Una mundialización sin redistribución nos llevará al caos. Entrevista

Branko Milanovic

18/05/2014

 

Las desigualdades generadas por la internacionalización de un capitalismo a ultranza son terreno abonado para la plutocracia y el populismo. Una amenaza real para el funcionamiento de nuestras democracias. Emmanuel Lévy entrevista para la revista Marianne a Branko Milanovic, uno de los principales especialistas en desarrollo y desigualdad.     

Marianne: Sus trabajos revelan un aumento de las desigualdades y el surgimiento de una super-élite. Explíquenos qué ha pasado.   

Branko Milanovic: El proceso de mundialización de intercambios, tal como hoy se conoce, comenzó a ponerse en marcha tras la caída del muro de Berlín. Con ello se aseguró por un lado el surgimiento de un mundo capitalista en el conjunto del globo y, por otro lado, la entrada de China, convertida en taller del mundo, en la OMC. Si se toma el planeta como un todo, eso se ha traducido en un fuerte aumento de ingresos para un gran número de trabajadores, situados principalmente en países como China. Mis trabajos muestran que entre 1988 y 2008 los ingresos netos de esta “nueva clase media mundial”, compuesta por centenares de millones de trabajadores, han progresado enormemente, cerca de un 80% en términos reales. Idem para una superélite, el famoso “top 1%”, el 1% de los más ricos del planeta, que se encuentra tanto en los países emergentes como entre los países de la OCDE. Por el contrario, hay dos tipos de población que han sufrido. Están evidentemente los que la mundialización ha dejado de lado, los que son muy pobres en los países muy pobres. Pero lo que resulta inesperado es que las que salen perdiendo son también las poblaciones que disponían de un ingreso que les situaba antes entre los muy ricos y esta nueva clase media mundial, es decir, la población de las clases medias y populares de los países de la OCDE.  

El aumento de las desigualdades, ¿supone una amenaza para las democracias?

Sí. Para verlo, observemos la dinámica actual en el interior mismo de los países de la OCDE, que son históricamente los países de tradición democrática. Tenemos así una clase de superricos que aprovechan plenamente la mundialización, mientras que existe una gran masa que ha visto estancarse, e incluso retroceder, sus ingresos. En los Estados Unidos, donde más espectacular ha sido el cambio, a la clase media no le corresponde más que el 21% de los ingresos del país, contra un 32%  en 1979, es decir, un descenso de un tercio. Este impresionante retroceso se debe a un doble efecto de hoja, como en las navajas. La primera hoja ha sajado los ingresos de esta población a la que se puede llamar “clase media”. La segunda los ha cepillado de tal modo que ha hecho bascular a una gran parte del lado de la pobreza.,  

Por consiguiente, la alianza de hecho entre los “ganadores” – las élites de los países ricos y las clases medias de los países emergentes – los coloca en situación de ruptura con las clases populares dentro de su propio país. Si a eso se le añade la acumulación de un patrimonio gigantesco para el 1% superior y sus estrategias de separatismo social, esta divergencia de intereses en relación a la apertura económica, el otro nombre de la mundialización, es a mi juicio un gran peligro para las democracias. Se puede resumir en el concepto de la doble P: populismo y plutocracia.  

¿Quiere usted decir que nuestras democracias no tienen más que dos caminos por delante?

Si las clases dirigentes perseveran en su voluntad de llevar a cabo de la misma manera el movimiento de mundialización para su mayor beneficio, mi respuesta es que sí. Tanto más por cuanto este movimiento no está cerca de detenerse: después de China, vendrán los centenares de millones de trabajadores de la India, luego los de Bangladesh y África. Eso puede entrañar todavía, digamos, cincuenta años de estancamiento, incluso de regresión para las clases populares de la OCDE y, por oposición, una estupenda vida para el 1%. Y para hacer que lo acepten, las dos soluciones son, por tanto, el populismo y la plutocracia.     

El riesgo plutocrático, a mi juicio, ya se ve casi en la práctica en los Estados Unidos. La autonomización política de los ricos es allí una realidad: dictan la agenda política, financian a los candidatos y, de paso, se aseguran de que se voten leyes en su mayor beneficio. Un estudio del sociólogo Larry Bartels revela que los senadores norteamericanos, cualquiera que sea su color político, son seis veces más sensibles a los intereses de los ricos que a los de las clases populares. Lo que se traduce en los hechos en una bajada considerable de impuestos para los ricos.     

Se ha abierto así una enorme fosa entre la mayoría del a población y la democracia. Este gobierno de la tecnocracia no es único. Al fin y al cabo, los gobiernos de Mario Monti en Italia y de Lukas Papadimos en Grecia son los mejores ejemplos de esta deriva.

La otra opción es el populismo. Por desgracia, no faltan ejemplos en Europa. La teoría económica del librecambismo, que gobierna la globalización, impone la libre circulación de bienes, pero también la de los factores de producción, es decir, lo mismo de los capitales –lo que ya es el caso- que de las personas. Es fuerte la tentación de considerar que, a falta de querer actuar sobre la primera o proceder a una redistribución de ingresos, la voluntad de calmar a los que salen perdiendo en la mundialización en los países ricos se concentra en la segunda opción.    

Estas dos opciones, populismo y plutocracia no son exclusivas una respecto a la otra. Bien puede imaginarse una mezcla de las dos. Este es el caso, por ejemplo, de Francia.   

¿No hay medio alguno de escapar a ello?

Esa es la paradoja. Para acompañar a la mundialización, los estados europeos deberían poner el acento en la redistribución. Y hacerlo de tal modo que los grandes ganadores compartan los beneficios con los que pierden. A mi juicio, el economista Dani Rodrik lo ve correctamente: sólo el Estado del Bienestar puede permitir realmente una aceptación del proceso de mundialización repescando a los perdedores.

Y, sin embargo, lo que se observa es todo lo contrario. Las políticas de austeridad minan los recursos del Estado del Bienestar, y esto se agrava con la competencia fiscal, que conduce a la reducción de las tasas de imposición para los más acomodados, como ha demostrado de modo notable Thomas Piketty.     

Pero hay algo peor. Eso se conjuga con la oferta populista, la cual, navegando sobre el desconcierto de las clases populares, se arriesga a llevarlas a que abandonen el Estado del Bienestar, cuando son ellas las principales beneficiarias del mismo.

La casi totalidad de los estudios serios muestra que los pobres ganan mucho con las prestaciones de desempleo y las ayudas sociales. Las clases populares consiguen aun más ventajas gracias al sesgo de las prestaciones de sanidad, de educación y de pensiones. Y sobre todo, la seguridad de estar al abrigo del a pobreza. Eso es, por otra parte, lo que explica la diferencia de posición de las capas más débiles entre Europa y los Estados Unidos, diferencia a favor de Europa, desde luego.  

  

¿Es usted pesimista?

Sí. Tal como explico, la solución consiste en intensificar la redistribución en los países desarrollados. El problema estriba en que con la contrarrevolución liberal se ha instalado un paradigma que no es favorable a ello y que, hoy en día, funciona a pleno rendimiento. Treinta años de este régimen han conducido en efecto a una acumulación de capital por parte de la franja más acomodada de la población como no se había conocido desde la guerra.

Pero esta distancia con las demás clases se ha traducido igualmente en un separatismo social sin precedentes, algo que no habían previsto los  pensadores de la liberalización. Va en interés bien entendido de los acomodados volver sobre este paradigma y reconsiderarlo, si desean que continúe la mundialización, de la que son los beneficiarios principales. Por dejarlo bien claro, la mundialización es sin duda algo bueno. Pero una mundialización a ultranza, en la que no se presta gran atención a los que salen perdiendo, con quienes se comparte el espacio nacional, cultural y político, puede tener efectos opuestos, producir un rechazo puro y simple de toda forma de cooperación. Con el caos como horizonte. Y para todo el mundo…  

Branko Milanovic (1953), uno de los especialistas más renombrados sobre desarrollo y desigualdad en la globalización, fue economista jefe del departamente de investigación del Banco Mundial y es profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY). También es miembro de la junta asesora de Academics Stand Against Poverty (ASAP, Especialistas universitarios contra la pobreza). Entre sus libros más conocidos y recientes sobre desigualdades se cuentan Worlds Apart. Measuring International and Global Inequality (Princeton/Oxford, 2005)y The Haves and the Have-Nots: A Brief and Idiosyncratic History of Global Inequality, (Basic Books, New York, 2010).

 

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

 

Fuente:
Marianne, 25 de abril- 1 de mayo de 2014