Un nuevo partido “centrista” fracasaría, pero podría sin embargo impedir que Corbyn llegara al 10 de Downing Street

Owen Jones

15/04/2018

¿Hay un fantasma que recorre la política británica, el fantasma de un nuevo partido “centrista”? Una nota terminológica, primero, si se me permite: centrismo es un término profundamente engañoso, que confiere una imagen de moderación a un partido que combinaría una imagen de liberalismo social y anti-brexitismo con el apoyo a los recortes, la privatización y una agenda en pro del empresariado. Se ha venido discutiendo acerca de un partido escindido del laborismo desde que Jeremy Corbyn se convirtió en el favorito con más posibilidades para hacerse con el liderazgo, hace dos años y medio, y se resucitó como opción nuclear en caso de desastre en las elecciones generales. Después de que el laborismo alcanzara la mayor subida de votos desde Clement Attlee en 1945, parecía que este rumor había fenecido. Pero entre los rescoldos parpadean las llamas. Los rumores de descontento entre los conservadores partidarios de quedarse en la UE han reanimado el parloteo acerca de una nueva fuerza política que aúne a algunos de la derecha laborista, los malhadados liberal-demócratas y los “tories” liberales. Sacrificaría carreras políticas en el altar del engaño y la vanidad, y no está claro si una escisión dañaría más a los laboristas o a los conservadores. Pero podría acabar siendo el mayor obstáculo por sí solo a un gobierno de Corbyn.

Veámoslo desde el lado laborista. Es un error en política reducir las opiniones discrepantes de tus oponentes a motivos ulteriores. Hay diputados laboristas que creen sinceramente, como cuestión de principio, que el Brexit supone una calamidad nacional que hay que detener. La inmensa mayoría no desea una escisión. Existe, a no dudarlo, una pequeña facción de parlamentarios que tratan de convertir en un arma la cuestión con el fin de socavar un liderazgo laborista que no desean en absoluto que llegue a formar gobierno. Una escisión formal sigue siendo una tentación para una minoría. 

Una figura laborista – y no ideológicamente corbynista, por cierto – me cuenta que un voto parlamentario sobre el acuerdo final del Brexit podría proporcionar un pretexto útil para esa escisión. Vayan fijándose en esa frase en los próximos meses: “El país, por encima del Partido”. Van a oírla muchas veces repetida por diputados desilusionados, tanto laboristas como conservadores, y proporciona una conveniente razón de ser fundacional. 

¿Lo llevarían a cabo? Si la política laborista fuera un drama de instituto norteamericano, algunos en la derecha del Partido tendrían que haberse sentido como si fueran atletas y reinas de la gala, pero se han visto súbitamente usurpados en el orden piramidal por los críos “emos” y góticos” de los que solían reírse o a los que solían compadecer. Nunca llegarán a ministros, y no digamos ya a líder del Partido. Y no era eso lo que habían firmado: creían que serían siempre miembros de la casta dirigente del Partido, aunque hubiera los inevitables altibajos de una carrera. A diferencia de David Miliband – que fue, al fin y al cabo,  ministro de Exteriores – no son lo bastante lucrativos como para que los rescate una institución internacional. Carecen  incluso del trasfondo del elocuente historiador Tristram Hunt, que podría convertirse en director de museo. Reciben halagos del comentariado centrista, en el que hay muchos que han estado estrechamente vinculados al contingente del Nuevo Laborismo desde los años 90. Ideológicamente les repelen algunos de los compromisos laboristas, y temerosos del movimiento corbynista más general, ¿por qué no tirar sencillamente por una salida atractiva?

Hay razones, por supuesto. Existe desde luego una lealtad emocional primaria al laborismo como marca, hasta entre sus recalcitrantes más acérrimos. No se ha producido ninguna “reselección” obligatoria de parlamentarios: muchas figuras corbynistas creen que ha habido más engorros de lo que vale la pena, que solo habría un puñado que no saldría de todos modos seleccionado, que impedir que haya diputados que difundan a la prensa información agresivamente hostil ha de sopesarse comparándolo con lo que sería la inevitable tormenta de los medios acerca del intento de “purgas” en el Partido.  La reciente selección de candidatos laboristas para escaños que mantienen los “tories” por escaso margen parece confirmar esta tesis: la mayoría de los candidatos que se presentaron a las elecciones han vuelto a ser seleccionados. Hay mucha gente que cree también que a la izquierda también le falta un candidato para después de Corbyn. A fin de cuentas, el Nuevo Laborismo logró impedir la selección de muchos candidatos izquierdistas, lo que quiere decir que hay una generación perdida. Laura Pidcock, una estrella carismática en ascenso, es una sucesora evidente, pero sólo tiene treinta años. Algunos corbynistas temen que Corbyn se vea eventualmente reemplazado por una figura a lo Neil Kinnock que haga girar el partido a la derecha (lo que hace aún más urgentes las transformaciones de la estructura del Partido). Esa es también la esperanza de algunos derechistas laboristas. 

¿Qué podría cambiar la dinámica? Hay cerca de quince diputados conservadores favorables a permanecer en la UE que se sienten cada vez más desapegados de su partido. Una fuente con excelentes contactos me dice que la prensa conservadora lanzará una arremetida contra ellos, acusándoles de respaldar la “unión aduanera” de Corbyn y de hacer más factible un gobierno laborista radical. La Ley de Parlamento A Plazo Fijo [por la que no puede disolverse la Cámara, salvo si hay una mayoría de dos tercios a favor] mella bastante en su opinión este ataque: una derrota legislativa de importancia no significa automáticamente una moción de censura. El nombre que hay que buscar, según me dicen, es Stephen Hammond: si su nombre sigue estando en la enmienda  en favor de una unión aduanera, se rebelarán quince parlamentarios conservadores, y el gobierno se enfrentará a la derrota. Hay un 40% de posibilidades de que esto suceda, según me dicen, y un 30% de oportunidades de que se vote en contra de ese acuerdo final. Con la disciplina de los “tories” en quiebra, podría concebirse que se apartaran del partido o hicieran caer a Theresa May, casi por accidente. 

Si Boris Johnson – y no digamos ya Jacob Rees-Mogg – se convierte en líder conservador, algunos (como Anna Soubry, Nicky Morgan y Justine Greening) buscarán inevitablemente botes salvavidas fuera del partido. Hay un candidato, según me dicen, que podría parar esa eventualidad: Michael Gove. Se ha convertido en el sucesor de May con la vía de menor resistencia. Tiene las impecables credenciales requeridas en lo que respecta al Brexit, como antiguo portavoz de la campaña para abandonar la UE, pero se le ve, por lo demás, como a un “tory” liberal. Los diputados conservadores se quejan, por encima de todo lo demás, de la falta de rumbo de May. En el actual papel de Gove en materias de medioambiente (igual que cuando atacó la escuela secundaria como ministro de Educación), ha demostrado que es capaz de fijar la agenda y aparecer lleno de energía, ímpetu y sentido de la orientación política. Podría atraerse el apoyo de parlamentarios que van desde Morgan (que respaldó su abortada candidatura al liderazgo en 2016) a Rees-Mogg. Hay un inconveniente: electoralmente hablando, es un vaso de vómito frío. Pero al menos podría impedir una ruptura conservadora. 

Si no, podría surgir una facción parlamentaria de “El país por encima del Partido” entre  diputados laboristas y conservadores, en un pacto con los liberal-demócratas. Si, estaría destinado a fracasar. No cuentan con nada semejante a las grandes bestias del Partido Socialdemócrata de los años 80, y eso fracasó. El sistema electoral los destruiría. Los derechistas del laborismo miran obsesivamente a una fórmula denominada de Tercera Vía, que como mínimo, en sus mismos términos, tenía sentidos en los años 90 posteriores a la Guerra Fría, pero que resulta irrelevante en la década del 2010 que ha seguido al derrumbe económico y para un electorado enojado que busca un cambio radical, y que ha consignado los partidos socialdemócratas al olvido por toda la Europa continental. Ahora algunas figuras laboristas creen que puede dañar más a los “tories”. Yo no estoy tan seguro: muchos “tories” siguen siendo votantes partidarios de la UE que dicen “¡Pfff!” cuando se trata del Brexit y temen más al corbynismo. 

Pero aunque sólo fuera quitándole a los laboristas un puñado minúsculo del porcentaje,  podría regalarles una mayoría a los conservadores. De hecho, Philip Collins, columnista del Times y antiguo redactor de discursos de Tony Blair, cree que impedir una victoria de Corbyn podría ser la función más importante de un partido centrista. De modo perverso, fortalecería así pues a los conservadores de la derecha dura favorables al Brexit. De modo que, sí, un nuevo partido centrista está condenado a fracasar. Pero bien puede constituir la última gran esperanza de la derecha conservadora y la mayor amenaza por si sola a que un gobierno socialista llegue al poder.

historiador y periodista
Fuente:
The Guardian, 1 de marzo de 2018
Traducción:
Lucas Antón