Un relámpago en la niebla: Cataluña y el Reino de España tras el escándalo Pujol

Antoni Domènech

G. Buster

Daniel Raventós

06/08/2014

Es verdad: la sensacional confesión de Jordi Pujol el pasado 27 de julio constituye un nuevo jalón en la esperpéntica saga de episodios con que viene escenificándose desde la primavera de 2010 la crisis de la Segunda Restauración borbónica.

No falta ninguno de los ingredientes acostumbrados. La enésima evidencia de que las cúpulas de los partidos del arco dinástico se han comportado sistemáticamente como bandas delictivas organizadas. El mismo mal gusto jactancioso, pompa terne de nuevo rico corrompido, desfachatez de matasiete: índices inconfundibles de la sensación de impunidad largamente disfrutada. Las mismas grandes empresas privadas corruptoras, logreramente entregadas a la extracción políticamente mediada de rentas oligopólicas, inmobiliarias y financieras. Síntomas patológicos, todos, de la fragua de un verdadero cártel de amiguetes políticamente promiscuos, que en eso cristalizó la portentosa economía política de la Transición. Desplomado el prodigio en 2008, quedó a la vista el espectáculo de una ruina. Un país ecológico-urbanísticamente saqueado y rebosante de peajes rentistas, inútiles obras faraónicas por doquiera, un sistema financiero insolvente, una cuarta parte de la población activa en paro, más de la mitad de sus jóvenes sin perspectivas de empleo y unas clases populares terriblemente apalancadas en la deuda. En apenas un lustro, España pasó de ser un país de inmigrantes a serlo –otra vez— de emigrantes; lo nunca visto. Y unos grupos dirigentes políticos y económicas convertidos en tenores huecos, sin otro norte que el de utilizar la coartada de la pertenencia a una UE a la deriva y en pleno proceso de contrarreforma para perpetuar el statu quo en el Reino. Desde mayo de 2010 –de la manera más clara, tras contrarreforma bipartidista de la Constitución perpetrada en el verano de 2011—, con políticas procíclicas de austeridad fiscal y drástico recorte de derechos sociales y civiles que vienen a subvertir abiertamente los fundamentos mismos del Estado Democrático y Social de Derecho mal que bien consagrado por la Constitución de 1978.

El affaire Pujol viene a confirmar del modo más palmario –precisamente con un melodrama familiar tan sórdido como ridículo— que la “crisis catalana”, lejos de ser un brote epidémico de sentimientos identitarios y “nacionalistas”, es parte fundamental y aun principal de la “crisis española”. De una terrible crisis de legitimación popular en que comenzó a entrar en 2010 aquel proyecto de España como nación que había mantenido en lo esencial unido al arco político-económico dinástico constructor y beneficiario de la Transición al posfranquismo.

Hace ya cerca de un año escribimos para SP un artículo titulado “Independentistas en la niebla” sosteniendo precisamente esta tesis. Pero eso no quiere decir que el escándalo de la familia Pujol no aporte buenas “novedades” a la evolución de la crisis de la Segunda Restauración borbónica y a su comprensión. En cierto sentido, es como un rayo que ha venido a arrojar cierta luz en la niebla.

El mito del Jordi Pujol antifascista y la realidad del pujolismo postantifascista.

Una de las características diferenciales de la derecha nacionalista catalana era su pedigrí antifascista: los dos años de cárcel de Jordi Pujol fueron el símbolo de eso. Nada que ver con un partido como el PP, fundado por un antiguo ministro franquista y construido sin solución de continuidad con la herencia del franquismo: ni siquiera se han avenido nunca a condenar expresis verbis el “alzamiento nacional” del 18 de julio de 1936.  Lo que no quiere decir que el PP sea un partido “retro” y  “franquista”. Al contrario; el PP se ha configurado en las últimas dos décadas como un partido a la altura de los tiempos que corren en Europa: como un partido –dígase así— “postantifascista”. Como el partido de Berlusconi, como el último “socialismo” italiano de Craxi, como el postgaullismo de Sarkozy. Esencial en la “narrativa” postantifascista es la interpretación revisionista, en clave daltónicamente anticomunista, banalizadora de unos fascismos europeos presentados como autoritarismos o aun “totalitarismos” desde luego criticables, pero “modernizadores”: respuestas seguramente equivocadas, pero comprensibles, a democracias demasiado radicales (Weimar, la I República austriaca, la II República española), y por lo mismo, inermes ante la amenaza “totalitaria” bolchevique, etc. No hará falta decir que la empresa cultural de construcción de esa narrativa postantifascista se ha convertido en una próspera industria generosamente subvencionada crematísticamente y espléndidamente retribuida en especies y honores.

En una época muy parecida a la nuestra, dejó dicho Karl Kraus algo así como que “en el crepúsculo del sol de la cultura, son los enanos quienes proyectan las sombras más largas”. Pues bien; si se compara el núcleo de sus respectivos peritos en legitimación (periodistas, tertulianos, intelectuales generosamente subvencionados y aun sobrepublicitados académicos pretendidamente frei schwebende), las diferencias entre las sombras proyectadas por los enanos del PP y los de CiU en este punto son prácticamente inexistentes. El centroderecha (y parte del sedicente centrozquierda) nacionalista catalán se ha “modernizado” a marchas forzadas en los últimos lustros para adaptarse al postantifacismo. Ha sido verdaderamente patológica, por poner un ejemplo menor, pero muy ilustrativo, la obsesión de los enanos postantifascistas catalanes –generosamente subvencionados con dinero público y privado, entre otras, por la Fundación Jordi Pujol, especializada en ética política— por difamar y destruir el legado cultural de la resistencia antifranquista catalana del PSUC, el principal y, a trechos, casi único partido que resistió de verdad, no pocas veces –Manuel Sacristán, Josep Fontana, Feliu Formosa, Francesc Vicen煗, con enorme solvencia intelectual, y siempre, arrostrando penas y sinsabores infinitamente superiores a los dos años de cárcel del banquero Pujol. Para que el lector se haga una idea de esas obsesiones nacidas de la deriva postantifascista del nacionalismo convergente, nada mejor que recordar ahora la elegante denuncia de nuestro difunto amigo Paco Fernández Buey en Carta al Director de El País (“Respeto a las personas y a las palabras”, 16 de octubre de 2004):

“Con motivo de la presentación de las Memòries de Raimon Galí, El País del pasado 6 de octubre reproduce e inserta el siguiente párrafo: ‘Las universidades catalanas fueron gobernadas por profesores marxistas de valía, como Manuel Sacristán y Pierre Vilar, que durante muchas generaciones permitieron triturar nuestra memoria histórica e impideron a la juventud catalana ver y juzgar rectamente su pasado’.

“He esperado unos cuantos días a ver si la memoria histórica de hoy funcionaba y alguien levantaba la voz para recordar lo que pasó in illo tempore. En vano. Y, como he esperado en vano, querría recordar desde aquí lo que debería ser obvio, pero ya olvidado. La juventud catalana de hoy debe saber, en primer lugar, que Manuel Sacristán y Pierre Vilar no ‘gobernaron’ nunca las universidades catalanas. Al contrario: fueron censurados y perseguidos por quienes las gobernaban in illo tempore (y por algunos que entonces hacían la vista gorda ante la injusticia para gobernarlas después). Y, en segundo lugar, que aquellos marxistas no permitieron triturar nuestra memoria histórica ni impidieron juzgar rectamente nuestro pasado.

“Al contrario: los jóvenes de entonces aprendimos historia de Cataluña leyendo a escondidas (y contra los que gobernaban de verdad) las obras de Pierre Vilar; y aprendimos a juzgar rectamente, si es que se puede aprender una cosa así, escuchando y leyendo a Manuel Sacristán (quien tuvo que pasar casi diez años expulsado de la Universidad de Barcelona precisamente por ser marxista, a pesar de que todo el mundo, en la Cataluña de entonces, reconocía su valía intelectual)”.

Eso pasaba en 2004, con un nacionalismo conservador virulentamente reactivo a su desalojo del govern por un malhadado tripartito de las izquierdas que ahora, por contraste, hasta podría empezar a verse como honorable... Pero lejos de amainar, la sectaria campaña truhanescamente mendaz contra los verdaderos resistentes antifranquistas siguió. Particularmente escandalosas han resultado recientemente las exitosas intrigas para negar a Josep Fontana –uno de los más destacados historiadores europeos vivos— el doctorado honoris causa por la Universitat Autònoma de Barcelona en 2011. Por no hablar de las sumamente reveladoras reacciones de los hooligans novo-independentistas al escepticismo crítico expresado a propósito del proceso soberanista en curso por un grande entre los grandes de la resistencia cultural de la izquierda antifranquista catalana: Raimon.

La expresión política de esa “narrativa”, o mejor dicho, la práctica política a la que esa “narrativa” ha venido a dar cobertura, es el giro abiertamente neoliberal de CiU en los últimos años. Nada más llegar al govern en 2010, Mas y su equipo dels millors se jactaron de ser más chulos que un ocho y más radicales que nadie en materia de “liberalismo” sin complejos –la CDC de los primeros tiempos de Pujol se presentaba como “socialdemócrata”, respetuosa de la lucha antifranquista comunista y admiradora de Olof Palme (sic!)—, austeridad fiscal, privatización de los servicios públicos, recorte de derechos sociales y autoritarismo policial.

No es seguramente injusto decir que la inopinada deriva independentista de estos millors, herederos intelectuales y políticos de un Pujol tan millor, que hasta en su chapucera carta de confesión y despedida –¡enano condigno de sus enanos a sueldo!— se le han colado faltas de ortografía y graves errores de sintaxis catalana, tiene que ver con el evidente desgaste de popularidad que le generaron dos años de políticas antisociales y represivas. CiU buscó encaramarse a la enorme ola democrática popular por el dret a decidir, que fue, nos guste o no, la forma que cobró en Cataluña la protesta popular contra la ofensiva política antidemocrática desplegada por las oligarquías europeas luego de 2008. Y es verdad que esa operación de subirse a un carro popular en marcha les ha reportado ciertos beneficios: ha enmascarado o puesto en un relativo segundo plano sus políticas privatizadoras y corruptas en el ámbito de la sanidad pública catalana, sus políticas educativas reaccionarias (indistinguibles de las del PP, por ejemplo, en materia de apoyo y subvención a la enseñanza privada religiosa, aun a la segregacionista opusina), o esas políticas de amedrentamiento de la población mediante la brutalidad represiva más desapoderada concebidas por uno de los personajes más turbios y desagradables de la política catalana reciente, el inefable Felip Puig (del que, dicho sea de paso, oiremos hablar mucho en los próximos meses por su cercanía al pinyol del mundo de los negocios de la familia Pujol). Compárese la resistencia de la población catalana a esas políticas con el auge de las distintas “mareas” en la comunidad madrileña, y se tendrá una medida aproximada de este relativo éxito de los millors a la hora de poner sordina a la protesta social popular. La responsabilidad del principal partido de la “oposición” en el Parlamento catalán, la ERC del señor Junqueras y la señora Marta Rovira, así como –en la llamada “sociedad civil”— de una parte de la dirección de la ANC, clama al cielo y seguramente empezará a partir de ahora a pasarles la debida factura.

Siendo todo eso verdad, también lo es esto: el auge soberanista catalán y la enorme movilización popular que lo sostiene se han convertido en la manifestación más llamativa y amenazante de la crisis de la monarquía española restaurada en 1978. Entender bien por qué, resulta esencial. Como ha observado agudamente el constitucionalista sevillano Javier Pérez Royo, lo que se restauró en 1978 no fue la democracia con una forma de Estado monárquico-parlamentaria, sino que se restauró la monarquía y se le dio a esa restauración forma parlamentaria:

“… lo que dificulta la supervivencia de la Monarquía no son tanto esos errores [de la Corona] como el agotamiento del sistema político con el que se hizo la Transición, diseñado para garantizar el asentamiento de la Restauración. El objetivo era la Restauración. El instrumento era pasar de la dictadura a la democracia. A finales del siglo XX no podía ser de otra manera. Pero el objetivo era la Restauración, al servicio del cual se diseñó el instrumento: el tipo de democracia que debería hacerla posible sin riesgos” (“Monarquía insostenible”, El País, 28 junio 2014.)

Es decir, que se impuso al pueblo la restauración borbónica, ofrecida de la única forma vividera en la Europa de 1978: como un régimen político de libertades públicas y derechos sociales. Eso hurtó a todos los pueblos de España el ejercicio pleno del derecho de autodeterminación política. Hurtado ese derecho a todos ellos de consuno, necesariamente debía hurtárseles a cada uno de ellos en particular: la izquierda que entró en el arco político dinástico (PSOE-PSC y PCE-PSUC) renegó o se olvidó, con la República, del programa tradicional de toda la izquierda antifranquista (¡incluido el PSOE de Suresnes!), programa en el que figuraba el ejercicio de ese derecho, cuando menos, por parte de catalanes, vascos, navarros y gallegos. No tenía mucho que ver con la supuestamente sacrosanta “unidad de España”, ni menos con las posibles ventajas o desventajas de la misma. No es por el huevo, sino por el fuero: no se trata de las probabilidades de ganar o perder un referéndum de autodeterminación. (El independentismo vasco y no digamos catalán eran fenómenos claramente minoritarios en 1978, y un referéndum vasco –con las oportunas garantías internacionales— habría ahorrado décadas de vesánica carnicería terrorista y contraterrorista). Se trata de que el sólo hecho de celebrarlo pondría eo ipso en cuestión la Restauración y abriría una irrestañable vía de agua en el zozobrante esquife de la monarquía borbónica.

Así, pues, en resolución, lo que está en causa en el proceso soberanista catalán es, por lo pronto, la existencia misma de la Monarquía de 1978. ¿Qué perspectivas se ofrecen a ese proceso tras el estallido del affaire Pujol?

La Realpolitik nacionalista neolib y sus intelectuales

Si hasta ahora habíamos visto grandes semejanzas entre la decantación político-ideológica de la derecha española del PP (y en buena medida, de UPyD y de Ciutadans) y la deriva postantifascista de la CiU de los últimos años (neoliberalismo básico en la visión de la vida económica, europeísmo acrítico en el peor momento de la UE, sionismo y atlantismo ciegos en política internacional, etc.), el affaire Pujol ha venido a revelar una diferencia nada despreciable. Ésta: los políticos y los hombres y mujeres de negocios experimentados y con experiencia de Estado –sean o no “estadistas”— usan y financian a sus intelectuales como peritos en legitimación, pero raramente les hacen caso a la hora de tomar decisiones prácticas. El mundo del PP está lleno de enanos de larga sombra y de energuménicos botarates que sostienen las tesis más grotescamente irrealistas: desde las emanaciones venenosas de un Jiménez Losantos o el locoide filosionismo caiga quien caiga de Tertsch a las ridículamente pretenciosas fabricaciones pseudohistóricas de Pedro Jota o César Vidal, pasando por las “ralladas” excogitaciones económicas austro-anarco-capitalistas de ese nene tan encorbatadito y tan seriecito del think tank que usurpa desde hace años el glorioso nombre de Juan de Mariana. Pero los “intelectuales” que de verdad cuentan para los poderosos suelen ser otros: técnicos comerciales del Estado, inspectores de la hacienda pública, peritos contables, diplomáticos con largo ejercicio a las espaldas, abogados del Estado, funcionarios de los servicios de inteligencia, etc. Es decir, gentes down-to-earth, experimentadas en el mundo real y sus cloacas y en muy buena medida ajenas a la nube en que viven ideólogos, tertulianos y periodistas directa o indirectamente influidos por una ciencia social académica arrastrada desde hace más de tres décadas por una tendencia gravemente degenerativa.

El analista poskeynesiano Thomas Pilkington lo expresó certeramente así hace unos pocos días:

“Aunque las variaciones más extremas de esa tendencia se manifiestan en el anarco-capitalismo de Rothbard, se pueden encontrar variantes menos extremas en las distintas formas de las humanidades que se cultivan hoy en la vida académica. El grueso de la teoría económica actual revela esa misma ingenuidad pueril (…) Sólo en contadas disciplinas, como el Derecho, sigue la vida académica directamente vinculada a la realidad”.

Pues bien; si Pujol y sus compinches de la dirección de CiU, en vez de creerse los cuentos de la lechera de sus distintos Consells de tertulianos, publicistas, académicos a la violeta y pop-economists que no han acertado un solo pronóstico en su puñetera vida, hubieran dispuesto de intelectuales down-to-earth, habrían sabido inmediatamente que su inopinada deriva soberanista –cualquiera que fuere su motivación— les iba a poner en rumbo de choque directo con un viejo Estado que, como acaba de recordar el analista conservador Antonio Zarzalejos, sí dispone en abundancia de esos “intelectuales” con los pies en el suelo que las matan callando. Que alguien con el largo y siniestro pedigrí delictivo de Pujol y su entorno –que lo ha sido todo, absolutamente todo, en CiU—, no tuviera en cuenta este pequeño detalle, lo dice todo del realismo y la calidad técnico-pericial (dejemos ahora la “moral” y la “ética” para los Pujol-boys) de los dirigentes políticos del nacionalismo nostrat. Lo cierto es que se lanzaron a la batalla transportados por la fantástica idea, según la cual la lucha por el derecho de autodeterminación del pueblo de Cataluña podía terminar siendo un proceso versallescamente negociado con el gobierno de la monarquía española en el agradable entorno de una UE apacible, democrática y complaciente, felizmente inserta en un mundo venturosamente “globalizado” en el que las “soberanías” habrían perdido importancia. Porque el fondo del fondo del insensato cuento neoliberal de la lechera que ha querido darse a entender esta patulea de millors i més assenyats era ése, y no era otro que ése.

Ironías de la historia, y para escándalo de bienpensantes de varia laya, el gran historiador al que los petimetres del nacionalismo catalán postantifascista se avilantaron a negar sectariamente el doctorado honoris causa previno a su debido tiempo, con el realismo político habitual de la izquierda marxista culta e inteligente, contra los cuentos pseudoberanistas de la lechera recordando que raramente ha habido en la historia independencias sin guerras de independencia.

Pujol, que lo ha sido todo, no sólo en la Cataluña de los últimos 34 años, sino en el sistema político de la Segunda Restauración, debe de estar en posesión de una ingente cantidad de inconfesables secretos de familia y de informaciones muy comprometedores para mucha gente principal, de la Casa Real para abajo. No es imposible que contara incautamente con ese valiosísmo “activo” para salir impune del desafío al Estado español. Y no es imposible que, despechado y desengañado, se resuelva en las próximas semanas a tirar de la manta a la desesperada. Pero tampoco es imposible que opte por prestar un último servicio a la “causa” y ayude a su entorno –Mas y su govern dels millors, para empezar—  a servirse de ese “activo” para negociar con Rajoy, también en beneficio personal, una retirada política honrosa (que es lo que parecen haberle exigido los grandes empresarios catalanes durante la comida ampurdanesa del pasado sábado en la boda de la hija de Vilarrubí). ¡Quién sabe!

Una cosa es segura, al menos para los descreídos de los cuentos de la lechera versión neolib o versión pasturets: luego del affaire Pujol, la suerte del proceso catalán del dret a decidir ha quedado inextricablemente soldada a la suerte de la Segunda Restauración: mors tua vita mea. No habrá “república catalana”, si llega a haberla, sin III República española. Conste aquí que lo avisamos modestamente hace varias semanas, a propósito de la abdicación de Juan Carlos:

“Pase lo que pase, los republicanos españoles siempre tendrán que agradecer al pueblo catalán la inestimable ayuda democrática prestada en este final de tragicomedia chabacana de la Segunda Restauración. Pero queda a los demócratas catalanes –también en provecho propio— un último esfuerzo por realizar, acaso el más difícil y delicado: acompasar republicano-fraternalmente y sin tardanza su justa lucha por el ‘derecho a decidir’ del pueblo catalán con la lucha por el ‘derecho a decidir’ de todos los pueblos de España. Ojala sepamos todos estar a la altura de las circunstancias. Porque, como dice el refrán chino que tanto le gustaba a Hobsbawm, no se nos ahorrará vivir en ‘tiempos interesantes’.”

Antoni Domenech es el editor de SinPermiso. Gustavo Buster y Daniel Raventós son miembros del Comité de Redacción de SinPermiso.

Fuente:
www.sinpermiso.info, 3 agosto 2014