Un final para los estímulos del BCE. Malos augurios para la provincia España

Isidro López

Emmanuel Rodriguez

22/09/2017

Mientras se baraja un calendario para la retirada progresiva de las compras masivas de activos, Alemania, como buen país acreedor que es, pide una subida de tipos de interés a nivel continental.

No hace falta volver los ojos a Cataluña para reconocer que estamos viviendo un momento de fortísima renacionalización de la vida política: se imponen los temas clásicos de la formación social española. Puede parecer que esto es la vuelta esperada y normal de los viejos demonios familiares, pero no lo es. Se trata, como siempre, de política. La renacionalización de nuestros marcos de referencia es un efecto, cuando no un objetivo, del gran CEO de Europa, el Banco Central Europeo, y de lo que ha sido su política de contención de la crisis en los últimos años: la expansión monetaria (el QE por sus siglas en inglés).

Desde su consolidación como poder económico continental, la Unión Europea se hace fuerte cuando pasa inadvertida como objeto político, dejando a los Estados nación la gestión del malestar generado por las grandes líneas económicas neoliberales. La parte que tienen las políticas de compra de activos, tanto públicos como privados, del BCE en la llamada "recuperación" económica española es gigantesca. Y esa mal llamada "recuperación" es el factor principal del alejamiento de la Unión Europea del foco político. Se trata de la misma estrategia que ha confirmado al PP como guardián de las esencias del Estado y que ha convertido a los populares en verdaderos QE-yonkis. Para hacernos una idea de la importancia de los estímulos monetarios para las finanzas públicas españolas, basta decir que el Banco Central Europeo compró, sólo en 2016, 100.000 millones de euros en deuda pública española. A esto hay que sumar el efecto balsámico que una operación así produce sobre los mercados secundarios de deuda donde se establecen las primas de riesgo.

Al menos hasta ahora, el foco nacional de la políticas solo se ha visto desplazado cuando en una situación de crisis abierta ha quedado meridianamente clara la subalternidad de los Estados ante el poder económico continental. Es lo que sucedió hace aproximadamente cinco años. Desde luego, se puede cuestionar el papel de la nueva política, y muy especialmente el de Podemos, aceptando ese marco nacional-estatal ficticio y coyuntural, en gran medida por miedo a abrir la cuestión europea después de la derrota de Syriza. Pero puede que éste sea, más allá de los sainetes antidemocráticos en temas tan feos como el reciente asunto del cambio de estatutos en contra de la Comisión de Garantías, lo que le esté haciendo perder definitivamente el foco. Empeñándose en ser un "partido nacional" más, y no el ariete contra la austeridad y la dictadura financiera, Podemos ha acabado por participar en el teatro de la normalización política. La ansiedad de pactos con el PSOE (incluso en sitios tan inverosímiles como Castilla-La Mancha) va en esa dirección. 

Sea como sea, esta semana, enfrascados como estamos con "nuestras cosas", se ha pasado por alto una serie de movimientos a nivel continental, que pueden tener una repercusión gigantesca. En concreto, el BCE está barajando un calendario para la retirada progresiva de las compras masivas de activos y Alemania, como buen país acreedor que es, está demandando una subida de tipos de interés a nivel continental. 

El “capo” del BCE, Mario Draghi, ya ha advertido de que en octubre se revisará la política de expansión monetaria. Apuntaba así a un horizonte de retirada progresiva y escalonada para los diferentes países de la Unión, que terminaría a finales de 2018 con los estímulos monetarios. Se trata de dejar de administrar la medicina escalonadamente y sin traumas según los clásicos modelos matemáticos con los que los economistas representan y legitiman su posición de brujos modernos. Pero la realidad puede no ser tan apacible, y lo que ha comenzado como una apreciación del euro frente al dólar puede descontrolarse en cualquier momento. El propio Draghi lo ha reconocido así: el riesgo es algo parecido a una nueva guerra de divisas.

Al fin y al cabo, todo esto sucede en un marco global en el que parece cada vez más claro que el cacareado proteccionismo trumpista va a resultar en la clásica "bajada imperial" del dólar, es decir, en una devaluación dirigida a favorecer a los sectores manufactureros exportadores estadounidenses. La bajada del dólar suele acompañarse con una subida, más o menos rápida, de los precios del petróleo y las materias primas fraguada en los mercados de futuros. De esta manera, las entradas de flujos financieros a los mercados americanos se ven aseguradas a pesar de la devaluación de los activos denominados en dólares. 

Este fue exactamente el procedimiento por el que Estados Unidos acabó por exportar la crisis de 2007 a Europa, donde se quedó atrapada en las contradicciones del sistema monetario europeo, que, a su vez, la desplazó y encerró en los países del sur de Europa. Europa, deficitaria en combustibles fósiles y materias primas, vive este proceso como un aumento de la inflación. Y las prioridades estatutarias del BCE siguen siendo el control de la subida de precios. Ante una coyuntura de este tipo, el BCE sube tipos de interés, en este caso, restringiendo la circulación monetaria en forma de retirada de los estímulos monetarios. 

Se puede argumentar, y es cierto, que no hay hoy burbujas similares a las de 2007. Pero también es cierto que los efectos de las políticas monetarias expansivas han consistido en reanimar algunos rescoldos aún calientes de lo que fueron esas mismas burbujas. Lo vemos bien en Madrid y Barcelona en forma de entradas de flujos de capital vinculados al turismo, a la captación de rentas de alquileres, a los precios de la vivienda de segunda mano y a las operaciones especulativas en los entornos urbanos de mayor valor. Hoy como entonces, el poco y mal empleo generado depende de los efectos riqueza y las ganancias patrimoniales que generan estos flujos.

Entre la enésima oleada de tensiones territoriales y el desgaste de la dupla corrupción/regeneración como motores de la llamada "política del cambio", no estaría mal volver a situarnos, o hacerlo de una vez por todas, en el papel de la provincia económica que realmente habitamos, aunque sólo sea para avanzar los escenarios de los próximos años. Más que nada, porque ya sabemos, y no solo por nuestras apasionantes lecturas, sino por la experiencia en primera persona de lo que es una crisis económica abierta, que cuando cruje la materialidad del edificio social, el resto de cuestiones políticas pasa a ser una especie de "fondo de armario" cultural.

diputado autónomico por Madrid desde junio de 2015
es historiador, sociólogo y ensayista. Es editor de Traficantes de Sueños y colaborador de la Fundación de los Comunes. Su último libro es '¿Por qué fracasó la democracia en España? La Transición y el régimen de 1978'.
Fuente:
http://ctxt.es/es/20170913/Firmas/15012/BCE-estimulos-deuda-ctxtcrisis-de-deuda-Draghi.htm