modificado para sobrevivir en un mundo inhóspito a razón de conservar la salud psíquica del individuo en el contexto de un mundo exterior inmodificable. El sabio estoico debe conquistar la apatheía (la impasibilidad) y la ataraxía (la imperturbabilidad) pero a diferencia del virtuoso socrático no puede encontrar la enkrateía en el automoldeamiento con los demás en el marco de la polis, sino que debe encontrarla de manera completamente autónoma; este individualismo le aleja de la “tangente ática”.

La diferencia entre un virtuoso de raigambre socrática y un virtuoso seguidor de la doctrina del Pórtico estribaría en que mientras “el arquetipo socrático del enkratés es el del ciudadano a la vez entregado a su propio dominio y a la edificación de bienes públicos, el modelo de la Stoa antigua es el de un “egoísta “concentrado en su propio yo de tal suerte y hasta el punto que consigue anular también lo que un socrático consideraría “yo” “[5]

Por esta razón se puede hablar de preferencias de tercer orden en el sabio estoico, porque aparte de poder modificar sus deseos, hipotéticamente sería capaz de anular la génesis misma de estos.

Para concluir, se debería añadir que la doctrina estoica rompe de manera más o menos declarada, con la conjunción entre ética y política que imperaba en el mundo de las poleis. Este hecho acontece a causa de que para los estoicos la comunidad universal de los hombres y mujeres, no viene determinada por los esfuerzos virtuosos de los individuos enkraticos por convivir juntos, sino que es producto de un orden cósmico racional -ciertamente enigmático- de lo que se derivaría una cesura entre la ética individual y la política.[6]

En este proceso de perdida jugará un papel decisivo la psicología moral del triunfante cristianismo al orillar la complejidad de la psicología moral de raigambre clásica y dar comienzo a la cultura moral de la “razón inerte” al habernos transmitido la concepción de la naturaleza de los hombres como radicalmente privativa.

El origen de esta concepción se encuentra en la antropología paulina de la “Epístola a los romanos”. En ella, el ser humano es presentado como un ser radicalmente caído sin posibilidad de salvación si no es mediante la “gracia” divina, de esto se deduce que el hombre es incapaz de reflexionar sobre sus preferencias y deseos de primer orden y por consiguiente de modificarlas.

Indiscutiblemente, esto significa que el cristiano debe vencer al mundo sin modificar ni el mundo exterior que le rodea, ni tampoco a sus preferencias y deseos. El nuevo hombre cristiano está en el mundo sin modificarlo ni modificarse a sí mismo, solo ayudado por la gracia divina, sobre la cual no tiene ningún control, ya que es un capricho divino que le permite aguantar todos los sufrimientos que el mundo le inflige; desde esta perspectiva la cultura moral clásica se convertirá en hybris (desmesura) pagana con sus pretensiones de autonomía y automoldeamiento individual.

El abandono progresivo de la cultura moral clásica a partir de la cultura moral cristiana culminará en el pensamiento ético-político moderno cuya consumación vendrá representada por el estado absolutista hobbesiano y por el liberalismo; ambas parten de la premisa de la incapacidad para resolver el hiato entre virtud cívica y libertad política

La primera respuesta versará en la construcción de un Dios mortal, el Leviatán, que sea capaz de absorber el mal del mundo y mediante la renuncia parcial de la libertad por parte de los súbditos, a cambio de la obediencia, obtienen protección contra los free rider que perturban la armonía social. Así, se evita que los miembros de la comunidad se dejen llevar por sus pasiones inconmensurables y malvadas.

La segunda respuesta, propia del liberalismo, pretende embridar el soberano absoluto hobessiano al Derecho. En este contexto, la solución del liberalismo a los problemas del bien privado consistirá en renunciar a la virtud al considerar que las leyes invisibles del mercado son suficientes para proporcionar armonía a todos.

El primer paso es reconocer el derecho de propiedad privada como un derecho “natural” tarea a la cual se entregará John Locke[7]. Una vez reconocido este derecho, solo se debe dejar actuar al mercado libremente para que el individuo “sin hacer frente a las pasiones, renunciando a la virtud y —a diferencia del absolutismo— sin buscar un equivalente funcional a ella”[8] y guiado por su interés privado se ponga a trabajar para el beneficio de todos.

La orientación a la ganancia del mercado implicará que el individuo dedique la mayor parte de sus energías psíquicas a explorar y transformar el “mundo exterior” en base a que “el mercado fuerza a los sujetos a esa asignación desigual de recursos psíquicos blandiendo la amenaza de la “selección natural”[9] con la consecuencia del abandono de las energías psíquicas enfocadas a la exploración del “mundo interior”

En último término el debate se basa en la racionalidad científico-técnica y sus límites debido a la constatación de que los progresos de la humanidad reflejados en los éxitos y la complejidad de la técnica y la ciencia moderna sin una cultura moral robusta que sea capaz de aunar el bien privado con el bien público conducen a la humanidad ante graves y eminentes problemas. En esta reflexión sobre los componentes éticos subjetivos para la vertebración de un nuevo proyecto emancipatorio, la racionalidad erótica nos ofrece valiosas aportaciones.



[1] Antoni Domènech (1989), De la ética a la política: de la razón erótica a la razón inerte, Barcelona: Editorial Crítica  p. 83.

[2] La concepción de Platón es algo distinta que ya que equipara la phrónesis con la sophia (sabiduría)

[3] Antoni Domènech (1989), De la ética… , pp. 99-100.

[4] Ibíd., p. 95 n.p.

[5] Antoni Domènech (1989), De la ética… , p. 116

[6]Ibíd., p. 121

[7] Antoni Domènech (1989). De la ética…, p. 207. 

[8] Ibíd., p. 213. 

[9]Ibíd., p. 221.

 

Sociólogo, actualmente realiza estudios de doctorado en la facultad de filosofía de la Universidad de Barcelona
Fuente:
www.sinpermiso.info, 27-5-18