Un viaje a la Revolución de Octubre

Pablo Castaño

04/10/2018

Reseña de Octubre. La historia de la Revolución rusa (Akal, 2017), de China Miéville

 

Un escritor de ciencia ficción que relata la Revolución rusa. Quizá hacía falta esta extraña combinación para dar a luz a una obra tan cautivadora como Octubre, la historia de la Revolución de 1917 del autor británico China Miéville, ganador de numerosos premios literarios y fundador del partido Left Unity, impulsado por Ken Loach. A lo largo de las trescientas páginas de Octubre, Miéville lleva en volandas al lector a través de la inaudita serie de acontecimientos que hoy conocemos como Revolución de Octubre, desde el primer triunfo popular contra el zarismo en febrero hasta la toma del Palacio de Invierno por los bolcheviques y el nacimiento del primer Estado obrero del mundo.

Octubre no es un libro académico, por lo que no analiza sistemáticamente cada aspecto de la revolución. Es más bien un relato novelesco y apasionado que permite entender los eventos y tensiones más importantes de una revolución cuyos ecos siguen resonando en la política de hoy. Uno de los principales valores del libro de Miéville es precisamente su capacidad de ilustrar los dilemas a los que se enfrentaron Lenin, Trosky y los demás protagonistas de uno de los años más decisivos de la historia política mundial. ¿Un país campesino y atrasado como Rusia estaba preparado para el socialismo o era necesario que pasase por una revolución liberal-burguesa antes? ¿Debían los bolcheviques asumir la dirección del proceso revolucionario o promover la asunción de todo el poder por los soviets, como Trotsky defendió con insistencia durante meses?

Sería anacrónico intentar trasladar a la actualidad las tensiones políticas que atravesaron Rusia entre febrero y octubre de 1917, pero Miéville subraya ciertos elementos del proceso revolucionario que pueden arrojar luz sobre algunos dilemas políticos del presente. Por un lado, Octubre describe con riqueza la proliferación de consejos, asambleas y otras formas de auto-organización popular que tuvo lugar en todo el país, más allá del célebre Soviet de Petrogrado. Por otro, el vertiginoso progreso de las demandas económicas y sociales de la clase trabajadora y campesina vino de la mano del avance de las demandas de autonomía de las minorías nacionales del extinto imperio ruso y la mejora radical de la situación de las mujeres (en 1918 vendría la despenalización de la homosexualidad). No es ninguna novedad: en los procesos de cambio político la lucha de clases nunca aparece sola, sino estrechamente interrelacionada con las luchas feministas, de liberación nacional y muchas otras. Quizá el ejemplo de octubre sirva para dejar atrás la permanente obsesión de cierta parte de la izquierda por establecer artificiales jerarquías entre distintas luchas, que en la práctica se alimentan mutuamente.

Otro aspecto especialmente interesante de Octubre es el hincapié en la interacción continua entre las teorías desarrolladas por los revolucionarios y su práctica política. Para quienes estamos acostumbrados a la política de los tiempos de Twitter resulta fascinante cómo una carta de Lenin publicada en Pravda podía cambiar el curso de la revolución – o no, ya que Miéville también muestra cómo el pueblo ruso, liberado de siglos de yugo zarista, adquirió en 1917 una gran autonomía respecto a sus supuestos líderes, empujando la revolución en velocidades o direcciones que no siempre se ajustaban a los deseos y cálculos de la autodenominada vanguardia del proletariado.

También resulta fascinante la caracterización que hace Miéville del poder dual, una situación en la que el poder del Estado estuvo dividido entre el gobierno provisional de la Duma (el parlamento creado por el zar) y los soviets, los consejos de obreros y soldados que habían surgido por toda Rusia. Durante meses, ambos poderes se disputaron la dirección de una revolución cuyo final no estaba en absoluto predeterminado.

Como explica Miéville, si hubiese triunfado la contrarrevolución, habría sido Rusia el primer país en conocer el fascismo, y no Italia. Pero en ciertos momentos también pareció posible un acuerdo entre los bolcheviques y otros partidos socialistas, que podría haber dado lugar a un sistema socialista democrático, en lugar de la dictadura bolchevique que siguió a la toma del Palacio de Invierno. Miéville no pretende aportar grandes novedades a las discusiones historiográficas sobre la Revolución rusa, pero en el epílogo del libro señala que la perversión del legado de octubre por Stalin no fue una consecuencia necesaria del proceso revolucionario iniciado en febrero de 1917.

El libro de Miéville no es neutral, pero sí equilibrado. El autor dibuja la revolución como un mar de contradicciones, en el que existieron el bien y el mal, pero a menudo se entremezclaron de forma intrincada. Octubre son hermosas imágenes de campesinos apenas salidos del feudalismo ocupando las propiedades de sus antiguos señores, pero también las masacres de judíos protagonizadas por militares reaccionarios y las traiciones y asesinatos políticos cometidos por militantes de todas las ideologías.

Octubre se parece más a un relato de viaje que a un libro de historia. La belleza y agilidad con la que Miéville describe los acontecimientos produce una sensación de cercanía que por momentos permite olvidar que los hechos relatados tuvieron lugar hace 101 años. Por esto y por su rigor histórico, Octubre es una obra ideal para acercarse al que fue uno de los principales eventos políticos del siglo XX, para quienes ya lo conozcan y para quienes deseen sumergirse por primera vez en las procelosas aguas de la Revolución rusa de 1917.

Investigador predoctoral en ciencia política en la UAB y periodista. Colabora con medios como Ctxt, Cuarto Poder y Jacobin
Fuente:
www.sinpermiso.info, 7-10-18